VERSIÓN ESTENOGRÁFICA DE LA
HOMILÍA
PRONUNCIADA
POR EL NUNCIO APOSTÓLICO, GIUSEPPE BERTELLO EN EL ANIVERSARIO
DE LA BEATIFICACIÓN DE LA MADRE TERESA DE CALCUTA
5 de septiembre de 2005
Queridas hermanas
y queridos hermanos de la Caridad, hermanos y hermanas todos.
Una vez más nos hemos reunido para dar gracias a Dios por
el don que a hecho a su Iglesia y a su humanidad en la persona de
la Madre Teresa. Hoy celebramos su fiesta como beata y lo hacemos
aquí, a los pies de la Virgen de Guadalupe, porque la madre
(Teresa) nos ha enseñado que María puede ayudarnos de
la manera mejor a amar a Jesús e indicarnos el camino más
breve para llegar a El.
La Palabra de Dios, que la Iglesia ofrece hoy a nuestra meditación,
es como una sinfonía sobre el amor de Dios de un lado, que
nosotros sabemos se Encarnó en Jesús, y por el otro
lado es la respuesta del hombre. El libro del Cantar de los Cantares,
nos dice que Israel, purificado por la prueba del exilio descubre
que Dios se dirige no solo a la colectividad sino al corazón
de cada de nosotros y el verdadero amor se transforma en un diálogo,
en una búsqueda apasionada que se hace respuesta a la llamada
y al mismo tiempo se hace compromiso para construir una vida de comunión
y de integridad con Dios.
Es Dios que tiene siempre la iniciativa. Su Palabra llena de confianza
y de ternura llega derecho al corazón del hombre y lo hace
feliz. Madre Teresa ha vivido esta unión de amor con Dios y
la ha transmitido a sus hijos y a sus hijas. En el centro de su atención
no estaban, como puede parecer a primera vista, la pobreza y la miseria,
sino la unión total con Dios y el abandono incondicional a
El.
El sentimiento de ser un lápiz pequeño en las manos
de Dios, que quiere vivir en Ella, mirar con sus ojos, caminar con
sus pies, amar con su corazón. Ella decía a sus hijas:
“Dios me ama, yo no estoy aquí sólo para ocupar
un lugar, sólo para ser un número más. Vivamos
la vida de unión con Dios, todas nuestras pequeñas actividades
pueden ser ofrecidas por medio de la Sangre Preciosa , por medio de
Jesús. Mi respuesta al gran amor de Dios no puede ser más
que un abandono total a El, El puede hacer lo que quiera de mí.
Deja que Jesús se sirva de ti, sin consultarte”.
La madre quería que las personas que se le acercaban tuviesen
esta experiencia profunda de la ternura del amor de Dios. Ella con
la fuerza persuasiva de su palabra y de su ejemplo ha sido una verdadera
misionera del amor del Señor, y a todos ha transmitido un mensaje:
que El nos ama, nos acepta, es nuestra Providencia.
Son sus palabras: “una misionera de la Caridad debe ser una
misionera de amor. Una misionera es una enviada, Dios envió
a su Hijo, hoy nos envía a nosotras. Somos enviadas para ser
su amor entre los hombres, para llevar su amor y su compasión
a los más pobres de los pobres. No debemos tener miedo de amar,
una misionera de la caridad, debe ser una misionera de amor, Ella
es enviada para ser el amor de Dios”.
Tú y yo, concluía, somos algo especial para El, ser
su corazón para amarlo en los pobres, ser sus manos para servirlo
en los más pobres de los pobres. Madre Teresa, encontró
en el himno de la caridad de San Pablo, que hemos escuchado ahora,
el método, el camino para llevar a la humanidad el amor de
Dios. Sin el amor no somos nada y lo que hacemos no tiene sentido.
Cuántas personas podrían hacer la misma pregunta de
la pobre mujer de Calcuta con su cuerpo lleno de llagas purulentas:
hermana, le preguntó un día, ¿por qué
tú actúas de esta manera? No todos se portan así
¿quién te lo ha enseñado?. Y la madre con su
candor le contestó: “Mi Dios me lo ha enseñado,
ahora lo has conocido, Dios se llama amor”.
Pero la caridad de la Palabra de San Pablo no es algo teórico
o sentimental, tiene sus raíces en las bienaventuranzas. En
esta página del Evangelio de San Mateo Jesús nos presenta
la imagen de su discípulo consciente de sus debilidades ciertamente,
pero que pone su vida en las manos de Dios y en sus relaciones con
los demás sabe tener su mirada fija en El. Por eso es misericordioso,
valora la pobreza, busca la justicia y sabe construir la paz.
Madre Teresa, insistía mucho en las palabras de Jesús:
“bienaventurados los limpios de corazón porque ellos
verán a Dios”, y no se cansaba de repetir que sólo
un corazón puro puede ver a Dios, aludiendo a la visión
de fe que brota de la orientación de la vida hacia el Señor
y permite percibir en todo momento su Providencia. Un corazón
puro, abierto para recibir la luz y la Palabra del Señor se
presenta ante el prójimo con transparencia, con sencillez,
sin egoísmo.
“Somos llamadas a ser contemplativas con el corazón
del mundo de hoy”, decía, buscando la cara de Dios en
todo, en cada persona , siempre , en cada momento y en cada lugar,
sobre todo reconociendo su mano en los acontecimientos y particularmente
mirando y adorando la presencia de Jesús bajo las humildes
apariencias de la Eucaristía y bajo el mísero disfraz
del pobre. En las chozas, Jesús se esconde en la miseria y
en la pobreza de nuestra gente. No podemos hacer el voto de caridad
si no tenemos la fe que ve a Jesús en la gente que nos rodea,
de lo contrario, nuestro trabajo no es más que un trabajo social”.
El Papa Juan Pablo II, recibiendo a la gran familia espiritual nacida
del corazón de Madre Teresa, decía: “El mensaje
de la Madre, hoy mas que nunca se presenta como una invitación
dirigida a todos”. Toda su existencia nos recuerda que ser cristianos
significa ser testigos de la Caridad. Esta es la consigna de la nueva
Beata. Haciéndome eco de sus palabras, continuaba el Papa,
“exhorto a cada uno a seguir con generosidad y valentía
los pasos de esa auténtica discípula de Cristo”.
En efecto, una mujer tan pequeña, tan pobre, tan sencilla
y humilde ha ejercido y continúa ejerciendo un gran atractivo
que no se puede explicar con categorías puramente humanas.
La razón profunda está en el hecho que se ha convertido
en un signo transparente de la presencia de Jesús y de su Iglesia
en el mundo, ocupándose
Del más pequeño de nuestros hermanos.
Y en nuestra época tan confusa, tan violenta y llena de contradicciones,
ella ha manifestado lo que es el amor cristiano y ha mostrado que
llegar a ser santos significa llegar a ser humanamente santos, sabiendo
conjugar la santidad con la bondad, la compasión y la misericordia.
Pienso en ciertas analogías con las primeras comunidades cristianas
cuando resaltaba a los ojos de los paganos el testimonio de la fraternidad
y de la entrega de caridad al prójimo. Esto es lo que ha hecho
Madre Teresa, tratando a los más pobres como personas y sobre
todo como hijos de Dios sin tomar en cuenta su creencia o su religión.
Creo que cabe a cada uno de nosotros recoger este modelo y este ejemplo.
En medio de nuestras ocupaciones cotidianas no podemos descuidar lo
que es esencial: mostrar el amor misericordioso de Dios mediante nuestro
ejemplo, mediante nuestro empeño de caridad y nuestra entrega
servicial especialmente hacia los más necesitados. La Madre
Teresa, con su enseñanza y con su testimonio demostró
que ellos tienen nuestros mismos derechos y que el mundo moderno,
tan orgulloso de sus conquistas, no puede dejarlos de su costado,
si quiere ser un mundo humano.
Madre Teresa no tuvo miedo de defender la vida naciente y a las mujeres
que querían abortar les decía: “no los maten,
déjenlos a mí, déjenlos nacer”.
Yo quisiera concluir estas palabras recordando una vez más
sobre todo a quienes entre nosotros nos sentimos vinculados de una
manera o de otra a la espiritualidad de la madre, lo que decía
Juan Pablo II: “De una pequeña semilla el Señor
ha hecho crecer un árbol grande y rico en frutos”. Y
precisamente ustedes, hijas e hijos de Madre Teresa, son los signos
más elocuentes de esta fecundidad profética. Conserven
inalterado su carisma, sigan sus ejemplos, y ella, desde el cielo,
no dejará de sostenerlos en el camino diario. Así sea.