Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en la solemnidad del Bautismo
del Señor.
Domingo 09 de enero del 2005
EL
BAUTISMO ES UN DON Y UNA TAREA
Bendigamos,
hermanos, al Padre por su gran misericordia, pues nos ha dado a su
Hijo muy amado para nuestra salvación y éste se ha implicado en todo
lo humano hasta el grado de someterse, sin ser pecador, al bautismo
como si fuera uno más.
En
efecto, el evangelio de este domingo nos presenta en la rivera del
Jordán a Juan Bautista predicando la conversión, es decir,
el rechazo al pecado para recibir el Reino de Dios que se encuentra
ya muy cercano en la persona de Jesús. Precisamente, entre la
gente que se acerca a escucharlo se encuentra también Jesús que
se hace bautizar como uno más de esa multitud.
Los
ritos lustrales y las abluciones y, en general
los ritos relacionados con el agua, son prácticas presentes en
todas las culturas. El bautismo, caso concreto de estas prácticas,
no podía faltar entre los judíos quienes lo consideraban
como un rito penitencial al cual se acercaban confesando los propios
pecados. Es obvio, mis hermanos, que Jesús no se somete a este
rito con la misma finalidad de sus correligionarios, pues Él no
tuvo pecado ya que es el santo por excelencia. Él se somete a esta
práctica simplemente para cumplir el proyecto divino de salvación.
Más
específicamente, podemos decir que esta finalidad se hace evidente
en la intervención del Padre que lo proclama como su hijo predilecto
al tiempo que sobre Él desciende el Espíritu Santo. Podemos
pensar que el narrador, el evangelista Mateo, nos relata la presentación
que de Jesús hace el Padre ante el pueblo y ante nosotros los
que hoy escuchamos el evangelio.
Precisamente,
hermanos, la segunda parte de esta narración evangélica nos muestra
cómo después del bautismo, el Padre revela la identidad de Jesús
como Hijo de Dios. Dice un autor al respecto: “He aquí una
revelación que quita el aliento. Dios muestra su predilección por
este hombre, que está a la orilla del Jordán como un hombre del pueblo,
discreto e inadvertido. Es algo que acontece entre el Padre y Él”
(Trilling).
Pero
notemos, mis hermanos, para nuestro provecho espiritual, el papel
del Espíritu Santo en este acontecimiento salvífico.
Aquel que fue engendrado en el vientre de María por obra del Espíritu,
es ahora consagrado, ‘ungido’ —diría san Juan evangelista—
o revestido de su dignidad mesiánica.
Pero
analicemos un poco más de cerca, también la primera lectura
—que siempre va en consonancia con el evangelio— para ver cómo ilustra
esta página tan bella como importante de nuestra fe en Jesús. Vemos,
entonces, que el profeta Isaías al referirse, en su primer
cántico —de los cuatro que compuso sobre el siervo o Mesías de
Dios—, a su personalidad y a su misión en el plan divino de
salvación, lo describe como un siervo muy especial. Éste, sobre
el cual Dios se complace absolutamente, según la voz del cielo, tendrá
el Espíritu de Dios, llevará la revelación a todas las naciones,
cumplirá su misión con gran fortaleza, perseverancia y con éxito,
aunque con suma humildad, obediencia y discreción para llevar a
todos la salvación, que en el lenguaje bíblico se denomina como
justicia. Todavía más, mis hermanos, Isaías dice que este
siervo misterioso esta constituido en alianza y en luz de las naciones
librándolas de toda clase de males. Éste es el perfil del Mesías-Siervo
de Dios al que se refiere aquella voz del cielo en consonancia con
el texto de Isaías que hoy escuchamos. Jesús es, entonces,
el Siervo (palabra que en griego se dice pais
y se puede traducir también como hijo) de Dios sobre el cual reposa
el Espíritu según nos lo da a entender san Pedro en la segunda
lectura.
De
aquí que podamos hoy ver en la Palabra de Dios, un mensaje sobre la
vocación que Jesús asume en los primeros momentos de su ministerio
y de su vida pública. Una vez más, mis hermanos, vemos a Jesús
que se involucra sin reservas en nuestra humanidad pecadora,
siendo un hombre más entre los miembros de esta humanidad ¡sin
ser pecador! En vez de confesar sus pecados, pues no los tiene,
confiesa su destino de salvador nuestro. Su bautismo es como
un parte aguas entre su vida privada y su ministerio público hasta
que llegue a dar la vida por nosotros, sus hermanos.
Como
siempre, meditar la Palabra de Dios nos confronta. Por eso
es muy provechoso que nos preguntemos, ¿cómo ha marcado el bautismo
mi vida? ¿Estoy haciendo propio algo que se me concedió como un don?
¿Qué tan consciente soy de la responsabilidad de ser bautizado, miembro
de una comunidad creyente e hijo de Dios?
Consideremos,
mis hermanos, cómo el Bautismo marca nuestra vida para que seamos
luz para todos, en el servicio fiel a Dios y a cada uno de nuestros
hermanos, especialmente los más pobres, los marginados, los que no
cuentan para una sociedad consumista, materialista y orgullosa
que sólo utiliza a las personas según su conveniencia de lucro
y de placer. Consideremos cuál es nuestra responsabilidad en la
difusión de la verdad, la libertad, la justicia y el amor en medio
de los ambientes en que nos movemos diariamente.
La
Eucaristía en el día del Señor, en la pascua semanal, nos ayuda
a actualizar permanentemente nuestro bautismo, ya que en ella
hacemos actual, mediante el memorial de la cena del Señor, esta dignidad
a la que fuimos asociados con el Hijo predilecto del Padre como sacerdotes,
profetas y reyes.
Que
Santa María de Guadalupe, nuestra Madre, que dio a luz al que concibió
por obra del Espíritu Santo nos ayude a cumplir fielmente nuestra
vocación al servicio de Dios en la obediencia y a nuestros
hermanos en la solidaridad.
Que
así sea.