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Homilía
pronunciada por
Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el IV Domingo Ordinario.

28 de enero de 2007

¿CÓMO  ACEPTAR LO DIVINO SIN DESPRECIAR LO HUMANO?

Hermanos: el domingo pasado la misma Palabra de Dios nos hacía ver la importancia que ella tiene en la vida de todo creyente. Veíamos cómo los judíos del siglo V antes de Cristo y Jesús mismo asumieron el mensaje de la Escritura dejándose iluminar por ella. Los judíos se convirtieron de sus pecados y después celebraron el reencuentro con Dios. Después, en el evangelio veíamos cómo Jesús, por su parte, después de leer el libro del profeta Isaías, proclamó que lo que contenía el mensaje leído ese sábado, se había cumplido precisamente en Él. Jesús vio en el pasaje leído el programa completo del ministerio que inició ese día.

Pero la segunda parte de esta unidad literaria del evangelio que hoy acabamos de escuchar contrasta mucho con las primeras reacciones de los judíos ante Jesús Mesías. En efecto, las primeras reacciones, como lo vimos el domingo pasado, fueron de admiración y de respeto por su sabiduría, pero este domingo estamos viendo que inmediatamente se cuestionan sobre su identidad y, en lugar de sacar las conclusiones adecuadas, empiezan a oponerse a su mensaje y al programa misionero que acaba de asumir.

Sin embargo, estas actitudes de rechazo a su persona y misión son como un anuncio de la suerte de Jesús que culminará en su muerte y su resurrección. De manera que san Lucas, en este pasaje, que leemos nosotros en dos domingos, nos presenta una síntesis del misterio de Jesús como Mesías en su dimensión profética y como servidor de Dios y de la humanidad. Tenemos hoy ya completo el programa del ministerio de Jesús: desde la toma de conciencia de su misión hasta la suerte que sufrirá en la cruz (el rechazo violento) y su triunfo definitivo en la resurrección que, en el texto se anuncia con la libertad con la que Jesús pasa entre sus enemigos.

Llaman la atención, en las lecturas de hoy, mis hermanos, dos actitudes muy contrastantes: por un lado, la entereza de Jesús ante su vocación y misión, así como su determinación de asumirla y cumplirla desde le primer momento como profeta fiel a los intereses de Dios a favor de los hombres. Y, por parte de los judíos, paisanos de Jesús, es muy clara su actitud tan superficial, inestable y convenenciera; pues primero se entusiasman oyéndolo para después rechazarlo y perseguirlo hasta querer darle muerte.

Me parece, queridos hermanos, que esto nos está indicando hoy, que debemos detenernos en reflexionar sobre el carácter, la función y la suerte de los auténticos profetas, como son Jeremías y Jesús, para tomarlos como modelos de la Iglesia y de cada uno de nosotros que hemos recibido esta función desde el día de nuestro bautismo. Reflexionemos, pues, especialmente partiendo de la primera lectura y del evangelio.

La figura del profeta Jeremías nos ayuda a visualizar la identidad del verdadero profeta de Dios. Así, en la primera lectura podemos ver que el hombre, es decir, todo ser humano, está frente a Dios como criatura ya que Él es quien lo llama a la existencia y luego le da un destino bien claro, según su beneplácito. Dios elige y destina al ser humano para una misión por medio de la cual, obedeciendo a su creador, le da gloria y obtiene su salvación. Pero esta misión, acorde con su propia y personal manera de ser —su propio carisma— (cf. segunda lectura de hace ocho días y de hoy), es asumida, ciertamente en la obediencia, en la libertad y en al amor. Es así, y sólo así como el cristiano, a partir de su bautismo, asume como profeta, hace suya y realiza su misión.

Esto pasa con Jeremías a quien Dios le pide que se arme de valor y de una gran confianza porque Él quiere contar con su cooperación libre y obediente. Es cierto que Dios da el encargo, la mayoría de las veces muy pesado, pero también da la fuerza para realizarlo. Normalmente el profeta tiene que hacer frente a adversidades, rechazos y persecuciones; siempre por hacer el bien y por fidelidad a Dios. Podríamos afirmar que las adversidades resaltan el carismo profético. El verdadero profeta siempre estará en conflicto con estructuras, mentalidades y personas; esto es inevitable; pero siempre tendrá la fortaleza y hasta cierta alegría por servir a Dios y a sus hermanos. Este es un criterio que no podemos descuidar a la hora de identificar a los verdaderos profetas de nuestro tiempo; pero también es punto de referencia para revisar nuestro carácter de bautizados y testigos del evangelio.

Cristo, mis queridos hermanos, es el profeta perfecto y mucho más. Y nos enseña que si Él mismo fue objeto de tanta oposición y rechazo, hasta la muerte, por parte de los enemigos de la verdad, la justicia y la paz, la suerte de su Iglesia y la de cada uno de nosotros, no puede ser otra.

Quizá nos preguntemos ¿por qué razón se admira al profeta y al mismo tiempo o enseguida se le rechaza? Me parece que la respuesta está en que es muy fácil pronunciarnos a favor de los valores evangélicos siempre y cuando no nos comprometan; pero cuando percibimos la exigencia, la renuncia, el esfuerzo y un compromiso serio, inmediatamente encontramos mil razones para oponernos y para combatir propuestas que amenacen nuestra tranquilidad y nos exijan un cambio de actitudes. Diríamos que, cuando no se toma en serio la fe, resulta ser algo muy romántico y no pasa de ser sentimental.

La Eucaristía de cada domingo es fiesta y celebración por el amor de un Dios misericordioso, lleno de ternura y providente. Y celebrar eso no es mero romanticismo, sino una experiencia que nos lleva a entender que amor con amor se paga. Lo cual se concreta en el deseo profundo y humilde de ser profetas en un mundo de arrogancia y desprecio de los valores del evangelio. La Eucaristía nos ayuda a asumir nuestra propia vocación con valentía y decisión a ejemplo de Cristo que se dejó llevar por el Espíritu para cumplir su destino. Es en la Eucaristía dominical donde la Iglesia, Cuerpo de Cristo, se somete al impulso del Espíritu como comunidad profética que se construye en el amor y la fraternidad universal. Es aquí donde cada uno de nosotros renueva constantemente su vocación a ser testigo en el mundo. Porque mientras estamos en el mundo, es estando comprometidos en él como servimos a la causa del Reino.

Con María, nuestra Señora, caminamos bajo su protección y su ejemplo en el desempeño de lo que debemos hacer para gloria de Dios sirviendo a los más necesitados. Amén.

 
 
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