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Homilía
pronunciada por S.E.R. Mons. Carlos Aguiar, Obispo de Texcoco, Presidente de la CEM, en la Inauguración de la LXXXV Asamblea Plenaria de la CEM para conmemorar el tercer aniversario del Pontificado de el Santo Padre, Benedicto XVI, en la Basílica de Guadalupe.

31 de marzo de 2008

Esperanza para el mundo
La Anunciación del Señor

La Encarnación del Señor.

“Ha sonado la hora de la victoria de nuestro Dios, de su dominio y de su reinado, y del poder de su Mesías, porque ha sido reducido a la impotencia el que de día y de noche acusaba a nuestros hermanos, delante de Dios. Pero ellos lo han vencido por medio de la sangre del Cordero y por el testimonio que dieron, pues su amor a la vida no les impidió aceptar la muerte”.

“Por eso, al entrar al mundo, Cristo dijo, conforme al Salmo: No quisiste víctimas ni ofrendas; en cambio, me has dado un cuerpo. No te agradaron los holocaustos ni los sacrificios por el pecado; entonces dije Aquí estoy, Dios mío; vengo para cumplir tu voluntad”.

“Y en virtud de esta voluntad, todos quedamos santificados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez por todas”.

“María contestó: Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho”.

La liturgia nos ha elegido estos textos de la Palabra de Dios para celebrar la fiesta de “La Anunciación del Señor” y también hoy los Obispos de México, reunidos en este querido recinto guadalupano, queremos celebrar no solamente el inicio de nuestra LXXXV Asamblea Plenaria, sino particularmente el tercer aniversario del pontificado del Santo Padre Benedicto XVI.

Los textos aluden de diferente manera al misterio de la Encarnación:

• El evangelio presenta la aceptación de María para colaborar en el designio de Dios que le anuncia el ángel Gabriel para que sea la madre de Jesús. “María contestó: Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho”.

• La segunda lectura de la carta a los hebreos recuerda la aceptación de Cristo para, una vez encarnado, hacer la voluntad del Padre y ser con la ofrenda de su cuerpo causa de santificación para toda la humanidad. “Aquí estoy, Dios mío; vengo para cumplir tu voluntad”.

• Finalmente la primera lectura del Apocalipsis anuncia la gran victoria de Cristo prolongada por sus discípulos, en la medida que, unidos a la sangre derramada por Él dan testimonio ofrendando también ellos su propia vida. “Pero ellos lo han vencido por medio de la sangre del Cordero y por el testimonio que dieron, pues su amor a la vida no les impidió aceptar la muerte”.

Por tanto, los textos puntualizan los diferentes elementos del dinamismo de la Encarnación iniciado y llevado a plenitud por Jesucristo y prolongado en la Historia por sus discípulos.

Hacer la voluntad del Padre.

Tanto María como Jesús siguen el mismo camino, hacer de sus vidas una ofrenda agradable a Dios, conocer, aceptar y cumplir la voluntad del Padre.

De esta manera, dejan claramente indicado el objetivo de la vida cristiana y de la relación con Dios, especialmente en la intimidad de la oración. ¿Qué me pide el Padre en las circunstancias de mi vida?

El discípulo de Cristo no busca a Dios para protegerse o tenerlo como instancia poderosa que lo defienda ante todo mal y riesgo existencial. El discípulo busca saber qué le pide Dios en su vida y cómo vivirlo. Su alimento es como el de Jesús: Hacer la voluntad del Padre.

La mediación sacerdotal que actualiza la encarnación.

Para cumplir la voluntad del Padre es indispensable unirse a Cristo y ser santificado por Él. Es lo que nos recuerda la segunda lectura: “todos quedamos santificados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez por todas”.

La actualización del sacrificio salvífico de Jesucristo se realiza en la celebración de la Eucaristía. De ahí la importancia y centralidad para la comunidad cristiana de participar en la misa. Es aquí donde se nutre la espiritualidad para hacer la voluntad del Padre y se experimenta la acción de la gracia para ser discípulo en una comunidad de discípulos.

El misterio de la comunión que garantiza la victoria del bien sobre el mal.

Pero hay un tercer paso muy importante. Extender el misterio de comunión que se celebra en la Eucaristía. Esta es la vida eclesial que nace, se nutre y fortalece con la Eucaristía y se proyecta a todos los ámbitos de la vida humana: familia, escuela, trabajo, sociedad, etc.

Es llevar a Cristo en nuestro cuerpo y actividades para manifestar así la victoria del bien sobre el mal.

El tejido de la vida eclesial es como lo comparó San Pablo semejante a nuestro organismo, y la Iglesia lo ha definido como el cuerpo místico de Cristo. Por tanto como auténtico cuerpo sus miembros tienen diferentes funciones y responsabilidades. Todas son importantes porque de ellas depende que la vida de Cristo llegue a todos, pero hay algunas de importancia capilar. Ésta es la responsabilidad de la Jerarquía eclesiástica en particular de los Obispos, sucesores de los Apóstoles, y especialmente, de la cabeza del colegio apostólico que es el Papa, sucesor de Pedro.

Al celebrar hoy el todavía breve, pero ya muy fecundo ministerio petrino de Su Santidad Benedicto XVI, quiero no solamente invitarlos a orar por él sino a descubrir y aprovechar la reconocida riqueza de su magisterio. Para ello recojo algunas afirmaciones de su segunda Encíclica “en esperanza fuimos salvados”, que, a mi parecer, ayudan a entender mejor la Victoria de Cristo del bien sobre el mal, y cómo esa Victoria es la esperanza que la Iglesia está llamada a transmitir en el mundo de hoy.

Que género de esperanza.

¿De qué género ha de ser esta esperanza para poder justificar la afirmación de que a partir de ella, y simplemente porque hay esperanza, somos redimidos por ella? Y, ¿de qué tipo de certeza se trata? (SS No. 1).

Para nosotros, que vivimos desde siempre con el concepto cristiano de Dios y nos hemos acostumbrado a él, el tener esperanza, que proviene del encuentro real con este Dios, resulta ya casi imperceptible (SS No. 3).

Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente. ... Eso significa que el Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. (SS No. 2).

La promesa de Cristo, no es solamente una realidad esperada sino una verdadera presencia. (SS No. 8).

Dimensión comunitaria de la esperanza.

Esta vida verdadera, hacia la cual tratamos de dirigirnos siempre de nuevo, comporta estar unidos existencialmente en un « pueblo » y sólo puede realizarse para cada persona dentro de este « nosotros ». Precisamente por eso presupone dejar de estar encerrados en el propio « yo », porque sólo la apertura a este sujeto universal abre también la mirada hacia la fuente de la alegría, hacia el amor mismo, hacia Dios. (SS No. 14).

Relación con las estructuras.

El recto estado de las cosas humanas, el bienestar moral del mundo, nunca puede garantizarse solamente a través de estructuras, por muy válidas que éstas sean. Dichas estructuras no sólo son importantes, sino necesarias; sin embargo, no pueden ni deben dejar al margen la libertad del hombre. Incluso las mejores estructuras funcionan únicamente cuando en una comunidad existen unas convicciones vivas capaces de motivar a los hombres para una adhesión libre al ordenamiento comunitario. La libertad necesita una convicción; una convicción no existe por sí misma, sino que ha de ser conquistada comunitariamente siempre de nuevo. (SS No. 24, a).

Con otras palabras: las buenas estructuras ayudan, pero por sí solas no bastan. El hombre nunca puede ser redimido solamente desde el exterior. (SS No. 25).

Relación con las personas.

Puesto que el hombre sigue siendo siempre libre y su libertad es también siempre frágil, nunca existirá en este mundo el reino del bien definitivamente consolidado. Quien promete el mundo mejor que duraría irrevocablemente para siempre, hace una falsa promesa, pues ignora la libertad humana. La libertad debe ser conquistada para el bien una y otra vez. La libre adhesión al bien nunca existe simplemente por sí misma. Si hubiera estructuras que establecieran de manera definitiva una determinada –buena– condición del mundo, se negaría la libertad del hombre, y por eso, a fin de cuentas, en modo alguno serían estructuras buenas. (SS No. 24, b).

La libertad presupone que en las decisiones fundamentales cada hombre, cada generación, tenga un nuevo inicio. (SS No. 24).

Cada generación tiene que ofrecer también su propia aportación para establecer ordenamientos convincentes de libertad y de bien, que ayuden a la generación sucesiva, como orientación al recto uso de la libertad humana y den también así, siempre dentro de los límites humanos, una cierta garantía también para el futuro. (SS No. 25).

La esperanza y el amor se funden en el deseo de Dios.

No es la ciencia la que redime al hombre. El hombre es redimido por el amor. (SS No. 26).

Es verdad que quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida. (SS No. 27).

La vida en su verdadero sentido no la tiene uno solamente para sí, ni tampoco sólo por sí mismo: es una relación. Y la vida entera es relación con quien es la fuente de la vida. Si estamos en relación con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos en la vida. Entonces « vivimos ». (SS No. 27).

La comunión con Jesús nos lleva a la comunión con todos.

La relación con Dios se establece a través de la comunión con Jesús, pues solos y únicamente con nuestras fuerzas no la podemos alcanzar. En cambio, la relación con Jesús es una relación con Aquel que se entregó a sí mismo en rescate por todos nosotros (cf. 1 Tm 2,6). Estar en comunión con Jesucristo nos hace participar en su ser « para todos », hace que éste sea nuestro modo de ser. Nos compromete en favor de los demás, pero sólo estando en comunión con Él podemos realmente llegar a ser para los demás, para todos. (SS No. 28).

María, estrella de esperanza.

Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza, Ella que con su « sí » abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella que se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros, plantó su tienda entre nosotros (cf. Jn 1,14)? (SS No. 49).

El « reino » de Jesús era distinto de como lo habían podido imaginar los hombres. Este « reino » comenzó en aquella hora y ya nunca tendría fin. Por eso tú permaneces con los discípulos como madre suya, como Madre de la esperanza. Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra, enséñanos a creer, esperar y amar contigo. Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar, brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino. (SS No. 50). Amén.

 
 
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