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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XVIII Domingo Ordinario.

3 de agosto de 2008
“Año de San Pablo”

IGLESIA, LUGAR DE COMUNIÓN DE BIENES
"Denles ustedes de comer"

Mis queridos hermanos, sabemos que la misericordia es la nota más característica del Dios en quien creemos; el Dios que nos ha dado a conocer nuestro Señor y hermano mayor, Jesucristo. Al mismo Jesús no podemos decir que conocemos verdaderamente si no hemos experimentado en la vida que lo que encierra su misterio es ante todo el amor entrañable del Padre del cual su muerte por nosotros es el signo más admirable. Alabémoslo, por tanto, y démosle gracias. 

No debemos olvidar, por otro lado, que la Iglesia, entre tantas características propias está la de ser signo de la misericordia de Dios manifiesta en Jesucristo del cual es cuerpo y manifestación histórica. Por tanto, es muy conveniente recordar con frecuencia que la Iglesia toda tiene como misión principal significar, promover y realizar la misericordia de toda la humanidad mediante un servicio a todos los hombres sin distinción de razas o condiciones sociales. De esta manera la Iglesia hace palpable y creíble la gratuidad de la salvación.  

En la primera lectura hemos escuchado al profeta Isaías invitándonos  a acudir a recibir de Dios todos los bienes de la salvación simbolizados en la abundancia de los bienes materiales. La salvación se asemeja a un banquete en el que el agua, el vino, la leche, tantas cosas y alimentos buenos y suculentos son totalmente gratuitos. Parece decirnos el profeta que todas las cosas más importantes para la vida son gratuitas porque Dios nos las da incluso sin pedirlas.  

En la segunda lectura, y en continuidad con este tema, san Pablo dice en su carta a los Romanos que si la salvación es tan cierta para nosotros los creyentes como que es el resultado del amor de Dios, nada ni nadie puede separarnos del amor de Cristo que murió por nuestros pecados. Así es la generosidad del Reino ya presente en Cristo, pues aceptamos en la fe que el gran don de Dios a la humanidad es precisamente su Hijo que se nos da sin medida junto con su Espíritu.  

El evangelio de san Mateo, que hoy hemos escuchado, nos lleva a la plenitud de este misterio al presentarnos a Jesús como alguien que se ocupa de los hombres; que está siempre cercano al hombre y se compadece de él en todas las circunstancias de la vida como son el hambre y la fatiga. En este pasaje, mis hermanos, podemos contemplar la imagen de un Dios compasivo y misericordioso. Como un nuevo pueblo, las multitudes se agolpan entorno a Jesús sedientas de su palabra y su enseñanza. Pero Jesús no deja de ser sensible a las necesidades materiales de ese pueblo que lo busca y lo sigue. Parecería que Jesús es conciente de que no es posible separar las necesidades de espíritu de las corporales. 

La Tradición cristiana ha relacionado siempre este milagro con la Eucaristía como su anuncio. Las palabras, la ambientación de la narración y los gestos de Jesús, en este pasaje, dan lugar a una interpretación eucarística. El episodio pareció tan importante para la Iglesia de los orígenes que no pasó desapercibido y que, al contrario, quedó en la memoria y en la predicación de los apóstoles al punto de que está presente en los cuatro evangelios y hasta aparece duplicado en el de Mateo y en el de Marcos.  

En el evangelio de san Mateo se resaltan principalmente los gestos de Jesús y sus palabras. De esa manera se subraya su autoridad, pero también sus actitudes de gratitud a Dios por el pan cotidiano y de compasión por los hombres. En este pasaje, hermanos, podemos contemplar, iluminados por la primera lectura, en Jesús la imagen de un Dios que lo da todo sin medida y gratuitamente; de un Dios que jamás se desentiende de los hombres.

A nosotros como Iglesia, pero también individualmente, según el mandato de Cristo en el pasaje que estamos meditando, se nos invita hoy a cumplir la tarea de acoger, de ayudar a los que se acercan a nosotros con necesidades de diversa índole. ¡Denles ustedes de comer! Nos dice. El cristiano y la Iglesia no pueden desentenderse de las necesidades de los que menos tienen. La causa de división y de luchas entre los hombres es, ente otras, pero ésta muy seria y dramática, la diferencia abismal que hay entre pobres y ricos. En el episodios evangélico de hoy, Jesús nos muestra, aunque sea por unos momentos, que es posible hacer a un lado el egoísmo y salir al encuentro del otro para compartir y así construir en la fraternidad una humanidad diferente; acorde al proyecto inicial: que todos seamos iguales, con iguales derechos y obligaciones, con iguales oportunidades. Esto, mis hermanos, es el sueño tan antiguo como constante de la humanidad. Un sueño, un anhelo tan sentido como necesario, pero que no nos atrevemos a realizar.  

La Eucaristía, queridos hermanos, expresa este ideal evangélico: ser cada vez más solidarios unos con otros, especialmente con los que más carecen de oportunidades. La Sagrada Eucaristía nos lanza a construir una nueva humanidad, la que Dios está esperando que, con su ayuda, iniciemos en el servicio y en la misericordia. La misa no nos debería seguir siendo indiferentes ante las miserias y carencias de tantos hermanos que en nuestras ciudades vemos. Jesús los vio y se compadeció de ellos. Nosotros, al salir de misa, ojalá no sigamos cerrando los ojos y el corazón, sino que más bien nos ocupemos de ellos. El Señor, como vemos en el pasaje evangélico de hoy, no se queda atrás y pone la mayor parte a fin de que podamos salir con nosotros al encuentro de quienes tienen derecho a esperar de nosotros nuestra solidaridad de hermanos. Dejémonos llevar por el amor, lo demás viene casi por sí solo.  

Que nuestra Muchachita y Madrecita, la Celestial Señora, que se puso al servicio de la evangelización de estas tierras, nos mostró el amor tierno y profundo de Dios, nuestro Padre, nos acompañe siempre en este propósito. Amén.

 

 
 
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