¡Bendito
sea Dios, Padre de los pobres y de los afligidos que nos muestra
cuánto nos ama cuando nos invita a confiar plenamente en Él!
Mis queridos hermanos y hermanas, el
Dios que se nos ha revelado en la historia de Israel contenidas
en las Sagradas Escrituras, es un Dios diferente de todos los dioses
a los que se da culto en el entorno del pueblo elegido; pero es
Jesucristo quien nos ha dado, en su persona misma, un signo inequívoco
y creíble de este misterio de amor de Dios por la humanidad. Ahí
lo contemplamos y lo vemos.
El tema de la pobreza y la riqueza, como
dos realidades, siempre presentes en la historia de la humanidad,
pero al mismo tiempo contrapuesta hasta el punto de provocar levantamientos
y revoluciones sociales, es siempre un asunto polémico por los aspectos:
religioso, político, económico y cultural que implica.
Mis amados hermanos y hermanas, ¿ES
DIOS, EL DIOS EN QUIEN CREEMOS, UN DIOS EXCLUYENTE? ¿ES UN DIOS
CON PREFERENCIAS? Y, por nuestra parte ¿podemos creer en un
Dios que se inclina por los pobres? ¿QUIÉNES SON LOS POBRES?
¿Es que todos tenemos que ser pobres? En el fondo, mis hermanos,
la pregunta es ¿QUÉ TIENE QUE VER LA JUSTICIA CON LA FE? En
el fondo esta es la cuestión ¿QUÉ TIENE QUE VER LA JUSTICIA CON
LA FE?
Como siempre, la Palabra de Dios viene
en nuestro auxilio este domingo para iluminarnos una vez más a fin
de entrar en sintonía con la enseñanza y el testimonio de Jesús
con su propia existencia entre nosotros. Él en su vida, en sus obras,
en su muerte, es una completa paradoja viva. Pues, siendo Dios y,
por lo tanto, sumamente rico, en Jesús se hizo sumamente pobre.
Él es la verdad más profunda sobre Dios, Él es la verdad más profunda
sobre el hombre. Veamos cómo nos ilustra la Palabra de Dios, que
acabamos de proclamar, mis amados hermanos.
En la primera el profeta Jeremías nos
prepara para una comprensión más cercana al mensaje del Evangelio
de Jesús con una frase lapidaria que no necesitaría mucha explicación
si no fuera porque se suele entender de una manera torcida. Empleando
un lenguaje sapiencial, poético, profético y al estilo que Jesús
empleará después, el profeta advierte: ¡MALDITO EL HOMBRE QUE
CONFÍA EN EL HOMBRE Y SE APOYA EN LOS MORTALES, mis amados,
y se apoya en los mortales, APARTANDO SU CORAZÓN DEL SEÑOR!
Ahí está la enseñanza. Será como un matorral en la estepa que no
ve venir la lluvia… (vv. 5-6)
Mis hermanos, se trata de una maldición
sobre quienes se sienten autosuficientes, orgullosos, soberbios
y ponen toda su seguridad en los recursos humanos. Definitivamente,
mis amados hermanos, hemos de tener cuidado de no entender el texto
como una condena de la confianza necesaria en el trato de unos con
otros, confianza sin la cual resulta imposible la convivencia. El
sentido de maldición se capta mejor en la repetición del concepto
pero en sentido positivo (vv. 7-8): BENDITO QUIEN CONFÍA EN EL
SEÑOR, BENDITO QUIEN PONE EN EL SEÑOR SU CONFIANZA. Será como
un árbol plantado junto al agua, que alarga hacia la corriente sus
raíces…
Hace ochos días, mis amados hermanos,
san Lucas nos refirió cómo, después de la pesca milagrosa, los primeros
discípulos, dejándolo todo siguieron a Jesús. Enseguida llamó a
Mateo y, poco antes del texto de este domingo, se nos relata cómo
eligió de entre sus discípulos a los doce apóstoles. De manera que
para el primer discurso de Jesús ya están los doce entre sus seguidores
permanentes junto con muchos otros discípulos. A Jesús lo sigue
una muchedumbre de gente que ha recibido algún favor de parte suyo
y buscan también escuchar sus enseñanzas.
Es importante, mis amados hermanos, notar
que san Lucas coincide con san Mateo en colocar este discurso de
Jesús en el inicio de su ministerio, así como en su contenido general
con una afirmación común: LA FELICIDAD DE LOS POBRES; pero
Lucas se refiere a esa felicidad como actual y, además sin ninguna
especificación acerca de la pobreza. También como algo propio de
Lucas es la maldición de los ricos. De manera que Lucas, nos ofrece,
entonces, bienaventuranzas para los pobres, cuatro, y malaventuranzas
para los ricos, cuatro también. Siguiendo precisamente el ritmo
sapiencial y poético: habla de los pobres.
Mis hermanos, pongamos atención no bendice
Jesús la pobreza que significa muerte y degradación, que nos quede
clarito. Dios quiere al hombre revestido de dignidad, como un dios.
Dios quiere que sus hijos vivan y vivan plenamente y felices. Bendice
Jesús a los pobres y a los que se siente pobres, los bendice porque
ponen en Dios su riqueza. No tienen en que apoyarse más que en Dios,
son pobres pero confían y son felices, por eso el Reino de Dios
les pertenece. Las malaventuranzas, las maldiciones, los halles
que proclama Jesús no nacen de un espíritu odioso, sino compasivo.
No son imprecaciones vengativas, sino doloridas, son como gritos
proféticos, como lo de Juan Bautista para despertar a los inconscientes
son, mis hermanos, oráculos sangrantes para conmover precisamente
a la misericordia.
El Evangelio deja bien claro que Jesús
identifica a los pobres con los que ahora tienen hambre y los que
ahora lloran. Todos ellos, junto con los perseguidos por su causa,
serán saciados y consolados tendrán, finalmente, una gran recompensa
en el cielo.
En consonancia con la primera lectura
hemos de entender, entonces, que se trata de una pobreza real y
material como consecuencia de una decisión de ser fieles a Cristo
para poner toda la confianza en un Dios y Padre providente. Si escuchamos
a san Mateo que especifica esa pobreza al añadir de espíritu – él
dice: BIENAVENTURADOS LOS POBRES DE ESPÍRITU- Miren, no podemos
negar, entonces, que se trata de una opción libre y alegre que da
seguridad en el presente y que se hace como signo de una total entrega
y confianza en el Dios fiel, único y verdadero.
Los pobres que Dios en el Antiguo Testamento
y Jesús en el Nuevo aman, defienden, consuelan y proponen como modelos
de hijos de Dios y discípulos, SON LOS QUE VIVEN LIBRES Y ALEGRES,
ocupándose, más que en acumular riquezas, seguridades humanas, influencias,
placeres, honores… SE DESVIVEN POR SERVIR, POR CONSTRUIR UN MUNDO
MÁS FRATERNO, MÁS IGUALITARIO; SE ESFUERZAN PORQUE REINE EN LA SOCIEDAD
LA JUSTICIA, LA PAZ, EL PERDÓN Y LA RECONCILIACIÓN.
Mis amados hermanos, miren, son los que
comparten lo que son, lo que tienen y saben, todo su ser, ¡qué hermoso!
Especialmente con los que menos tienen y cuentan, en medio de un
mundo consumista, materialista, hedonista, egoísta, calculador y
cruel con quienes no piensan, ni viven conforme a sus criterios.
Es el mundo -entiéndanse: personas, instituciones, sistemas económicos,
políticos y sociales- es el mundo que luego persigue a los discípulos
de Jesús.
Como podemos ver, mis amados hermanos
y hermanas, no es fácil ser pobre en el espíritu de las enseñanzas
y exigencias de Jesús. No nos identifiquemos precipitadamente con
los pobres de Jesús, porque nos tendríamos que parecer mucho a Él,
que siendo rico se hizo pobre (2Co 8,9). SER POBRE IMPLICA UNA
CAPACIDAD MUY PROFUNDA DE ENTREGA A LA PROVIDENCIA AMOROSA DE DIOS
COMO PADRE Y SEÑOR DE TODO LO QUE SOMOS, TENEMOS Y PODEMOS.
Y exige, mis hermanos, un desarrollo espiritual al que estamos todos
llamados como discípulos, pero que no alcanza sino como un don que
hay que recibir o pedir con fe.
Si nos queremos identificar con los pobres
de las bienaventuranzas tendríamos que renunciar a nosotros mismos
y a las falsas seguridades (cada uno pida la gracia de identificarlas)
esto es lo interesante de la Palabra de Dios cada domingo. Identifiquemos,
mis hermanos, a que tenemos que renunciar, ¿cuáles son nuestras
falsas seguridades? que nos engañan, para ser dueños de lo que Dios
quiera darnos y vivir ya, dese ahora, muy contentos y felices; sin
ambiciones, ni angustias y miedos por el futuro, ni por puestos
o reconocimientos humanos, sin seguridades materiales que nos impidan
salir al encuentro con los que menos tienen y cuentan en ese mundo
que ya hemos descrito.
Eso sí en medio de persecuciones, rechazos
y peligros. Diríamos, mis hermanos, resumiendo el mensaje de este
domingo. Diríamos con santa Teresa de Jesús: “…QUIEN A DIOS TIENE
NADA LE FALTA. SÓLO DIOS BASTA”. Me atrevería a decir, mis amados
hermanos y hermanas, que todos nuestros afanes tienen su raíz en
la falta de pobreza evangélica, que es mucho más que pobreza meramente
material, pero va incluida.
Tenemos que reconocer con sinceridad,
mis hermanos, que esto, que es tan importante para Jesús, nos falta
mucho por alcanzarlo; pero podemos pedirlo, ya que el Señor nos
permite hoy verlo y apreciarlo como lo más valioso, como el gran
tesoro. Ahí donde está tu tesoro, ahí está tu corazón ¿dónde está
tu corazón? ¿dónde está nuestro tesoro? Estoy seguro de que Dios
está dispuesto a concedernos esa gracias de hacer de Él nuestro
fundamento, la razón de nuestra vida, hacer de Jesucristo nuestro
camino, nuestra verdad y la vida.
Como siempre, miremos a nuestra preciosa
Niña y Celestial Señora, la Siempre Virgen Santa María de Guadalupe,
la Morenita del Tepeyac, que es modelo de entrega y es modelo de
desprendimiento de sí misma para abandonarse, en su pobreza, de
una manera total a Dios.
Amén.