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Versión estenográfica
Homilía
pronunciada en la Basílica de Guadalupe por el Excmo. Sr. Mario Espinoza Contreras obispo de la Diócesis de Tehuacán.

6 de febrero de 2005

           Muy queridos hermanos sacerdotes, muy queridas hermanas religiosas, muy queridos seminaristas, muy queridos adoradores nocturnos, muy queridos hermanos y hermanas todos en el Señor, tanto los aquí presentes como todos los que nos siguen por las ondas del radio en nuestra Diócesis:

         El Concilio Vaticano II nos hace esta afirmación solemne: el pueblo mesiánico aunque no incluya actualmente a todos los hombres y con frecuencia parezca una grey pequeña, es sin embargo un germen segurísimo de unidad, esperanza y salvación para todo el género humano.

          Cristo que lo instituyó para que fuera comunión de vida, de caridad y de verdad, se sirve también de El como instrumento de la redención universal y lo envía a todo el universo como luz y sal de la tierra. En efecto, a lo largo de dos milenios los creyentes en Jesucristo, pese a sus debilidades y limitaciones, por el Poder Divino han sido germen de una nueva humanidad. El pueblo de Dios se ha proyectado en la historia, ha ennoblecido y dignificado al género humano. Los santos con su caridad heroica han sido la expresión más rica de una vida nueva y han trascendido por siglos, por sus obras. Sus sabios y artistas han aportado al mundo prendas de humanismo y belleza.

          Entre los redimidos y vivificados por nuestro Salvador destaca la figura entrañable de María que ha sido sal y luz de todas las naciones y que de manera especial lo ha sido para nuestro pueblo mexicano. Guadalupe significa río de luz. Ella siempre nos ha llenado de esperanza, de aliento para vivir, de consuelo en el dolor, de fortaleza en el sufrimiento y enfermedades. Ha sido una luz en nuestro camino cotidiano y ha iluminado las luchas por la justicia y la libertad. Es para nosotros el signo más claro, transparente y universal de la Salvación de Cristo que se ha operado en un creyente y es a la vez el signo más universal de la unidad nacional.

          Hoy sus hijos e hijas de la Iglesia que peregrina en Tehuacán le agradecemos su amor, su tierno cariño, todo lo que suscita a nuestros corazones y le rogamos que nos inspire sus valores y virtudes para cumplir lo que nos señala el Evangelio: ser sal de la tierra y luz del mundo.

          Seremos sal de la tierra si estamos en comunión con Dios y en comunión con los hermanos. Todos los días tenemos el reto ineludible de guardar, sostener y acrecentar la unidad con nuestro Padre Dios, la unidad con los familiares, con todas las personas. Y animados por ese interés se suscita en nuestro interior una serenidad permanente y un suave gozo.

          Con la cercanía al Señor vamos comprendiendo el sentido de nuestra existencia: por qué vivo, para qué estoy en este mundo, cómo estoy viviendo. Y con esa conciencia fundamental se propicia la responsabilidad, la entrega, el compromiso, y sobre todo la alegría de vivir que se irradia en la familia, en el trabajo, en la sociedad. Con esta manera de ser propiciaremos a todo lo que nos rodea un ambiente adecuado y un sabor agradable.

          Ser sal de la tierra implica necesariamente junto a la intimidad con Dios, el ser prójimos, el ser cercanos, el ser próximos a las personas. El no estar distantes ni indiferentes sino cercanos con ellos, valorarlos, respetarlos, ayudarlos. Debemos renunciar a oprimir a los demás, a desterrar el gesto amenazante y la palabra ofensiva, y más bien prodigarnos en el bien ajeno compartiendo nuestro pan y saciando la necesidad del humillado.

          En el día solemne de nuestro Bautismo, una vez que fuimos regenerados y transformados en hijos de Dios, el sacerdote encendió una vela en el Cirio Pascual que representa a Cristo, nos la entregó y en ambiente orante suplicó: reciban la luz de Cristo, a ustedes padres y padrinos se les confía el cuidado de esta luz a fin de que estos niños que han sido iluminados por Cristo caminen siempre como hijos de la Luz y perseverando en la fe puedan salir al encuentro del Señor con todos los santos cuando venga al final de los tiempos.

          ¡Qué profunda y rica oración!: llevar en nuestro ser constantemente la luz de Cristo. Que El ilumine nuestros pasos, nuestras decisiones, nuestras conversaciones, nuestras palabras y acciones. Que su mensaje evangélico sea lámpara en nuestra vida y así, quien es Justo, Clemente y Compasivo, como una luz en las tinieblas, brilla.

          María, Madre de la Iglesia, bendice nuestra Iglesia particular de Tehuacán, bendice a sus agentes de pastoral tanto los que tienen el ministerio ordenado como el ministerio laical. Bendice sus esfuerzos e iniciativas. Bendice también nuestras prioridades pastorales en aras de una nueva evangelización; en la formación de familias integradas, en el trabajo de conjunto, en la planeación a nivel parroquial, decanal y diocesano, y también en la necesaria promoción de la dignidad humana.

          Santa María de Guadalupe, Reina de México, la del pendón de Hidalgo y la generala de Morelos, te encomendamos nuestras esperanzas, te rogamos por las nuevas autoridades estatales y municipales. Que se distingan por sus actitudes idóneas, su honestidad, su capacidad de coordinación, su eficiencia, su apertura a la pluralidad y al diálogo. Que con ellos nuestro estado de Puebla se desarrolle, progrese y especialmente vaya abatiendo con decisión sus carencias más fundamentales como son la extendida desnutrición, el abundante analfabetismo y la necesidad de suficientes fuentes de trabajo.

          Hermanos y hermanas, que con la fuerza de la Eucaristía, Pan de Vida Eterna, aunada a nuestra decidida voluntad, que todos seamos en enmedio de nuestros hogares, labores y comunidades, sal de la tierra y luz del mundo.
Que nuestra Señora del Tepeyac, Estrella de la mañana, mujer llena de luz, nos alcance ese don. Santa María de Guadalupe, Reina y Patrona de México, salva nuestra Patria y conserva nuestra fe.

 
 
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