Mis queridos hermanos y hermanas, un año más celebramos esta
Eucaristía recordando el Milagro de las Rosas en este sagrado
recinto del Tepeyac. La providencia de Dios, que actúa en
la historia humana, nos invita a mirar desde la fe sus designios
de salvación que este día se evoca; tanto en el plano humano,
como en el plano sobrenatural.
Hemos mencionado al inicio de la celebración varios de los
acontecimientos importantes, pero sabemos que un día como
en la celebración de la Misa de las Rosas, hace ya 31 años,
fue dedicada esta Basílica de Santa María de Guadalupe,
fue trasladado el Sagrado Original a esta Nueva Basílica.
Los obispos de México reconocemos la generosidad de Dios
para enriquecernos como Iglesia y como nación con el Acontecimiento
Guadalupano en diciembre de 1531, donde Santa María de Guadalupe
apareciéndose a san Juan Diego, pidió a Fray Juan de Zumárraga,
primer obispo de esta arquidiócesis, la construcción de
un templo con todo el simbolismo que tiene y que ha sido
herencia común, transmitida por una constante tradición
y una arraigada piedad popular.
Recientemente, con motivo de la V Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano, del pasado mes de mayo, los obispos de
América convocados por Su Santidad Benedicto XVI nos reunimos
en el Santuario de Aparecida en Brasil. Como fruto de este
providencial evento el Espíritu Santo nos ha guiado para
trazar las líneas estratégicas que seguiremos como Iglesia
en nuestra América, en nuestro continente, con dos hilos
conductores, claves para nosotros: discipulado y misión.
Por ello me permito ahora traer algunos textos luminosos
que nos descubren y presentan la figura de María en esta
nueva etapa en la historia de la salvación en nuestro continente.
Siempre será saludable, indispensable, mirar al pasado,
reconocer la historia, ver la mano de Dios en nuestro país,
en nuestro continente; pero, también, es absolutamente indispensable
que veamos hacia el futuro.
Es verdad que la fe que se encarnó en la cultura puede ser
profundizada y penetrar cada vez mejor la forma de vivir
de nuestros pueblos, para ello la piedad popular es imprescindible
punto de partida para conseguir que la fe del pueblo madure
y se haga más fecunda.
La piedad popular penetra delicadamente la existencia personal
de cada quien y la cultura misma de nuestros pueblos y aunque
se vive en multitud, no es la espiritualidad de masas, en
distintos momentos de la vida cotidiana muchos recurrimos
a algún pequeño signo del amor de Dios: un crucifijo, un
rosario, una vela que se enciende para acompañar a un niño
en su enfermedad; un Padre Nuestro musicado entre lágrimas;
una mirada entrañable a una imagen querida de María, y para
nosotros sobretodo, si es de Santa María de Guadalupe; una
sonrisa dirigida al cielo en medio de una sencilla alegría.
Nuestros pueblos se identifican particularmente con el Cristo
sufriente, lo miran, lo besan, lo tocan, tocan sus pies
lastimados, como diciendo: “Éste es el que me amó y se entregó
por mí”. Muchos de ellos golpeados, ignorados y despojados,
no bajan los brazos con su religiosidad característica se
abren al inmenso amor que Dios les tiene y que les recuerda
permanente su propia dignidad, también encuentran la ternura
y el amor de Dios en el rostro de María, en Ella ven reflejado
el mensaje esencial del Evangelio. Nuestra Madre querida desde el Santuario de Guadalupe hace
sentir a sus hijos más pequeños que ellos están en el hueco
de su manto. Ahora desde Aparecida los invita a echarle
las redes en el mundo, para sacar del anonimato a los que
estamos sumergidos en el olvido y acercarnos a la luz de
la fe. Ella, reuniendo a los hijos, integra a nuestros pueblos
en torno a Jesucristo.
La
Virgen de Nazaret tuvo una misión única en la Historia de Salvación,
concibiendo, educando y acompañando a su Hijo hasta el sacrificio
definitivo, desde la cruz Jesucristo confió a sus discípulos
el don de la maternidad de María, perseverando junto a los
apóstoles a la espera del Espíritu, cooperó con el nacimiento
de la Iglesia misionera, imprimiéndole un sello mariano
que la identifica hondamente. Como Madre de tantos fortalece
los vínculos fraternos entre todos, alienta a la reconciliación
y el perdón y ayuda a que los discípulos de Jesucristo nos
experimentos como familia, como familia de Dios. En María
nos encontramos con Cristo, con el Padre y el Espíritu Santo,
como así mismo con todos los hermanos.
María es la gran misionera, continuadora de la misión de su
Hijo y formadora de misioneros. Ella así como dio a luz
al Salvador del mundo, trajo el Evangelio a nuestra América,
en el Acontecimiento Guadalupano presidió junto al humilde
san Juan Diego, el Pentecostés que nos abrió a los dones
del Espíritu, desde entonces son incontables las comunidades
que han encontrado en Ella la inspiración más cercana para
aprender como discípulos y misioneros de Jesús, con gozo
constatamos que se ha hecho parte del caminar de cada uno
de nuestros pueblos, entrando profundamente en el tejido
de nuestra historia y acogiendo los rasgos más nobles y
significativos de todas las gentes.
Las diversas advocaciones y los santuarios esparcidos a lo
largo y ancho de nuestro continente testimonian la presencia
cercana de María a la gente y al mismo tiempo manifiesta
la fe y la confianza que los devotos sienten por Ella. Ella
les pertenece y ellos la sienten como Madre y como hermana.
Hoy cuando en nuestro continente se quiere enfatizar el discipulado
y la misión, es Ella la que brilla ante nuestros ojos como
la imagen acaba y fidelísima del seguimiento de Cristo.
Detenemos la mirada en María y reconocemos en Ella una imagen
perfecta de la discípula, pero discípula misionera, Ella
nos exhorta a hacer lo que Jesús nos dice, para que Él pueda
derramar su vida en América Latina y el Caribe, junto con
Ella queremos estar atentos una vez más a la escucha del
Maestro y en torno a Ella volvemos a recibir con estremecimiento
el mandato misionero de su Hijo: “Vayan y hagan discípulos
a todos los pueblos”. |
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