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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada p
or el Emmo. Sr. Cardenal Don Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en la Eucaristía Solemne, Misa de las Rosas, en la Basílica de Guadalupe.

12 de octubre de 2007

Mis queridos hermanos y hermanas, un año más celebramos esta Eucaristía recordando el Milagro de las Rosas en este sagrado recinto del Tepeyac. La providencia de Dios, que actúa en la historia humana, nos invita a mirar desde la fe sus designios de salvación que este día se evoca; tanto en el plano humano, como en el plano sobrenatural.

Hemos mencionado al inicio de la celebración varios de los acontecimientos importantes, pero sabemos que un día como en la celebración de la Misa de las Rosas, hace ya 31 años, fue dedicada esta Basílica de Santa María de Guadalupe, fue trasladado el Sagrado Original a esta Nueva Basílica. Los obispos de México reconocemos la generosidad de Dios para enriquecernos como Iglesia y como nación con el Acontecimiento Guadalupano en diciembre de 1531, donde Santa María de Guadalupe apareciéndose a san Juan Diego, pidió a Fray Juan de Zumárraga, primer obispo de esta arquidiócesis, la construcción de un templo con todo el simbolismo que tiene y que ha sido herencia común, transmitida por una constante tradición y una arraigada piedad popular.

Recientemente, con motivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, del pasado mes de mayo, los obispos de América convocados por Su Santidad Benedicto XVI nos reunimos en el Santuario de Aparecida en Brasil. Como fruto de este providencial evento el Espíritu Santo nos ha guiado para trazar las líneas estratégicas que seguiremos como Iglesia en nuestra América, en nuestro continente, con dos hilos conductores, claves para nosotros: discipulado y misión. Por ello me permito ahora  traer algunos textos luminosos que nos descubren y presentan la figura de María en esta nueva etapa en la historia de la salvación en nuestro continente. Siempre será saludable, indispensable, mirar al pasado, reconocer la historia, ver la mano de Dios en nuestro país, en nuestro continente; pero, también, es absolutamente indispensable que veamos hacia el futuro.

Es verdad que la fe que se encarnó en la cultura puede ser profundizada y penetrar cada vez mejor la forma de vivir de nuestros pueblos, para ello la piedad popular es imprescindible punto de partida para conseguir que la fe del pueblo madure y se haga más fecunda.

La piedad popular penetra delicadamente la existencia personal de cada quien y la cultura misma de nuestros pueblos y aunque se vive en multitud, no es la espiritualidad de masas, en distintos momentos de la vida cotidiana muchos recurrimos a algún pequeño signo del amor de Dios: un crucifijo, un rosario, una vela que se enciende para acompañar a un niño en su enfermedad; un Padre Nuestro musicado entre lágrimas; una mirada entrañable a una imagen querida de María, y para nosotros sobretodo, si es de Santa María de Guadalupe; una sonrisa dirigida al cielo en medio de una sencilla alegría.

Nuestros pueblos se identifican particularmente con el Cristo sufriente, lo miran, lo besan, lo tocan, tocan sus pies lastimados, como diciendo: “Éste es el que me amó y se entregó por mí”. Muchos de ellos golpeados, ignorados y despojados, no bajan los brazos con su religiosidad característica se abren al inmenso amor que Dios les tiene y que les recuerda permanente su propia dignidad, también encuentran la ternura y el amor de Dios en el rostro de María, en Ella ven reflejado el mensaje esencial del Evangelio. Nuestra Madre querida desde el Santuario de Guadalupe hace sentir a sus hijos más pequeños que ellos están en el hueco de su manto. Ahora desde Aparecida los invita a echarle las redes en el mundo, para sacar del anonimato a los que estamos sumergidos en el olvido y acercarnos a la luz de la fe. Ella, reuniendo a los hijos, integra a nuestros pueblos en torno a Jesucristo.

La Virgen de Nazaret tuvo una misión única en la Historia de Salvación, concibiendo, educando y acompañando a su Hijo hasta el sacrificio definitivo, desde la cruz Jesucristo confió a sus discípulos el don de la maternidad de María, perseverando junto a los apóstoles a la espera del Espíritu, cooperó con el nacimiento de la Iglesia misionera, imprimiéndole un sello mariano que la identifica hondamente. Como Madre de tantos fortalece los vínculos fraternos entre todos, alienta a la reconciliación y el perdón y ayuda a que los discípulos de Jesucristo nos experimentos como familia, como familia de Dios. En María nos encontramos con Cristo, con el Padre y el Espíritu Santo, como así mismo con todos los hermanos.

María es la gran misionera, continuadora de la misión de su Hijo y formadora de misioneros. Ella así como dio a luz al Salvador del mundo, trajo el Evangelio a nuestra América, en el Acontecimiento Guadalupano presidió junto al humilde san Juan Diego, el Pentecostés que nos abrió a los dones del Espíritu, desde entonces son incontables las comunidades que han encontrado en Ella la inspiración más cercana para aprender como discípulos y misioneros de Jesús, con gozo constatamos que se ha hecho parte del caminar de cada uno de nuestros pueblos, entrando profundamente en el tejido de nuestra historia y acogiendo los rasgos más nobles y significativos de todas las gentes.

Las diversas advocaciones y los santuarios esparcidos a lo largo y ancho de nuestro continente testimonian la presencia cercana de María a la gente y al mismo tiempo manifiesta la fe y la confianza que los devotos sienten por Ella. Ella les pertenece y ellos la sienten como Madre y como hermana.

Hoy cuando en nuestro continente se quiere enfatizar el discipulado y la misión, es Ella la que brilla ante nuestros ojos como la imagen acaba y fidelísima del seguimiento de Cristo.

Detenemos la mirada en María y reconocemos en Ella una imagen perfecta de la discípula, pero discípula misionera, Ella nos exhorta a hacer lo que Jesús nos dice, para que Él pueda derramar su vida en América Latina y el Caribe, junto con Ella queremos estar atentos una vez más a la escucha del Maestro y en torno a Ella volvemos a recibir con estremecimiento el mandato misionero de su Hijo: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos”.

 
 
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