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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XX Domingo Ordinario.

19 de agosto de 2007

"SI QUIERES LA PAZ, PREPARA LA GUERRA"
Adagio latino

Hermanos, Cristo es nuestra paz, dice san Pablo (Ef 2,14). Con su muerte y su resurrección puso fin   la división entre Dios y nosotros y entre nosotros. Démosle, pues, gracias y alabémoslo con cantos pero sobre todo con nuestra actitud de obediencia y respeto a su voluntad a fin de mantener la paz que nos viene de Él como bendición segura de su misericordia.

La paz les dejo, mi paz les doy. Una paz que el mundo no les puede dar, nos dice Jesús en el  evangelio de san Juan (14, 27). Sin embargo esta afirmación no parece concordar, hermanos, con lo que nos dice hoy en el evangelio. Y sin embargo, mis hermano, podemos estar seguros, con san Pablo, de que Cristo es nuestra paz y, con san Juan, de que sólo Jesús nos da la paz verdadera.   

Ambas afirmaciones no se contradicen. Jesús, en su enseñanza de hoy nos da una luz para entender que hay una especie de paz que no es la verdadera, es más bien falsa como es la del mundo. ¿Cuál es ésta? Es la que se busca sólo para salir del paso, es más bien hipócrita, es esa que pretendemos establecer cuando decimos coloquialmente que "hay que llevar la fiesta en paz". Es una paz que no dura, porque no parte ni de la verdad, ni de la justicia y mucho menos del amor.

La paz de Jesús es el resultado de la lucha, de la guerra contra todo lo que va contra la justicia, la verdad y el amor, en primer lugar. No es una paz romántica porque, y se logra después de una lucha muchas veces hasta con uno mismo. Esta paz va en contra de muchas certezas demasiado humanas y, por lo mismo, engañosas.

El creyente, el discípulo de Jesús, queridos hermanos, alcanza la paz junto con la práctica del amor, la búsqueda de verdad y la defensa de la justicia. Por dura que ésta sea. Y, sucede mis hermanos, que no hay realmente expresión de amor que no incomode a terceros aún siendo amor verdadero. Verdad y amor son inseparables, y hay verdades que incomodan; y más cuando se dicen o se viven desde el amor a Dios y al prójimo.

Desde siempre, los hombres no soportan que se les diga la verdad. Y una de dos: o se tapan los oídos para no oír, o tratan de taparle la boca al que dice la verdad. Jeremías les dijo cosas muy duras a los grandes de su tiempo y un día lo hicieron callar matándolo. Cristo dijo tantas verdades, que no lo soportaron. La verdad duele; principalmente cuando “pone el dedo en la llaga”. Y Existen muchas llagas en los hombres a través de los tiempos.

Últimamente se ha dicho verdades tan amargas para algunos, que no han soportado la voz de la verdad. “No roben a los campesinos”; “no admitimos el aborto, la eutanasia”; “no despojen de sus parcelitas a los indígenas”; “no se enriquezcan con el sudor del trabajador, cuando éste se muere de hambre”. Y entonces comienzan los aludidos ha hacer callar la voz. ¿Recuerdan algunos noticieros de televisión? ¿Recuerdan las notas de los periódicos? Han matado a obispos, sacerdotes, y laicos por defender la justicia, por denunciar corruptelas. Han expulsado de muchas naciones (en las nuestras) las voces desagradables. Y se dice: “eran comunistas”, “están subvertiendo el orden”.

Se debería decir: “no nos gusta que nos pongan en evidencia”; “nos choca que nos quiten nuestra mina”; “no soportamos que se hagan públicas nuestras movidas”. Es decir, no soportamos la voz de Dios”; “matemos a Dios”.  

La verdad sola, por sí misma, sin amor es, por lo menos, injusticia. Buscada y expresada, en cambio, desde el amor, nos pone en sintonía con el evangelio, pero es causa de sufrimiento para quien la expone. ¿Cómo es esto? ¿Cómo es posible que el amor desencadene odio y rivalidad y, peor aún, división y guerra? Es una pregunta que sólo puede comenzar a tener respuesta mirando a Jesucristo en su vida, pero sobre todo, en su pasión y en su muerte.

Ya en la primera lectura de este domingo, tomada del libro del profeta Jeremías, en su parte biográfica, se no da cuenta de cómo el profeta se convierte en un hombre de discordia por haber anunciado la verdad sobre el pueblo judío que había pecado contra Dios. En efecto, los judíos, como castigo de Dios por sus pecados, sufren la invasión de Nabucodonosor y Jeremías les advierte que no les conviene rebelarse, y que deben, más bien, someterse a fin de que Dios los salve con su poder una vez que sean purificados de sus pecados. La reacción del pueblo, encabezado por los ancianos, fue perseguir al profeta y arrojarlo a una cisterna de lodo pues sus palabras les parecieron las de un entreguista y traidor. 

Hermanos, el profeta es aquel que anuncia la verdad más profunda de los hechos. No se queda, para no comprometerse, en un análisis superficial. Con frecuencia, la realidad de los hechos revela que en el fondo hay personas o instituciones que, en situaciones graves, no quieren asumir sus responsabilidades y sólo, como solemos decir, extienden cortinas de humo para distraer la atención y ocultar injusticias y mentiras. Por eso, quienes, llevados por el amor a Dios y al prójimo denuncian los abusos y los crímenes, no son bien vistos por los que ven afectados sus intereses económicos o políticos.

El autor de la carta a los hebreos, la segunda lectura de hoy, continuando con la exhortación a mantenernos en la práctica de la fe, a ejemplo de los patriarcas del Antiguo Testamento, nos indica cuál debe ser la actitud del cristiano: desprenderse de todo aquello que impide una carrera permanente y con los ojos fijos en Jesús, único y verdadero modelo de la vida cristiana en la fe. Con Él no podemos, dice le autor, más que continuar sin perder el ánimo, hasta llegar, como Él, a dar nuestro propia sangre si fuera necesario con tal de ser fieles testigos del amor y de la justicia.

Jesús abrazó animosamente el desenlace de su vida por llevar a cumplimiento la misión por la cual vino a este mundo que es nuestra salvación, por medio del fuego del Espíritu purificador y vivificador. Para logarlo sabe que tendrá que pasar por los sufrimientos de la cruz. Además sabe  que su acción ha venido dividiendo al pueblo y que será así siempre, aún después de su muerte, en la Iglesia, en las familias cristianas, en dondequiera; pues ha sido puesto como signo de contradicción según le advirtió el profeta Simeón a María, su Madre en el día de su presentación en el templo. Con los verdaderos cristianos no puede ser diferente, ya que sus acciones, y sus palabras, como las de Jesús y de Jeremías van a chocar con los modos de ver, de ser y de actuar de quienes se resisten a la verdad y al amor de Dios.

Entonces, si queremos, mis hermanos, vivir en la paz auténtica, la que Cristo no da, hemos de empezar, cuanto antes, por hacerle la guerra al odio, la mentira, la soberbia... de nuestro entorno y tal vez, en nosotros mismos. Ya decían los latinos: si quieres la paz, prepara la guerra.

Que Nuestra Muchachita y Madrecita, Santa María de Guadalupe, que nos solo unió a nuestros abuelos indios y españoles, enemigos humanamente inconcebibles, sino que de ellos nacimos como nación y como Iglesia en el rezago de tan dulce Señora, nos alcance la gracia de ser dignos testigos de su Hijo en la justicia, el amor y la paz.

Amén.

 
 
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