DIOS NOS DA A CONOCER SU MISTERIO
Alabemos, hermanos, a Dios, el Padre de nuestro Señor
Jesucristo y al Espíritu Santo que procede de ambos y nos hace
conocer cada día su misterio insondable de amor por nosotros.
Por la fe en este Dios Uno y Trino hemos sido hechos hijos suyos por
el amor que nos tiene; por esta fe, don de su Espíritu,
podemos llamar con toda confianza y verdad ‘Padre’
a nuestro Dios, el único y verdadero que nos ha mostrado
Jesús nuestro hermano y Señor.
Hoy celebramos en la Iglesia, mis hermanos, el
gran misterio central de nuestra fe: la fe en un solo Dios, Uno y
Trino. Se trata del misterio central de la fe cristiana sin el
cual no podemos llamarnos con propiedad cristianos. Porque hay,
mis queridos hermanos varias formas de referirnos a Dios, pero lo
propio del cristianismo es la fe trinitaria. El Dios en quien
creemos no es un concepto vago y etéreo. Es más bien
un Dios con un rostro que se nos ha revelado en Jesucristo,
el Hijo de Dios y hermano nuestro.
Efectivamente, hermanos, sabemos por la fe que
el Padre envió a su Hijo precisamente para darnos a conocer
el misterio de su ser –pues Cristo es el rostro del
Padre –a fin de que conociéndolo experimentemos su
amor y, acogiéndolo y correspondiéndole, entremos
en la intimidad de su misterio. ¡En esto consiste la salvación!
No es otra cosa que esto precisamente.
Por eso, es de primera importancia que comprendamos
cada vez más, con la ayuda de su Espíritu, cuál
es la obra que Dios realiza a favor de nosotros mediante cada
una de las divinas personas. Y para alcanzar esa comprensión
nos envió Jesús su Espíritu, según
lo escuchamos en el Evangelio de san Juan.
Veamos de cerca cómo la palabra de Dios
nos ayuda a esta comprensión, tan necesaria como sorprendente,
a través de lo que nos dicen las lecturas de este domingo.
En la primera lectura escuchábamos a la
“Sabiduría de Dios” personificada que habla
de sí misma como alguien que tiene su origen en Dios y que
está presente desde la creación del mundo y que tiene
la tarea de conducir a los hombres a Dios. En realidad, hermanos,
para los cristianos, el texto nos revela un aspecto del misterio de
Cristo, el Hijo de Dios. Palabra viva de Dios. Es la sabiduría
de Dios, como lo llama san Pablo (1Co 1,24). Sabiduría que
nos revela mejor que nada y mejor que nadie el verdadero rostro
de Dios nuestro Padre que nos ama con ternura y misericordia.
Esta sabiduría no nos revela sólo
a Dios, sino que nos descubre la realidad más profunda de nosotros
mismos: que somos obra de su sabiduría y que, por eso,
hemos sido creados para Él. En Cristo sabemos, por la
fe que nos infunde su Espíritu, que todo tiene su sentido pleno
en Él, puesto que todo ha sido creado por Cristo, que
todo tiene su consistencia en Cristo y que en Él tiene
su destino. De manera que el bien, lo bello, la vida y lo que
se deriva de esto: las artes, la ciencia, las culturas, en fin, la
historia y toda realidad humana; todo revela la bondad del Dios
en quien creemos, porque el Hijo está en el origen y en el
destino de todo lo que existe. Las ciencias tienen todavía
mucho que explicarnos, pero la razón última de todo
cuanto existe está en la Sabiduría creadora de Dios
que es su Hijo.
La segunda lectura nos da un elenco de dones y
bienes que se nos han dado: en primer lugar la paz que nos ha obtenido
Cristo mediante la fe en Él; el acceso al favor (gracia)
de Dios, a la esperanza de la gloria de Dios; pero especialmente el
amor de Dios que ha sido derramado en nosotros por el Espíritu
Santo que se nos ha dado. Este es el don por excelencia que Cristo
nos alcanzó con su Espíritu Santo. Aquí esta
la verdadera explicación de nuestra existencia. Por
eso he dicho, mis hermanos, que la revelación del misterio
de Dios Trino y uno es también revelación de nuestro
ser, pues al conocer que nuestro origen y nuestro destino están
en el Señor, podemos mantenernos en la paciencia y en
la esperanza en medio de tribulaciones y oposiciones que no
faltan en nuestro paso por el mundo.
En el evangelio escuchamos a Jesús
que, a punto de dejar a sus discípulos en la noche anterior
de su pasión, les asegura el don de su Espíritu de
verdad que hará precisamente la labor de guiarlos en el conocimiento
cada vez más profundo y verdadero de todo lo que les ha enseñado.
Efectivamente, Jesús había dicho y hecho muchas
cosas ante los discípulos, pero estaba bien claro que, hasta
el día anterior a su pasión, no entendían muchas
de ellas. Jesús sabe muy bien que tendría que
decirles muchas cosas más, pero, por el momento no podrían
entenderlas porque les faltaba una capacidad especial la cual
les daría el Espíritu Santo. De esta manera es como
el Espíritu da gloria a Cristo, de la misma manera que lo hace
Cristo con respecto al Padre de quien ha recibido todo.
Por tanto, hermanos, tenemos una solo revelación
que tiene su fuente en el Padre, se realiza a través
del Hijo y se cumple en los creyentes por medio del
Espíritu Santo que cierra la dinámica de la fe y
del amor entre Dios y sus criaturas los seres humanos.
Toda la vida de la Iglesia se desenvuelve en el
seno del misterio trinitario. La Eucaristía es la más
perfecta expresión de esta realidad misteriosa tan fundamental
para la vida de los creyentes. En la Eucaristía, mis
hermanos, dirigimos nuestra oración de alabanza, de súplica
de perdón y de petición unidos a nuestro hermano y Señor
Jesucristo y movidos por el amor de Dios que nos hace experimentar
su Espíritu. Por medio de la Escritura el Espíritu
nos hace comprender cada vez mejor, y con mayor profundidad, su Palabra
que nos santifica y nos transforma, como Iglesia o comunidad creyente,
en templo suyo en medio del mundo para ser testigos de la maravillas
de Dios.
En medio de la Iglesia está nuestra Señora,
la Madre de Dios, Nuestra Muchachita Santa María de Guadalupe
nos enseña y acompaña en este camino cada vez
más alegre, aunque no sin sufrimientos, hacia la patria
donde nos espera el Padre. Amén.