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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el II Domingo Ordinario.

14 de enero de 2007

JESÚS VINO A RENOVAR TODO

Hermanos: Dios está comprometido con el hombre, como un enamorado. Esto parecería increíble si no lo estuviéramos experimentado día con día en la vida a partir de la fe. La Escritura nos revela a Dios como el novio o esposo que da todo por el amor fiel que profesa a su amada. Y la verdadera experiencia cristiana consiste en saber que somos el objeto de un amor infinito y perfecto como es el de Dios.

Al comenzar el tiempo litúrgico, llamado ordinario, mis hermanos, la Iglesia nos invita a contemplar, desde una perspectiva diferente, lo mismo que hemos tenido la gracia de contemplar en el hermoso tiempo de Navidad que acabamos de concluir apenas la semana pasada, pero con un matiz nuevo en cuanto que nos lleva a considerar el efecto de la Encarnación: todo lo ha hecho nuevo.

Como siempre, las acciones y las palabras de Jesús son las que conducen nuestra meditación. Su palabra y su actuación son profundamente significativas para nuestra experiencia de fe. Más aún, hermanos, ellas suscitan y sostienen nuestra fe y nos hacen crecer en el amor y la esperanza. Por eso, los invito, hermanos, a acercarnos al evangelio con un deseo profundo, lleno de esperanza y amor, de un encuentro con el Dios-con-nosotros.

Pero antes, debemos también atender a lo que la primera lectura nos dice como preámbulo del misterio de Cristo. La primera lectura de cada domingo, como sabemos, nos pone en el contexto de la tradición bíblica y arroja una luz especial que nos permite entender mejor el mensaje del evangelio. Después de apropiarnos el mensaje del evangelio, finalizaremos nuestra reflexión con el mensaje que nos da san Pablo en la segunda lectura que acabamos de escuchar.

El profeta Isaías, en su tercera parte, nos lleva a situarnos en la época del regreso del exilio que el pueblo de Dios sufrió durante cincuenta años en Babilonia. El retorno del exilio se debió a un edicto de Ciro que lo autorizó junto con la reconstrucción de Jerusalén. El profeta vio en esta determinación la expresión muy concreta del amor fiel de Dios por su pueblo. Vio que Dios se ocupa realmente, y para bien, de su pueblo. Para expresar su mensaje, Isaías emplea términos propios de una fiesta nupcial. No era la primera vez que en la Biblia se empleaba este vocabulario. Oseas ya había echado mano de las imágenes del esposo y la esposa para referirse a las relaciones entre Dios y su pueblo. Isaías anuncia, ahora, que el encuentro de Dios con Jerusalén será a la vista de todos los pueblos de la tierra y cambiará de tal manera su suerte que en adelante se le llamará con nombres que manifestarán una relación nueva, como la de un matrimonio unido en el amor y en la fidelidad. Dios es el esposo fiel. Dios nos ama a cada uno como un enamorado, nos mira con un cariño enorme, capaz de la mayor generosidad y la mayor entrega.

Es en el contexto de esta tradición bíblica, mis queridos hermanos, como podemos entender mejor el mensaje con que el evangelio de san Juan nos ilustra este domingo. De manera que, independientemente del hecho histórico, y mejor dicho, probablemente a partir de un hecho histórico, al momento de escribir su evangelio e iluminado de una manera muy especial por el Espíritu Santo, san Juan nos quiere comunicar su experiencia sobre el misterio de Jesucristo.

En la primera parte de su evangelio, llamada por los especialistas ‘libro de los signos’ el autor sagrado nos hace descubrir el misterio de Jesús que él mismo va revelando a base los milagros que san Juan llama ‘signos’. En la serie de siete, éste de la  conversión del agua en vino, es el primero con el que Dios se revela en la persona de Jesús con una nueva relación prefigurada y anunciada en el Antiguo Testamento. Con Jesús ha llegado una nueva situación. Es “el tiempo del amor definitivo entre Dios y el hombre” (J. Garrido, Seguir a Jesús en la vida ordinaria, Estella 1994, Ed. Verbo Divino, 270) que Jesús ha inaugurado con su presencia salvadora y que todavía deberá esperar la ‘hora’ de su plena revelación en la gloria de la cruz donde se manifestará el amor de Dios en toda su plenitud.

En Caná de Galilea, hermanos nació definitivamente una nueva relación del hombre con Cristo y, consecuentemente, de todos los hombres entre sí. Son los tiempos nuevos de una religión que se basa en la libertad y en el amor y no en la mera observancia de leyes. O mejor, dicho, una nueva manera de asumir la ley: por el amor; como el amor de esposos, donde los derechos y los deberes ceden al amor la primacía.

El amor esponsal sirve para hacernos compreder mejor el amor de Dios. Todo hombre es imagen de Dios, sobre todo cuando ama. Cuando más grande sea el amor, más fuerte la semejanza. El amor apasionado de los novios, de los esposos, pone de relieve el apasionamiento del amor de Dios.

En Caná nació la comunidad de creyentes que llegó a ser la Iglesia, nuevo pueblo de Dios; el que está fundado no en la carne sino en el Espíritu que produce la unidad  a partir de los diferentes carismas o dones de los que nos ha hablado el apóstol san Pablo en su carta a los Corintios en la segunda lectura. La fe en Jesús es el primer signo de la unidad, pero ésta se manifiesta en la diversidad. Por eso es importante que apreciemos la riqueza de la Iglesia en la diversidad y no en la uniformidad la cual es negación de la unidad.

“La Eucaristía representa, actualiza y celebra las bodas eternas” (Garrido, íbidem). En ella celebramos la ternura de un Dios fiel que nos ama con amor eterno, a pesar de nuestra infidelidad y superficialidad de la rutina. Es por eso necesario que evaluemos, al menos de vez en cuando, como vivimos nuestras eucaristías. Me parece, mis queridos hermanos, que a nuestras celebraciones dominicales les faltan algunas características de una verdadera fiesta. Es necesario tener todavía más la experiencia de la continuidad en la vida de lo que celebramos como son: la alegría (significada por el vino) por la vida a pesar de las razones meramente humanas para vivir contrariados; la decisión de compartir (la abundancia) la amistad (significada en la misma fiesta), el servicio (significado en la solicitud y en la fe de María).

En fin hace falta que de nuestros banquetes eucarísticos salgamos para vivir la fiesta de la salvación en relaciones nuevas de perdón, de misericordia y solidaridad; relaciones cada vez más profundas y comprometidas, y al mismo tiempo más sencillas y sinceras a fin de anunciar con el testimonio vivo  (como signos vivos) la libertad  y la paz, la justicia y el amor en las relaciones a diversos niveles.

No podemos dejar de destacar la presencia de nuestra Señora la Virgen María en las bodas y su intervención directa en el milagro. Ella era <<la mujer>> mesiánica, la madre del Mesías. Por la fuerza de su ruego y la grandeza de su fe llegó a adelantar su hora. Por María nos llego el Mesías y María propició la manifestación de su gloria. Por nuestra niña, la morenita del Tepeyac llegó a nuestras tierras el verdaderísimo Dios por quien se vive. La fe de María –fiat– hizo posible la Encarnación: la fe de María  -no tienen vino-  adelantó su actuación salvadora. La fe no la pusieron los novios ni los criados ni el mayordomo, sino María. Sin la fe de María no hubiera sido posible este primer signo mesiánico.

La Dulce Señora, la madre de Jesús que en Caná lo impulsaba a actuar a favor de quienes se encontraban en situaciones difíciles, nos anima hoy a creer en su Hijo y servirlo en los más necesitados de nuestro entorno. Amén.

 
 
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