InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio >Breves >Homilía
   
 

Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario en la

Misa Exequial por el M.I. Sr. Cango. José Álvarez Barrón,
Canónigo Honorario Emérito de la Basílica de Guadalupe

17 -marzo- 1922  16– julio– 2008


17 de julio de 2008

Mis amados hermanos y hermanas, es muy cierto que la muerte separa a los hombres y al mismo tiempo los congrega. La muerte nos aleja de nuestros amigos, de nuestros parientes que parten, pero al mismo tiempo, mis amados hermanos, nos acerca y nos une más a los que todavía quedamos en la vida.

La partida de nuestro querido padre José Álvarez Barrón, quien muchos años fuera rector del Seminario Conciliar de México, que prestó grandes servicios a la Diócesis de Toluca. Que sirvió como párroco 27 años en la Parroquia de la Piedad, en la colonia Narvarte. Que sirvió como confesor en esta Basílica de Guadalupe hasta los días de su muerte. Que fue maestro de muchos de nosotros, que fue nuestro rector, hoy lo recordamos con cariño, con afecto.

La partida de este hermano nuestro de este mundo al Padre es el motivo principal de encontrarnos hoy en esta asamblea litúrgica, para acompañar el dolor de esta familia Álvarez Barrón y de esta iglesia arquidiocesana a la que sirvió con tanto entusiasmo y con tanta alegría.

Estamos aquí reunidos para despedir cariñosamente a este hermano que nos ha abandonado, aunque no del todo y para siempre. Estamos aquí para ofrecer todos juntos a Dios, esta muerte corporal, unida a la de Jesucristo por la fe y los sacramentos. Rogando al Señor que a él y a todos nosotros nos conceda participar un día de su gloriosa resurrección, de su luz y de su paz allá en casa definitiva en el Reino de los Cielos. Así es como los que tenemos una misma fe en Cristo vivimos esa fe en comunión con nuestros hermanos y formamos así una auténtica familia de hermanos en Cristo y de hijos de Dios.

Precisamente, mis amados hermanos y hermanas, los invito a que reflexionemos unos minutos en esta realidad de la comunión de vida entre todos los cristianos vivos y muertos. En esta relación entrañable de familia que tenemos los cristianos aquí en la vida y que se prolonga más allá de la muerte. A esta realidad le damos un nombre en católico: La Comunión de los Santos.  Esta es precisamente la verdad que está a la base de esta liturgia que celebramos hoy por nuestro querido Padre José Álvarez Barrón. Nosotros recitamos en el Credo: Creo en la Iglesia Católica, la Comunión de los Santos, el perdón de los pecados, la resurrección de los muertos y la vida eterna. 

¿Qué significa, amados hermanos, este artículo de nuestro credo católico? Si preguntásemos a muchos cristianos seguramente nos responderían alguna lindeza: que los santos comulgaron aquí en la tierra o siguen comulgando ahora en el cielo. No, no es esto mis amados hermanos.  Comunión  o Comunicación de los Santos, no quiere expresar más que aquella vida en común que poseemos todos los bautizados, todos los que formamos la Iglesia de Jesucristo.

La Iglesia, Pueblo de Dios, es un cuerpo. Un cuerpo no físico, sino moral. La reunión o el conjunto de todos los creyentes en Cristo.  El cuerpo místico de Jesús, formado por Él, como cabeza y por todos los cristianos como miembros.  Pero este cuerpo, este organismo, no está muerto, tiene vida.  Y una vida divina, eterna.  La vida que Jesús es y que hace circular por todo su cuerpo místico.  La gracia santificante es esta vida, como una corriente sanguínea que brota de Cristo cabeza y que distribuye, se comunica, y llega a todos los miembros del cuerpo.

Ahora bien, mis amados hermanos, este cuerpo de Cristo está digamos distribuida en tres estados, en tres niveles, y esto lo estudiamos desde el catecismo.  La Iglesia es Peregrinante, Purgante, Triunfante. No son tres iglesias, sino una sola en tres situaciones diferentes de los discípulos de Cristo. Unos peregrinamos todavía, estamos en marcha, vamos a la casa del Padre. Otros, ya difuntos, se purifican. Otros gozan de la gloria contemplando claramente a Dios tal como es. Más todos, en un grado diverso vivimos unidos en una misma caridad.  Vivimos en un mismo amor, pues todos los que son de Cristo por poseer su Espíritu constituyen una misma y sola iglesia y mutuamente se unen con Él, estamos profundamente unidos.  Si las tres forman el único y total cuerpo de Cristo, entre ellas debe haber mutua intercomunicación y vida. A esta comunicación o intercambio de vida es a lo que llamamos Comunión de los Santos.

Existe, pues,  entre todos los miembros de la Iglesia, una mutua influencia, una comunicación de bienes. Cualquiera de estos bienes o males repercute en toda la Iglesia. Todo lo bueno, todo lo malo que hace un cristiano cualquiera repercute para bien o para mal en todo el cuerpo de Cristo. Por eso dice el Concilio Vaticano II muy claro en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium (Luz de los pueblos) en su número 51: Este sagrado Sínodo recibe con gran piedad la venerable de fe de  nuestros antepasados acerca del consorcio vital (es decir, la comunión de vida) con nuestros hermanos que se hayan en la gloria celeste o que aún están purificándose después de la muerte, y de nuevo confirma los decretos de los Sagrados Concilios Niceno II, Florentino y Tridentino.

Mis amados hermanos ésta es nuestra fe católica sobre la Comunión de los  Santos. Y claro que de esta comunión de los santos, de esta verdad católica, se desprenden consecuencias muy prácticas: primero hemos de recordar que no se trata de una comunicación con los difuntos al estilo de las sectas espiritistas. Ahora podemos entrar en comunión con nuestro querido padre José Álvarez Barrón más que como lo hacíamos antes. Antes queríamos ver al padre Pepe, y veníamos visitarlo. Ahora lo podemos invocar pero no al estilo de sectas espiritistas. No, esa clase de comunicación ni existe, ni es cristiana, ni tiene nada que ver con la intercomunicación eclesial. Eso no pasa de ser un truco o una ilusión colectiva o un comercio pecaminoso con el diablo. No, no es por ahí. Estamos hablando de la comunión con los santos.

En segundo lugar, esta comunión con nuestros difuntos es ante todo de tipo personal, psicológico y sobre todo espiritual. Psicológico, no quiere decir sentimental, sino sencillamente quiere decir humano. Nuestros difuntos siguen presentes en nuestro recuerdo, en nuestro cariño y además en el bien que de ellos dimana y que pervive en nosotros. Igual como reconocemos al Resucitado en lo que irradia de Él, podemos recordar a nuestros difuntos por lo que pervive de ellos. Todos lo que han muerto pertenecen a la comunidad humana y a la eclesial también y están unidos a nosotros.  

Aquí en la tierra podemos sentir la presencia de Cristo murió y no solo sino que venció a la muerte como escuchamos en la Palabra de Dios que hemos proclamado. Sentimos fuertemente la presencia de María, y más aquí en el Tepeyac,  ella que fue asunta a los cielos.  Si llevamos una vida como la Cristo y nos dirigimos a ellos en la oración, entramos en comunión profunda con ellos. Lo mismo hay que decir de los otros difuntos.  Es cierto que ya no vamos a escuchar: Mantelito Blanco, Jícaras de Michoacán, y tantas cosas que nos cantaba don José Álvarez Barrón. Ya no vamos a escuchar su carcajada su risa. Pero lo vamos a vivir en el recuerdo en la alegría que nos enseñaba. Eso lo vamos a recordar siempre y muchas otras cosas más. Pero ahora estamos en comunión profunda, en una relación íntima que esta relación espiritual, que es lo más profundo. Unión nuestra con todos los cristianos que ya murieron y es ante todo una relación espiritual, a todos los niveles de la vida cristiana: de fe, de esperanza, de amor, de oración y de culto.

Dice la Lumen Gentium: la unión de los viadores (nosotros somos los viadores, estamos en la vía en el camino, peregrinamos) con los hermanos a que se murieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe, antes bien se robustece. Es decir, permanecemos todos: los que peregrinamos, los de la Iglesia Purgante, la Iglesia Triunfante, unidos en Cristo. Y mutuamente oramos los unos por los otros: los que peregrinamos oramos por los que se purifican, y por eso escuchamos en la primera lectura: es laudable orar por nuestros difuntos. Y por eso oramos por ellos. En la oración entramos en comunión con ellos para que se purifiquen y los encomendamos a los bienaventurados, que su vez nos edifican con su ejemplo de santidad y desde luego piden por nosotros. Ellos que han llegado a la Patria, ahora el padre José Álvarez, no dejan de interceder, por Él, con Él y en Él, a favor nuestro ante el Padre  celestial. Tenemos ya un intercesor más en el Reino de los Cielos: el padre José Álvarez Barrón.

Mis amados hermanos, la iglesia que peregrina recuerda y ofrece sufragios por los difuntos  y venera la memoria de los santos del cielo, los invoca humildemente, acude a su oración, protección y socorro. Esta es la Comunión de los Santos. Esta mutua y total comunión inter-eclesial llega a su cumbre en el culto cristiano, en la liturgia eucarística. 

Dice la Lumen Gentium, también: celebramos juntos con gozo común las alabanzas de la divina majestad, y todos congregados en una sola Iglesia, ensalzamos con un mismo canto de alabanza al Dios uno y trino.  Así pues, al celebrar el sacrificio eucarístico es cuando mejor nos unimos al culto de la Iglesia celeste, sobre todo cuando entramos a la Plegaría Eucarística cuando con los ángeles y santos cantamos todos: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios del universo. Ahí pregustamos ya desde ahora esa liturgia celeste, ya en esta liturgia que celebramos aquí en la Tierra. Pensemos en eso, es en la Eucaristía en donde entramos en comunión y renovando la memoria de la santísima Virgen María o de San José,  de los Apóstoles de los mártires y de todos los santos, vivimos desde ahora, pregustamos desde ahora esa vida eterna.

Aquí tienen, pues, mis amados hermanos, el sentido de esa verdad católica que llamamos Comunión de los Santos.  Así como los lazos de una familia no se rompen con la muerte, lo mismo sucede con esta gran familia de Dios que es la Iglesia.  La Iglesia es un cuerpo único y forma una comunidad de bienes aquí en la vida y la sigue formado después de la muerte.  Esta es la razón última en que se fundamentan nuestras prácticas cristianas de orar, de rezar, de ofrecer sufragios por los muertos. Nosotros los canónigos tenemos la obligación de ofrecer tres misas por los canónigos, aparte del novenario, aparte de las misas gregorianas, tenemos esta piedad, esta devoción, más que obligación de orar por los difuntos, y más por quienes fueron hermanos nuestros ligados a nosotros. 

Continuemos nuestra eucaristía, donde está presente a misma vida de Dios, que es Cristo, para que Él lleve  a la vida eterna a nuestro hermano José Álvarez Barrón, el padre “Pepe”. Que la Señora del cielo lo introduzca a la casa del Padre.  Ella a quien el padre José amó tanto y veneró tanto aquí en su casita.

Continuemos pues esta eucaristía, para que esta vida de Dios, vida que se nos ofrece en Cristo en riqueza y llene también a todos los que formamos los Iglesia y peregrinamos hacia el Señor hacia la casa del Padre.

Que así sea, mis hermanos.

 
 
Agregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosImprimir PaginaPágina anterior