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Versión Estenográfica

Homilía
pronunciada por Mons. Mario de Gasperín Gasperín, Obispo de la Diócesis de Querétaro.

17 de julio del 2005

Gracias a Dios y a su Santísima Madre que lo es también nuestra, a la Virgen de Guadalupe, porque nos ha concedido estar una vez más aquí en su casa.

Sentimos en nuestro corazón, su cariño, su caricia maternal. Ella nos consuela, nos sostiene en la fe, Ella cura nuestras heridas y ella nos comunica el gozo de la salvación que nos trajo su Hijo Jesucristo.

Todos juntos como Iglesia diocesana, ustedes hermanas y hermanos, especialmente hermanas peregrinas, como pueblo de Dios, sus sacerdotes, las hermanas religiosas, y todos, su pastor, su Señor Obispo, todos como Iglesia estamos agradecidos con la Virgen Santísima por esta Gracia especial de la peregrinación de este año.
Hemos llegado sanos y salvos a su casa, aquí Ella nos acoge como Madre, aquí nos aconseja, aquí aprendemos la lección para ser verdaderos discípulos de su hijo Jesucristo.

Hermanas peregrinas, recojo tres ejemplos que nos da Jesucristo, que nos pueden servir para nuestra vida. La parábola de la cizaña sembrada en el trigo, la Iglesia es ese campo donde Dios siembra buena semilla, el Evangelio, la doctrina cristiana, pero el poder del mal siempre siembra también su veneno, su cizaña, su mala semilla, y crecen juntos, hermanas y hermanos, pero al final de la ciega cuando dice Jesucristo, al final de los tiempos, el trigo se recogerá en graneros y la cizaña será arrojada al fuego. El trigo pesa más que la paja, aunque sea menos, pesa más y vale más. Vale más el bien que el mal, aunque aparentemente triunfa el mal, la victoria final será del bien.

Hermanas y hermanos, no permitamos que la cizaña, que la mala semilla germine en nuestro corazón; que seamos buen trigo de Dios para quedemos fruto abundante y el Señor nos recoja en su granero, en su Reino. No nos desesperemos del mal que existe, hagamos siempre el bien.

Segundo ejemplo de Jesucristo: el grano de mostaza. Pequeño pero crece y se hace un arbusto y las aves del cielo hacen allí su nido. Así somos nosotros, así nos sentimos nosotros también hermanas y hermanos. Somos pequeños, somos pocos a veces, somos una pequeña minoría en nuestra comunidad. La Iglesia no tiene poder, la Iglesia tiene el valor del Reino de Dios, tiene la fuerza de Dios.

Somos esa pequeña semilla de mostaza pero que tiene la fuerza de Dios y es capaz de convertirse en árbol frondoso. No nos desesperemos en nuestras comunidades, en nuestras parroquias, hagamos siempre el bien y el bien al final triunfará.

El otro ejemplo, el tercero que nos pone Jesucristo: la levadura en la masa. La levadura es poca pero fermenta a la masa que es muy grande. La fuerza de la levadura es el Evangelio, es la vida cristiana, es la doctrina de Jesucristo, es la Gracia de Dios, es nuestra fe.

Nosotros, aunque pequeños, podemos, con la fuerza de Dios, con la Palabra de Dios, con el Santo Evangelio, con la doctrina cristiana, con nuestra fe, superar las grandes dificultades. Más aún podemos transformar nuestra familia, nuestra comunidad, nuestra sociedad y porque no decirlo, también nuestra nación.

Si nosotros los católicos que tenemos esa buena semilla y la fuerza de Dios no transformamos nuestra sociedad, estamos perdidos, hermanas y hermanos.

Podemos decir que en nosotros, por misericordia de Dios, descansa la fuerza transformadora de Jesucristo, su Palabra, que con la fuera del Espíritu Santo, es capaz de transformar nuestra sociedad y conseguir una sociedad, una nación, una Patria mejor. Esa es nuestra honrosa, hermosa tarea.

Sin duda nos costará llevar la cruz e Cristo pero ese es el precio que nos exige nuestra fe. El ya lo pagó por nosotros, Jesucristo nuestro Señor. Nuestra Madre Santísima nos acompaña y nos protege y nos lleva al seguimiento e imitación de su Hijo Jesucristo.

Gracias peregrinas, por su presencia aquí, gracias por su fe, gracias por su amor a la Iglesia, gracias por su amor al Papa, gracias por su amor a la Virgen de Guadalupe, gracias por su amor a Jesucristo nuestro Señor.

Que la Madre Santísima, la Virgen del Tepeyac, nuestra Madre dulcísima, desde ésta su casa, nos bendiga y nos proteja a todos, bendiga sus hogares, sus familias, a sus familiares, a sus niños.

Que así sea.








 

 


 

 

 

 

 
 
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