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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en el I Domingo Cuaresma
, en la Basílica de Guadalupe.

21 de febrero de 2010
Año Sacerdotal

LA PALABRA: LÁMPARA PARA NUESTROS PASOS (SAL, 119, 105)

Mis queridos hermanos y hermanas, ¡Bendigamos a Dios, nuestro Padre, que nos ha llamado a la salvación y nos concede continuamente los medios necesarios para alcanzar lo que nos promete!

Es en la dinámica de su misericordia como entendemos este tiempo de gracia que hemos iniciado el Miércoles de Ceniza. Deseando, pues, que la Cuaresma sea, como señala el Papa Benedicto XVI en su mensaje, “un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para cumplir toda justicia”. Este domingo, mis hermanos, les quiero proponer para nuestra meditación el tema de la Palabra de Dios como fuente de este conocimiento de Dios y de nosotros mismos frente a las ofertas que hoy se nos proponen para alcanzar la felicidad, pero al margen del proyecto amoroso de Dios.

En efecto, mis amados hermanos y hermanas, la Palabra de Dios que, cada domingo escuchamos con fe y devoción, se nos da como la fuente de sabiduría que nos permite conocer el proyecto divino y a Dios mismo en quien creemos, a quien amamos y a quien queremos servir. Por eso, mis queridos hermanos, los invito a detenernos en cada uno de los textos bíblicos a fin de encontrar qué nos dice la Palabra que nos transmiten los textos litúrgicos. Domingo tras domingo el Señor nos cuestiona, nos interpela, nos acude, nos alimenta, nos alimenta con su Palabra.

En la primera lectura tomada de del libro del Deuteronomio tenemos una profesión de fe que los judíos hacían cada año al presentar las primicias del campo en el templo. Se trata de un acto litúrgico que, a diferencia de los pueblos paganos que los rodeaban y aludían a un mito de fertilidad, traía a la memoria hechos históricos de su experiencia de salvación. En efecto la oración de todo israelita era un recuento de las acciones que Dios realizó desde la liberación de la esclavitud en Egipto hasta la entrada a la tierra prometida para poseerla. El acto litúrgico, en el que participaba el sacerdote recibiendo las ofrendas del que entraba al templo, era una actualización y acción de gracias por la posesión de la tierra que, a su vez, le ha dado sus productos. Es decir, el creyente israelita entra al templo llevando en las manos lo que de Dios ha recibido, dando gracias en adoración y en obediencia.

San Pablo nos ilustra, en su carta a los Romanos que hoy hemos escuchado, acerca del don de Dios, es decir, de la gracia, que nos salva, la cual no depende del esfuerzo humano, sino de la sola misericordia divina acogida sincera y humildemente en la fe. Con argumentos tomados de la Sagrada Escritura, el Apóstol nos muestra cómo el don de Dios se acepta en la libertad, como respuesta humana. Ahí está la fuente de la salvación en cuya dinámica entra la respuesta humana en la fe, permitiendo con la obediencia y el amor que la acción de Cristo crucificado y resucitado sea eficaz en cada uno de nosotros los creyentes. Este misterio los cristianos lo celebramos no con ofrendas materiales, sino ofreciendo al mismo autor de nuestra salvación, Jesucristo, a quien nos unimos como ofrenda al Padre en cada Eucaristía y en la permanente práctica de las obras de misericordia, de las obras de caridad.

Igualmente en el Evangelio, san Lucas, mis amados hermanos, nos refiere en la narración de las tentaciones de Jesús, cómo Él las supera con base a la Sagrada Escritura, que contienen la Palabra de Dios. San Lucas nos señala en el párrafo anterior que Jesús es miembro de la humanidad asumida por Él mediante la Encarnación, pero no es un hombre más, sino el origen de una humanidad nueva. Como todo hombre, sin embargo, es sometido a la tentación. Los cuarenta días que pasa en el desierto, y por cierto es empujado por el Espíritu Santo al desierto el mismo que recibió en el bautismo, ahora lo empuja al desierto. Y miren, mis amados hermanos, los cuarenta días que pasa en el desierto son una cifra simbólica que trae a la memoria tanto los cuarenta años del pueblo, verdad, en su éxodo por el desierto, como otros acontecimientos de la historia de Israel. Abraham encuentra a Yavhé en el desierto, Moisés es forjado en el desierto. Miren, son muchos los acontecimientos en la historia de Israel en el desierto.

Al ser tentado, Jesús reacciona de una manera nueva y tajante argumentando también con la Escritura: ante la propuesta del diablo de echar mano de sus poderes divinos para salir de la condición de hambre y pobreza que resiente en su cuerpo, cita las Escrituras en donde se afirma que el ser humano no vive sólo del pan que nutre el cuerpo, sino precisamente de la vida verdadera y trascendente en proporción a la Palabra de Dios (Dt 8,3). A la segunda tentación, que consiste en buscar el poder como un bien en sí mismo, de manera que Jesús se realice más bien como mesías político y dominador, Él responde también acudiendo a la tradición escriturística (Dt 6,13): Al Señor tu Dios rendirás homenaje y al él solo prestarás servicio. Finalmente, el diablo se atreve también a argumentar con la Escritura con el Salmo 91, fíjense el diablo mismo se atreve a argumentar con la Escritura, con el Salmo, para poner a prueba la fidelidad de Dios, a lo que Jesús responde frontalmente: No tentarás al Señor tu Dios (Dt 6,16).

Mis amados hermanos y hermanas, es muy importante que para nuestro crecimiento en la fe que profesamos, valoremos la actitud que Jesús muestra en este pasaje ante la Palabra contenida en la Escritura Santa: en ella encuentra los argumentos para salir adelante ante las propuestas del diablo de apartarse del proyecto amoroso de Dios para llevar a cabo la salvación. Jesús, como hombre nuevo, está totalmente dispuesto a la obediencia a partir de sus conocimientos de la Escritura por la que podemos conocer la voluntad divina.

Mis queridos hermanos y hermanas, el conocimiento, el estudio, el escrudiñar las Sagradas Escrituras, el meditarla y rumiarla, el disfrutarla, el gozarla, miren, son regalos de Dios en función de su Palabra, que es su contenido. Y nos ponen en relación íntima con el Dios verdadero, pues, por medio de ella nos sale al encuentro. Ojala que todos tengan en sus casas la Sagrada Escritura, la Sagrada Biblia, la Palabra de Dios, pero no de adorno, verdad. Un día llegó a visitar una familia y me dicen: monseñor venga, ¡qué bonita Biblia tenemos aquí! Una tremenda Biblia que necesitaban un cargador, verdad. Pero ahí en un nicho, bajo llave, con candados, es que es preciosa, es dorada, tiene estampas bellísimas. No es para adornar la casa, por favor, no, la Sagrada Escritura, la Biblia, mis hermanos, es para estudiarla, meditarla, profundizarla.

Miren, ahí sale al encuentro Dios con nosotros para revelarse y darnos a conocer el misterio amoroso de salvación para cada y para toda la humanidad. Además ella debe ser la fuente de nuestra oración y de nuestra súplica en este tiempo privilegiado de penitencia. Ahí encontramos los Salmos, los mismos que pronunciaba, con los que oraba Jesús en el Templo, en la Sinagoga.

Mis hermanos, ojalá que oremos, que la Sagrada Escritura sea también fuente de nuestra oración, fuente de nuestra suplica en todo tiempo, particularmente en este tiempo de privilegiado de penitencia. Ojala que la Sagrada Escritura se convierta en el camino de nuestra conversión; de nuestro regreso al verdadero Dios que con frecuencia hemos abandonado o estamos tentados a abandonar para ir a servicio de otros dioses como son: el placer, el poder, el tener, el parecer, el dinero, el materialismo que se nos presentan constantemente suplantado al verdadero Dios, el que se nos ha manifestado en su Hijo Jesucristo.

Y que encontramos en la Sagrada Escritura, sólo Él es nuestro modelo y camino de salvación, no hay otro, mis hermanos. Pero no lo podemos seguir sino lo conocemos, como sólo Él puede ser conocido y amado; y esto, mis hermanos, sólo es posible si al menos acudimos los domingos con el corazón bien abierto, para escucharlo en la Sagrada Escritura proclamada en la Sagrada Eucaristía. Aunque sería mucho mejor si optáramos, a partir de ahora, por el estudio, la reflexión en los pequeños grupos que se forman en nuestras parroquias, en nuestras comunidades.

Pedimos el auxilio de Nuestra Muchachita y Celestial Señora, nuestra Madre y Maestra en la escucha humilde y obediente de la Palabra que nos salva. Ella nos enseña a vivir este tiempo de Cuaresma, porque vivió de muy cerca el misterio de su Hijo, porque supo acoger la Palabra de Dios, rumiarla y guardarla en su corazón. Ella, mis amados hermanos, nos muestra cómo una creatura puede participar tan hondamente en el misterio de Cristo y nos señala que para vivir con Cristo, hay que morir con Él. 

Amén.

 
 
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