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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en el VI Domingo Ordinario
, en la Basílica de Guadalupe.

14 de febrero de 2010
Año Sacerdotal

UN EVANGELIO SUBVERSIVO

¡Bendito sea Dios, Padre de los pobres y de los afligidos que nos muestra cuánto nos ama cuando nos invita a confiar plenamente en Él!

Mis queridos hermanos y hermanas, el Dios que se nos ha revelado en la historia de Israel contenidas en las Sagradas Escrituras, es un Dios diferente de todos los dioses a los que  se da culto en el entorno del pueblo elegido; pero es Jesucristo quien nos ha dado, en su persona misma, un signo inequívoco y creíble de este misterio de amor de Dios por la humanidad. Ahí lo contemplamos y lo vemos.

El tema de la pobreza y la riqueza, como dos realidades, siempre presentes en la historia de la humanidad, pero al mismo tiempo contrapuesta hasta el punto de provocar levantamientos y revoluciones sociales, es siempre un asunto polémico por los aspectos: religioso, político, económico y cultural que implica.

Mis amados hermanos y hermanas, ¿ES DIOS, EL DIOS EN QUIEN CREEMOS, UN DIOS EXCLUYENTE? ¿ES UN DIOS CON PREFERENCIAS? Y, por nuestra parte ¿podemos creer en un Dios que se inclina por los pobres? ¿QUIÉNES SON LOS POBRES? ¿Es que todos tenemos que ser pobres? En el fondo, mis hermanos, la pregunta es ¿QUÉ TIENE QUE VER LA JUSTICIA CON LA FE? En el fondo esta es la cuestión ¿QUÉ TIENE QUE VER LA JUSTICIA CON LA FE?

Como siempre, la Palabra de Dios viene en nuestro auxilio este domingo para iluminarnos una vez más a fin de entrar en sintonía con la enseñanza y el testimonio de Jesús con su propia existencia entre nosotros. Él en su vida, en sus obras, en su muerte, es una completa paradoja viva. Pues, siendo Dios y, por lo tanto, sumamente rico, en Jesús se hizo sumamente pobre. Él es la verdad más profunda sobre Dios, Él es la verdad más profunda sobre el hombre. Veamos cómo nos ilustra la Palabra de Dios, que acabamos de proclamar, mis amados hermanos.

En la primera el profeta Jeremías nos prepara para una comprensión más cercana al mensaje del Evangelio de Jesús con una frase lapidaria que no necesitaría mucha explicación si no fuera porque se suele entender de una manera torcida. Empleando un lenguaje sapiencial, poético, profético y al estilo que Jesús empleará después, el profeta advierte: ¡MALDITO EL HOMBRE QUE CONFÍA EN EL HOMBRE Y SE APOYA EN LOS MORTALES, mis amados, y se apoya en los mortales, APARTANDO SU CORAZÓN DEL SEÑOR! Ahí está la enseñanza. Será como un matorral en la estepa que no ve venir la lluvia… (vv. 5-6)

Mis hermanos, se trata de una maldición sobre quienes se sienten autosuficientes, orgullosos, soberbios y ponen toda su seguridad en los recursos humanos. Definitivamente, mis amados hermanos, hemos de tener cuidado de no entender el texto como una condena de la confianza necesaria en el trato de unos con otros, confianza sin la cual resulta imposible la convivencia. El sentido de maldición se capta mejor en la repetición del concepto pero en sentido positivo (vv. 7-8): BENDITO QUIEN CONFÍA EN EL SEÑOR, BENDITO QUIEN PONE EN EL SEÑOR SU CONFIANZA. Será como un árbol plantado junto al agua, que alarga hacia la corriente sus raíces…

Hace ochos días, mis amados hermanos, san Lucas nos refirió cómo, después de la pesca milagrosa, los primeros discípulos, dejándolo todo siguieron a Jesús. Enseguida llamó a Mateo y, poco antes del texto de este domingo, se nos relata cómo eligió de entre sus discípulos a los doce apóstoles. De manera que para el primer discurso de Jesús ya están los doce entre sus seguidores permanentes junto con muchos otros discípulos. A Jesús lo sigue una muchedumbre de gente que ha recibido algún favor de parte suyo y buscan también escuchar sus enseñanzas.

Es importante, mis amados hermanos, notar que san Lucas coincide con san Mateo en colocar este discurso de Jesús en el inicio de su ministerio, así como en su contenido general con una afirmación común: LA FELICIDAD DE LOS POBRES; pero Lucas se refiere a esa felicidad como actual y, además sin ninguna especificación acerca de la pobreza. También como algo propio de Lucas es la maldición de los ricos. De manera que Lucas, nos ofrece, entonces, bienaventuranzas para los pobres, cuatro, y malaventuranzas para los ricos, cuatro también. Siguiendo precisamente el ritmo sapiencial y poético: habla de los pobres.

Mis hermanos, pongamos atención no bendice Jesús la pobreza que significa muerte y degradación, que nos quede clarito. Dios quiere al hombre revestido de dignidad, como un dios. Dios quiere que sus hijos vivan y vivan plenamente y felices. Bendice Jesús a los pobres y a los que se siente pobres, los bendice porque ponen en Dios su riqueza. No tienen en que apoyarse más que en Dios, son pobres pero confían y son felices, por eso el Reino de Dios les pertenece. Las malaventuranzas, las maldiciones, los halles que proclama Jesús no nacen de un espíritu odioso, sino compasivo. No son imprecaciones vengativas, sino doloridas, son como gritos proféticos, como lo de Juan Bautista para despertar a los inconscientes son, mis hermanos, oráculos sangrantes para conmover precisamente a la misericordia.

El Evangelio deja bien claro que Jesús identifica a los pobres con los que ahora tienen hambre y los que ahora lloran. Todos ellos, junto con los perseguidos por su causa, serán saciados y consolados tendrán, finalmente, una gran recompensa en el cielo.

En consonancia con la primera lectura hemos de entender, entonces, que se trata de una pobreza real y material como consecuencia de una decisión de ser fieles a Cristo para poner toda la confianza en un Dios y Padre providente. Si escuchamos a san Mateo que especifica esa pobreza al añadir de espíritu – él dice: BIENAVENTURADOS LOS POBRES DE ESPÍRITU- Miren, no podemos negar, entonces, que se trata de una opción libre y alegre que da seguridad en el presente y que se hace como signo de una total entrega y confianza en el Dios fiel, único y verdadero.

Los pobres que Dios en el Antiguo Testamento y Jesús en el Nuevo aman, defienden, consuelan y proponen como modelos de hijos de Dios y discípulos, SON LOS QUE VIVEN LIBRES Y ALEGRES, ocupándose, más que en acumular riquezas, seguridades humanas, influencias, placeres, honores… SE DESVIVEN POR SERVIR, POR CONSTRUIR UN MUNDO MÁS FRATERNO, MÁS IGUALITARIO; SE ESFUERZAN PORQUE REINE EN LA SOCIEDAD LA JUSTICIA, LA PAZ, EL PERDÓN Y LA RECONCILIACIÓN.

Mis amados hermanos, miren, son los que comparten lo que son, lo que tienen y saben, todo su ser, ¡qué hermoso! Especialmente con los que menos tienen y cuentan, en medio de un mundo consumista, materialista, hedonista, egoísta, calculador y cruel con quienes no piensan, ni viven conforme a sus criterios. Es el mundo -entiéndanse: personas, instituciones, sistemas económicos, políticos y sociales- es el mundo que luego persigue a los discípulos de Jesús.

Como podemos ver, mis amados hermanos y hermanas, no es fácil ser pobre en el espíritu de las enseñanzas y exigencias de Jesús. No nos identifiquemos precipitadamente con los pobres de Jesús, porque nos tendríamos que parecer mucho a Él, que siendo rico se hizo pobre (2Co 8,9). SER POBRE IMPLICA UNA CAPACIDAD MUY PROFUNDA DE ENTREGA A LA PROVIDENCIA AMOROSA DE DIOS COMO PADRE Y SEÑOR DE TODO LO QUE SOMOS, TENEMOS Y PODEMOS. Y exige, mis hermanos, un desarrollo espiritual al que estamos todos llamados como discípulos, pero que no alcanza sino como un don que hay que recibir o pedir con fe.

Si nos queremos identificar con los pobres de las bienaventuranzas tendríamos que renunciar a nosotros mismos y a las falsas seguridades (cada uno pida la gracia de identificarlas) esto es lo interesante de la Palabra de Dios cada domingo. Identifiquemos, mis hermanos, a que tenemos que renunciar, ¿cuáles son nuestras falsas seguridades? que nos engañan, para ser dueños de lo que Dios quiera darnos y vivir ya, dese ahora, muy contentos y felices; sin ambiciones, ni angustias y miedos por el futuro, ni por puestos o reconocimientos humanos, sin seguridades materiales que nos impidan salir al encuentro con los que menos tienen y cuentan en ese mundo que ya hemos descrito.

Eso sí en medio de persecuciones, rechazos y peligros. Diríamos, mis hermanos, resumiendo el mensaje de este domingo. Diríamos con santa Teresa de Jesús: “…QUIEN A DIOS TIENE NADA LE FALTA. SÓLO DIOS BASTA”. Me atrevería a decir, mis amados hermanos y hermanas, que todos nuestros afanes tienen su raíz en la falta de pobreza evangélica, que es mucho más que pobreza meramente material, pero va incluida.

Tenemos que reconocer con sinceridad, mis hermanos, que esto, que es tan importante para Jesús, nos falta mucho por alcanzarlo; pero podemos pedirlo, ya que el Señor nos permite hoy verlo y apreciarlo como lo más valioso, como el gran tesoro. Ahí donde está tu tesoro, ahí está tu corazón ¿dónde está tu corazón? ¿dónde está nuestro tesoro? Estoy seguro de que Dios está dispuesto a concedernos esa gracias de hacer de Él nuestro fundamento, la razón de nuestra vida, hacer de Jesucristo nuestro camino, nuestra verdad y la vida.

Como siempre, miremos a nuestra preciosa Niña y Celestial Señora, la Siempre Virgen Santa María de Guadalupe, la Morenita del Tepeyac, que es modelo de entrega y es modelo de desprendimiento de sí misma para abandonarse, en su pobreza, de una manera total a Dios.

Amén.

 
 
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