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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la celebración del XXV Domingo Ordinario.

Domingo 24 de septiembre de 2006

AUTÉNTICO SERVICIO: SÓLO EN LA HUMILDAD Y EL RESPETO.

H
ermanos: Jesús no se cansa de enseñar. En el poco tiempo que ejerció su ministerio (entre uno y medio y tres años) no hizo otra cosa que enseñar con sus palabras y sus obras. A sus discípulos les dedicaba momentos especiales  para tratar con ellos asuntos que consideraba de capital importancia. Sabía Jesús que sus apóstoles y sus discípulos (como también nosotros) eran muy lerdos para aprender; y no sólo eso, eran también (como nosotros) muy renuentes a ser instruidos, con lo cual la dificultad para aprender se hace más grave. Los evangelistas nos dicen que tres veces les anunció el sentido de su mesianismo. ¡Y no lo entendieron sino hasta después de su muerte! Tampoco nosotros terminamos de entender.

Hoy hemos escuchado cómo Jesús hace el segundo anuncio de algo que a él mismo le ha llevado tiempo para entender y le inquieta. Se trata, mis hermanos, de algo esencial en su misión y, por lo mismo, es preciso que se entienda. Por eso, al comprobar que sus discípulos se resisten a entender y hasta les da miedo preguntar, una vez en casa, toma la iniciativa de explicarles una vez más el significado y el alcance de su misión y su relación estrecha con la cruz, pero ahora va más allá involucrándolos a todos en ella.

Jesús mantiene una actitud perseverante en su empeño en hacer comprender algo que, a pesar de todos sus esfuerzos, no será comprendido y aceptado sino después de que suceda precisamente lo anunciado, gracias a la acción del Espíritu Santo, es decir después de la Pascua.

Hace ocho días Jesús enseñaba que el misterio de la cruz era un capítulo ineludible en su misión de Mesías. Hoy nos enseña, como les enseñó a sus apóstoles, que la cruz, que también debe ser asumida por ellos para ser auténticamente discípulos, consiste en el servicio. Es muy probable que no tengamos que dar la vida por los demás de una manera violenta como sucedió con Jesús, por lo menos no todos. Sería un gran privilegio. Pero sí nos dice el Señor que el servicio es la expresión más noble de la cruz asumida por obediencia y amor.

Los discípulos tienen miedo de preguntar, probablemente porque no quieren saber. A veces nos damos nuestras mañas para seguir siendo ignorantes de aquello que, de conocerlo, nos comprometería. Pensamos, entonces, que hay cosas más importantes como el dominio y el poder. Y sobre eso es lo que iban discutiendo entre aquellos hombres que habían recibido ya una primera enseñanza y una buena reprensión en la persona de Pedro. Se ve, mis hermanos, que no entendían ni les interesaba, pues de haberse interesado por la enseñanza, la discusión iría acerca de la interpretación que debían darle a las palabras de Jesús. Pero no. Su discusión era demasiado frívola; iba en sentido opuesto a la enseñanza del Maestro.

Cuando Jesús los corrigió ya en la intimidad de la casa con una nueva lección que les permitiera entender su misterio y su ministerio. Él, que ha venido a servir y no a ser servido, educa con gran paciencia y firmeza a partir del conocimiento que tiene de nuestra naturaleza tan proclive a la sordera y la ceguera. De ahí que no quite el dedo del renglón, hasta anunciar tres veces lo mismo. Sabe que somos egoístas y sólo pensamos en nosotros. Ya nos había dicho: el que quiera venir detrás de mí (es decir, que quiera ser discípulo), que renuncie así mismo, que cargue con su cruz y que me siga. Pero al parecer por el diálogo del camino, no les significó nada a los discípulos. Sólo estaban impactados por la transfiguración y la curación del epiléptico y estaban atrapados en eso, en el asombro. Es probablemente lo que les impide escuchar.

Pero Jesús nos advierte que el servicio es una condición insoslayable para ser discípulo. Para enseñar eso no duda en hacer afirmaciones por demás subversivas. Son afirmaciones que contradicen la mentalidad común del ser humano. Según ésta la grandeza del hombre radica en el poder y el dominio sobre los débiles, los ignorantes, los marginados, los que no tiene oportunidades en la sociedad… Jesús ataca de raíz esta actitud orgullosa y soberbia representada por los protagonistas de la primera lectura, alterando y, mejor dicho, invirtiendo esa jerarquía de valores.

Y todavía más, hermanos, según su estilo, quiere ilustrar lo que viene diciendo con un símbolo: coloca a un niño en el centro de la reunión para identificar en su persona a los destinatarios del servicio: los pequeños, los que no cuentan, los marginados y más necesitados con cualquier clase de necesidad. Esto, además de asemejarnos al Mesías crucificado, nos acerca a él y, por Él, al Padre.

Imaginemos, queridos hermanos, que pasaría si entre nosotros, al menos entre los que nos decimos cristianos, desapareciera la lucha por el poder y el dominio; el deseo irrefrenable de honores y títulos como de cualquier otra clase reconocimientos o ‘estímulos’. Pienso, mis hermanos que viviríamos una sociedad, en primer lugar, muy apacible y humana; pero también más fraterna y alegre, según nos lo hace ver Santiago hoy en la segunda lectura. Y ya que estamos en el mundo de los posibles, pensemos también que pasaría si nos pusiéramos al servicio de los que no creen. Pienso que esto no sería otra cosa que realizar la misión para la que fuimos elegidos y consagrados como discípulos del Señor: dar el mayor testimonio con la propia vida y ya no sólo con palabras. En esto está nuestra grandeza: en nuestra vocación y misión: el servicio.

La Eucaristía dominical no es ajena a este deseo del Señor. Al contrario, cada vez que hacemos presente sacramentalmente su sacrificio redentor, en la escucha de la Palabra y en la comunión de su Cuerpo y su Sangre, nos vamos asemejando a Él para dejarnos llevar por su Espíritu a vivir como Él vivió.

Nuestra Niña y Celestial Señora y Maestra: Santa María de Guadalupe, nos enseña a vivir en la sencillez de corazón y de vida al servicio de Dios y de los pequeños. Amén.

 
 
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