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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el IV Domingo de Adviento.

23 de diciembre de 2007

JESÚS: VERDADERO SALVADOR DEL MUNDO

Hermanos, alabemos a Dios, nuestro Padre, que ha manifestado y realizado en la persona su Hijo Jesucristo, la salvación a la que nos ha llamado por su misericordia.

Estamos en los umbrales del misterio de la Encarnación, misterio que nos inunda con su luz y hace de nuestra historia el lugar de la salvación que hemos venido deseando y esperando en este tiempo privilegiado del Adviento. Todavía nos quedan dos días para dar los últimos detalles a nuestra preparación para la fiesta. Ojalá que esta preparación no esté sólo quedándose en los detalles externos de los regalos y la cena de la Noche Buena. Ojalá no se reduzca esta preparación a puro sentimentalismo fincado en el consumismo y el colorido superficial del ruido y los adornos del entorno.

Todavía nos queda este domingo para meditar en la Palabra de Dios que nos alienta a prepararnos de una manera profundamente espiritual, alegre y comprometida a celebrar el misterio de Dios-con-nosotros. 

Hoy el evangelista san Mateo nos hace meditar en este misterio a partir de dos nombres del Hijo de la Virgen María: Jesús y Emmanuel. Parece que la intención del autor del cuarto evangelio es, principalmente, la de adentrarnos en el misterio de Cristo. Por eso, aunque se habla de José y de su humildad y obediencia, así como de la virginidad de María, no hemos de centrar nuestra atención en ellos, pues no son temas principales e importantes en sí mismos, sino están en función del misterio de Cristo y, en todo caso, son para considerarse en otro momento.

En efecto, lo importante es contemplar ya desde ahora el misterio de Cristo como verdadero Dios y como verdadero hombre. Y entonces, tenemos que entender que la misma virginidad de María está en función de la misma identidad de Cristo como Hijo de Dios. Dios, en su infinita bondad y por amor al hombre, que es incapaz de procurarse la salvación, intervino para hacerse presente en la historia humana y para salvarla desde ella misma, en la humanidad de su Hijo, humanidad asumida en el vientre virginal de María.

Por eso, mis hermanos, los invito a tener en cuenta el sentido del nombre en la antigüedad, especialmente en la cultura judía. Los judíos  no ponían el nombre sin antes considerar la misión o identidad de la persona que lo llevaría, ya que el nombre indica el ser mismo de la persona.

Entonces, cuando el evangelista Mateo nos indica muy puntualmente  que el nombre del hijo de José es Jesús, y que significa 'Dios salva', nos  está indicando su misión que es la de salvar, con el poder de Dios, al pueblo de todos sus pecados. Además, con el hecho de que Señor San José sea quien le ponga el nombre, el evangelista nos está indicando que él es el padre con todos los derechos sobre ese hijo, especialmente el de unirlo a la dinastía davídica.

Pero en relación con el sentido del título de 'salvador', hemos de tener en cuenta que el evangelista pretende enseñarnos que, frente al emperador Vespasiano que era aclamado como 'salvador y bienhechor', Jesús, el Hijo de Dios y de María era el verdadero salvador del mundo. 

Nosotros creemos y vemos en ese niño la salvación definitiva de todos los males; todos los que padecemos y a los cuales nos hemos referido en nuestras reflexiones en este Adviento: toda clase de injusticias, de mentiras, opresiones y violencias; hemos señalado cómo necesitamos ser perdonados y restablecidos en la paz  con Dios, con el prójimo y el cosmos para vivir una vida más digna del ser humano, según el proyecto de Dios. Esta clase de salvación sólo nos la puede dar Jesús.

En cuanto al nombre de 'Emmanuel' que Mateo le asigna,  hemos de notar que es el nombre que Isaías dio al hijo de Ajaz como signo profético de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Ese nombre significa para nosotros los creyentes y expresa la certeza de que Dios está siempre de nuestro lado, nos acompaña y nos bendice para salvarnos.

Cuando hablamos del Hijo de David para referirnos a Jesús estamos haciendo  conciencia de que nuestro Dios no desdeña nuestra historia a pesar de todas sus miserias y pecados como fue la vida de David, pues se sirve de todos los acontecimientos humanos llenos de pecado para salvarnos desde ellos mismos y realizar sus planes de salvación.

Mis hermanos, en la Sagrada Eucaristía tenemos la gracia permanente de experimentar la presencia del Emmanuel, pues Él se ha quedado con nosotros en este admirable sacramento de su amor indefectible. Es el sacramento del encuentro de Dios con nosotros; el signo más trascendente que Él nos ha dejado de su cercanía amigable con nosotros. Ojalá apreciemos cada vez más este regalo de su misericordia y lo aprovechemos para conocerlo mejor y dejarlo estar siempre cerca y, mejor aún, dentro de nosotros.

Que Santa María Virgen, la Dulce Madre del verdadero Dios por quien se vive, nos lo siga dando y nos enseñe a acogerlo en la obediencia de la fe y la esperanza.

Amén

 
 
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