JESÚS VINO A RENOVAR TODO
Hermanos: Dios está comprometido con el hombre, como un
enamorado. Esto parecería increíble si no lo estuviéramos experimentado
día con día en la vida a partir de la fe. La Escritura nos
revela a Dios como el novio o esposo que da todo por el amor fiel
que profesa a su amada. Y la verdadera experiencia cristiana consiste
en saber que somos el objeto de un amor infinito y perfecto como es
el de Dios.
Al comenzar el tiempo litúrgico, llamado ordinario, mis hermanos,
la Iglesia nos invita a contemplar, desde una perspectiva
diferente, lo mismo que hemos tenido la gracia de contemplar en
el hermoso tiempo de Navidad que acabamos de concluir apenas la
semana pasada, pero con un matiz nuevo en cuanto que nos lleva a considerar
el efecto de la Encarnación: todo lo ha hecho nuevo.
Como siempre, las acciones y las palabras de Jesús son las
que conducen nuestra meditación. Su palabra y su actuación son
profundamente significativas para nuestra experiencia de fe. Más aún,
hermanos, ellas suscitan y sostienen nuestra fe y nos hacen crecer
en el amor y la esperanza. Por eso, los invito, hermanos, a acercarnos
al evangelio con un deseo profundo, lleno de esperanza y amor, de
un encuentro con el Dios-con-nosotros.
Pero antes, debemos también atender a lo que la primera lectura
nos dice como preámbulo del misterio de Cristo. La primera lectura
de cada domingo, como sabemos, nos pone en el contexto de la
tradición bíblica y arroja una luz especial que nos permite entender
mejor el mensaje del evangelio. Después de apropiarnos el mensaje
del evangelio, finalizaremos nuestra reflexión con el mensaje que
nos da san Pablo en la segunda lectura que acabamos de escuchar.
El profeta Isaías, en su tercera parte, nos lleva a situarnos en la época
del regreso del exilio que el pueblo de Dios sufrió durante
cincuenta años en Babilonia. El retorno del exilio se debió a
un edicto de Ciro que lo autorizó junto con la reconstrucción de Jerusalén.
El profeta vio en esta determinación la expresión muy concreta
del amor fiel de Dios por su pueblo. Vio que Dios se ocupa realmente,
y para bien, de su pueblo. Para expresar su mensaje, Isaías emplea
términos propios de una fiesta nupcial. No era la primera vez
que en la Biblia se empleaba este vocabulario. Oseas ya había echado
mano de las imágenes del esposo y la esposa para referirse a las
relaciones entre Dios y su pueblo. Isaías anuncia, ahora, que
el encuentro de Dios con Jerusalén será a la vista de todos los pueblos
de la tierra y cambiará de tal manera su suerte que en adelante se
le llamará con nombres que manifestarán una relación nueva, como la
de un matrimonio unido en el amor y en la fidelidad. Dios es
el esposo fiel. Dios nos ama a cada uno como un enamorado, nos mira
con un cariño enorme, capaz de la mayor generosidad y la mayor entrega.
Es en el contexto de esta tradición bíblica, mis queridos hermanos,
como podemos entender mejor el mensaje con que el evangelio de san
Juan nos ilustra este domingo. De manera que, independientemente del
hecho histórico, y mejor dicho, probablemente a partir de un hecho
histórico, al momento de escribir su evangelio e iluminado de
una manera muy especial por el Espíritu Santo, san Juan nos quiere
comunicar su experiencia sobre el misterio de Jesucristo.
En la primera parte de su evangelio, llamada por los especialistas
‘libro de los signos’ el autor sagrado nos hace descubrir el misterio
de Jesús que él mismo va revelando a base los milagros que san Juan
llama ‘signos’. En la serie de siete, éste de la conversión del agua
en vino, es el primero con el que Dios se revela en la persona de
Jesús con una nueva relación prefigurada y anunciada en el Antiguo
Testamento. Con Jesús ha llegado una nueva situación. Es “el tiempo
del amor definitivo entre Dios y el hombre” (J. Garrido, Seguir a
Jesús en la vida ordinaria, Estella 1994, Ed. Verbo Divino, 270) que
Jesús ha inaugurado con su presencia salvadora y que todavía deberá
esperar la ‘hora’ de su plena revelación en la gloria de la cruz
donde se manifestará el amor de Dios en toda su plenitud.
En Caná de Galilea, hermanos nació definitivamente una nueva relación
del hombre con Cristo y, consecuentemente, de todos los hombres
entre sí. Son los tiempos nuevos de una religión que se basa
en la libertad y en el amor y no en la mera observancia de leyes.
O mejor, dicho, una nueva manera de asumir la ley: por el amor;
como el amor de esposos, donde los derechos y los deberes ceden
al amor la primacía.
El amor esponsal sirve para hacernos compreder mejor el amor
de Dios. Todo hombre es imagen de Dios, sobre todo cuando ama. Cuando
más grande sea el amor, más fuerte la semejanza. El amor apasionado
de los novios, de los esposos, pone de relieve el apasionamiento del
amor de Dios.
En Caná nació la comunidad de creyentes que llegó a ser la
Iglesia, nuevo pueblo de Dios;
el que está fundado no en la carne sino en el Espíritu que produce
la unidad a partir de los diferentes carismas o dones de los que
nos ha hablado el apóstol san Pablo en su carta a los Corintios en
la segunda lectura. La fe en Jesús es el primer signo de la unidad,
pero ésta se manifiesta en la diversidad. Por eso es importante
que apreciemos la riqueza de la Iglesia en la diversidad y no en la
uniformidad la cual es negación de la unidad.
“La Eucaristía representa, actualiza y celebra las bodas eternas”
(Garrido, íbidem). En ella celebramos la ternura de un Dios fiel que
nos ama con amor eterno, a pesar de nuestra infidelidad y superficialidad
de la rutina. Es por eso necesario que evaluemos, al menos de vez
en cuando, como vivimos nuestras eucaristías. Me parece, mis queridos
hermanos, que a nuestras celebraciones dominicales les faltan algunas
características de una verdadera fiesta. Es necesario tener todavía
más la experiencia de la continuidad en la vida de lo que celebramos
como son: la alegría (significada por el vino) por la vida
a pesar de las razones meramente humanas para vivir contrariados;
la decisión de compartir (la abundancia) la amistad (significada
en la misma fiesta), el servicio (significado en la solicitud
y en la fe de María).
En fin hace falta que de nuestros banquetes eucarísticos salgamos
para vivir la fiesta de la salvación en relaciones nuevas de perdón,
de misericordia y solidaridad; relaciones cada vez más profundas
y comprometidas, y al mismo tiempo más sencillas y sinceras a fin
de anunciar con el testimonio vivo (como signos vivos) la libertad
y la paz, la justicia y el amor en las relaciones a diversos niveles.
No podemos dejar de destacar la presencia de nuestra Señora
la Virgen María en las bodas y su intervención directa en el milagro.
Ella era <<la mujer>> mesiánica, la madre del Mesías.
Por la fuerza de su ruego y la grandeza de su fe llegó a adelantar
su hora. Por María nos llego el Mesías y María propició la
manifestación de su gloria. Por nuestra niña, la morenita del Tepeyac
llegó a nuestras tierras el verdaderísimo Dios por quien se vive.
La fe de María –fiat– hizo posible la Encarnación: la fe de
María -no tienen vino- adelantó su actuación salvadora. La
fe no la pusieron los novios ni los criados ni el mayordomo, sino
María. Sin la fe de María no hubiera sido posible este primer signo
mesiánico.
La
Dulce Señora, la madre de Jesús que en Caná lo impulsaba a actuar
a favor de quienes se encontraban en situaciones difíciles, nos
anima hoy a creer en su Hijo y servirlo en los más necesitados de
nuestro entorno. Amén.