CREEMOS QUE ESTÁN CON DIOS LOS
QUE MUEREN EN JESÚS
Mis amados hermanos y hermanas, todos.
Si creemos que Jesús murió y resucitó, así también creemos
que Jesús llevará con Él a los que mueren en Jesús y así como
todos han muerto en Adán así también todos vivirán en Cristo.
¡Alabado sea el Señor!
Este domingo interrumpimos el ciclo del Tiempo Ordinario para
volver la mirada hacia los Fieles Difuntos. Ayer eran los Santos
los que ocupaban nuestra atención, hoy es la Iglesia en otra de
sus dimensiones en la que centra la liturgia del día, orar por
los Fieles Difuntos. Ya en el Antiguo Testamento se incitaba a
pedir por los difuntos, es una idea piadosa y santa rezar por
los muertos, dice el segundo Libro de los Macabeos. Y los cristianos
que esperamos la resurrección final también pedimos a Dios por
los que han muerto para que les absuelva de sus culpas y los agregue
al número de los salvados.
Al evocar la muerte, mis amados hermanos, sin estar vinculada
a un funeral concreto como ocurre habitualmente, y más aún siendo
domingo, el eje vertebral de la celebración, debe ser la perspectiva
pascual, esto es el triunfo de Cristo sobre la muerte. La muerte,
mis amados hermanos y hermanas, es un gran misterio y antes de
ser un fenómeno teológico, es un fenómeno antropológico. Todas
las culturas de todos los tiempos se han preguntado sobre su sentido.
También, el pueblo de Israel tenía sus interrogantes sobre la
muerte. Vayamos al Libro de Job. Qué increíble ahí encontramos
la respuesta a esta gran cuestión, Job dice: “está vivo mi
Redentor”. Con la muerte no acaba nuestra existencia, mis
hermanos, sólo nuestra vida terrenal. La fe en Dios y la esperanza
de que se alzara sobre el polvo debe ser nuestro principal sustento.
Una vez que se ha destruido el cuerpo material veré a Dios
tal cual es, de tal manera que podemos hacer nuestras las palabras
del Salmo 21: “el Señor es mi Pastor, nada me faltará, me conduce
hacia fuentes tranquilas, habitaré en la casa del Señor por años
sin término”. Mientras tanto, como hemos cantado hoy, si
el Señor es mi luz y mi salvación ¿a quién voy a tenerle miedo?
¿quién me hará temblar? ¿quién? Los cristianos damos un paso adelante
sobre la fe veterotestamentaria, porque la vida de los hombres
ha sido trasformada por la resurrección de Cristo. Que Jesús ha
muerto y ha resucitado está en el centro de nuestra fe. Bien,
lo dice Pablo, si Cristo no hubiera resucitado seríamos unos ilusos,
seríamos unos vanos, nuestra fe no tendría sentido.
Mis hermanos, para recibir el premio prometido sólo se nos
pide la fe. Crean en Dios, dice Jesús. Crean en Mí. Creer en Jesús
es fundamental, ya que se nos presenta como el único medio para
alcanzar la vida eterna: “Yo soy el camino, la verdad y la
vida. Nadie va al Padre, sino por Mí”. Jesús mismo nos ha
prometido, que ha ido por delante para prepararnos un lugar, nos
lo dice, bien clarito, Él: “en la casa de mi Padre hay muchas
habitaciones, voy a prepararles un lugar”. Vamos a la casa
del Padre, mis hermanos, esta es la muerte, este es el sentido
de la muerte, para nosotros los cristianos.
Martín Heidegger, filósofo existencialista, decía: el hombre
es un ser para la muerte, como lo más típico del hombre.
Pero nosotros decimos somos seres para la vida, no para la
muerte. Esta fe no es algo etéreo, que se queda en el aire y no
se pueda demostrar. La fe se manifiesta en un modo concreto de
vivir, el estilo de vida que nos marcó Jesús en el Evangelio.
La vida terrenal y la vida celestial están estrechamente unidas.
Recordemos las palabras del apóstol Pablo: “vivimos para Dios
y morimos para Dios”. Participar o no de la resurrección de
Jesucristo está sujeto a nuestra existencia terrenal, cada uno
dará cuenta a Dios de sí mismo, por eso, hermanos, las oraciones
de la Santa Misa en este día y en las misas de difunto insistimos
a Dios que borre los pecados, que los difuntos cometieron por
la fragilidad humana y los admita la asamblea de los santos y
elegidos.
Una verdadera mirada de eternidad hace que nuestro recorrido
por este mundo encuentre el pleno sentido de lo que somos y vivimos.
Somos del Señor y vivimos para el Señor y por lo tanto aunque
tengamos que pasar por la muerte, hecho real y doloroso, sabemos
que ésta no tiene la última palabra. Por lo tanto nuestra esperanza
radica en la victoria de Cristo sobre la muerte. Esto es lo que
celebramos, mis amados hermanos y hermanas, día tras día en la
Santa Eucaristía, en la Santa Misa.
El Señor transformará nuestro pobre cuerpo, humilde, según
el modelo de su cuerpo glorioso, de ahí que la fe de la resurrección
de los muertos, no sea una quimera, sino una certeza, que nuestros
difuntos viven en el Señor. Recordemos las Palabras del Señor
Jesús en el madero de la cruz, a punto de expirar: “Dios mío,
Dios mío ¿por qué me has abandonado?” Esta plegaría en boca
de Jesús en la cruz: dice que no vamos errados, cuando miramos
al cielo ante el golpe del sufrimiento y de la muerte.
Dios, mis hermanos, es el único que puede dar respuesta coherente
al hecho de la muerte y nos la da en la muerte de Jesús en la
cruz. El Hijo de Dios no puede permanecer para siempre en el sepulcro
de la muerte. El crucificado ha resucitado y vive para siempre,
esta es nuestra fe, esta es nuestra convicción. El aparente abandono
de Dios ante el sufrimiento y la muerte es un signo bien claro,
mis hermanos, de la confianza del Hijo en el Padre y revela que
Dios; el Dios de Jesucristo es el Dios de los vivos y no de los
muertos. La oración que estamos realizando en estos momentos indica
nuestra fe en Cristo Resucitado que ha vencido al pecado y a la
muerte. Si rogamos por los muertos, por nuestros difuntos, mis
hermanos, es que tenemos la certeza de que están vivos. Muertos
para el mundo, vivos para Dios.
En el prefacio, dentro de un momento cantaremos, porque la
certeza, porque la vida de los que en Ti creemos Señor no termina,
se transforma. Es cierto que la certeza de morir nos entristece,
pero la confianza en la futura inmortalidad nos anima, nos alienta,
nos impulsa.
Así, pues, mis hermanos, el recuerdo cristiano de nuestros
difuntos nos lleva a confesar la fe en la resurrección de los
muertos. La plegaría cristiana a favor de los fieles difuntos
es también una verdadera apuesta al trabajo a favor de una cultura
de la vida, un vivir en el amor, en el servicio, en la entrega,
en la donación hoy, aquí y ahora. Porque la tarde de la vida lo
hemos escuchado bien clarito en el trozo del Evangelio: seremos
examinados sobre el amor ¿qué tanto amamos? ¿qué tanto servimos?
¿qué tanto nos entregamos nosotros a los demás? ¿qué tanto nos
desgastamos en el servicio de los demás? ¿qué tanto practicamos
las obras de la misericordia? Estas obras de misericordia: las
siete corporales y las siete espirituales. Por eso, mis hermanos,
le apostamos al trabajo a favor de una cultura de la vida, de
una cultura del amor, de una cultura del servicio, de una civilización
del amor.
Tantas situaciones de muerte que encontramos en el día a día,
desafían nuestra fe en el Dios de Jesucristo, que lo ha resucitado
de entre los muertos. El mejor homenaje a los difuntos será vivir
nuestra vida presente. El mundo presente con toda la intensidad,
que sea posible. La vida del más allá se inicia en Dios, de donde
procedemos y al que retornaremos después de pasar por este mundo
haciendo el bien, amando y sirviendo y anticipando en la caridad
la vida para siempre, lo escuchamos en la segunda lectura, mis
hermanos. Cada acto de amor; cada vencimiento de nuestro yo, de
nuestro orgullo, de nuestra soberbia, es una acumulada vida. De
tal manera que cuando llegue la muerte podamos decir: ¿dónde está
muerte tu victoria? ¿dónde está muerte tu aguijón?
El hombre de fe sabe que en Dios vivimos nos movemos y somos.
Y por lo tanto tenemos ya la prenda de la vida eterna y confiamos
que perdurará en nosotros el misterio de la muerte y la resurrección
que celebramos.
Mis amados hermanos y hermanas, nos hace bien, pues, celebrar
los días de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, nos recuerda
que somos peregrinos, que caminamos hace un destino, que somos
ciudadanos del cielo, como bien lo dice Pablo a los Filipenses.
Que no tenemos aquí morada permanente, sino que estamos destinados
a una vida definitiva mucho mejor. Como Iglesia que somos y unidos
por la Eucaristía que celebramos, confesando la resurrección del
Señor Jesús esperamos reencontrarnos con nuestros hermanos que
ya han muerto. El día y la hora que el Señor haya dispuesto para
cada uno de nosotros y para todos juntos.
Oremos, pues, mis hermanos, con toda la Iglesia, por nuestros
difuntos. La Iglesia no olvida a ninguno, este el sentido de esta
celebración, como un ejercicio de fe, de esperanza y de amor a
Dios y a nuestros hermanos.
Que nuestra Niña y muchachita Santa María de Guadalupe que
sufrió la muerte de su Hijo y luego de su contempló resucitado
nos acompañe en esta experiencia y nos consuele con su esperanza.
Que así sea, mis hermanos.