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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Conmemoración a los Fieles Difuntos.

2 de noviembre de 2008
“Año de San Pablo”

CREEMOS QUE ESTÁN CON DIOS LOS QUE MUEREN EN JESÚS

Mis amados hermanos y hermanas, todos.

Si creemos que Jesús murió y resucitó, así también creemos que Jesús llevará con Él a los que mueren en Jesús y así como todos han muerto en Adán así también todos vivirán en Cristo. ¡Alabado sea el Señor!

Este domingo interrumpimos el ciclo del Tiempo Ordinario para volver la mirada hacia los Fieles Difuntos. Ayer eran los Santos los que ocupaban nuestra atención, hoy es la Iglesia en otra de sus dimensiones en la que centra la liturgia del día, orar por los Fieles Difuntos. Ya en el Antiguo Testamento se incitaba a pedir por los difuntos, es una idea piadosa y santa rezar por los muertos, dice el segundo Libro de los Macabeos. Y los cristianos que esperamos la resurrección final también pedimos a Dios por los que han muerto para que les absuelva de sus culpas y los agregue al número de los salvados.

Al evocar la muerte, mis amados hermanos, sin estar vinculada a un funeral concreto como ocurre habitualmente, y más aún siendo domingo, el eje vertebral de la celebración, debe ser la perspectiva pascual, esto es el triunfo de Cristo sobre la muerte. La muerte, mis amados hermanos y hermanas, es un gran misterio y antes de ser un fenómeno teológico, es un fenómeno antropológico. Todas las culturas de todos los tiempos se han preguntado sobre su sentido. También, el pueblo de Israel tenía sus interrogantes sobre la muerte. Vayamos al Libro de Job. Qué increíble ahí encontramos la respuesta a esta gran cuestión, Job dice: “está vivo mi Redentor”. Con la muerte no acaba nuestra existencia, mis hermanos, sólo nuestra vida terrenal. La fe en Dios y la esperanza de que se alzara sobre el polvo debe ser nuestro principal sustento.

Una vez que se ha destruido el cuerpo material veré a Dios tal cual es, de tal manera que podemos hacer nuestras las palabras del Salmo 21: “el Señor es mi Pastor, nada me faltará, me conduce hacia fuentes tranquilas, habitaré en la casa del Señor por años sin término”.  Mientras tanto, como hemos cantado hoy, si el Señor es mi luz y mi salvación ¿a quién voy a tenerle miedo? ¿quién me hará temblar? ¿quién? Los cristianos damos un paso adelante sobre la fe veterotestamentaria, porque la vida de los hombres ha sido trasformada por la resurrección de Cristo. Que Jesús ha muerto y ha resucitado está en el centro de nuestra fe. Bien, lo dice Pablo, si Cristo no hubiera resucitado seríamos unos ilusos, seríamos unos vanos, nuestra fe no tendría sentido.

Mis hermanos, para recibir el premio prometido sólo se nos pide la fe. Crean en Dios, dice Jesús. Crean en Mí. Creer en Jesús es fundamental, ya que se nos presenta como el único medio para alcanzar la vida eterna: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por Mí”. Jesús mismo nos ha prometido, que ha ido por delante para prepararnos un lugar, nos lo dice, bien clarito, Él: “en la casa de mi Padre hay muchas habitaciones, voy a prepararles un lugar”. Vamos a la casa del Padre, mis hermanos, esta es la muerte, este es el sentido de la muerte, para nosotros los cristianos.

Martín Heidegger, filósofo existencialista, decía: el hombre es un ser para la muerte, como lo más típico del hombre. Pero nosotros decimos somos seres para la vida, no para la muerte. Esta fe no es algo etéreo, que se queda en el aire y no se pueda demostrar. La fe se manifiesta en un modo concreto de vivir, el estilo de vida que nos marcó Jesús en el Evangelio. La vida terrenal y la vida celestial están estrechamente unidas. Recordemos las palabras del apóstol Pablo: “vivimos para Dios y morimos para Dios”. Participar o no de la resurrección de Jesucristo está sujeto a nuestra existencia terrenal, cada uno dará cuenta a Dios de sí mismo, por eso, hermanos, las oraciones de la Santa Misa en este día y en las misas de difunto insistimos a Dios que borre los pecados, que los difuntos cometieron por la fragilidad humana y los admita la asamblea de los santos y elegidos.

Una verdadera mirada de eternidad hace que nuestro recorrido por este mundo encuentre el pleno sentido de lo que somos y vivimos. Somos del Señor y vivimos para el Señor y por lo tanto aunque tengamos que pasar por la muerte, hecho real y doloroso, sabemos que ésta no tiene la última palabra. Por lo tanto nuestra esperanza radica en la victoria de Cristo sobre la muerte. Esto es lo que celebramos, mis amados hermanos y hermanas, día tras día en la Santa Eucaristía, en la Santa Misa.

El Señor transformará nuestro pobre cuerpo, humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, de ahí que la fe de la resurrección de los muertos, no sea una quimera, sino una certeza, que nuestros difuntos viven en el Señor. Recordemos las Palabras del Señor Jesús en el madero de la cruz, a punto de expirar: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” Esta plegaría en boca de Jesús en la cruz: dice que no vamos errados, cuando miramos al cielo ante el golpe del sufrimiento y de la muerte.

Dios, mis hermanos, es el único que puede dar respuesta coherente al hecho de la muerte y nos la da en la muerte de Jesús en la cruz. El Hijo de Dios no puede permanecer para siempre en el sepulcro de la muerte. El crucificado ha resucitado y vive para siempre, esta es nuestra fe, esta es nuestra convicción. El aparente abandono de Dios ante el sufrimiento y la muerte es un signo bien claro, mis hermanos, de la confianza del Hijo en el Padre y revela que Dios; el Dios de Jesucristo es el Dios de los vivos y no de los muertos. La oración que estamos realizando en estos momentos indica nuestra fe en Cristo Resucitado que ha vencido al pecado y a la muerte. Si rogamos por los muertos, por nuestros difuntos, mis hermanos, es que tenemos la certeza de que están vivos. Muertos para el mundo, vivos para Dios.

En el prefacio, dentro de un momento cantaremos, porque la certeza, porque la vida de los que en Ti creemos Señor no termina, se transforma. Es cierto que la certeza de morir nos entristece, pero la confianza en la futura inmortalidad nos anima, nos alienta, nos impulsa.

Así, pues, mis hermanos, el recuerdo cristiano de nuestros difuntos nos lleva a confesar la fe en la resurrección de los muertos. La plegaría cristiana a favor de los fieles difuntos es también una verdadera apuesta al trabajo a favor de una cultura de la vida, un vivir en el amor, en el servicio, en la entrega, en la donación hoy, aquí y ahora. Porque la tarde de la vida lo hemos escuchado bien clarito en el trozo del Evangelio: seremos examinados sobre el amor ¿qué tanto amamos? ¿qué tanto servimos? ¿qué tanto nos entregamos nosotros a los demás? ¿qué tanto nos desgastamos en el servicio de los demás? ¿qué tanto practicamos las obras de la misericordia? Estas obras de misericordia: las siete corporales y las siete espirituales. Por eso, mis hermanos, le apostamos al trabajo a favor de una cultura de la vida, de una cultura del amor, de una cultura del servicio, de una civilización del amor.

Tantas situaciones de muerte que encontramos en el día a día, desafían nuestra fe en el Dios de Jesucristo, que lo ha resucitado de entre los muertos. El mejor homenaje a los difuntos será vivir nuestra vida presente. El mundo presente con toda la intensidad, que sea posible. La vida del más allá se inicia en Dios, de donde procedemos y al que retornaremos después de pasar por este mundo haciendo el bien, amando y sirviendo y anticipando en la caridad la vida para siempre, lo escuchamos en la segunda lectura, mis hermanos. Cada acto de amor; cada vencimiento de nuestro yo, de nuestro orgullo, de nuestra soberbia, es una acumulada vida. De tal manera que cuando llegue la muerte podamos decir: ¿dónde está muerte tu victoria? ¿dónde está muerte tu aguijón?

El hombre de fe sabe que en Dios vivimos nos movemos y somos. Y por lo tanto tenemos ya la prenda de la vida eterna y confiamos que perdurará en nosotros el misterio de la muerte y la resurrección que celebramos.

Mis amados hermanos y hermanas, nos hace bien, pues, celebrar los días de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, nos recuerda que somos peregrinos, que caminamos hace un destino, que somos ciudadanos del cielo, como bien lo dice Pablo a los Filipenses. Que no tenemos aquí morada permanente, sino que estamos destinados a una vida definitiva mucho mejor. Como Iglesia que somos y unidos por la Eucaristía que celebramos, confesando la resurrección del Señor Jesús esperamos reencontrarnos con nuestros hermanos que ya han muerto. El día y la hora que el Señor haya dispuesto para cada uno de nosotros y para todos juntos.

Oremos, pues, mis hermanos, con toda la Iglesia, por nuestros difuntos. La Iglesia no olvida a ninguno, este el sentido de esta celebración, como un ejercicio de fe, de esperanza y de amor a Dios y a nuestros hermanos.

Que nuestra Niña y muchachita Santa María de Guadalupe que sufrió la muerte de su Hijo y luego de su contempló resucitado nos acompañe en esta experiencia y nos consuele con su esperanza.

Que así sea, mis hermanos.

 
 
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