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Versión estenográfica de la
Homilía

pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en el XX Domingo Ordinario.

17 de agosto de 2008
“Año de San Pablo”

Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos en el corazón de Cristo, Jesús. Muy amados hermanos y hermanas de la Vida Consagrada, mis queridos hermanos en el ministerio diaconal, presbiteral, Cabildo de Guadalupe.

¡Bendito sea Dios! Padre de nuestro Señor Jesucristo, pues en Él se ha mostrado como Dios de todos los hombres y ha formado un sólo pueblo, que es convocado por su Espíritu en la confesión de una sola fe para alabanza de su gloria.

Mis queridos hermanos y hermanas, el texto evangélico de este domingo nos conduce una vez más por el tema de la fe. Hace unas semanas, san Pedro protagonizaba una faceta de la fe. La mujer del texto de hoy nos invita a reflexionar sobre otro de sus múltiples aspectos.

Nunca, mis amados hermanos, terminamos de meditar sobre la fe, será porque es algo tan vital y tan profundo que si se agotara se perdería el sentido de su ser. Podemos afirmar una vez más que la fe es un don o mejor dicho el don del mismo misterio de Dios. La fe es la posibilidad del encuentro con Dios en lo más íntimo de su misterio. Tenemos que irnos convenciendo no sólo racionalmente, sino existencialmente de qué no es por la vía de la razón o de la ciencia como podemos aproximarnos a Dios, sino precisamente por la fe: don divino.

Veamos, mis hermanos, como nos presenta san Mateo este mensaje. En la primera parte del capítulo 15, el evangelista nos reseña el altercado que tuvo Jesús con los judíos por las tradiciones que estos pretenden guardar celosamente, y a quienes Él trata de hipócritas por la ligereza con que se conducen en este terreno al no preocuparse por la justicia y si demasiado por la observancia de ritos. Después de este rechazo del pueblo, Jesús, nos enseña hoy el evangelista, se retira a la región de paganos donde es reconocido por la mujer que le solicita el favor que hoy ilustra nuestra fe.

Veamos, mis amados hermanos y hermanas, con más detalle las escenas de la narración evangélica: Jesús se retira. El texto emplea un verbo griego que da origen en el castellano a la palabra anacoreta. Nos podemos preguntar ¿y está palabra tan rara qué es? ¿qué hace una anacoreta? Miren, una anacoreta es una persona que se retira del mundo y de todo tipo de relaciones de la vida común a todos los seres humanos, para entregarse a la contemplación a la oración y a la penitencia. Esto significa, entonces, que Jesús se retira, como solía hacerlo. En esta ocasión, tal vez, para asimilar la falta de fe de su gente, del pueblo judío. Pero, tal vez, también podemos pensar que su retiro sea estratégico; mostrar aunque fuera de alguna manera inicial la apertura de la salvación a todos los pueblos de la tierra. Su actitud de aparente rechazo ante aquella mujer anónima no es más que estratégica y pretende subrayar que la salvación se ofrece a todos por igual y que la recibe quien está abierto a la obra de Dios. En contraste con la cerrazón de los judíos, para aceptar los signos y la persona de Jesús, esta actitud de una mujer desconocida y pagana, que ve la posibilidad de un favor material e inmediato de parte de Jesús.

Miren, mis amados hermanos y hermanas, lo que mueve a esta mujer es la fe inicial, que es don de Dios, y que la impulsa a aceptar a la persona de Jesús y su obra. Esta fe que Jesús valora coincide con el Padre del cielo en las opciones, en las voluntades. Tomemos conciencia de que su voluntad no es diferente de la nuestra, cuando lo que queremos es verdaderamente humano y humanizante. Con el don de la fe inicial ella alcanza a vislumbrar en Jesús a alguien diferente y capaz de darle consuelo y alivio en la pena por su Hijo. Por su forma de llamarlo: “ten piedad de mí Señor, Hijo de David”. Está indicando que ve a alguien más que un simple hombre poderoso.

No podemos dejar de admirar, mis queridos hermanos, la fuerza de la fe, acogida en el gozo; acogida en la libertad y en la esperanza por esta mujer que esta puede soportar el rechazo por parte de Jesús. Esta perseverancia sustentada en la esperanza o quizás, como su expresión se ve recompensada no sólo por la respuesta favorable de Jesús, sino todavía más con el elogio: “mujer que grande es tu fe”. A la luz del desenlace del hecho podemos estar seguros de que aquel rechazo no era más que táctico, pues, no podemos olvidar que el mismo evangelista nos refiere que después de la resurrección Jesús envía a sus discípulos diciéndoles: “vayan y hagan discípulos a todos los pueblos”.

La salvación, mis amados hermanos y hermanas, no es privilegio de un pueblo, de una raza, no, aunque Dios eligió un pueblo fue sólo para manifestarse y entrar en diálogo con la humanidad. Así como nos eligió a nosotros para que la Muchachita del Cielo se quedara aquí, mis hermanos, tenemos la tarea y el compromiso de compartir con el mundo entero este regalo que Dios nos ha hecho, la presencia viva de Santa María de Guadalupe en medio de nosotros, así Dios elige un pueblo.

Amados hermanos, convenzámonos, Dios no excluye, incluye. Dios no segrega para distinguir a unos con todos los beneficios y humillar a otros con su olvido o su desinterés, no, de ninguna manera. Israel fue el primero pero no el único, nosotros fuimos elegidos, pero no somos los únicos en este pueblo de América, no. Tenemos que compartir el regalo y el don de la Señora a todo el mundo. Como siempre la primera lectura arroja una luz especial sobre el Evangelio de manera que podemos comprenderlo mejor, apoyándonos en ella. Pues, podemos considerar como el hecho de ser bautizados y pertenecer a la Iglesia Católica no es ninguna garantía absoluta de pertenecer ya al Reino de Dios. Esto esta condicionado por nuestra respuesta al llamado de Cristo en todos los momentos y circunstancias de nuestra vida.

Es mucho más importante, mis amados hermanos y hermanas, hacer la voluntad de Dios expresada por Cristo y a través de las circunstancias concretas de la vida que cumplir con ritos meramente exteriores e incoherentes con la fe que decimos profesar. Hasta podríamos afirmar que hay paganos buenos que con su poco conocimiento de Dios verdadero se conducen según el espíritu del Evangelio. Mientras, existen quienes conociendo a Dios, como puede ser el caso de nosotros, no lo obedecen en todos los ámbitos de su vida y en todo caso observando lo que les conviene. Estos aunque estén bien bautizados y paradójicamente santificados por los sacramentos estarían rechazando a Cristo. Nosotros, mis hermanos, somos más responsables como lo fueron y lo son, de hecho, nuestros hermanos judíos.

Pidamos a Dios por medio de nuestra Niña y Muchachita, Santa María de Guadalupe, nuestra Madre Santísima y por intercesión de nuestro querido san Juan Diego Cuauhtlatoatzin la gracia de conocer siempre su voluntad y el deseo sincero y constante de cumplirla a la manera como Ella y todos los santos han sabido escuchar la Palabra de Dios y adherirse a su voluntad y a sus proyectos.

Que así sea, mis amados hermanos.

 
 
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