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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Cuarto Domingo de Pascua.

2 de mayo de 2004

POR QUÉ Y CÓMO SEGUIR AL PASTOR

 Alabemos, hermanos, y démosle gloria al Padre de nuestro Señor Jesucristo con nuestra gratitud y nuestra obediencia por el gran amor que nos manifiesta especialmente en estos días de Pascua. Pues en su Hijo amado, cual cordero inmolado y al mismo tiempo vivo y capaz de dar la vida, nos ha dejado la imagen viva de su delicadeza y su caridad para con toda su Iglesia y para con cada uno de los que la formamos.

Es importante para nuestra salud espiritual, hermanos, que seamos muy concientes del amor de Dios que no cesa de manifestarse entre nosotros y, de una manera privilegiada, cada domingo en nuestros encuentros eucarísticos con Él y entre nosotros. Su Palabra lo hace presente entre nosotros para iluminarnos y alimentarnos con ella y con los sacramentos, signos de su amor. En efecto, Jesús, Palabra viva del Padre, se hace presente como pastor para conducirnos a las fuentes del agua de la vida, como escuchamos hoy en la segunda lectura, que hemos tomado del Apocalipsis.

En la primera lectura, san Lucas, autor del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta a Pablo y a Bernabé en su actividad apostólica, es decir de enviados de Jesús, para salvar no sólo a los judíos, sino a todo los que reciben, en la alegría y en la gratitud, el don de la salvación. Vemos, pues, en esta primera lectura una clara afirmación de que Dios ha enviado a su Hijo para salvar a todos los que acepten en la libertad esta oferta divina a través de la adhesión existencial a Jesucristo. El autor sagrado no duda en señalar la envidia y los celos de los dirigentes religiosos de los judíos para resaltar la apertura de la salvación a todos los paganos que creen y acogen la buena noticia. Citando al profeta Isaías (49,6), afirma la universalidad de la salvación con la destrucción consiguiente de toda clase de barreras que la humanidad construye para mantener privilegios egoístas.

Es precisamente ésta, mis hermanos, la imagen que el Apocalipsis nos da en el texto de este domingo: Cristo, el cordero inmolado en la Pascua, la Pascua definitiva y por la cual ha redimido a toda la humanidad con su pasión, es quien ha ganado para Dios, su Padre, a toda clase de hombres provenientes de todas las razas, lenguas, culturas y condiciones sociales. Por otro lado, el texto sagrado también nos señala la forma como los creyentes, por su parte, se apropian esa salvación. Concretamente, mis hermanos, una vez más se nos dice que es mediante las tribulaciones y las persecuciones, como pruebas que los fieles deben afrontar. Tal como lo vemos ya en la actividad apostólica descrita por san Lucas en la primera lectura y nos lo enseñaba con más vehemencia el domingo pasado.

A pesar de la brevedad del evangelio de hoy, el texto contiene conceptos fundamentales que nos ayudan a comprender a fondo el mensaje que nos transmite. Este pequeño trozo evangélico, mis hermanos, es parte de unos de los grandes discursos de Jesús que nos reporta el evangelista. Se trata del discurso sobre el buen Pastor. Como sabemos, este autor sagrado tiene, como recurso didáctico, la repetición una y otra vez del mensaje que quiere comunicar, buscando en cada repetición profundizar paulatinamente en él. Valdría la pena, por eso, mis queridos hermanos, leerlo todo en el capítulo diez.

Centremos nuestra atención en escuchar, entender y conocer mejor a fin de ser cada vez más discípulos auténticos. Y precisamente con estos verbos describe las características del verdadero discípulo usando la figura de la oveja. Ellas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas vienen tras de mí (v.27), dice Jesús describiendo el proceso de la fe como acogida y como respuesta.

La escucha, queridos hermanos, es la primera condición para llegar a ser discípulo de Cristo, es decir, para ser cristiano. Hasta el día de hoy el pueblo judío recuerda todos los días y en todas las circunstancias de la vida: lo esencial para ser fiel a Dios es mantenerse a la escucha de la voz de Dios. Hoy, mis hermanos, podemos afirmar que nuestra cultura no se caracteriza por la capacidad de escuchar. Oímos, sí, pero no escuchamos. Esto exige atención e interés. Exige silencio exterior, sí; pero sobre todo interior: el más difícil de lograr. Se dice que “no hay peor sordo que el que no quiere oír”; y esto es, entre nosotros, más frecuente de lo que pensamos, porque sólo oímos lo que queremos y nos gusta, lo que nos halaga.

Y obviamente al escuchar, mis hermanos sigue el “conocer”. La filosofía más elemental dice que no conocemos más que lo entra por los sentidos. Y esto mismo sucede con el conocimiento de Dios y de su Hijo Jesucristo. Para conocerlo es necesario escucharlo. Pero aún aquí es necesario hacer una precisión, mis hermanos. No se trata de un mero conocimiento de orden intelectual, sino de un conocimiento total de la persona tal que abre la posibilidad de una entrega en la comunión íntima de amor. En esto consiste, pues, el verdadero conocimiento de Dios. Y es así como Él nos conoce.

Y finalmente, si se da entre Cristo y nosotros ese conocimiento, no podremos hacer otra cosa que obedecerle y seguirle en el amor con cual se da el seguimiento que nos convierte en verdaderos discípulos. Y entonces, mis hermanos, el amor a Cristo y nuestro seguimiento nos van haciendo diferentes de como éramos para irnos configurando a Él, pues se dice que el amor hace iguales a quienes se aman. Esto es la conversión, el cambio permanente, que es signo muy claro de seguimiento. Ser cristiano, entonces, mis hermanos, consiste en escuchar a Cristo y seguirle.

En este domingo del Buen Pastor, no dejemos de pedir hoy, por otra parte, por nuestros pastores, para que tengan la fuerza de anteponer a sus intereses, el cuidado del rebaño que se les ha encomendado. También pidamos porque, ante la carencia de pastores, haya jóvenes que escuchen con docilidad y generosidad la voz del llamado al servicio de Cristo en la Iglesia y a favor de los que se encuentran alejados del influjo del Evangelio.

Que Santa María de Guadalupe nuestra madre y Señora, maestra en el seguimiento fiel y perseverante de su Hijo, verdadero Dios y verdadero hombre, nos asista con su ejemplo y su intercesión amorosa.

Amén.

 

 
 
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