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Versión estenográfica de la
Homilía
Homilía pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector del Santuario, en la Solemnidad de Santa María Madre de Dios, en la Basílica de Guadalupe.

1 de enero de 2008

Mis amados hermanos y hermanas, fieles laicos de Cristo, muy amados hermanos de la vida consagrada. Mis queridos hermanos en el Ministerio Sacerdotal, diáconos, capellanes, Cabildo de Guadalupe.

Hemos dejado ya el año 2007, para pasar al nuevo año 2008. Abrimos la primera página del calendario, saludamos con ilusión los primeros momentos del nuevo año y que alegría que honor para nosotros estar en estos primeros momentos del año en la casa de nuestra Niña y Madrecita Santa María de Guadalupe.

Al encontrarnos unos con otros nos felicitamos, deseándonos días dichosos, pero todos hemos venido aquí para dar gracias a Dios, porque la vida y el tiempo son dones suyos. Pedimos a Dios que nos bendiga y pedimos a Cristo que nos acompañe todos los días del año y pedimos a nuestra Muchachita Santa María de Guadalupe nos empuje para ser fieles a Cristo, para ser fieles al Evangelio.

Hoy es la octava de Navidad, a los ocho días el niño nacido de María fue circuncidado, era el sello sangriento de la Alianza, al niño se le impuso el nombre de Jesús, Yeshúa: Dios salva. No era un nombre escogido por gusto, por azar, había sido decidido en el cielo. Era como el primer reconocimiento de que Dios había venido a salvarnos.

La solemnidad de la Madre de Dios, con el Niño Jesús en el centro de nuestra fe proyecta el calor divino y tan humano a la vez sobre nosotros para que iniciemos el nuevo año con ilusión, para que iniciemos el nuevo año con responsabilidad, como en nuevo nacimiento. Un nacimiento siempre es una promesa de un mundo mejor, de una utopía movilizadora de nuestras energías. Abrimos el año con bendiciones y alabanzas, pedimos las bendiciones de Dios, nos unimos a las admiraciones y alabanzas de los pastores y acompañamos a María en sus meditaciones.

La primera lectura nos trae la bendición del Año Nuevo del pueblo de Israel: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor, el Señor se fije en ti y te conceda la paz”. Vivamos esta bendición Dios hecho Niño, simplemente un niño nacido de María. Este niño despierta nuestra ternura, nuestra capacidad de renovación, nuestra confianza en este principio de año.

San Pablo nos ha recordado en la segunda lectura: “Dios envía a nuestros corazones el espíritu de su Hijo que clama Abbá, Padre”. Tener esta conciencia de ser hijos e hijas de Dios, niños de Dios tiene que darnos una gran capacidad de agradecimiento, una gran capacidad de fortaleza, de paciencia, de constancia en medio de las dificultades y angustias de la vida y de las situaciones personales y sociales que nos tocan vivir.

Mis amados hermanos y hermanas, necesitamos que Dios nos bendiga, que diga bien, que diga bien nuestros nombres, su Palabra es creadora y vivificadora. Si Él dice mi nombre me crea, si Él dice tu nombre te renueva, te fortalece. Si repite mi nombre me renueva y cada vez que diga mi nombre me enriquece con sus dones. Siempre que Él dice tu nombre, siempre que Él dice mi nombre lo pronuncia con un amor misericordioso, es miel en sus labios; pronuncia antes mi nombre con su corazón, que con su boca. Nos bendice el Señor nuestro Dios.

Necesitamos, es otra manera de hablar que Dios nos mire bien; que Dios nos mire con benevolencia; que se fije en nosotros y nos sonría; que se ilumine su rostro cada vez que nos vea; es una manera de decir. Su mirada es limpia, penetrante y pacificadora y te conceda la paz. Los ojos de Dios no son inquisidores.

Recuerdo cuando era niño, una catequista nos decía, a los niños para portarnos bien: mira que te mira Dios, mira que te está mirando, mira que te vas a morir, mira no sabes cuando. Y nosotros nos sumíamos, pensando en ese Dios justiciero y vengador, no,  mis hermanos, los ojos de Dios no son inquisidores, mira que te mira Dios, si no acariciantes y protectores. Si tu te sientes mirado por Dios no temas, si te sientes mirado por Dios es por el amor que te tiene, es mirada enamorada, es mirar de Dios, el mirar de Dios es amar, nos dice, san Juan de la Cruz. Y esa mirada de Dios se concretiza para nosotros en esta mirada dulce, tierna, serena y amable de nuestra Niña y Muchachita Santa María de Guadalupe.

Mis amados hermanos, Dios nos bendice, para que aprendamos a bendecir, tenemos que bendecirnos mutuamente. Jamás, ojala que nunca, nunca nos maldigamos, nunca nos amenacemos con maldiciones, porque Dios nos bendice y permanentemente a través de esta Niña, 476 años bendiciéndonos y mirándonos con ternura, con bondad, con compasión.

Mis hermanos, pero sobre todo tenemos que bendecir a Dios, hoy con los pastores alabémoslo, bendigámoslo. Alabemos y bendigamos a nuestro Padre, porque nos ha dado a su Hijo Jesucristo. Bendecimos al Padre por su gran misericordia y su gran generosidad, porque no sólo nos ha dado a su Hijo, si no porque nos hace a todos nosotros hijos participes de su naturaleza divina. Bendigamos alabemos a Jesucristo, a este Dios, que hoy contemplamos niño en el pesebre; el Dios que se ha hecho niño, hoy cumple ocho días y que empieza un camino de entrega, un amor hasta el fin, nuestro Salvador, nuestro Redentor.

Acostumbremos mis hermanos a bendecir repitiendo el nombre de Jesús con fe, con devoción y seremos salvados, su nombre realiza lo que significa. Alabemos al Espíritu Santo la fuerza y el amor de Dios derramando en sus corazones aliento de vida en nosotros. Alabemos en esta solemnidad de la maternidad divina de María, a nuestra Niña, a nuestra Muchachita Guadalupe. La bendecimos porque es la Madre de Dios, Ella no dejaba de meditar las cosas que veía y las palabras que escuchaba, Ella era la que estaba más cercana al misterio, que la desbordaba, se necesitaba tanta fe, tanta escucha, tanta disponibilidad.

Bendita tú María porque eres la Theotokos, porque eres las Madre de Dios; bendita tú María porque has creído. Bendita tú María, Muchachita y Madre nuestra, porque dijiste sí. Bendita tú María porque nos diste a Jesús. Bendita tú Niña y Madre nuestra María, porque eres bella y estás llena, invadida de Espíritu Santo. Bendita tú María porque nos quieres como hijos: “que nada te espante, que nada te aflija ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?”  ¿Cómo no bendecirla, mis hermanos? Bendita tú María, porque nos enseñas a ser Madre de Dios, lo que ha sucedido en ti, sucederá en nosotros, si como tú con fe absoluta, con fe generosa y total también decimos sí, y es cuando se realiza el milagro más grande que los hombres podamos imaginar: Dios se humana, Dios se encarna, Dios se hace uno de nosotros. Bendita tú Niña y Madrecita nuestra, porque nos enseñas a ser Madre de Dios si somos fieles como tú.

Mis amados hermanos, bendigamos a la Señora de la Paz, a la que después de 1500 años de la encarnación, en 1531, vino a traernos la paz, en el momento preciso cuando dos culturas luchaban terriblemente, cuando humanamente eran irreconciliables; la Señora no solamente nos trajo la paz, si no que nos unió. Unió estas dos culturas y nacimos nosotros como raza mestiza, como pueblo mexicano, como Continente de América.

La paz era el don más deseado en el pueblo de Dios, toda bendición y todo saludo iba relacionado con la paz, cuya significación era muy rica, venia a ser un ideal de felicidad de armonía social, de salvación, paz que apuntaba a la que llegaría en los tiempo mesiánicos, que se daría la mano con la justicia, con la santidad.

Mis amados hermanos y hermanas, la Iglesia propone hoy, el Día Mundial de la Paz, cada año propone un lema, este año es: “La Familia, humana comunidad de paz” y nos dice, el Papa en su mensaje, el Papa Benedicto XVI, dice: “Al comenzar el nuevo año deseo hacer llegar a los hombres y mujeres de todo el mundo mis fervientes deseos de paz, junto con un caluroso mensaje de esperanza” Lo hago proponiendo a la reflexión común el tema que enunciado al principio de este mensaje y que considero muy importante: “La Familia humana comunidad de paz”, de hecho, dice, el Papa: “La primera forma de comunión entre las personas, es el que el amor suscita, entre un hombre y una mujer, decididos a unirse establemente para construir juntos una nueva familia” Pero, también, los pueblos de la tierra están llamados a establecer entre sí; relaciones de solidaridad  y colaboración como corresponde a los miembros de la única familia humana. Todos los pueblos, dice el Concilio Vaticano II, forman una única comunidad y forman un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre la entera faz de la tierra, también tienen un único fin, último, Dios.

Mis amados hermanos, en la familia suscitemos, defendamos, promovamos la paz. Esta paz que es el don mesiánico por excelencia que Jesucristo Resucita trajo a sus discípulos y que pidió que, también, estos transmitiesen. Hay que tomar conciencia de que todos estamos invitados a trabajar por esta paz, que se apoye en los pilares de la verdad, de la justicia, del amor y de libertad y que tiene que empezar desde el interior de cada uno, esparciéndose como un verdadero perfume por nuestro entorno.

Pidámosle hoy a la Señora de la Paz, nuestra Muchachita Guadalupe que nos conceda vivir, gozar, disfrutar este don divino de la paz que es también tarea nuestra, que es también trabajo de todos los días. La paz se cultiva y florece, mis amados hermanos, en cada Eucaristía, en esta se realiza la comunión de las cosas santas, la comunión de los santos, la comunión de los hermanos. En la Eucaristía la paz se hace perdón, en la Eucaristía se hace solidaridad, la Eucaristía se convierte así en signo y profecía del Reino de Dios. Nuestro mundo acumula odios, nuestro mundo acumula violencias, todo tipo de injusticias, las personas eucarísticas. Y pidámosle al Señor por intersección de la Señora de la Paz  que seamos hombres eucarísticos. Las personas eucarísticas que han vivido la comunión son enviadas a sembrar la paz en este mundo tan dramático, esa es nuestra tarea, esa es nuestra misión, esa es nuestra encomienda, el reto, que hoy el Señor pide que revisemos en nuestras vidas.

Pues, meditando en esto y contemplando a la dulce Señora de la Paz continuemos con nuestra Eucaristía.

 
 
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