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Homilía
pronunciada por M.I. Sr. Cango. Pedro R. Tapia Rosete, Acipreste
del Cabildo de Guadalupe en la celebración del Domingo XIV Ordinario

4 de julio del 2004

         La lectura completa del evangelio de este domingo contiene dos partes bien definidas: La primera: Instrucciones de Jesús a los 72 discípulos para la urgente misión que les confía: anunciar, de dos en dos, la proximidad del reino de Dios en los lugares donde pensaba ir él. La 2a. el regreso alegre de los discípulos que han comprobado la eficacia de su misión en nombre de Jesús.

              El evangelio de este domingo, por tanto, contiene un rico y variado ramillete de sentimientos:
              - Jesús, bajo la advertencia y la realidad siempre actual de que "la mies es mucha y los obreros pocos", empieza a delegar tareas a "setenta y dos seguidores suyos".
              - Pero Jesús les hace una serie de advertencias que mirándolo bien, podían haber sido de
efecto negativo: "Los mandó como ovejas en medio de lobos... No lleven talega, ni alforja, ni sandalias... Coman y beban de lo que les den", este horizonte no era muy halagador. Esa es la realidad, Cristo no suele "dorar la píldora", a sus seguidores, no les augura un "camino de rosas". Al contrario, les dice y repite que "el que quiera seguirle, tome su cruz".
              - Pero hay algo, que conviene recordar enseguida. Dios no abandona nunca a los suyos, siempre esta a su lado. Lo suelen resumir los teólogos en un axioma clásico: "Al que hace lo que está de su parte, Dios no le niega su gracia".
              Es verdad, pensemos con qué equipaje se lanzaron los apóstoles y los mártires, y los misioneros y los reformadores a su aventura. Apenas eran nada, apenas sabían nada. Y, sin embargo, aquello funcionó. Hoy tenemos en los altares a muchos que llevaron el anuncio del evangelio bien "ligeros de equipaje". Pero el fruto fue copioso y siguen multiplicándose las cosechas. Es más, mirándonos a nosotros mismos, observando nuestra propia experiencia, no deja de ser admirable su decisión. La experiencia de muchos sacerdotes, religiosos y religiosas y laicos misioneros a los que no les atemorizaban ni su pobre preparación, ni sus pocos conocimientos psicológicos, ni su casi total desconocimiento de la tierra que pisaban. Al contrario les embriagaba la alegría de llevar una buena nueva.              Y cada nueva tarea —anunciar el kerigma evangélico, preparar a unos novios, iniciar a unos niños en el camino de Jesús, compartir con los jóvenes las verdades de fe—, todo, tenía el misterio de una tierra virgen en la que se adivinaban, sin vedas, pisadas de Dios. Creo que ha sido después, acaso por la propia rutina, acaso por el decrecimiento general, acaso por haberse llenado de "prudencia" y "cautela", cuando se les ha colado en el alma el "demonio meridiano". Sería bueno que nosotros hiciéramos también, un examen de conciencia para saber por qué se nos han quebrado tantas ilusiones y se nos han esfumado tantos sueños y a muchos de nosotros nos da miedo la tarea de evangelizar.
           - Pero hay más. Dice el evangelio que los setenta y dos volvieron contentos y dijeron:
Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre". Sí. Más de una vez nos ha invadido este tipo de alegría. Pero escuchen nuevamente a Jesús: "No estén alegres porque se les sometan los espíritus; estén alegres porque sus nombres están inscritos en el cielo".
            La advertencia nos lleva a dos claras conclusiones:
           Una. No debemos olvidamos nunca de que somos "instrumento" en sus manos. Él es la causa eficaz y única de todo. Es Él, el que, a través de nosotros alegra algunos caminos e irradia su luz. Es Él, siempre, "el que da el crecimiento".
         Y dos. Tampoco debemos olvidamos nunca de los que "han echado el resto" –nuestros padres, nuestros educadores, nuestros catequistas, nuestros sacerdotes, no han conocido tangiblemente las "mieles del triunfo". Su labor ha quedado deslucida. Es posible incluso que les haya parecido lo contrario; al menos en apariencia.
         Pues, debemos pensar que "sus nombres han quedado inscritos en los cielos". Evangelizar no es la tarea exclusiva de los pastores del pueblo de Dios, ni monopolio de los misioneros de vanguardia, ni la mera celebración anual del Domingo Mundial de las Misiones. Toda la comunidad eclesial es misionera siempre y en todo lugar. Evangelizar es su misión y su dicha. Por eso, toda la comunidad ha de estar en función de la evangelización de los que no conocen a Dios o están alejados de Él. Con tal de que estemos evangelizados nosotros mismos, todos los cristianos podemos y debemos ser evangelizadores, pues por los sacramentos de la vida cristiana participamos de la misión profética de Cristo.
        Sin necesidad de ir al tercer mundo, a las clásicas tierras decisión, hay ocasión de anunciar a Cristo, es decir, hay campo de evangelización cerca de ellos, en nuestro propio entorno existencial: así los padres respecto de los hijos, los esposos entre sí, los familiares, los vecinos, las amistades, los compañeros de trabajo. Pero ¿cómo evangelizar? No hace falta predicar sermones proselitistas. Hoy, más que de conquista se habla experiencia y de testimonio. Es este testimonio de los cristianos lo que mejor puede impactar al incrédulo y al hombre de hoy, harto de propaganda, palabrería y falsos mesianismos. Hoy como ayer, lo que más necesita es el evangelio vivido. Es verdad que hemos de emplear todos los medios a nuestro alcance para difundir la fe, con tal que se avengan con las instrucciones de Jesús en el evangelio de hoy: pobreza y solidaridad, y no avasallamiento y poder. Pero, sobre todo, hacen falta testigos personales de Cristo y de esa ternura de Dios que recuerda la primera lectura de hoy, testigos humildes y poseídos de la fuerza del Espíritu que viene en ayuda de la debilidad humana. Aquí se abre un amplio campo de acción a la misión evangelizadora de los laicos, "pues el evangelio no puede penetrar profundamente en la conciencia, vida y trabajo de un pueblo sin la presencia activa de los laicos".
       En el texto evangélico de hoy subyace la experiencia gozosa de la primitiva comunidad cristiana que veía cómo el reino de Dios y su paz se extendían por el mundo de entonces, aunque no sin dificultades. Esta alegría ardua y esperanzada ha acompañado siempre y acompañará a la Iglesia de todos los tiempos. Nuestra misión, hoy como ayer, es ser mensajeros de la paz y la alegría que para el hombre y el mundo actuales supone la buena nueva de Cristo.

 

 
 
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