Mis amados hermanos y hermanas, “el Señor es mi pastor,
nada me faltará”. Hemos cantado en el salmo con el que hemos
respondido a la Palabra de Dios que se proclamó en la primera lectura
de Ezequiel. Y así es, mis amados hermanos y hermanas, Él es el
pastor que nos apacienta con su amor y su ternura, conduciéndonos
por caminos de vida y de gozo. Con Él estamos seguros aún en los
momentos más oscuros y difíciles de nuestro caminar. Esa es nuestra
fe; la que nace de su Palabra que acogemos en la gratitud y en la
obediencia. Es la fe que nace como don suyo y de confiar en sus
promesas.
El profeta Ezequiel, en la primera lectura, nos describe el
papel de Dios como pastor de su pueblo. El mismo profeta, en otro
lugar, junto con otros profetas había abordado ya el tema de los
pastores de Israel para reprocharles que no habían actuado como
debían, es decir, a favor del pueblo, sino que, aprovechándose de
su situación ventajosa, en lugar de servir, se habían servido de
la gente. Como pastores tenían que haber actuado no sólo los profetas
o los sacerdotes, en el ámbito religioso, sino también los gobernantes,
especialmente el rey, en el ámbito civil.
Por eso en la primera lectura, Ezequiel transmite la decisión
de Dios de ser Él mismo un verdadero pastor que se pone al servicio
de todos, pero especialmente de los pobres, los marginados y explotados
por aquellos que más tiene y pueden. Más aún, mis amados hermanos
y hermanas, va a juzgar severamente a las ovejas que, estando en
situación privilegiada, abusan de las otras.
En el Evangelio de hoy, san Mateo nos transmite el conocido
‘discurso escatológico’ en su conclusión donde describe de una manera
grandiosa la venida de Jesús como Mesías del fin de los tiempos,
cuando haga pasar a sus elegidos de su reino al de su Padre. Jesús
aparece en este cuadro dramático y tremendo de los últimos días,
precisamente como el rey-pastor del profeta Ezequiel que juzga entre
ovejas y ovejas, entre ovejas y cabritos. Ahí Jesús advierte que
no serán objeto de un juicio por obras excepcionales y grandiosas
que no se hicieron, sino por obras mucho muy sencillas, pero realizadas
en la misericordia o al margen de ella.
Con esto queda muy claro, mis hermanos, que el Reino de Dios,
más concretamente, el de Jesús, pertenece a los pobres, pertenece
a los hambrientos, a los luchadores y perseguidos por la paz y la
justicia. Queda claro, mis amados hermanos, que el Reino de Dios
se construye de una manera determinante mediante la práctica de
la justicia y la misericordia. Este Reino es de paz; de una paz
que se adquiere con el esfuerzo de sus ciudadanos por ser justos
en las relaciones con Dios en la persona de lo más necesitados.
Esto, mis hermanos, tiene una lógica muy especial, hermanos:
si nuestro Dios y Padre es justo y misericordioso para con nosotros,
nosotros que somos su pueblo, no podemos ser más que justos y misericordiosos.
Si Dios se pone del lado de los humildes, de los perseguidos, de
los que tienen hambre, los atribulados por diversas causas, la Iglesia
debe también mostrar claramente que está del lado de los que tiene
cualquier clase de necesidad o de carencia. Mis hermanos, el Reino
que Cristo nos ofrece no se rige por las categorías humanas, no
de ninguna manera y de los reinos y reyes que conocemos suelen buscar
el poder, la riqueza, la ambición, el dominio, la fuerza. En cambio
el Reino de Cristo es muy diferente; es un reino que siembra paz;
es un reino que siembra unidad entre sus miembros; es el Reino de
la verdad, de la vida; el reino de la santidad y de la gracia; el
reino de la justicia, el reino del amor y de la paz, como lo cantaremos
bellamente en el Prefacio de esta Santa Misa.
Mis amados hermanos y hermanas, el eje vertebrador del reino
de Dios es el amor. El amor efectivo y afectivo, el ejercicio de
la caridad. Así lo afirma el mismo Jesús a través de la parábola
que nos ha proclamado en el Evangelio de hoy. Al final de nuestra
existencia terrena seremos examinados del amor ejercido con el prójimo.
Entraremos a formar parte del reino definitivo si hemos dado de
comer al hambriento; si hemos dado de beber al sediento; si hemos
hospedado al forastero y si hemos vestido a quien está desnudo;
si hemos visitado a los enfermos y encarcelados.
Mis amados hermanos y hermanas, en la tarde de nuestra vida,
como el dice el místico san Juan de la Cruz: “seremos examinados
sobre el amor”, ¿qué tanto amamos? ¿qué tanto nos entregamos
a los demás? Cualquier alumno soñaría con conocer la pregunta del
examen final, nosotros tenemos esta suerte Cristo nos la ha revelado.
Ahora, bien, como dice el refrán: “del dicho al hecho hay mucho
trecho” o también como decimos: “obras son amores y no buenas
razones”. Esto es, mis hermanos, conocerlas estas preguntas
del examen final, esto no es suficiente hay que llevarlas a la práctica;
hay que obedecer los mandatos de Cristo para poder vivir eternamente
con Él en el Reino de los Cielos. En nuestro mundo occidental se
constata que cada vez cuesta más tener fe, pero también es verdad
que en nuestro mundo, cuesta mucho encontrar misericordia. No se
entiende esta palabra de la misericordia y menos se práctica. Cuesta
encontrar a Dios, pero sobretodo cuesta si lo buscas ahí donde no
está. Dios en cambio está en estas seis clases de personas del Evangelio
de hoy. Ahí hay que encontrarle: los hambrientos, los sedientos,
los sin techo, los migrantes, los indígenas, los sin trabajo, los
despreciados, las mujeres violadas y abandonadas, los niños, como
decía hace ocho días, que a su corta edad ya están llevados a trabajos
forzados, los que no tienen vestido, los enfermos, los que están
en las cárceles, verdaderamente hoy no hay mucha fe, mis amados
hermanos, pero hay misericordia, hay compasión, estoy seguro que
este Evangelio realizado si nos penetra profundamente, nos ayudará
a mantener y aumentar nuestra fe y expresar esa fe en las obras
de misericordia.
Ahora se ha descubierto que la Madre Teresa de Calcuta, lo
han explicado los periódicos, sufrió la oscuridad en la fe, pero
nunca, a pesar de que sufrió la oscuridad en la fe, nunca jamás
abandonó a los pobres. Así las oscuridades se convirtieron en luces
y el resplandor de la Pascua desvaneció la oscuridad de la noche.
A partir de este Evangelio, mis hermanos, tenemos a Dios a
nuestro alcance, tenemos a Dios al alcance de la mano, tenemos cerca
los hospitales con miles y miles de enfermos dentro, Dios está cerca.
Tenemos cerca la cárcel con miles y miles detenidos, Dios está cerca.
Tenemos a migrantes que vienen del Sur, que vienen de otros países,
Dios está cerca. Tenemos a los indígenas, a los pobres, a los marginados;
mis amados hermanos, Dios está cerca.
Hermanos míos, muy amados en este mundo falto de fe, pero también
de misericordia pidámosle a Dios, que sepamos tener los ojos y el
alma abierto a tanta y tanta gente que nos necesita y pidámosle
tener así un lugar entre sus ovejas y todos nos podamos encontrar
un día en la casa del Padre.
Mis hermanos, que nuestra amada Madrecita, la Muchachita y
Madre Celestial, Guadalupe y también nuestra Maestra sea nuestro
ejemplo de pobreza y de servicio de amor, de misericordia y de entrega
generosa.
Que así sea.