Homilía
pronunciada por Mons. Pedro Tapia Rosete, arcipreste de la Basílica
de Guadalupe, en la solemnidad de la Sagrada Familia, primer Domingo
de Navidad
26 de dicienmbre de 2004
Cristo
con su entrada en el mundo, a través de una familia humana, ofreció
la vida propia de Dios a sus hermanos, es decir, todos nosotros,
para llevar a cabo el proyecto de salvación de su Padre y nuestro
Padre.
En
el ambiente de la Navidad nos encontramos hoy con la contemplación
de la Familia Santa. Contemplación es admiración, reflexión y meditación,
silencio respetuoso, deseo de imitar y temor de no poder hacerlo
plenamente. La contemplación nos lleva a confrontar nuestra vida
con lo que meditamos. Por eso, la contemplación nos lleva a la oración
para alabar, agradecer y suplicar el auxilio necesario para alcanzar
lo que se nos propone. Poder contemplar es, visto así, una bendición
de Dios que continuamente nos sale al encuentro.
Hay
dos mensajes en las lecturas que la liturgia de hoy nos propone
para nuestra consideración: el primero de ellos es entorno al misterio
de Cristo y el segundo es precisamente sobre la familia en la que
el Hijo de Dios se encarnó, vivió y creció hasta el día en que la
dejó para dedicarse a misión que su Padre Dios le encomendó.
El
evangelista san Mateo tiene el propósito de hacernos comprender
la profundidad del misterio de Cristo y de su identidad. Escribiendo
para judíos convertidos a Cristo, el evangelista quiere mostrarles
que Jesús es quien da cumplimiento y plenitud a toda la Historia
de la Salvación vivida por Israel. Su nacimiento como pueblo a partir
de la libración de Egipto mediante el Éxodo, tiene su sentido en
Cristo Jesús que conduce, a la manera de un nuevo Moisés, a su
pueblo a la liberación total y definitiva del pueblo elegido sino
de toda la humanidad.
Esta
consideración cristológica no se opone al segundo mensaje; más bien
es su presupuesto fundamental ya que la última etapa de la salvación
comienza precisamente con su entrada a este mundo a través de una
familia.
La
condescendencia de Dios incluye la elección de una familia común
y al mismo tiempo con características muy especiales que hacen de
ella algo fuera de serie. Pero lo más importante es contemplar la
decisión divina de adoptar una familia con limitaciones incluso
previstas en el proyecto divino. En efecto, el Hijo de Dios eligió,
por su soberana voluntad, una familia sencilla y en la cual José,
su protector, ocupa un lugar muy especial.
La
narración evangélica nos presenta las vicisitudes de una familia
pobre y sencilla que es víctima de la maldad humana protagonizada
por Herodes. El Príncipe de la Paz es objeto de odio y persecución
por parte de un paranoico que ve, sin razón, amenazado su poder:
Herodes va a buscar al niño para matarlo advierte Dios a José. Éste,
como protector de la familia santa, tiene que huir a un país extranjero
para ponerlo a salvo. Tenemos, entonces, al hijo de Dios viviendo
desde el inicio el estado de persecución que sufrirá más tarde que,
con su muerte, libere al hombre del pecado.
Jesús
entró en la experiencia real de una familia con un cuadro de vicisitudes
y alegrías comunes a cualquier familia humana, pues en está –todos
lo sabemos por experiencia– no todo es idilio ni todo es adversidad.
Pero al considerar las dificultades por las que atravesó la Sagrada
Familia, no podemos dejar de pensar en la situación por la que pasa
la institución familiar. La familia santa nos lleva espontáneamente
a mirar a nuestras familias de emigrantes, a la separación violenta
de sus miembros por respecto a sus hijos los cuales crecen con poca
presencia de aquellos en su educación.
No
podemos ignorar, cómo la familia está hoy siendo atacada por la
injusticia económica y laboral, así como por la ausencia de una
moral que implique la verdad y la justicia. Los cambios que ella
sufre por razones naturales, no siempre están orientados por un
sano y armónico desarrollo. La familia, como todo ente vivo, debe
evolucionar. Pero cuando hay ausencia de valores auténticos, ¿hacia
dónde evoluciona de manera adecuada para ser más y mejor?
La
triste realidad es que la familia está en crisis, empezando por
las nuevas formas de convivencia entre los cónyuges, las formas
de comunicación, no son siempre sencilla entre sus miembros, la
participación de muchas instancias en la formación de sus miembros,
muchas veces con la ausencia de valores humanos, la desintegración
por el divorcio como práctica cada día más frecuente; y , en fin,
otros tantos factores que socavan como institución como son las
formas de ver y vivir la sexualidad, etc.
Frente
a este cuadro desolador está la familia de Jesús que nos invita
a valorarla, y a esforzarnos para que, según el plan proveniente
de Dios, según lo enseña la Iglesia, sea “la célula primera y vital
de la sociedad, la primera escuela de virtudes sociales y del más
rico humanismo, así como el fundamento de la propia sociedad”.
Dios
nos ha llamado desde nuestros propios Egiptos, desde nuestras propias
esclavitudes para manifestarnos su amor, para ofrecernos su perdón,
para hacernos sus hijos. Hoy nos sienta a su Mesa, libres de pecado
y de la muerte. Hoy quiere renovar con nosotros la nueva alianza
y eterna en este año de la Eucaristía. Su palabra se convierte no
sólo en un fuerte llamado a la conversión, sino también en un auténtico
compromiso para vivir, en adelante, guiados no por nuestras inclinaciones,
sino por el Espíritu de Dios. Saber en práctica su palabra es lo
único que puede hacernos avanzar hacia la posesión de los bienes
definitivos. Estamos ante el Señor como familia suya, pues Él ha
querido hecernos de su mismo linaje. Ante el señor, en esta Celebración
Eucarística, no hay distinciones ni divisiones generadas por cualquier
motivo, pues todos gozamos del mismo amor, de la misma vida, del
mismo Espíritu y de la misma dignidad ante nuestro Dios y Padre.
A
partir de habernos encontrado como hermanos, participando de un
mismo Pan y de un mismo Cáliz, hemos de volver a nuestras actividades
diarias como constructores de la unidad y de paz. Pero sobre todo
hemos de volver a nuestras propias familias, dispuestos a manifestarnos
ahí como personas rectas, justas, llenas de bondad y de misericordia.
Cada uno ocupa un lugar como miembro de la familia a la que pertenece.
De cada uno de nosotros depende la paz familiar. No sólo hemos de
buscar el progreso externo, tan necesario en muchas cosas; sino
hemos de buscar vivir fraternalmente unidos. La voluntad de Dios
es que los que sean esposos vivan guiados por el amor, que los que
sean padres lo sean en verdad no sólo trayendo hijos al mundo para
prolongarse en la especie, sino que velen por ellos para hacerlos
personas capaces de actuar con madurez en el uso de su libertad
y en la capacidad de servicio a los demás. Los hijos, por su parte,
no sólo están llamados a respetar a sus padres, sino a que han de
encontrar en ellos el ejemplo que les ayude a crecer como un buen
punto de referencia para su desarrollo personal y para su desarrollo
en la fe. Todo estos nos hace ver la gravísima responsabilidad que
todos tenemos para convertirnos en auténticos testigos de Cristo
ante aquellos que nos rodean.
Invito
a todas las familias a renovarse a la luz de Cristo que adoptó y
consagró su familia para hacerse presente en el mundo. Nada como
el Evangelio, Jesucristo que es la buena noticia viva, puede iluminar
a profundidad las realidades de nuestras familias. Los invito también
a que se acerquen perseverantemente a la Palabra de Dios, espacialmente
y con el Cuerpo y la Sangre de su Hijo. Estoy seguro, que más que
en cualquier otro lado, es de la Eucaristía de donde nos viene la
fuerza a los individuos y a las familias para mantenerse en la fidelidad,
la paz y el amor, tan anhelados por los hombres y mujeres, de todos
los tiempos y de todas latitudes de la tierra, que aman la verdad
y la justicia.
María
Santísima, nuestra Señora y Niña de Guadalupe y de Nazaret y el
Señor San José, nos acompañen en este esfuerzo por hacer de nuestra
familias una realidad según el proyecto de Dios. Así sea.