Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Tercer
Domingo de Pascua.
25 de abril de 2004
EL RESUCITADO SE MANIFIESTA A TRAVÉS DE LA IGLESIA
Continuamos,
hermanos, en la contemplación y asimilación de la Pascua,
este misterio del amor de Dios a la humanidad en medio de la cual
la Iglesia está a su servicio como instrumento querido y consagrado
por Cristo. Bendigamos al Padre, al tiempo que meditamos en este misterio,
pues es en la oración y, más concretamente, en la Eucaristía,
donde nos encontramos en comunión de hermanos con toda la humanidad
y con el verdadero Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos llama a todos a la comunión que nos salva.
La Palabra
de Dios no cesa de instruirnos e iluminarnos cada domingo a fin de
que permanezcamos fieles a la misión que da sentido a nuestro
ser como comunidad al servicio del Reino de Dios. Por eso permanecemos
en la escucha constante del don de su Palabra que proclamamos solemnemente
en el contexto de nuestra asamblea dominical para la Eucaristía.
Hagamos un
espacio en el interior de cada uno de nosotros para dejarnos ilustrar
por ella. Así pues, tenemos que en la primera lectura san Lucas
nos describe el fervor con el que los apóstoles, movidos por
la fuerza del Espíritu, dan testimonio de su fe en Cristo muerto
y resucitado para salvación de quienes lo aceptan como Señor.
Este testimonio, que se funda en la obediencia a su Señor,
como una necesidad imperiosa, choca con la prohibición de las
autoridades religiosas que permanecen cerradas a la propuesta apostólica.
Pero los apóstoles, en lugar de someterse, se alegran de sufrir
con Cristo y a semejanza suya, los ultrajes de los hombres. Vemos
aquí, hermanos, que no sólo la misión de los
apóstoles corre pareja a la de Cristo, el Señor, sino
también su suerte. Podemos asegurar, según esto, que
la Iglesia, desde sus comienzos, y asistida por el Espíritu,
asume la cruz como condición necesaria para servir a las causas
del Reino de la vida, del amor y de la paz.
El libro del
Apocalipsis, en la segunda lectura, nos presenta hoy a Cristo como
el Cordero cuyo poder, igual al de Dios, reconocen con alabanzas y
con gestos litúrgicos, los ancianos —símbolo de
la humanidad— y los cuatro vivientes —símbolo de
las fuerzas cósmicas—. Cristo, cordero degollado y al
mismo tiempo resucitado, y por lo tanto vivo, se presenta como Señor
del cosmos. “El hombre, que se hace voz de todas la criaturas,
es de ahora en adelante y para siempre, el hombre nuevo que en Cristo
es ya glorificado. De esta manera no existe ya un Dios genérico
(o abstracto), sino el Padre de Jesucristo, constituido por Él
Como Señor de los hombres y del cosmos. Y así como todo
don viene del Padre a nosotros, por medio de Jesucristo, así
también toda alabanza y toda súplica llega por Él
al Padre” (Bartolino Bartolini, en Messale dell'Assemblea Cristiana).
En el evangelio
que acabamos de escuchar, el autor se esfuerza por hacernos ver con
toda su realidad a Cristo resucitado en el contexto de una pesca milagrosa
y de una comida inesperada. Igualmente en ese contexto histórico,
Jesús constituye a Pedro, el personaje más activo de
la escena, como jefe de la nueva comunidad. Podríamos decir
que, Jesús confiere al apóstol los poderes propios para
que los ejerza en nombre suyo como pastor. Pedro es quien se adelanta
al encuentro con Jesús, y él es también quien
lleva la barca (probable símbolo de la Iglesia) y acerca la
red a la orilla. Así que podemos entender las cosas y los actos
como signo de la institución del primado de Pedro, precisamente
tal como lo entendemos en la Iglesia católica.
Hermanos, hace
ocho días considerábamos los poderes que la Iglesia
recibió del Resucitado y hoy vemos en la primera lectura cómo,
con Pedro a la cabeza, se enfrenta con mucha seguridad y soltura a
las autoridades religiosas judías. De esta manera, vemos que
las lecturas, en el contexto pascual, nos ilustran acerca del ministerio
tan especial, único e insustituible de Pedro aún cuando
Juan es descrito en el evangelio como alguien que descubre con facilidad
y prontitud la presencia del Resucitado. Tal vez convendría
entender que, aunque en la Iglesia haya siempre hombres con una visión
muy clara de su ser y de su quehacer, no les corresponde a ellos,
sino a quien encargó Jesús, las acciones y la conducción
concreta de la misma. Pero no son antagónicas, sino que, por
ser necesarias, son complementarias. Podemos considerar a Juan y Pedro
como símbolo de dos formas de amar y de ser fieles a Cristo:
la lucidez, la perspicacia y profundidad de los que ven más
allá, con vista de profetas; y la decisión generosa
y alegre para actuar en obediencia y prontitud en el ejercicio de
la autoridad recibida. Ambas formas o actitudes son necesarias en
la Iglesia.
Por otro lado,
no podemos pasar por alto, la intención eucarística
del mensaje de Juan. Sabemos, en efecto, cómo para los evangelios,
y en este caso el de Juan, la comida de Jesús con gente tan
variada, amigos o enemigos, tiene una connotación de amistad
y de comunión fraterna. Esto nos hace, una vez más reflexionar
en nuestras asambleas dominicales en las que el Resucitado se hace
presente, de una manera privilegiada. Los apóstoles lo reconocen
en la discreción y en la humildad de un silencio contemplativo
de lo que Jesús hace en medio de ellos y de lo que significa
para ellos su benéfica presencia. Los apóstoles empiezan
a comprender que el Cristo vivo los va asociando a su misión
de salvar al mundo con Pedro a la cabeza.
Queridos hermanos,
es esto lo que sucede en nuestras asambleas dominicales. La Eucaristía
es un encuentro con Aquel sin el cual la vida de la comunidad creyente
no se mantiene en fidelidad y en armonía. Sin Eucaristía
el trabajo de la misión se hace muy duro e inútil, pues
se pierde el rumbo y el sentido de la fe. Es necesario experimentar
cada domingo su presencia, su cercanía en el esfuerzo de cada
día por responder a su llamado. Él se hace presente
de muchas formas, pero la comunidad reunida es la base, pues dejó
bien claro que donde dos o más se reúnan en su nombre
allí estaría Él en medio (Mt 18,19); de manera,
mis hermanos, que ya la congregación de la asamblea es un signo
cierto de su presencia. Acudamos con libertad y alegría a este
encuentro profundo con Él y con los hermanos.
Que Santa María
de Guadalupe, nuestra Madre y compañera en la fe nos aliente
con su ejemplo y su intercesión en estos encuentros de amor
con Dios y con la Iglesia.
Amén.