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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el Primer Domingo de Adviento.

Domingo 27 de noviembre de 2005.

 


ESTAR ATENTOS

Muy queridos hermanos: nuevamente nos encontramos, por la gracia de Dios y de su misericordia, comenzando un año litúrgico nuevo. Iniciamos con el Adviento el cual vale la pena entenderlo en relación con todo el ciclo que nos irá presentando las diversas etapas y los distintos aspectos de nuestra salvación. El Adviento es la etapa de preparación a la fiesta del natalicio de Jesús, el Señor. Pero es también un tiempo privilegiado que nos pone en el contexto de la espera que la humanidad ha experimentado, y vive en gran parte todavía, de una liberación total que le haga vivir el sentido de su existencia.

Con el adviento, pues, nos unimos a toda la humanidad que, a lo largo de los siglos anhela vehementemente ser libre, vivir en una paz total, una felicidad plena, una situación permanente de amor y fraternidad, en fin, valores todos muy legítimos que garantizarían una vida perfecta. Pero estamos unidos también a una humanidad de siglos que no han sabido más que oponerse y actuar en contra de aquello que desea y busca. La explicación de esta continua contradicción del hombre consigo mismo es, desde la perspectiva de la fe cristiana, la situación de pecado en que está postrado.

Han existido siempre voces de quienes dicen que es indigno del hombre esperar una intervención de un supuesto ser supremo para liberarse de sus males más profundos. Dicen que el hombre debe aceptar su propia situación y desafiar el destino adverso con sus propias fuerzas en lugar de esperar algo de un Dios ajeno a su situación cuya trascendencia no le permite ocuparse de las miserias humanas.

Nosotros los cristianos por el contrario, creemos que es Dios quien ha puesto en lo más íntimo del corazón humano esos deseos de dicha y plenitud y que es posible alcanzar como un don divino y a la vez como un logro nuestro. Dios no es un ser ajeno a nosotros. Nos hizo a imagen y semejanza suya al darnos la vida y al prometernos alcanzarla en su plenitud junto a Él. El Dios en quien creemos los cristianos es un Dios cercano, más aún, un Dios que está en medio de nosotros, es el Emmanuel. Veamos cómo lo expresa la Escritura en los textos de este primer domingo de adviento.

La primera lectura, mis hermanos, llama a Dios goel, es decir, rescatador o liberador, así se llama la tradición judía al pariente más cercano que ha de dar la cara por alguien que se encuentra en situaciones muy difíciles, podría ser el caso, tal vez, un hombre que ha sido vendido por causa de una deuda, que no pudo saldar. El profeta hace suyo el anhelo del pueblo por su rescate, pues se encuentra en el cautiverio babilónico a causa de sus pecados. Con todo, no deja de tener esperanza en la misericordia de un Dios que siempre se ha manifestado como Padre. Así lo contempla repasando su historia. El profeta llama, pues, Dios Padre y Redentor. Y la oración, que Isaías dirige a este Padre Dios en nombre de la comunidad, es una súplica para que vuelva como tal y los salve, pues sin una intervención suya el pueblo es incapaz de verse libre de las consecuencias de sus pecados.

En el mismo tono escuchamos, y hemos hecho nuestra, la súplica del salmista (Sal 79): que Dios, nuestro pastor, venga en nuestro auxilio; que visite su pueblo, la viña que Él mismo ha plantado como propiedad suya. No basta el esfuerzo humano, es necesaria la intervención divina que hace real y consistente la vida del creyente.

Por su parte san Pablo, en la segunda lectura, se dirige a los Corintios para recordarles la cantidad de dones que ha recibido de Dios por medio de Cristo, dones que los mantienen en la esperanza que se concretiza en una actitud de espera de la manifestación definitiva de Cristo. Como en el profeta Isaías, en Pablo vemos también una actitud de confianza que se apoya en lo que Dios ha hecho en el pasado. De manera que la obra, que Dios ha comenzado por medio de Cristo, llegará a su plenitud en la comunión plena con Él con la segunda venida de su Hijo.

Jesús, en el evangelio de hoy, que es parte de la obra de Marcos, en su sección escatológica (c. 13), nos hace ver que, puesto es imprevisible esta intervención divina por medio de la cual llevará a plenitud su obra, se impone una actitud de vigilante espera. Sus palabras son un llamado a vivir responsablemente. Los dones que se nos han dado nos sirven para poder responder adecuadamente a lo que Dios espera de nosotros. No nos pedirá nada que exceda a lo que Él mismo nos ha concedido gratuitamente. No es posible hacer cálculos porque el momento está siempre cercano y exige, más bien, estar siempre dispuestos a dar cuentas.

El Señor viene, hermanos. Es la certeza de la fe que nos hace vivir en el optimismo de una esperanza bien fundada en la benevolencia de un Dios fiel. Este optimismo, que quede bien claro, hermanos, nos hace, sí, ver la realidad tal como es, y muchas veces con sus aspectos tan negativos, pero esta esperanza nos hace descubrir en ella la oportunidad de sumarnos al proyecto de Dios porque Él cuenta con nosotros. Esta certeza de fe y llena de confianza en nuestro Padre, nos lanza a buscar y a descubrir la presencia de Dios como novedad permanente; no nos deja permanecer en la monotonía de lo ya visto, de los ya probado y seguro, sino nos hace descubrir la novedad de Dios que se hace presente en tantos y tantos acontecimientos de nuestra vida. Esto, mis hermanos, nos hace vivir en constante vigilancia y permanente espera.

Vivamos, pues, hermanos, este tiempo de Adviento como la oportunidad de revisar la calidad de nuestra esperanza y de ejercitarla, en vistas a nuestra propia salvación, en un compromiso con Dios participando en sus intereses que no son otros que los del amor que nos tiene a nosotros y al mundo.

Unidos a María, Señora del Adviento y maestra en la esperanza, por su entrega total a Dios, mantengamos el ritmo de la espera. Amén.

 
 
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