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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XXI Domingo Ordinario.

26 de agosto de 2007

PUERTA ESTRECHA ¿PERO, QUÉ TANTO?

Hermanos: la fe es un regalo de Dios. Y Él no tiene el mal gusto de regalarnos cosas que nos disgusten, sino todo lo contrario. El nos pide hoy que aceptemos de parte suya el don de su reino, es decir, que nos invita a participar en el banquete eterno de la felicidad y alegría. ¿Qué significa, entonces, eso de la puerta angosta? No nos equivoquemos, hermanos, en el intento de comprender el mensaje de hoy.

El reino de Dios es como un banquete; un lugar de encuentro feliz y alegre, con la característica propia de la eternidad; y aunque es un don gratuito, exige, sin embargo, ser aceptado en la libertad y en la responsabilidad. Esto es, queridos hermanos, tal vez lo que hace que  parezca difícil y demasiado empeñoso.

Cuando somos engreídos y nos creemos el centro del universo, llegamos a pensar que nos lo merecemos todo. Así sucedió con el pueblo de Israel que, al ver su glorioso pasado tan favorecido, aún a costa de los pueblos vecinos, pensaba que era un ser privilegiado sobre todos los pueblos de la tierra y que podía gozar incondicionalmente de todo. Especialmente una vez que Dios los había hecho regresar de la cautividad en Babilonia, comenzaron a pensar que eso era lo que Dios tenía que hacer con ellos porque eran su pueblo.

Pero los profetas de Israel se encargaron constantemente de recordarle que no era así, sino que tenía la gran responsabilidad de ser sólo la gran puerta de entrada de todas las naciones en el proyecto eterno de salvación que Dios tenía para toda la humanidad. Esa era su misión. Ser sólo un signo e instrumento de salvación para toda la humanidad. ¡Como es ahora la Iglesia!

Así lo expresa el profeta Isaías en la primera lectura al referirse, al final de su obra, a los tiempos mesiánicos como la reunión de todos los pueblos en el verdadero templo de Dios, como una nueva Jerusalén. El libro no podía terminar de una manera más universalista: "todos los pueblos forman con Israel una gran comunidad cultual y litúrgica", dice en su comentario al texto la Biblia de América.

La carta a los Hebreos nos había exhortado el domingo pasado a la perseverancia en el combate de la fe a fin de obtener la salvación que Dios nos ofrece. Hoy, Dios nos invita, por medio del mismo escritor sagrado, a aceptar la corrección paternal de Dios a fin de ajustar lo que no está bien orientado para llegar a obtener lo que se nos da como don gratuito.

En el evangelio de san Lucas, que seguimos escuchando estos domingos, nos advierte Jesús con sus palabras de este domingo que en el reino de Dios está prevista la entrada de muchos pueblos y naciones a este proyecto de salvación y, que por el contrario, es muy probable que los judíos, siendo del pueblo elegido no entren.

La razón es, mis hermanos, que debemos considerar que en el reino no se tiene comprado el lugar. Ni mucho menos se tienen derechos adquiridos. Lo que se necesita para pertenecer al reino es escuchar a Jesús, seguirlo fielmente y ser consecuente en la manera de vivir. En esto consistiría el esfuerzo.

Hablando más concretamente y, quizá un poco ásperamente: no nos vamos a salvar sólo por estar  bautizados o por haber sido muy observantes del culto (de la práctica sacramental de una manera mecánica e irreflexiva), y menos por ser sólo practicantes de una religiosidad meramente externa, por más emotiva que nos parezca. Entonces, no se trata de multiplicar los actos de religión para ganarnos el cielo, esto no da ningún derecho. Mucho menos se trata de hacer las cosas más difíciles como si en eso consistiera la puerta angosta. Lo que hemos de hacer es recibir, agradecer y corresponder al don de Dios a la vez que confiar en que es esto lo que nos salva (me parece que no hay cosa más difícil); y que nos salva a todos, incluidos los que no pertenecen a los nuestros, es decir lo no bautizados, los alejados, los que solemos identificar como 'los pecadores', como si nosotros no lo fuéramos.

Notemos que Jesús, como suele hacerlo, no responde a la pregunta. No se trata de saber cuántos se salvan. No juguemos al futurismo y mucho menos nos atrevamos a pensar que podemos indicarle a Dios lo que tiene que hacer. “Dios quiere que todos los hombres se salven”. Y Cristo es el Salvador, pero, ¡qué poco pensamos en esta salvación! Pongámonos, más bien, mis queridos hermanos, en manos de su misericordia y busquemos siempre hacer su voluntad cada día y en todos los ámbitos de nuestra vida. Todo lo demás es obra de su providencia amorosa y de su misericordia.

Desde nuestra adhesión profunda a Cristo y alentados por nuestra Niña Guadalupe, empeñémonos en salvar al hombre completo: hay que salvarlo en su dignidad de persona, cuando vive como animal; hay que salvarlo en su amor, cuando vive odiando; hay que salvarlo en su felicidad cuando vive en un infierno. Todos sabemos que el hombre está en peligro; lo puede destruir, un terremoto, un violento huracán, una bomba de neutrones, una explosión de violencia, una epidemia. Los hombres son esclavos de sus propios inventos; y estos monstruos tratan de aniquilar al hombre. Hay que salvarlo de la materia, del odio, del egoísmo.

Pero sobre todo hay que salvarlo definitivamente de sí mismo. Salvarlo de la tierra, salvarlo del mal, salvarlo de su propia libertad. Lo creado es una escalera para salvarse el hombre en el cielo. Pero para este “salvamento” no bastan los hombres, no bastan los dineros, no bastan las ideologías de derecha o de izquierda o cualquier otra seguridad humana.

Domingo tras domingo celebramos a Dios Padre providente y misericordioso en la Sagrada Eucaristía cuando acudimos perseverantemente a escucharlo para seguirlo cada vez más comprometidos con su Hijo pidiendo su gracia para corresponder a su amor. Además, hermanos, no olvidemos que la Iglesia no es el Reino, sino un instrumento al servicio de Dios en Cristo, con Él y por Él para alcanzar la salvación de toda la humanidad.

Que Nuestra Dulce Muchachita, Celestial Señora y Maestra nos enseñe a vivir en la esperanza agradeciendo el amor y la ternura con que nos trata el Padre de toda la humanidad. 

Amén.

 
 
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