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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la solemnidad del II Domingo Ordinario.

Domingo 16 de enero del 2005

CRISTO, LUZ DE LAS NACIONES

Bendigamos, hermanos, a Dios nuestro Padre, por la gran misericordia que ha mostrado a todos los pueblos de la tierra, iluminándolas con la luz de la salvación por medio de Cristo y de su Iglesia.

Dios no hace acepción de personas. Más bien, hermanos, míos, tiene desde la eternidad, el proyecto de salvar a todos, si bien se escogió al principio, un pueblo por medio del cual irrumpió en la historia humana.

Hoy empezamos la segunda semana del así llamado en la Liturgia “Tiempo Ordinario”. Se trata del tiempo del año en el que no celebramos específicamente ninguno de los grandes misterios de la salvación, como son la encarnación y la pascua. En este tiempo, más bien, la Iglesia nos lleva a escuchar y a “ver” lo que Jesús dice y hace para mostrarnos el camino de la salvación. Por consiguiente, las lecturas de estos domingos nos ayudan a entrar en contacto íntimo con Dios que nos ama y se interesa por nosotros. Por nuestra parte, vamos aprendiendo, iluminados por su palabra, a responderle en la gratitud, en la liberad y en la alegría, haciendo así, con firmeza y seguridad, su voluntad.

De esta forma entendemos, pues, que las lecturas de hoy nos hablan de Cristo mediante dos imágenes muy enraizadas en la tradición y en la literatura bíblicas: la luz y el cordero.

La primera lectura nos presenta una vez más la imagen del “Siervo de Yahvé” en el segundo de los cuatro cánticos contenidos en la segunda parte del libro de Isaías. El profeta nos presenta al siervo como el instrumento que Dios ha elegido para revelar su presencia dinámica y eficaz en el Pueblo, primero, pero después entre todos los pueblos de la tierra. Por eso dice: Es demasiado poco que  tú seas mi siervo para restaurar las tribus de Jacob y reunir a los sobrevivientes de Israel. Yo te haré luz de las naciones a fin de que mi salvación llegue hasta los extremos del mundo.

El domingo pasado, mis hermanos, habíamos ya escuchado el primero de estos poemas del libro de Isaías. Y hoy encontramos nuevamente al siervo elegido y consagrado como luz de los pueblos. Desde el siglo sexto —época de composición de estos cánticos—, el profeta ve que el pueblo de Israel, el profeta o el Mesías esperado estaban destinados a la salvación del género humano.

Por su parte, el Bautista, en el evangelio de san Juan, nos habla del “Cordero de Dios”. La presentación de Jesús como cordero tiene un fuerte trasfondo en la gran tradición pascual. Una vez más vale la pena, hermanos, mencionar un detalle de la literatura bíblica. El domingo pasado decíamos que una misma palabra en griego (pais) designa simultáneamente al siervo y al hijo y que por eso Dios, en el momento del bautismo, se refería indistintamente a Jesús como su Hijo y como su Siervo. Hoy, hermanos, nos encontramos con el mismo caso, pero ahora en arameo. Seguramente, al referirse a Jesús, el Bautista empleó en arameo la palabra talya, que significa tanto siervo como cordero. De aquí que al identificar el Bautista a Jesús con el Cordero de Dios, los oyentes, conocedores de la Escritura, inmediatamente relacionaron a Jesús con el Siervo y el Cordero tal como aparece en los cánticos de Isaías, especialmente en el cuarto que habla del siervo como un cordero que expiará los pecados del pueblo (Is 53,7.12; Lv 14) y como cordero pascual (Ex12; Jn 19,36).

Según la cronología del evangelio de Juan, Jesús fue sometido a la muerte la vigilia de la fiesta de los ázimos, o de la Pascua, por la tarde, precisamente en el momento en que se inmolaban los corderos en el templo. Jesús, el Mesías, es decir el Cristo, es pues,  el cordero de la Nueva Pascua que, con su muerte, realiza la liberación del pueblo de Dios con dimensiones universales y ecuménicas, ya que la misma liberación histórica de Israel no era más que anuncio y promesa de esta liberación definitiva.

Nosotros los cristianos, cuando reconocemos en el Siervo de Yahvé a Jesús, lo confesamos como el cordero que quita el  pecado del mundo; expresamos nuestra fe en Él como liberador y salvador del mundo. Pero es también como Iglesia, unida siempre a Cristo, que nosotros nos reconocemos como instrumento de salvación y de liberación del pecado. Esta comunidad creyente, que tiene su fundamento en Cristo, está llamada a hacer presente y realizar la obra de Cristo en el tiempo sea a través de la comunidad parroquial, diocesana o universal.

Nuestra misión como Iglesia está pues, íntimamente identificada con la de Cristo: llevar a todos los hombres al conocimiento de Dios a fin de que se salven. Esta obra comienza con el anuncio de Cristo, luz del mundo, de quien procedemos, por quien vivimos y hacia quien caminamos (LG, 3). Por eso es importante que como miembros de ella vivamos en íntima y permanente comunión con Cristo mediante el conocimiento de su mensaje y la puesta en práctica de sus enseñanzas. Pero para que este conocimiento sea permanente y cada vez más creciente es necesaria una relación íntima por la oración, la práctica de la caridad y la participación en los sacramentos, especialmente la Eucaristía.

Cada domingo, mis hermanos, Dios nos habla para educarnos y llevarnos a la experiencia de la fe en la práctica de la caridad. Nuestra esperanza no consiste en seguridades adquiridas sólo con el esfuerzo humano. Nuestra esperanza no se funda en los logros de la ciencia, de la técnica o de la economía, Hay que comprometernos en estas tareas, sí, pero con la mirada puesta más allá de estas realidades. Para lograr esto tenemos el recurso inigualable de la Eucaristía. Apreciémosla y vivámosla a lo largo de la semana después de nutrirnos del alimento que el Padre nos ofrece a través de la Palabra y de su cuerpo y su sangre sacramentales.

María, nuestra Madre de Guadalupe, nos ayuda en este proceso de conformarnos a Cristo, su Hijo, para ser dignos discípulos suyos. Amén.

 
 
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