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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en el II Domingo Cuaresma
, en la Basílica de Guadalupe.

28 de febrero de 2010
Año Sacerdotal

QUE JESÚS OCUPE EN EL CORAZÓN EL LUGAR QUE LE CORRESPONDE

¡Bendito y alabado sea Dios nuestro Padre; Padre bondadoso y misericordioso, por el inmenso amor con que nos ama en su Hijo amado, el elegido, el Hijo de sus complacencias!

En Él se han cumplido todas las promesas hechas a los antepasados, especialmente las que hizo a los patriarcas empezando por Abraham, nuestro Padre en la fe. Toda la Historia de Salvación, mis amados hermanos y hermanas, está hilvanada por una cadena de promesas y cumplimientos provisionales, que suscitan la fe hasta el cumplimiento definitivo que ya ha llegado a su etapa final en nuestro Señor Jesucristo. La fe, en efecto, mis amados hermanos, ES LA CONDICIÓN NECESARIA PARA MANTENERNOS EN EL RITMO DE LA ESPERANZA de alcanzar lo que se nos promete. Dios siempre es fiel.

Así sucede desde Abraham, que creyó y el Señor se lo tomó en cuenta (Gn 15, 6). Por eso es el Padre de muchos creyentes entre los que nos encontramos los discípulos de Cristo en quien hemos fijado nuestra mirada y toda nuestra esperanza. Pero Él es nuestra meta con tal de que nos decidamos a vivir constantemente en actitud de éxodo hacia la adquisición de la promesa que es Él mismo. ABRAHAM ES NUESTRO MODELO EN LA AVENTURA DE LA FE. El patriarca esperó una tierra y una descendencia más allá de toda esperanza. A partir de entonces su camino, se orientará de acuerdo con los proyectos de quien lo llamó y ahora camina junto a Él. Dios le ofrece su favor de Padre y hace una alianza, Abraham, por su parte, dice simplemente ¡SÍ! Por parte de Dios, esta alianza, con sus promesas y sus exigencias, jamás será abandonada, y entonces Abraham poseerá la tierra; pero no sucederá lo mismo con el pueblo descendiente suyo.

Como sabemos, mis amados hermanos y hermanas, más adelante, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob mandará a Moisés para hacer salir al pueblo de Egipto, con la alianza en el Sinaí, y hacer ingresar nuevamente a la tierra de los padres con una nueva promesa de poseerla. Con esto vemos, mis amados hermanos y hermanas, que toda alianza supone un éxodo y una entrada. Esta es la enseñanza principal de este domingo: todo éxito supone una alianza y una entrada. Es lo que ven los profetas: UNA SALIDA DEL PECADO; de la injusticia social y la mentira, del formalismo cultual engañoso e hipócrita a fin de ingresar en un reino mesiánico de paz y fidelidad, esto es, CON CRISTO que, como dice Pablo (Gal 4,16) es EL DESCENDIENTE ÚNICO POR EL CUAL SOMOS TODOS SALVADOS.

De esta manera, mis amados hermanos y hermanas, podemos entender la relación que existe entre el mensaje de la primera lectura del Génesis con el del Evangelio de Lucas que hoy hemos escuchado, y que hemos de meditar ahora detenidamente. Cristo se presenta como la alianza definitiva entre Dios y su pueblo. Pero para Él la alianza se da también a través de un éxodo, del que hablan entre sí Moisés y Elías; se refieren al paso que debe dar hacia la muerte a través de la pasión. Y en ese episodio de la transfiguración de Jesús también esta la promesa como su entrada en la gloria. Es lo que significa su rostro que cambia de aspecto y  se llena de luz sus vestiduras quedan impregnadas de una blancura hermosísima. SE TRATA, mis amados hermanos, DE SU RESURRECCIÓN, del anuncio de la resurrección.

Fijémonos un poco más en la escena evangélica y notemos que de los tres personajes de la escena, sólo Jesús es transfigurado, especialmente su rostro. Moisés y Elías sólo se ven envueltos en una luz gloriosa. Notemos también, mis amados hermanos, que Pedro, Santiago y Juan no caen en la cuenta de la diferencia, pues, Pedro, impactado por la escena propone hacer tres tienda por igual para cada uno de los personajes. No distingue la diferencia; para Él todos son igualmente importantes. Pero es la voz, que sale de la nube, la que ha de indicar quién es el verdaderamente importante. Parece decir: ÉSTE ES MI HIJO, EL ESCOGIDO, MI PREDILECTO, el del rostro transfigurado. Los otros, por muy importantes que hayan sido y parezcan, están apagados ahora; sólo sirvieron mientras se cumplía la promesa. De ahora en adelante, basta con escucharlo a Él, esto es suficiente. Más aún, su Palabra es la decisiva, los demás no lo llevarán a ningún lado. Ojala que nos convenzamos de esto, mis hermanos, que somos tan amantes de escuchar tantas voces y tantos ruidos, pero no escuchamos, no guardamos el silencio para escuchar la voz del mismo Señor Jesús, nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida. Hasta cierto punto, por sí mismos, todos los que rodean a Jesús, estos dos grandes personajes importantes, son obsoletos. Valen hoy mientras apuntan a Él, como centro de atención y de encuentro con lo que contiene la promesa. Por tanto les digo: escúchenlo.

Nuevamente, mis amados hermanos, hemos de insistir en que el sentido de la fe cristiana, en la que somos llamados a vivir, ha de tener como centro a nuestro Señor Jesucristo. Los evangelios, nos transmiten la tradición acerca de los inicios de la fe cristiana en los que los primeros cristianos buscaron dejarse iluminar por lo sucedido en Cristo. Pronto se dieron cuenta de LO IMPORTANTE PARA SALVARSE ERA CONOCER, A JESUCRISTO, ESCUCHARLE, OBEDECERLE, SEGUIRLE. Por eso los evangelios son “relatos de conversión” (J. Antonio Pagola) que han de ser leídos, meditados, predicados, guardados, rumiados, saboreados en el corazón para ser vividos por los creyentes individual y comunitariamente.

Mis amados hermanos y hermanas, Cristo era como nosotros su apariencia era la de un hombre, como hay tantos en el mundo, pero un día quiso mostrarnos sus divinidad y haya en el monte se transfiguró y los apóstoles creyeron. También, nosotros, amados hermanos, podemos transfigurarnos si dejamos el llano y subirnos al monte con Cristo, es decir: si dejamos nuestra casa, nuestros apostamientos, nuestras instalaciones y emprendemos el éxodo, el camino hacia un nuevo cielo y una nueva tierra, como Abraham. Pero subir al monte, mis hermanos y hermanas, y dejar lo nuestro cuesta, claro que cuesta, pero nosotros mismos lo solemos decir: solamente lo que cuesta vale. Decimos, por ahí en un dicho: que el que quiera azul celeste que le cueste.

Miren, mis amados hermanos, la Cuaresma nos invita a un sacrificio, a una fe austera, a una alegría de dejar lo malo para recibir una herencia del cielo. Creo que vale la pena vivir y creer en la fe, correr la aventura de la fe, a pesar de todas las dificultades, de todos los problemas con los que diario nos enfrentamos.

Por eso cada domingo, no sólo de Cuaresma, sino de todo el año, es una oportunidad de escuchar el Evangelio, de acoger la Buena Noticia de Jesucristo, a Jesús mismo que nos habla en la asamblea dominical santa para ilustrarnos sobre su misterio. El misterio de su persona que nos salva, que camina junto a nosotros, Jesucristo a quien nos trajo a la Morenita del Tepeyac hace 478 años; es nuestro amigo que nos llama una y otra vez a la conversión a seguirle. Por tanto, mis amados hermanos, una comunidad que escucha a Jesús cada domingo se transforma constantemente. La Eucaristía es conversiva, liberadora si sabemos vivirla; si sabemos participar adecuadamente en ella, es decir, mis hermanos, la Eucaristía nos renueva, nos da signos de que Cristo está vivo y nosotros con Él, también, vivimos en plenitud, desde ahora.

Una comunidad así, atrae, convence e invita a la fiesta de la vida, a la alegría del bien y el amor fraterno. Una comunidad así, mis amados hermanos, como queremos que sea esta comunidad de la casita de la Señora del Cielo, se convierte a su vez en el rostro de Cristo en la historia tan necesitado este mundo de su luz, que dé seguridad y conduzca a la felicidad prometida de la salvación.

La Sagrada Eucaristía, la Santa Misa, también nos habla de la cruz en la cual Jesús derramó la sangra que nos salva. Y éste es el otro tema que nos hace considerar el texto evangélico y sobre el que san Pablo habla cuando nos advierte, con gran emoción, que algunos de nosotros se comportan como enemigos de la cruz, es decir, vivimos sólo para dar rienda suelta a los desenfrenos, convirtiendo estos desenfrenos, verdad, en sus dioses, convirtiendo estos los placeres, en nuestros dios y estos es de todo tipo, cada quien analice su vida, cada quien déjese interpelar por esta Palabra para que pueda responderle al Señor en esta Cuaresma, para que pueda morir con Cristo y resucitar con Cristo, para que pueda desde ahora contemplarse transfigurado y capaz de transfigurar su realidad y su ambiente.

Mis amados hermanos y hermanas, que nuestra Muchachita, la Morenita del Tepeyac, nuestra celestial Señora, Hija de Abraham, nos enseñe a vivir como Ella la aventura de la fe según el modelo del padre de los creyentes. Que como Él, nos atrevamos a correr el riesgo de la fe, asumiendo la cruz y llevados sólo por la Palabra de Dios, Palabra fiel que promete y cumple.

Amén.

 
 
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