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Homilía Pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce
Vicario General y Episcopal de Guadalupe
Rector del Santuario

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA DE GUADALUPE

12 DE DICIEMBRE 2006

MARÍA DE GUADALUPE, UNA POESÍA DIVINA

Eucaristía Solemne de la Festividad de Santa María de Guadalupe

00:00 hrs.
12 de Diciembre del 2006

Altar Mayor de la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe

Hermanos y hermanas, Bendito y alabado sea nuestro buen Padre Dios, pues en su incalculable amor nos ha predestinado a la salvación. Con particular benevolencia y predilección nos ha amado, al enviarnos a la Madre de su Hijo como portadora de la alegre y buena noticia de Jesucristo, Señor y Redentor nuestro.

América y las Filipinas están de fiesta y lo más maravilloso es que esta nace precisamente en el corazón mismo de México, en este cerro del Tepeyac, en este hermoso Santuario repleto de fieles, donde hace 475 años, la Dulce Señora del Cielo, santa María de Guadalupe, se hiciera ver entre flores y oír entre cantos al indio santo Juan Diego Cuauhtlatoatzin y le revelara cual era su voluntad.

Hoy, el palpitante latir de los corazones de los miles y miles de peregrinos de México,  América y Filipinas que visitan este sagrado templo, donde veneramos la Sagrada Imagen Original de santa María de Guadalupe, quieren ser el pulso unísono que por los caminos de México y de America, cruzando mares, cielos, valles y montañas lleven a todos los hombres que están en uno en esta tierra y de las más variadas estirpes de hombres la razón de nuestra alegría y con ella el mensaje de encuentro y reconciliación que nuestra Muchachita Guadalupe, nuestra Madrecita nos ha traído.

Este maravilloso diálogo de amor que iniciara aquella fría mañana de invierno de 1531, tiene como lo podemos atestiguar a 475 años de distancia, una repercusión que rebasa no sólo los límites impuestos por las coordenadas geográficas, sino también en aquellos donde lo político, social, cultural y religioso está impregnado por el mensaje inculturador que Dios emprendiera con nosotros a través de la maternal presencia de santa María de Guadalupe.

Dios en su inefable y entrañable misericordia nos bendijo con la presencia de la Madre del Hijo de Dios; del único y verdadero Dios, por quien tenemos acceso a la vida eterna. María, como portadora de su Hijo y su mensaje, es desde entonces, lo mejor que nos ha sucedido en nuestra historia. María, como obra perfecta de Dios entre todas las criaturas, es obra de la gracia de Dios. Es poesía de Dios. Poesía es creación. Por eso nuestra Niña y Dulce Señora, es poesía; porque es obra divina, es resultado del amor de Dios. Y la poseía, mis hermanos, se expresa en palabras o en obras de arte; en signos bellos y nobles. Así, podemos considerar con toda propiedad que nuestra Madre es la obra de arte perfecta que Dios, a la manera de un artista, ha plasmado no sólo en el ayate de nuestro hermano san Juan Diego, sino sobre todo en el corazón de México, en el de la Iglesia toda, así como en el de cada uno de sus hijos. A Dios no le ha faltado creatividad ¡Él es Dios! Y el que desde el principio la anunció de muchas maneras por medio de las Sagradas Escrituras quiso también que acompañara el nacimiento de estas tierras para llamarlas a la salvación en Cristo.

Cuenta la más autorizada tradición, el Nican Mopohua, atribuido a la pluma de Antonio Valeriano que  María Santísima encargó al hoy san Juan Diego Cuauhtlatoatzin gestionará ante el Obispo de México, fray Juan de Zumárraga, la construcción de un templo. El Obispo puso reparos, pero finalmente acepto por haber recibido unas flores, comprobado la curación instantánea de un moribundo y contemplado la imagen de María nuestra Muchachita la Virgen inexplicablemente estampada en la burda y rala Tilma de Juan Diego, convirtiéndose desde entonces en el más noble acontecimiento de nuestra naciente patria mestiza.

Fueron para Juan Diego cuatro días de angustia y sobresalto, mismos que superó con admirable tenacidad, desconcertado por la necia incredulidad de los hombres, pero confortado a la vez por la palabra blanda y cortes de su Niña. Y aunque fueron muchas sus idas y venidas, antesalas y rechazos su empeño por servir a la voluntad de la Señora del Cielo nunca decreció. Supo salir de las pruebas y dificultades con el único propósito de no fallarle a la Señora del Cielo hasta llevar a feliz término el éxito de su encomienda.

Nuestro enamoramiento con santa María de Guadalupe se realizó a través de un retrato y de unas flores, como cuando los jóvenes se enamoran. Así nos conquistó con unas flores de invierno y con un retrato que ningún artista humano pintó. A orillas del lago de Texcoco floreció el milagro. En la tilma del indiecito Juan Diego, como refiere la tradición, pinceles que no eran de este mundo, dejaron pintada una imagen dulcísima, que la labor corrosiva de los siglos maravillosamente ha respetado. (Pío XII)

Porque Dios, que había determinado, desde la eternidad y movido sólo por el amor, enviarnos a su Hijo Santísimo en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, ‘no despreció el seno’ de una mujer (Te Deum) para conseguirlo. Y por eso esta ‘bendita mujer’ (Lc 1,42) estaba no sólo prevista en la mente divina, sino también, como su Hijo, y junto con él, en la Sagrada Escritura: desde el Génesis (Gn 3,15) hasta el Apocalipsis (Ap 12), según lo enseña la Tradición de Iglesia desde muy temprano.

El texto del profeta Isaías es testigo de esto que estamos diciendo, hermanos.

Igualmente en el libro del Eclesiástico, una obra que nos habla de la sabiduría divina, especialmente el capítulo 24 del que se suele tomar la primera lectura de esta solemnidad de María de Guadalupe. Pero a ella alude también san Pablo en la segunda lectura tomada de su carta a los Gálatas: Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley…

Estas palabras, mis queridos hermanos, son la expresión más clara del camino que el Padre Dios, en un gesto inefable de su amor por nosotros, quiso usar a favor nuestro para hacer que la historia humana fuera el lugar desde el cual se realiza la salvación. Con la Encarnación Dios, el eterno, se hizo historia asumiendo todo lo que en ella acontece como lugar, ocasión y causa de salvación. Desde entonces, mis hermanos, la historia de la humanidad entera y la de cada uno de nosotros, han quedado vinculadas al plan de Dios trazado desde antiguo para nuestra salvación. Pero el Hijo de Dios irrumpió en la historia human por medio de una mujer que, según los evangelios, se llamaba María. Por tanto también desde entonces, Nuestra Señora, y por voluntad divina, la Madre del Dios, por quien se vive, está íntima y misteriosamente unida a la aventura de todo creyente.

Para fortuna nuestra, como continente, nación y ciudad, Nuestra Señora de Guadalupe, desde hace 475 años que hoy se cumplen, como estuvo en la aurora de la Nueva Alianza, ha estado también con nosotros presidiendo el nacimiento a la fe de estos pueblos de América a partir de la evangelización, alentando a la Iglesia que peregrina hacia el Padre, fortaleciéndola y consolidándola en su fidelidad al Evangelio que es Jesucristo mismo.

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En efecto, ella ha estado con nosotros cuando nacíamos a la fe en circunstancias sociales y políticas nuevas. ¡Dramáticas! Ella ha acompañado, hasta el presente, todos y cada uno de los momentos cruciales de nuestro proceso de identidad como pueblos diferentes y a la vez con la misma dignidad y el mismo destino del resto de la humanidad. Nuestra Señora, al conducirnos a creer en su Hijo y al aceptarlo como hermano y Señor, se convirtió en el signo eficaz de nuestra fraternidad. Más aún, ella es factor principal de la unidad; de esa unidad en el amor que es exigencia del Hermano Mayor, que es Cristo, como condición para ser discípulos suyos.

Al invocar a santa María de Guadalupe como Madre de América pongamos bajo su protección el destino de este Continente nuevo bastión de la cristiandad, rico por su fecunda historia de fe. Desde este Continente de la esperanza debemos impulsar una nueva evangelización que responda con valentía, vigoroso y permanente empeño a los desafíos del mundo actual.

¡Señora y Madre nuestra! Tú bien sabes que nuestra historia no ha sido una aventura fácil. En 475 años, de tu presencia entre nosotros todavía no llegamos a ser, como tú, fieles servidores del Evangelio con nuestro testimonio ante el mundo. Todavía, Señora, no alcanzamos la unidad que Cristo nos pone como condición para ser auténticos seguidores suyos.

Tú ves mi Niña cómo el obstáculo mayor para la unión entre nosotros como nación sigue siendo la desigualdad de oportunidades para todos tus hijos. No desconoces, Madre, que nuestro país se distingue entre muchos por la enorme diferencia entre los que más y los que menos tienen, porque son muy pocos los que tienen la riqueza y el poder frente a una gran mayoría que carece de lo necesario para vivir dignamente.

¡Madrecita! Tú conoces, cómo el dinero y el poder son los principales obstáculos para haya justicia, honestidad, respeto y desarrollo integral que nos hagan a todos cada vez más solidarios en el trabajo y en la búsqueda y promoción de valores más altos, que nos permitan experimentar la dignidad de hijos tuyos, hermanos de tu Hijo y miembros de esta Iglesia continental.

Ayúdanos Dulce Señora,  con tu intercesión de Madre, ante el Padre común a que sigamos trabajando por corresponder al don de la fe que nos trajeron los primeros evangelizadores de este Continente. Acompáñanos siempre para que esta porción de la Iglesia, fiel a su vocación y misión, dé testimonio del amor y de la verdad ante el mundo. ¡Muchachita! Alienta los esfuerzos que nuestros pastores hacen para que Jesucristo sea verdaderamente Señor de todos los ámbitos de nuestra sociedad. Pide al Señor y Dios nuestro que envíe su Espíritu para que los gobernantes, industriales y los empresarios, cristianos o no, caigan en la cuenta de que sólo en la justicia y en la verdad es posible una paz estable.

Que tu imagen sagrada, ¡oh Señora! Sea el signo permanente que nos impulse a mantenernos fieles a nuestra misión; que nos consuele en nuestras tristezas,  en nuestras fatigas y desánimos. Que sea el signo de nuestra esperanza y causa cierta de nuestra alegría. Que en ella nos recreemos y nos renovemos constantemente en el servicio a Dios y en el servicio mutuo de hermanos de Cristo e hijos tuyos. Que tu imagen bendita nos ayude a estar siempre disponibles, como tú, a ese servicio a fin de honrar con él al único Dios. Por todo esto que ya haces y por lo que, estoy seguro, seguirás haciendo, ¡Gracias! ¡Bendita seas, la totalmente favorecida del Padre  y obra maestra de la gracia! ¡Gracias! Amén.

 
 
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