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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XIV Domingo Ordinario.

Domingo 3 de julio de 2005

SABIDURÍA FUNDADA EN LA SENCILLEZ Y EN LA HUMILDAD

Hermanos: démosle gracias a Dios nuestro Padre porque nos ha dado a conocer los misterios de su amor a través de su Hijo amado.

Mis queridos hermanos, este domingo cambia un poco el tono con que nos venía hablando nuestro Maestro y Señor. Alguna vez han calificado esas enseñanzas suyas de ‘evangelios incómodos’. En verdad no dejan de inquietar y, como solemos decir, nos mueven el tapete. Pero no podemos negar y, más bien agradecer, que nos hacen ver con realismo las exigencias de la fe y dejar actitudes equivocadas y falsas seguridades.

El cambio de tono del mensaje de Jesús está en que nos habla de él mismo, pero en relación con su Padre y con nosotros. Podríamos decir, que el Maestro nos abre hoy su intimidad. Y ya que nos ha abierto su corazón entremos por el camino que nos ha dejado: el de las Sagradas Escrituras. A través de ellas ha querido dirigirse a nosotros para entablar ese diálogo de amor, revelándonos el misterio de su relación con su Padre y con nosotros.

Así pues, en la primera lectura hemos escuchado un oráculo del profeta Zacarías. Probablemente este texto fue compuesto a fines del siglo IV o principios del III a. C. Y tener en cuenta este dato es muy importante para poder comprender el contenido de su mensaje, ya que para ese entonces la comunidad judía no poseía ya ningún poder político y la dinastía davídica había perdido, desde hacía siglos, sus funciones política y religiosa; se trata, pues, de un texto de gran carga mesiánica, es decir, se está hablando de un rey ideal, del rey mesiánico que no se ha de apoyar en los medios y recursos humanos, sino que pone toda su confianza en Dios; por él es justo y victorioso, pues su fuerza está en Dios.

El profeta revive en ese rey mesiánico las figuras de David y de Salomón y, como rey de paz para Israel y para todos lo pueblos, este rey iniciará una política de desarme. Se trata de un concepto que aparece en muchos textos más considerados, como éste, de carácter mesiánico.

Para nosotros los cristianos, tanto la persona como el programa de este personaje nos remiten inmediatamente a Jesús que, el día de las palmas, hace su entrada triunfal como un rey pacífico cabalgando no en un brioso caballo, sino sobre un humilde asno.

En el evangelio y en un contexto de oposición al Reino, san Mateo nos obsequia hoy este texto que contiene en muy pocas palabras tres actitudes muy íntimas de Jesús ante Dios y ante sus discípulos, los pequeños. Frente a Corozaín, Betsaida y Cafarnaúm, ciudades rebeldes y enemigas de Jesús, así como frente a los fariseos y los publicanos, el Maestro exalta los verdaderos valores del Reino, los únicos necesarios para conocer los misterios del Reino.

En efecto, mis hermanos, y a tono con el Mesías descrito por el profeta Zacarías, Jesús bendice a su Padre por haber revelado ‘esas cosas’ a los pequeños que están dispuestos a recibirlas con simplicidad de mente y de corazón. Él mismo se presenta como el pequeño entre los pequeños, puesto que es el primero que conoce verdaderamente al Padre, porque todo se lo ha entregado al Hijo y éste a su vez se lo da a quien él quiere.

Hermanos míos, sabemos que Dios se revela a todos, pero los únicos que no lo pueden conocer son los sabios que, engreídos y atrapados en sus conocimientos, se incapacitan para recibir la revelación de Dios. En el tiempo de Jesús esos ‘inteligentes’ y ‘sabios’ son los maestros religiosos de su tiempo, es decir los escribas y los fariseos que se consideraban muy conocedores de la Ley y eran perfectos manipuladores de las tradiciones. Como sucede hoy en algunos ambientes incluso muy católicos, ellos poseían un ‘conocimiento’ profundo de la Ley y se convertían en opresores cargando sobre las espaldas de los pobres y de los ignorantes pesos insoportables que ellos ni siquiera tocan con un dedo (Lc 11,46). En realidad, lo que Jesús nos dice es que la revelación de ‘las cosas’ de Dios sólo las recibe quien está dispuesto en la humildad y en la actitud de necesitado.

Jesús vino, mis hermanos, a revelar los misterios de Dios que se resumen el inefable y gratuito amor del Padre por todos los hombres. El hombre, abierto a lo absoluto, inventa, en su búsqueda natural y legítima, formas y medios que lo lleven a una experiencia de Dios (eso es la religión natural); pero sólo Él es quien puede y quiere, en su gran misericordia, hacerse presente y darse a conocer. Nosotros los cristianos afirmamos en la fe que esto sólo se ha dado, de una manera total, insuperable y definitiva, en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre; camino al Padre, verdad y vida. Nadie, como él, puede ni podrá revelarnos la hondura de su misterio. De ahí la necesidad de vivir en comunión con Cristo que nos lleva al Padre.

La Eucaristía, queridos hermanos, es el medio privilegiado, instituido por Cristo que, permanentemente nos brinda este encuentro vivo y alegre con el único Dios verdadero. La escucha de su Palabra en medio de la asamblea santa del domingo, el ofrecimiento al Padre de la Víctima pura y perfecta que es su Hijo y nuestro Hermano, el testimonio de estar juntos compartiendo una misma fe, una sola esperanza en el único amor de Dios que se expresan de una manera total y perfecta en la comunión del pan único y partido, son los momentos más sublimes de la fe cristiana, como punto de llegada y a su vez punto de partida de la vida de la Iglesia.

En la Eucaristía acudimos a Jesús con nuestra carga que se hace ligera por su palabra eficaz de consuelo, alegría y libertad. No porque sea menos exigente o de una moral permisiva, sino porque la solidaridad fraternal de Cristo con nosotros nos hace llevadera la cruz.

Pero, no olvidemos, mis hermanos, que todo esto que estamos contemplando y reflexionando este domingo es posible si nos hacemos, como Jesús dice, pequeños, humildes y pobres, es decir, si aceptamos nuestras limitaciones y nuestras debilidades para no pretender caminar solos y autosuficientes con nuestra soberbia y nuestro orgullo.

Quiera la Virgen Madre, nuestra Niña Morenita, Santa María de Guadalupe, humilde y pobre, caminar con nosotros por los caminos señalados por su Hijo a fin de que, con su intercesión y su compañía, lleguemos a nuestro destino que es nuestro Padre. Amén.

 

 
 
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