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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el V Domingo de Cuaresma.

9 de marzo de 2008

Bendigamos hermanos y hermanas, a Dios nuestro Padre que por el don de su Espíritu y en su Hijo Jesucristo nos ha llamado a la Vida eterna como la prueba más grande de su amor por nosotros. Con esta semana que hoy comenzamos vamos a concluir, mis queridos hermanos, el tiempo privilegiado que Dios nos ha concedido para prepararnos profundamente a celebrar la victoria de Dios sobre la muerte.

Esta victoria, paradójicamente, la ha querido obtener mediante la muerte de su Hijo Jesucristo, nuestro Hermano y Señor de la Vida. Desde el primer domingo de Cuaresma, vislumbrábamos, conducidos por Jesús, el final de este camino: el triunfo de la vida a través de la muerte, de la vida total y eterna a través de la muerte temporal y física, pero, también, de la necesidad cotidiana de la muerte al pecado para llegar a poseer la vida de Dios.

Este domingo, mis amados hermanos y hermanas, tenemos la oportunidad que Dios, en su misericordia nos concede, de profundizar un poco más en el misterio de nuestro propio bautismo. El agua de la Samaritana, hace 15 días; la luz del ciego, hace ocho días, y la vida que Lázaro recupera hoy, no son otra cosa que signos o señales de la vida nueva que se nos da mediante el bautismo en la muerte de Jesucristo.

Es decir, con el bautismo morimos al pecado para vivir una vida nueva mediante nuestra respuesta desde la fe al llamado divino a la conversión. No olvidemos que desde el Miércoles de Ceniza se nos viene diciendo a cada uno, una y otra vez, en la liturgia de esta semana: conviértete, conviértete y cree en el Evangelio.

La forma como el cristiano, la forma como el cristianismo afronta la muerte es tal vez una de sus características más notables. La sociedad en la que se desarrolla nuestra vida diaria, rechaza cada vez más la idea de morir, más bien se afana por suprimirla mediante el consumismo de multitud de satisfactores huecos y engañosos aun cuando sabe que no puede hacer nada por impedirla.

Pero evadir esta realidad, mis amados hermanos, evadir esta realidad inexorable de nuestra condición humana, es de lo más irresponsable ya que no ver la muerte cara a cara es lo mismo que vivir de una manera inauténtica. “Recuerda hombre que polvo eres y al polvo has de volver”, se nos decía, también, al inicio de la Cuaresma. Esta es una gran verdad, mis hermanos, que como hemos afirmado, pertenece a la más antigua y pura tradición de la Iglesia.

El filósofo alemán, Martin Heidegger, filósofo existencialista del siglo pasado, nos da esta definición del hombre: es un ser para la muerte. Es decir, que el calificativo más propio de todos los hombres, es ser mortales. Los demás seres vivos llegan a la muerte, pero no son para la muerte les falta esa ordenación y ese dinamismo interno a hacia ese final. Solamente el hombre, solamente el hombre y nada más.

Miren amados hermanos y hermanas con Cristo, con la fe en Cristo, el cristiano cambia completamente su situación y ya no es para la muerte, sino para la vida; ésta fue precisamente la situación primitiva del hombre. Dios no lo creo para morir sino para vivir y vivir eternamente.

Con esta afirmación Heidegger nos invitaba a reflexionar y a tomar en serio la verdad incontestable de la realidad de la muerte. La conciencia sobre esta realidad inexorable nos ayudaría mucho a comprender mucho mejor este mundo limitado y caduco, y lo mejor, iluminaría mejor nuestra propia existencia. Podríamos, decir, entonces que la vida se entiende mejor desde la aceptación de la muerte.

Nosotros los cristianos sabemos que la muerte es una condición necesaria para llegar a la vida. Es un paso para alcanzar la vida. Este misterio se nos presenta hoy para nuestra consideración en la meditación de la Palabra de Dios que hoy nos regala el Señor.

La muerte de Lázaro es un anuncio, es una figura muy cercana al significado y al sentido de la muerte de Jesús, por la cual Él dará el signo más contundente de su Misterio; su propia Resurrección.

¿Y qué otro significado tendrá, mis amados hermanos y hermanas, entonces, esta Resurrección, sino la promesa de nuestra propia resurrección? Esa es la Resurrección que tuvo su  inicio cuando por  la misericordia de Dios, como dice, san Pablo, fuimos insertados en el Misterio de Cristo mediante el bautismo. Pero esa es también la resurrección que después de nuestro bautismo se nos da como tarea, el mantenerla y hacerla más real y creíble mediante nuestra constante respuesta a la Gracia de Dios. Todo esto quiere decir, mis amados hermanos, que la muerte no es un fin en sí mismo, insisto, mis amados hermanos y hermanas, creemos que el hombre es un ser para la vida, vivimos para vivir y vivir intensamente, no estemos preocupados que vamos a morir.

Mis hermanos, si sabemos vivir cada momento, cada instante de nuestra vida, respondiendo a la Gracia de Dios, tendremos una buena muerte definitivamente. Sí, pero a través de la muerte vamos a pasar a la vida. El mismo Jesús lo anunció y lo vivió así.

En el Evangelio de hoy Jesús aparece como el Señor de la Vida. Él que dijo: “Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente”, había dicho también: “Yo he venido para que ustedes tengan vida y la tengan en abundancia”. Y esa vida en abundancia debemos irla saboreando ya desde ahora, hermanos, si no nunca vendrá. No hay un más allá sin un acá, no hay un después sin un ahora.

Nosotros, mis amados hermanos, nosotros los cristianos creemos en la vida, ésta tiene un nombre, se llama Jesús, el Hijo de Dios. Jesús es la vida del Padre: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Y si de verdad somos discípulos de Jesús, y si de verdad vivimos enraizados y cimentados en Jesús, sabremos vivir, sabremos gustar, saborear, lo que va a venir después. Pero, también, mis hermanos, Jesús es nuestra vida y esto es precisamente lo que celebramos domingo tras domingo en la Santa Eucaristía, esto es lo que comemos y gustamos domingo tras domingo en el Pan Eucarístico: “El que coma mi carne, el que beba mi sangre, tendrá vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día”.

Hermanos, de verdad estamos ya gustando la vida eterna con la Eucaristía que recibimos, por el Señor con el que comulgamos, qué pena que muchos de ustedes no comulguen, ¡que pena que muchos de ustedes no se acerquen a la Santa Eucaristía, que vengan a este banquete y se queden solamente mirando!. No!, venimos aquí a comer: “Tomad y comed, éste es mi cuerpo. Tomad y bebed, esta es mi sangre”. Y domingo tras domingo somos fortalecidos por el Señor, llenos de su Espíritu, invadidos de su Espíritu; cuando recibimos su Palabra nos alimentamos de ella y, desde luego, nos alimentamos del Pan de la Eucaristía.

Mis amados hermanos y hermanas, pidamos entonces a nuestra muchachita y dulce Señora de Guadalupe, y a su mensajero San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, que intercedan por nosotros para que nunca nos falte el auxilio divino de su gracia para poder corresponder a la vida que Dios nos da en abundancia a través de su Hijo Jesucristo, a través de la vida sacramental.

Que así sea, mis amados hermanos.        

 
 
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