Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, en la solemnidad del IV
Domingo Ordinario.
Domingo 30 de enero del 2005
¡DICHOSOS
LOS QUE ELIGEN SER POBRES!
Alabemos,
hermanos, a Cristo, Hijo de Dios y hermano nuestro, que quiso hacerse
pobre naciendo, viviendo y muriendo pobre para hacernos ricos con
la vida que nos adquirió junto al Padre.
Hermanos,
la pobreza no es un bien en sí mismo, como tampoco lo son la
muerte, el sufrimiento, el dolor y la soledad. Pero todas éstas y
otras realidades humanas adquieren un valor incontestable cuando
se eligen en la libertad, en el amor y la obediencia de la fe.
El
domingo pasado reflexionábamos en la vocación que todo hombre tiene
a ser feliz. ¡Nacimos para ser felices! La vida human no tiene
otro sentido. A pesar de las adversidades y malos momentos por los
que pasamos seguimos anhelando y luchando legítimamente por ser
felices.
Hoy
nos dice esto mismo el Señor que semanalmente nos reúne para enseñarnos
a alcanzar este destino común de todos los hombres. Pero, como siempre,
nos lo dice de una manera desconcertante ya que contradice los
criterios del mundo, que en muchas ocasiones nos mueven en detrimento
de la fe que profesamos.
Efectivamente,
hermanos, los criterios terrenales, que frecuentemente compartimos
incluso muchos cristianos, son los mismos que se cultivaban en
la mentalidad judía de antes y de los tiempos mismos de Jesús:
la riqueza, el poder, el éxito y la salud eran signos de la bendición
de Dios. Eran valores tradicionales incuestionables que a los hebreos
les proporcionaban la certeza de una relación sana y segura con Dios.
Sin
embargo, mis hermanos, la Sagrada Escritura nos atestigua que
la enseñanza de Dios a través de los profetas era ya parecida a
lo que Jesús nos dice este domingo en el así llamado Sermón
del Monte. Lo que Jesús hace es llevar esa predicación profética
a su más profunda radicalidad y exigencia para sus discípulos,
socavando esa tradición al grado de escandalizar hasta el día de hoy
a muchos que tenemos la tendencia a hacernos una religión a nuestro
gusto. Dejemos hoy que la Palabra de Dios nos de los elementos
para aproximarnos a la enseñanza de Jesús.
Tanto
la primera lectura, tomada del profeta Sofonías,
como la segunda, de la primera carta a los Corintios del apóstol
san Pablo, nos hacen pensar y revisar esos criterios que tan fácilmente
nos atraen y nos mueven en la vida ordinaria.
Sofonías, en efecto, profetiza hacia el año 640 a.C. y comienza con su
mensaje un proceso que llegará a su máxima expresión en las bienaventuranzas
que Jesús pronuncia en su enseñanza. El pueblo de Israel, en
aquel tiempo, se ha visto muy empobrecido tanto material como moralmente
que se ha reducido a un pequeño resto de judíos humildes y pobres
que lo único que les queda es buscar al Señor como protector y salvador
de la situación de marginación y persecución en que se encuentran.
Dice el profeta que, de hecho, ellos son el pequeño resto santo
del pueblo de Dios. Ellos se encuentran en el lado opuesto de
los ricos orgullosos y poderosos, que no conocen otra seguridad que
la que les da el dinero y sus acciones opresoras de los pobres.
La
carta de Pablo nos advierte, por otro lado, que Dios ha mostrado
su poder y su sabiduría salvando a los que creen en un medio tan débil
que hace reír a los poderosos y sabios de este mundo por considerarlo
inadecuado para la salvación; este medio, mis hermanos, es
la cruz. Este instrumento, oprobioso en su época, que Dios eligió
para que lo sufriera su Hijo y mostrarnos así el gran amor que nos
tiene. El apóstol nos hace caer en la cuenta de que la mayor parte
de los discípulos de la cruz son gente que no cuenta en la sociedad:
no son sabios, ni poderosos, ni de origen noble. Son, más bien, los
ignorantes, según el mundo, los débiles, los insignificantes y despreciados
del mundo los que Dios elige para hacer entender a todos que nadie
tiene méritos propios para salvarse.
Jesús
nos dice que en la nueva realidad salvífica
que Él ha venido a inaugurar es necesario ser pobre. A diferencia
del evangelista san Lucas, san Mateo especifica: pobres de espíritu.
Expresión que ha dado lugar a muchas interpretaciones, pero que en
el lenguaje hebreo quiere decir, pobres desde lo más profundo del
ser, o bien, bienaventurados los que optan por ser pobres. Lo
que Jesús entiende por pobreza no es una situación material y social,
aunque no queda excluida, porque a veces es consecuencia, sino sobre
todo una actitud que compromete todo el ser del creyente.
Esta
actitud de pobreza espiritual implica, entonces, confianza y abandono
total en Dios; implica una libertad plena ante los bienes materiales,
el poder y la fama. Esta pobreza espiritual se manifiesta, todavía
más concretamente, en la capacidad de compartir lo que somos, sabemos
y tenemos precisamente con los que menos tienen y menos cuentan
para el mundo del consumismo, de la fama y del poder.
Como
podemos ver, mis hermanos, es algo muy difícil de vivir poniéndolo
en práctica para quienes estamos acostumbrados a valorar las cosa
materiales como nuestra seguridad y la fuente de toda felicidad. Pero
el que siendo rico se hizo pobre por nosotros es quien exige de
sus discípulos asumir una actitud de pobreza. Y esto no es posible
sino después de un acto de humildad para reconocer que nos cuesta
mucho asumirlo, lo cual nos lleva a intentarlo una y otra vez pidiendo
al mismo tiempo el auxilio de Dios para conseguirlo. Si somos concientes
de esta dificultad y pedimos la asistencia divina ¡ya estamos empezado
a ser pobres!
Nos
va ayudar en este intento recordar que quien nos pide, si tuvo
predilectos, fueron precisamente los pobres y los pecadores;
los que reconocen su necesidad de Dios. Además, el ocuparnos de
los pobres nos llevará a vivir en la justicia y en la caridad, y esto
necesariamente se traduce en una paz que se proyecta en muchos campos
de la vida social. No olvidemos, hermanos, que gran parte de los
males de este mundo tienen su origen en la avaricia que es exactamente
lo contrario a la actitud de pobreza que nos exige Jesús para seguirlo.
Mis hermanos, si logramos entender y vivir algo de esta exigencia
del Señor, podremos entender las demás bienaventuranzas, ya que en
realidad son glosa de ésta.
La
Eucaristía dominical nos ayuda a descubrir nuestra pobreza, que comienza con el reconocimiento
de nuestra necesidad de Dios para ser plenamente felices. La santa
misa nos acerca a nuestra realidad de pecadores, de necesitados de
la misericordia de Dios y nos promete lo que pedimos por que Él
mismo es quien nos pone en el fondo de nosotros mismos estos deseos.
Pero, además, lo podemos alcanzar porque lo pedimos por los méritos
de Cristo.
Estoy seguro, mis hermanos, que nuestra Niña y Señora Santa
María de Guadalupe, la humilde sierva del Señor que desde su pobreza
real vivió, en una perfecta confianza, la experiencia de la protección
y los favores divinos, nos acompaña como maestra e intercesora.
Amén