Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos
en el corazón de Cristo, Jesús. Muy amados hermanos y hermanas
de la Vida Consagrada, mis queridos hermanos en el ministerio
diaconal, presbiteral, Cabildo de Guadalupe.
¡Bendito sea Dios! Padre de nuestro Señor Jesucristo, pues
en Él se ha mostrado como Dios de todos los hombres y ha formado
un sólo pueblo, que es convocado por su Espíritu en la confesión
de una sola fe para alabanza de su gloria.
Mis queridos hermanos y hermanas, el texto evangélico de este
domingo nos conduce una vez más por el tema de la fe. Hace unas
semanas, san Pedro protagonizaba una faceta de la fe. La mujer
del texto de hoy nos invita a reflexionar sobre otro de sus múltiples
aspectos.
Nunca, mis amados hermanos, terminamos de meditar sobre la
fe, será porque es algo tan vital y tan profundo que si se agotara
se perdería el sentido de su ser. Podemos afirmar una vez más
que la fe es un don o mejor dicho el don del mismo misterio de
Dios. La fe es la posibilidad del encuentro con Dios en lo más
íntimo de su misterio. Tenemos que irnos convenciendo no sólo
racionalmente, sino existencialmente de qué no es por la vía de
la razón o de la ciencia como podemos aproximarnos a Dios, sino
precisamente por la fe: don divino.
Veamos, mis hermanos, como nos presenta san Mateo este mensaje.
En la primera parte del capítulo 15, el evangelista nos reseña
el altercado que tuvo Jesús con los judíos por las tradiciones
que estos pretenden guardar celosamente, y a quienes Él trata
de hipócritas por la ligereza con que se conducen en este terreno
al no preocuparse por la justicia y si demasiado por la observancia
de ritos. Después de este rechazo del pueblo, Jesús, nos enseña
hoy el evangelista, se retira a la región de paganos donde es
reconocido por la mujer que le solicita el favor que hoy ilustra
nuestra fe.
Veamos, mis amados hermanos y hermanas, con más detalle las
escenas de la narración evangélica: Jesús se retira. El
texto emplea un verbo griego que da origen en el castellano a
la palabra anacoreta. Nos podemos preguntar ¿y está palabra
tan rara qué es? ¿qué hace una anacoreta? Miren, una anacoreta
es una persona que se retira del mundo y de todo tipo de relaciones
de la vida común a todos los seres humanos, para entregarse a
la contemplación a la oración y a la penitencia. Esto significa,
entonces, que Jesús se retira, como solía hacerlo. En esta ocasión,
tal vez, para asimilar la falta de fe de su gente, del pueblo
judío. Pero, tal vez, también podemos pensar que su retiro sea
estratégico; mostrar aunque fuera de alguna manera inicial la
apertura de la salvación a todos los pueblos de la tierra. Su
actitud de aparente rechazo ante aquella mujer anónima no es más
que estratégica y pretende subrayar que la salvación se ofrece
a todos por igual y que la recibe quien está abierto a la obra
de Dios. En contraste con la cerrazón de los judíos, para aceptar
los signos y la persona de Jesús, esta actitud de una mujer desconocida
y pagana, que ve la posibilidad de un favor material e inmediato
de parte de Jesús.
Miren, mis amados hermanos y hermanas, lo que mueve a esta
mujer es la fe inicial, que es don de Dios, y que la impulsa a
aceptar a la persona de Jesús y su obra. Esta fe que Jesús valora
coincide con el Padre del cielo en las opciones, en las voluntades.
Tomemos conciencia de que su voluntad no es diferente de la nuestra,
cuando lo que queremos es verdaderamente humano y humanizante.
Con el don de la fe inicial ella alcanza a vislumbrar en Jesús
a alguien diferente y capaz de darle consuelo y alivio en la pena
por su Hijo. Por su forma de llamarlo: “ten piedad de mí Señor,
Hijo de David”. Está indicando que ve a alguien más que un
simple hombre poderoso.
No podemos dejar de admirar, mis queridos hermanos, la fuerza
de la fe, acogida en el gozo; acogida en la libertad y en la esperanza
por esta mujer que esta puede soportar el rechazo por parte de
Jesús. Esta perseverancia sustentada en la esperanza o quizás,
como su expresión se ve recompensada no sólo por la respuesta
favorable de Jesús, sino todavía más con el elogio: “mujer
que grande es tu fe”. A la luz del desenlace del hecho podemos
estar seguros de que aquel rechazo no era más que táctico, pues,
no podemos olvidar que el mismo evangelista nos refiere que después
de la resurrección Jesús envía a sus discípulos diciéndoles: “vayan
y hagan discípulos a todos los pueblos”.
La salvación, mis amados hermanos y hermanas, no es privilegio
de un pueblo, de una raza, no, aunque Dios eligió un pueblo fue
sólo para manifestarse y entrar en diálogo con la humanidad. Así
como nos eligió a nosotros para que la Muchachita del Cielo se
quedara aquí, mis hermanos, tenemos la tarea y el compromiso de
compartir con el mundo entero este regalo que Dios nos ha hecho,
la presencia viva de Santa María de Guadalupe en medio de nosotros,
así Dios elige un pueblo.
Amados hermanos, convenzámonos, Dios no excluye, incluye. Dios
no segrega para distinguir a unos con todos los beneficios y humillar
a otros con su olvido o su desinterés, no, de ninguna manera.
Israel fue el primero pero no el único, nosotros fuimos elegidos,
pero no somos los únicos en este pueblo de América, no. Tenemos
que compartir el regalo y el don de la Señora a todo el mundo.
Como siempre la primera lectura arroja una luz especial sobre
el Evangelio de manera que podemos comprenderlo mejor, apoyándonos
en ella. Pues, podemos considerar como el hecho de ser bautizados
y pertenecer a la Iglesia Católica no es ninguna garantía absoluta
de pertenecer ya al Reino de Dios. Esto esta condicionado por
nuestra respuesta al llamado de Cristo en todos los momentos y
circunstancias de nuestra vida.
Es mucho más importante, mis amados hermanos y hermanas, hacer
la voluntad de Dios expresada por Cristo y a través de las circunstancias
concretas de la vida que cumplir con ritos meramente exteriores
e incoherentes con la fe que decimos profesar. Hasta podríamos
afirmar que hay paganos buenos que con su poco conocimiento de
Dios verdadero se conducen según el espíritu del Evangelio. Mientras,
existen quienes conociendo a Dios, como puede ser el caso de nosotros,
no lo obedecen en todos los ámbitos de su vida y en todo caso
observando lo que les conviene. Estos aunque estén bien bautizados
y paradójicamente santificados por los sacramentos estarían rechazando
a Cristo. Nosotros, mis hermanos, somos más responsables como
lo fueron y lo son, de hecho, nuestros hermanos judíos.
Pidamos a Dios por medio de nuestra Niña y Muchachita, Santa
María de Guadalupe, nuestra Madre Santísima y por intercesión
de nuestro querido san Juan Diego Cuauhtlatoatzin la gracia de
conocer siempre su voluntad y el deseo sincero y constante de
cumplirla a la manera como Ella y todos los santos han sabido
escuchar la Palabra de Dios y adherirse a su voluntad y a sus
proyectos.
Que así sea, mis amados hermanos.