Homilía
pronunciada por Mons.
Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal
de Guadalupe y Rector del Santuario, con motivo de la celebración
eucarística para conmemorar el don de la maternidad.
10 de mayo de 2005
MUJERES: MARÍA, LA IGLESIA Y NUESTRAS
MADRES
Una vez más, muy queridos hermanos y hermanas, Dios
nos concede reunirnos en torno de nuestra Madre santísima de Guadalupe,
para honrarla a Ella, en primer lugar, en esta fiesta de las madres.
Con Ella y en Ella queremos hoy honrar
a las madres, nuestras madres, las que nos han traído al mundo; pero también queremos
celebrar con cariño y gratitud a las mujeres que realizan su maternidad
en el servicio a los más necesitados. Y de paso también, ¿porqué
no pensar en la Madre Iglesia, con su figura de mujer, esposa y madre?.
Esta madrugada, los primeros minutos del “Día de las
Madres” rindámosle homenaje a la madre, a la Madre de América;
santa María de Guadalupe, a las mujeres mexicanas y a las de toda
América. Así pues reciban nuestro saludo y más cariñosa felicitación.
El 10 de mayo de 1990 en Chihuahua, el Santo Padre
Juan Pablo II, de feliz memoria, nos decía: “La experiencia diaria
nos muestra que a una esposa cristiana corresponde de
ordinario una familia en el que permanece vivo el amor de
Dios, la practica de la vida sacramental y del amor al prójimo.
Así mismo la armonía, la serenidad y la alegría de la vida de familia
dependen en gran medida de la mujer, esposa y madre quien,
con su intuición, su tacto, su afecto, su paciencia, su generosidad,
suaviza asperezas y tensiones. Ella levanta los ánimos decaídos
y ofrece un puerto acogedor en el cual refugiarse cuando afloran los
problemas en cualquier edad de la vida”. “Con razón se ha
dicho que la mujer ha desempeñado un papel providencial en la conservación
de la fe de este querido continente” Hasta aquí las palabras del
Sumo Pontífice.
Pienso, mis hermanos, en todas aquellas mujeres,
bendecidas por el sacramento del matrimonio, que con su virtud,
su dignidad y nobleza, que se manifiestan en su fidelidad conyugal,
en su generosa maternidad y en su servicio diario, tanto en lo material
como en lo espiritual, son para su hogar la garantía de una vida
estable y noble.
Pienso en todas aquellas mujeres, madres viudas,
indígenas, las que hacen de padre y madre, es decir las madres
solteras; las enfermas, pobres y marginadas,
que experimenten la protección de santa María de Guadalupe, se sientan
reconfortadas en sus sufrimientos y descubran en Ella, el modelo
de mujer sencilla y humilde bendecida por Dios.
Pienso, también, hermanos, en las mujeres no casadas,
pero que viven para los demás en un servicio abnegado y al
mismo tiempo callado y muy discreto en la atención a los más necesitados
de los más diversos ambientes de la sociedad. Algunas de ellas son
vírgenes consagradas, insertadas en el mundo y que han optado sabia
e intrépidamente por los valores del Reino. Éstas son hermanas
de los más pobres entre los pobres y no tiene miedo de nada porque
están asistidas por una fuerza especial que sólo el Espíritu de Dios
puede dar.
Pienso también en las mujeres abandonadas por
sus maridos, por las madres que sufren los vicios y el abandono
de sus hijos, las que justa o injustamente se encuentran prisioneras,
por las que han perdido el sentido de su maternidad, es decir
por aquellas que por diversas circunstancias abandonan a sus hijos.
Pidámosle al Señor, les conceda a todas ellas una vida plena y realizada
buscando siempre hacer la voluntad divina. No olvidemos también a
aquellas madres que han sido llamadas a la Casa eterna del Padre,
que, a ellas el Señor las mire con ojos de misericordia.
La Palabra sagrada, que hoy hemos escuchado en la casa
de María, Madre de Dios y Madre nuestra, toma el perfil de la mujer
perfecta, especialmente la figura de María, para hablarnos
también de la figura de la Iglesia que a la manera de una Madre
nos da a luz mediante el bautismo y nos cuida, nos nutre, nos
hace crecer, nos llena de alegría con todos los bienes espirituales
que posee y nos hace disfrutar a través de los sacramentos.
En la primera lectura, al hablar de la Sabiduría, el
autor recurre a la figura de una mujer que es esposa y madre
y de la cual hace el elogio más completo. Es el retrato, de lo que
sería, según Fray Luis de León, “la perfecta casada”. El autor
sagrado quiere con este recurso presentar el ideal de todo ser humano.
Veamos cómo es esta mujer, repito, ideal de
todo ser humano que se precie de serlo, especialmente, de un
miembro del Pueblo de Dios: esa mujer es libre, capaz, sabia, amorosa,
responsable, sensible a las necesidades de los que viven en torno
suyo. ¡es alegre, es feliz! Porque da a manos llenas.
Hermanos, la mayoría de las madres, se aproximan en
mucho a este retrato que el autor del libro de los Proverbios hace
de la sabiduría. Ellas poseen una sabiduría natural que es producto
de su experiencia, pero sobre todo del amor y de su sensibilidad
femenina.
Pidamos a Dios que nos las conserve a sí. Pidamos por
aquellas que se sienten tentadas – llevadas por la modernidad
– a ser diferentes. Así es como ellas, como dije antes, pueden
ser la garantía de armonía y concordia en el hogar; de paz, de alegría
y libertad en la familia.
La segunda lectura, tomada de la carta a lo Gálatas,
nos lleva a considerar en la Encarnación la intervención creyente
y humilde de María como la mujer que, en los planes inefables
del Padre, entró de una manera libre y obediente, precisamente
con todas las cualidades de la mujer que describe el libro de los
Proverbios.
María fue la mediadora de la condescendencia
de Dios al hacerse hombre, en otras palabras, fue quien, con su humanidad, hizo posible
la solidaridad del Hijo de Dios con la humanidad. Así es como María
se convirtió en Madre de la humanidad creyente. María, madre del
hombre perfecto, Jesús, es Madre de todos sus hermanos. Por eso la
perfectamente favorecida (llena de gracia), la mujer perfecta,
es nuestra Madre.
Hermanos, si muchas mujeres, muchas de nuestras
madres, se acercan al retrato descrito en la Escritura,
seguramente asegurarán la integración familiar que se necesita
hoy para formar una sociedad más acorde con los planes de Dios.
El evangelio de san Juan nos regala en medio del drama
del Calvario, las palabras de Jesús a Juan por las cuales le entrega
a María como Madre y Ella a Juan como Hijo. Desde la más antigua
tradición, este pasaje se ha entendido más bien en clave eclesiológica.
Es decir, algunos de los padres de la Iglesia vieron en esta escena
del Calvario, a la mujer como signo de la Iglesia, la nueva comunidad
como una madre a la que el creyente se acoge y a la cual acoge con
fe y amor.
Por eso, esta noche, mis hermanos y hermanas, los invito
a felicitarnos y a agradecer a estas tres madres: La que nos dio
a luz, la que nos regaló la salvación, es decir a su Hijo: María;
y la que nos ha hecho nacer para la vida eterna mediante el bautismo
y nos sostiene en el camino con sus sacramentos: la Iglesia.
En realidad, mis amados hermanos y hermanas, son inseparables
Y sabemos por la experiencia que una, cualquiera de ellas, nos lleva
a las otras. Así por ejemplo, hemos de agradecer cómo la madre
biológica nos enseñó a amar tanto a María como a la Iglesia.
Celebrar a las madres es reconocer su papel heroico
en la vida familiar y más aún en el campo social, laboral, de la cultura,
etc.
Es por eso que en este día de las madres, me dirijo
también a los esposos, pues tienen ustedes el grave deber de colaborar
en las cargas del hogar, con la educación de los hijos, empeñándose
en ser portadores de salvación para su familia, además del deber
de ser fieles al amor de sus esposas respondiendo con un amor
único e indiviso. ¡La familia se conserva y se fortalece gracias
al amor!.
Celebrar a la madre, es celebrar a la familia, por eso
que también me dirijo ahora a los hijos, frutos del amor y
expresión concreta de la maternidad y de la paternidad. A ustedes
corresponden también las tareas del hogar así como la diligencia en
sus estudios y deberes propios de su estado, esto será la mejor expresión
de su amor por quien les ha dado la vida.
Celebrémoslas y agradezcamos especialmente a nuestra
Señora de Guadalupe que, en este lugar; el que Ella eligió para
vivir entre nosotros, nos haya mostrado el amor del Padre.
Pidámosle que alcance para nuestras madres y para la
Iglesia realizar el ideal que nos propone la Escritura al describir
a esa mujer, abnegada, noble, sabia y amorosa, a fin de que faciliten
a todos el camino al Padre. Así sea.