Domingo 5 de marzo de 2006.
REINO, CONVERSIÓN Y FE.
Demos
gracias a Dios, nuestro Padre, por este tiempo de Cuaresma
que estamos iniciando, pues es un tiempo especial de gracia, con
el cual nos bendice, a fin de que, por medio del espíritu de penitencia
que lo caracteriza, nos preparemos a celebrar con gran alegría
y gozo el misterio de la Pascua, misterio medular de nuestra fe
cristiana.
“La cuaresma —dice el santo Padre, en su mensaje de
este año— es el tiempo privilegiado de la peregrinación interior
hacia Aquél que es la fuente de la Misericordia.
Es una peregrinación en la que él mismo nos acompaña
a través del desierto de nuestra pobreza, sosteniéndonos en el
camino hacia la alegría intensa de la Pascua”.
El domingo pasado, queridos hermanos, para cerrar el primer
tramo del tiempo ordinario, meditábamos en el tema del desierto.
En este primer domingo de cuaresma, el desierto vuelve a atraer
nuestra atención con la imagen de Jesús en su centro. Al contemplar
a Jesús arrojado por el Espíritu al desierto, para ser tentado,
como lo expresa dramáticamente el evangelista san Marcos, podemos
verlo sumergido y totalmente posesionado de la humanidad que adoptó
mediante la encarnación. Contemplarlo ahí, de ninguna manera
es motivo de escándalo, sino todo lo contrario: es afirmar
nuestra fe una vez más en su misterio de Dios hecho hombre.
Pero no sólo eso, hermanos; ver a Jesús en el desierto venciendo
la tentación es para nosotros una oportunidad de descubrir
el sentido de nuestro peregrinar por la vida en búsqueda de la
tierra prometida. Es también valorar positivamente
las luchas y las fatigas que implica aceptar la oferta de salvación.
Quiero decir, hermanos, que en la imagen del desierto experimentamos
nuestra pobre y débil realidad humana enaltecida por un Dios misericordioso,
que toma en cuenta la importancia de la libertad y la voluntad
humana en la obediencia a su proyecto de amor.
Es cierto que Cuaresma es tiempo de conversión. Pero
es también tiempo de experiencia cada vez más profunda de fe.
Me parece, hermanos que no podemos verlas por separado, porque
no se dan sino juntas. La una sin la otra no pueden subsistir.
Me convierto para creer, creo para convertirme.
Me explico: Ambas son don de Dios. La conversión significa
no sólo un cambio en la conducta; no es sólo dejar de hacer
lo malo para hacer el bien; no sólo apreciar lo material
en su justo valor y limitado frente a Dios, para amar a Dios sobre
todas las cosas. La conversión es mirar con los ojos de la
fe los acontecimientos de nuestra vida y de la historia. Para
una conversión seria y profunda es necesario ver en la fe las
formas que Dios emplea para orientar la vida por donde y como
Él quiere. En otras palabras, hay verdadera conversión cuando
descubrimos en la fe que Dios camina a nuestro lado, pues
se ha hecho uno de nosotros en su Hijo Jesucristo.
Por eso, hermanos, después de mostrarnos a Jesús en el desierto
y saliendo victorioso de la tentación, el evangelista nos presenta
a Jesús anunciando la plenitud de los tiempos, y la cercanía
total del Reino al mismo tiempo que, en forma categórica, señala
las exigencias de los tiempos nuevos: la conversión y la fe.
Jesús la presenta como una exigencia como respuesta a lo que
está aconteciendo en su persona. Es en Él en quien se ha puesto
el Reino al alcance de la mano. Es cuestión de decisión. “Lo
tomas o lo dejas”. No se puede uno quedar indiferente. Conviértanse
y crean en el Evangelio es un llamado determinante al seguimiento
de Cristo, pues es Él mismo quien encarna el Reino. El imperativo
de Jesús implica abandonarse en Él que es la buena nueva dinámica
y operante.
La aceptación de esta buena nueva no es posible sin desierto,
pues Jesús mismo fue llevado por el Espíritu Santo a ese lugar
para asumir su misión. Como decíamos el domingo pasado, el
desierto es emblemático. Es símbolo de una experiencia más que
un lugar. Diríamos, hermanos, que es una situación existencial,
requisito indispensable para el encuentro consigo mismo y con
la misión. Esta experiencia lleva consigo la tentación ya que
se presentan diversas alternativas, unas más cómodas o más
prometedoras que otras, tanto en la forma de llevar a cabo la
misión como en sus resultados. Todo depende de la razón y
la finalidad por las que se ejerce la libertad y se pronuncia
la voluntad.
En realidad, mis hermanos, Jesús no tuvo como misión
revelar un concepto nuevo sobre Dios, porque es cierto que no
decía, conceptualmente hablando, nada nuevo. Su misión
fue, más bien, manifestar, con su palabra y con su obra, una
realidad nueva para el hombre: la soberanía graciosa de Dios como
irrumpiendo en el mundo. Dios gobierna con la soberanía absoluta
de un rey, pero no se compara con ninguno de los reyes de este
mundo, porque su reino es un reino de amor, de justicia y de paz
que lleva al hombre a la felicidad plena.
Jesús, queridos hermanos, es el heraldo y el iniciador efectivo y definitivo
de este Reino. Ya no hay nada que esperar, sólo su realización
plena. Pero ya está en acto. Ya estamos, si queremos, viviendo
como ciudadanos del Reino en la medida en que nos sometemos libre
y gozosamente a su dominio por medio de la obediencia en la fe
y el amor. Y, más concretamente, con la conversión. El Reino
de Dios es, entonces, mis hermanos, un don de la misericordia
de Dios (Mc 10,15), pero es también, por parte del hombre,
una tarea a realizar que empieza por una adhesión dinámica
que tiene su origen en el fondo del ser del hombre ante la irrupción
del Reino, ya que no bastan las manifestaciones meramente externas
y, ni siquiera, la pura actitud interior.
La cuaresma, entonces, es un camino que hay que recorrer con decisión,
entereza, libertad y alegría para alcanzar el gozo de la Pascua,
es decir, la nueva creación realizada por Cristo en la alianza
definitiva, perfecta y eficaz de su muerte y resurrección.
Aprovechemos, hermanos todos los recursos que la Iglesia posee,
desde la más antigua tradición, para vivir con la intensidad
que se requiere esta experiencia. Entre estos recursos no
podemos olvidar, los propios de este tiempo: oración, ayuno y
limosna. Especialmente la Eucaristía, la mortificación, educación
o control de los sentidos y la solidaridad con los que menos tienen.
Que Santa María nuestra Niña y Señora, nos ayude a realizar,
con su intercesión y compañía, los valores del Reino: servicio
fraternal y comunión con todos en la fe, la esperanza y el amor.
Amén.