SERVIR A DIOS CON EL DINERO EN LAS
RELACIONES JUSTAS
Mis queridos hermanos: no podemos dejar de alabar y bendecir
a Dios nuestro Padre, gran Señor y generoso; rico
en misericordia y bondad; pues, por su infinita misericordia
y amor, nos comparte de la abundancia de sus bienes por medio
de la fe, la esperanza y el amor, a fin de que seamos como
él, ricos en misericordia y amor para con los que menos tienen.
A esto hemos sido llamados, hermanos: a reproducir en nosotros
la imagen de su Hijo que se hizo todo por todos para unirnos
a Él mediante su cruz y resurrección.
El domingo pasado meditábamos, precisamente en la gratuidad
de todo lo que Dios nos da para nuestro provecho espiritual y
humano ya desde ahora que estamos de camino hacia la patria prometida.
También veíamos cómo la misericordia es la característica más
propia del Dios en quien creemos, el que nos ha hecho conocer
nuestro Hermano mayor, su Hijo Jesucristo mediante su sacrificio
en la cruz, expresión insuperable de su amor por nosotros.
Hoy nuevamente se nos habla de la misericordia, pero
específicamente en su aspecto de justicia. Decíamos hace
ocho días que en el lenguaje bíblico, misericordia es sinónimo
de solidaridad, es decir disposición efectiva para ayudar,
auténtica y generosamente a quienes menos tienen. Subrayo,
mis hermanos, lo de 'auténtica', porque hoy en día se dan ayudas
dizque solidarias mediante sistemas totalmente viciados que nos
son otra cosa que apariencia de solidaridad y a las que frecuentemente
se les llama 'filantropía'.
Vamos a analizar qué nos dicen las lecturas bíblicas
de hoy y escuchar las advertencias que nos hacen tanto el profeta
Amós como el mismo Jesús en el evangelio de san Lucas.
En una época de prosperidad del pueblo de Israel, el profeta
Amós señala los vicios en los que los judíos prósperos incurren
a pesar de creerse muy religiosos. En efecto, el profeta habla
de una 'hipocresía piadosa' puesto que los comerciantes manifiestan
un gran interés por observar el precepto del sábado, pero con
ansiedad, porque lo ven más bien como un estorbo para sus ganancias.
Ansían que pase pronto para continuar su actividad comercial caracterizada
por una despiadada codicia. Sólo buscan el beneficio a toda
costa; sea mediante el fraude, el aumento de precios,
(lo que llamamos hoy 'especulación'), mala calidad de los productos;
aprovecharse de de los deudores pobres para terminar comprándolos
como esclavos, etc.
Mis hermanos, esta palabra de Dios, desgraciadamente
parece que retrata la situación que estamos viviendo mundialmente;
pero a nosotros como mexicanos, pueblo tan católico,
nos está afectando muy crudamente. Lo estamos comprobando
día con día, desde hace ya mucho tiempo; pero especialmente lo
estamos padeciendo en estos días, como evidencia triste de esta
situación a partir del anuncio del alza de ¡dos centavos mensuales!
en los combustibles; si es así, por lo menos que se cuide de que
se cuide que los litros de gasolina o de gas sean de litro y con
el peso y las medidas ajustadas a la compra.
Con este pretexto los precios de todo, empezando por el
pan, nuestro tradicional bolillo, se han incrementado de
una manera salvaje en prejuicio de los pobres. Mientras tanto,
los partidos políticos en lugar de oponerse a este desorden sólo
politizan la medida económica y tratan de sacar ventaja con sus
rechazos.
Lo peor de todo este comportamiento desproporcionado y tan
irracional como inmoral es que lo practican quienes nos decimos
católicos. ¿Acaso no conocemos el evangelio y sus exigencias?
¿No sabemos lo que significa la declaración divina expresada por
medio del profeta: misericordia quiero y no sacrificios (Os 4,2;6,6)?
¿De qué sirve hermanos dar limosnas, emprender acciones filantrópicas,
fundar patronatos o fideicomisos para "ayuda" si no
hay relaciones comerciales y laborales justas? ¿No es esto 'hipocresía
piadosa'? en realidad, mis queridos hermanos, no hay respeto
ni por Dios ni por el ser humano.
El profeta termina su oráculo señalando que Dios pedirá cuentas
a los que se han enriquecido ilícita e injustamente (v.7). Pero
Jesús va todavía más allá. Nos advierte que el dinero buscado
por sí mismo es tiranía y esclavitud y peor aún, es idolatría
pues se convierte en rival de Dios. Como estamos viendo, el
Señor es muy directo en este asunto (y mucho más que en otros
que nos encanta traer a colación con mucha facilidad para condenar,
como es el caso de los pecados sexuales). Y además es muy repetitivo.
No es el único caso en que nos habla del tema; simplemente echémosle
un ojito al sermón de la montaña (Mt 5-7). Frente a Dios y
frente al dinero hay que hacer, nos enseña Jesús, una opción radical:
Nadie puede servir a dos señores...; no pueden servir ustedes
a Dios y al dinero, dice el Señor como resumen de su enseñanza.
Mis queridos hermanos, este tema es muy difícil y se puede
prestar a largas discusiones y polémicas, a falsos razonamientos;
pero hoy lo hemos escuchado como Palabra de Dios. ¿Cómo podemos
nosotros, como fieles creyentes, acogerla con gratitud, alegría
y optimismo, para hacerla vida diariamente en nuestras relaciones
familiares, laborales, en fin, sociales y culturales?
Debe quedar bien claro, mis hermanos, que no se trata de
satanizar el dinero y los bienes materiales. Jesús no lo
hace. Si podemos hacer del dinero un ídolo, también cabe la
posibilidad de utilizarlo para establecer relaciones de fraternidad,
de solidaridad y de justicia en el amor.
El dinero es también capaz de construir; nos da la oportunidad
de compartir y de crear una sociedad más igualitaria. No se
trata simplemente de regalarlo, porque esto también se presta
para manipular a quien se le da. No es cuestión de dar o no
dar, sino de cómo y con que intención lo damos. Hay donativos
que pretenden atar; los hay también que se hacen para exhibir
la imagen, o simplemente para acallar la conciencia.
Entender con toda su profundidad esta exigencia de Jesús sólo
es posible si hay verdadera conversión del corazón y la mente.
Sólo descubre el verdadero valor de las cosas materiales y las
pone al servicio de los que menos tienen quien ha nacido de
Dios. ¡Y esto se ha dado en los que hemos sido bautizados
y se mantiene en los que escuchamos la Palabra cada domingo y
nos nutrimos de su carne y de su sangre! Caigamos, queridos hermanos,
en la cuenta de la gran responsabilidad que adquirimos al asistir
y participar en la mesa fraterna de la Eucaristía de cada
domingo. No podemos salir de ella sin un sincero deseo de
compartir, de ayudar, de servir a los demás incluso con nuestros
propios bienes.
Que Nuestra Niña y Madrecita, nuestra Señora y modelo de
servicio total al hombre, nos obtenga de su Hijo el Espíritu
que necesitamos para ser sabios y coherentes en nuestro
seguimiento de Jesús. Amén.