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Homilía Pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce

Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA DE GUADALUPE

12 de diciembre del A. S. 2005

UNA GRAN SEÑAL APARECIÓ EN EL CIELO

(Ap. 12,1; Is 7,10-14).

Eucaristía Solemne de la Festividad de Santa María de Guadalupe

12 de Diciembre del 2005 - 00:00 hrs.

Altar Mayor de la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe

Hermanas, hermanos…

Bendigamos al Padre y Dios de misericordia que, por su Espíritu, nos dio a su Hijo nacido de la Virgen María nuestra Señora. Y démosle gracias porque ha tenido a bien expresar el amor que nos tiene en la presencia de la gran Madre de su Hijo y Madre nuestra Santa María de Guadalupe, en estas tierras que ha bendecido con la fe y sostiene hoy por la intercesión de tan gran Señora en el camino hacia el cumplimiento de su misión como Iglesia y pueblo testigo de sus maravillas en medio de la humanidad.

Nuestro buen Padre Dios, en su inefable amor, hace 474 años, con lo sucedido en el mes de diciembre de 1531, en esta colina del Tepeyac con el maravilloso Acontecimiento Guadalupano al que está indisolublemente unido nuestro querido San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, en los comienzos de una etapa nueva para esta Nación y para el Continente, y en los inicios de la época moderna, tuvo a bien incorporarnos a esta última etapa de la salvación, la inaugurada por Cristo hace más de dos mil años, mediante la fe en su Hijo.

Desde entonces, mis queridos hermanos, este Continente y esta Nación tienen la gloria de ser instrumentos de salvación para todos los que buscan a Dios y están abiertos a la salvación que nos trae Jesucristo. Esta vocación, que es su gloria, es también una tarea para México y el Continente que han de ser una señal viva del amor misericordioso de un Dios que no deja de ocuparse de todos y cada uno de los miembros de la humanidad  que tienen su destino en su Creador.

Alabemos, hermanos, a María, Madre del verdadero Dios por quien se vive. Nuestra Madrecita, nuestra muchachita, Nuestra Niña Tonantzin Guadalupe; Dulce Madre de la Nación Mexicana, Patrona de América y de Filipinas. Ella ha sido para nuestras tierras una verdadera señal del cielo. Señal del amor misericordioso del Padre que nos ama, desde siempre, como a hijos muy queridos pero, desde la aurora de la evangelización de este continente, no cesa de hacérnoslo sentir. En efecto, desde la llegada de la fe cristiana al Nuevo Mundo, nuestro buen Padre Dios quiso que tuviéramos a María, su Hija Menor, como la primera evangelizadora. Desde entonces, ella cumple solícita esta misión. Felicitémosla, pues, hermanos, y felicitémonos de tenerla como Madre y Abogada, así como Maestra y Guía en nuestro empeño de fidelidad a la fe recibida y en nuestro empeño misionero en este milenio que todavía está comenzando y a casi 475 años de su presencia bienhechora y amable para quienes la recibimos como signo vivo del amor de Dios.

María, Niña y Señora nuestra, Virgencita de Guadalupe, bendita seas por tu vocación y por tu misión, únicas e irrepetibles de ser Madre del Redentor y de dárnoslo para nuestra salvación. Con tu obediencia filial y alegre al proyecto eterno del Padre, nos diste la vida verdadera en su plenitud, es decir, al Hijo de Dios, nuestro Salvador. Esto, Señora, es la fuente de todas tus alegrías y de todas tus prerrogativas con que te llenaron de gloria el Eterno Padre y su Hijo como Esposa del Espíritu Santo.

Te alabamos, Madrecita del Tepeyac, te bendecimos y te damos gracias porque desde hace 474 años estás presente como una señal viva que el Señor, Dios nuestro, nos da para mostrarnos cuánto nos ama en su Hijo amado: Jesucristo, “Aquel por quien se vive, el Creador de las personas, el Dueño del estar junto a todos y del abarcarlo todo, Señor del Cielo y de la Tierra” (N. M. 26)

Madre nuestra, tú sabes y ves, tal vez con tristeza, que no todos los que nos decimos discípulos de tu Hijo, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, somos coherentes como Él nos lo pide. No todos hemos sabido ver en tu amabilísima persona la señal benévola de un Dios que nos da a manos llenas y no nos pide nada que no sea para nuestro provecho. No hemos sabido interpretar acertadamente el proyecto de vida que Dios nos ha dado en tu imagen amada.

Tú, Niña, Señora y Madre nuestra, sabes que nos falta mucho por valorar y apreciar el don inefable y perfecto de la salvación que tu Hijo e Hijo de Dios, Jesucristo, nos ofrece en su muerte y resurrección.

Nos falta mucho, Señora y Niña nuestra, crecer para que todos tus hijos sepamos, como tú, ser obedientes en la alegría, en la responsabilidad y la libertad. Nos falta mucho vivir, al servicio de los demás, como Jesús el Señor nos enseña y tú lo haces desde que llegaste a nuestras tierras, Deberíamos estar más disponibles para los que más nos necesitan que, por cierto son muchos, y son cada vez más, porque parece que les importan cada vez menos a quienes tienen más. ¡Que escandaloso contraste!, entre los que menos tienen y los pocos que tienen más.

Señora mía, mi Niña adorada causaré pena a tu venerado rostro, a tu amado corazón (N. M.110-111), la corrupción, la mentira y el egoísmo campean por nuestro mundo de manera tal que continuamente nos dejamos seducir por la tentación de una vida fácil a costa de la vida de tantos en cualquiera de las etapas del desarrollo humano. No sólo se atenta contra la vida en su inicio y en su etapa final, sino también en las etapas intermedias cuando no hay igualdad de oportunidades para todos, no se respetan los derechos humanos más elementales, la injusticia en las relaciones de trabajo es pan de todos los días para muchos de nuestros hermanos; cuando mueren hoy en pleno siglo veintiuno tantos pobres a causa de enfermedades que ya habían sido erradicadas…

Hoy que estamos aquí, para felicitarte, Señora y Madrecita nuestra, “la perfecta siempre Virgen María”; queremos obsequiarte con un deseo sincero de que tu Hijo sea Señor de estas tierras bendecidas por la fe y tu presencia amorosa. Te ofrecemos nuestro esfuerzo por hacer de este maravilloso pueblo de México y de este Continente un lugar donde brille la justicia, la fraternidad, el amor y la paz como señales de nuestra fe y de la presencia del Reino de Dios.

Por eso, Muchachita, la Más pequeña de mis Hijas, Señora, intercede, por nosotros, por estos hijos tuyos que, en todo el mundo, pero especialmente en el Continente americano y en Filipinas hoy te agradecen y dan gloria a Dios por los beneficios que recibimos de tu maternal protección. Intercede ante el Padre Dios, nuestro Señor, para que nos perdone y nos de sabiduría y fuerzas para mantenernos y crecer en la fidelidad a la fe recibida y en la esperanza. Para que seamos, como Él quiere, signos, como tú, de amor para los más pequeños de tus hijos, como son los que están por nacer, los niños en situación de calle, los jóvenes que a veces pierden el sentido de su vida y caen en falsos paraísos; los ancianos olvidados que, a una sociedad utilitarista y materialista, le parecen un estorbo.

Te pedimos Morenita del Tepeyac por los esposos cuyo amor fue consagrado por el sacramento del matrimonio para que no se dejen seducir por el hedonismo y más bien se mantengan firmes en el amor fiel y abnegado y se esfuercen por mantener la integridad de la familia como base de una sociedad sana y segura. En el hueco de tus manos pongo a tantas familias desintegradas y que sufren, a tantas y tantas madres solteras o abandonadas.

Consuela, Señora y Madre Nuestra, a quienes acuden a ti con la esperanza de ser atendidos por tu solicitud maternal. Especialmente a quienes son víctimas de la mentira, la corrupción, el abandono, la injusticia y la soledad a causa del egoísmo y la falta de compromiso de quienes deberían desempeñar su tarea como servicio y  que se sirven más bien así mismos.

No permitas que tus hijos lleguen a destruirse por el odio, la amargura y la violencia que produce la frustración y la falta de oportunidades de desarrollo integral, oportunidades a las que todos tienen derecho. Antes bien, Señora y Madre nuestra, alcánzanos del Padre la gracia del perdón de la reconciliación  y de la paz, para que juntos como hermanos demos testimonio de amor en la unidad y en la caridad de unos con otros y seamos lo que Él quiere de nosotros.

En fin, ayúdanos, Señora y niña nuestra, a ser signos creíbles para todos aquellos que buscan con sinceridad la verdad y el amor, a fin de que, a través de nuestro testimonio, encuentren lo que necesitan para caminar hacia la vida eterna que tu Hijo nos prometió, en medio de este mundo egoísta y carente de amor.

Alcánzanos, Madre Santísima de Guadalupe, la fortaleza y santidad para ser luz en este mundo de densas tinieblas. Danos la esperanza, Señora del Adviento, de llegar a encontrarnos con Cristo, nuestro Salvador, y de ser camino para que otros muchos lo encuentren. Recuerda, Señora Madrecita y Niña Nuestra, que a esto has venido: a iluminar nuestras tierras con la luz del evangelio de tu Hijo. Se tú, nuestro modelo de seguimiento y entrega fiel a nuestro único Señor Jesucristo. Amén.

 
 
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