Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce
Vicario General y Episcopal de Guadalupe y Rector
del Santuario
SOLEMNIDAD DE
SANTA MARÍA DE GUADALUPE
12 DE DICIEMBRE 2003
SANTA MARÍA DE GUADALUPE,
APOYO DE NUESTRA ESPERANZA
Eucaristía Solemne de la Festividad de Santa
María de Guadalupe
00:00 hrs.
12 de Diciembre del 2003
Altar Mayor de la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe
Hermanos:
Alabemos y glorifiquemos a Dios nuestro Padre, al celebrar la fiesta
de Santa María la siempre Virgen; Madre del Verdaderísimo
Dios por quien se vive y Madre nuestra, pues en ella nos ha mostrado
el gran amor que nos tiene al enviarla, desde la aurora de la fe cristiana
en este Continente, como embajadora de su mensaje de salvación
y ha hecho, por medio de ella, en nuestra historia, grandes maravillas
en la fe de nuestros pueblos.
Año
con año, mis hermanos, venimos a este lugar sagrado, escogido
por la Providencia divina, para dar y recibir miles de testimonios del
amor que Dios, nuestro Padre, nos muestra a través del Rostro
dulce y sereno de nuestra Amada Madrecita; pero también para
intercambiar el testimonio de fidelidad a su amor de tantos que caminamos
bajo la mirada amorosa de la Madre de Dios, nuestro hermano y Señor
Jesucristo.
Hace
casi cinco siglos, María Santísima encargó al hoy
San Juan Diego Cuauhtlatoatzin que gestionara ante el primer Obispo
de México, Fray Juan de Zumárraga, la construcción
de un templo. El Obispo puso reparos, pero finalmente aceptó
por haber recibido unas flores, comprobado la curación instantánea
de un moribundo y contemplado la imagen de María inexplicablemente
estampada en la tilma de Juan Diego, que Ella indicó que debía
entregársele sólo a él. Esta tilma y esta imagen
constituyen algo así como nuestra “acta de nacimiento”
como pueblo, como nación y como Iglesia. Este es el motivo de
nuestra gran fiesta de esta noche.
Hermanos,
la tradición cristiana ha visto, por siglos, en el trozo que
acabamos de escuchar del libro del Eclesiástico, una personificación
de Cristo, sabiduría de Dios, como lo llama san Pablo (1Co 1,24).
Simultáneamente, en la reflexión mariológica, se
ve en ella, precisamente a la Madre de esa Sabiduría cuyo fruto
excelente es su Hijo Jesucristo, el Verbo de Dios. Igualmente, por extensión
se dice que todos los que nos alimentamos de sus frutos, somos sus hijos.
En mí está toda la gracia del camino y de la verdad, toda
esperanza de vida y de virtud, dice el texto. Y poco antes el texto,
que la sagrada liturgia toma como inspirado, nos dice que ella —la
sabiduría— es la madre del amor hermoso (v. 18, que ordinariamente
no aparece en las biblias, sino sólo en el texto litúrgico).
Muchos
cristianos, y entre éstos especialmente lo católicos,
vemos a María, nuestra Señora, como aquella que nos ofrece
y nos lleva Cristo, bien el Santo Padre Juan Pablo II la invoca como
“camino seguro para llegar a Cristo”. Agradeciendo, a Dios
y a María y con verdadera devoción y fe madura recibimos,
este sublime servicio de la Madre de Dios de ofrecernos el fruto de
su vientre (Lc 1,42b).
Es
lo que nos recuerda, hermanos míos, san Pablo en la segunda lectura
que hemos escuchado hoy. En efecto, él nos indica que cuando
llegó el tiempo previsto por Dios, Él nos envió
a su Hijo por medio de una mujer, para rescatarnos y hacernos hijos
suyos. Y es a la luz de este pasaje del Nuevo Testamento, como nosotros
los católicos, y especialmente quienes veneramos a Santa María
de Guadalupe, entendemos que ella es nuestra madre.
En
este Continente, hemos tenido la gracia de recibir a nuestra Señora
como la embajadora de la Buena nueva de salvación a la que el
Padre misericordioso nos llama. Ella, con su obediencia y disponibilidad
cooperó con Dios en sus planes en la aurora de la redención.
Y, pasados quince siglos, cooperó una vez más para que
América recibiera la fe y se acogiera a la oferta generosa de
Dios, el Salvador (Lc 1,47).
Hoy,
como a lo largo de la vida de la Iglesia, también María
de Guadalupe nos acompaña y nos enseña con su himno de
alabanza y de fe al Dios que todo lo puede. Nos enseña porque
en su himno María reconoce que las obras maravillosas que experimenta
vienen de la bondad del único Santo y Poderoso; su himno es la
alabanza agradecida de una creyente; y como himno de fe, nos enseña
a proclamar nuestra fe en el único Señor de la historia.
Al respecto, el Papa Juan Pablo II, en su encíclica “Sobre
la Bienaventurada Virgen María en la vida de la Iglesia”
nos dice que “la Iglesia, desde el principio conforma su camino
terreno con el de la Madre de Dios, siguiéndola repite constantemente
las palabras del Magnificat. Desde la profundidad de la fe de la Virgen
en la Anunciación y en la Visitación, la Iglesia llega
a la verdad sobre el Dios de la Alianza, sobre Dios que es todopoderoso
y hace ‘obras grandes’ al hombre (R.M. 37,1).
Santa
María de Guadalupe, en la línea de los profetas, no deja
de anunciar a su Hijo para que éste sea aceptado y acogido por
todos y cada uno de nosotros los que conformamos este gran Continente.
Las miradas del mundo se dirigen hacia nosotros para pedirnos nuestro
testimonio de fe y esperanza. Imitemos a María, hermanos, viviendo
cada día más intensamente el don de la fe, para que otros
crean. Cuando Isabel le dice a María ¡Dichosa tú
porque has creído! No hace otra cosa que elogiar su fidelidad
y su obediencia en la fe. Como dice el Papa, esta alabanza “se
puede poner junto al apelativo ‘llena de gracia’ del saludo
del ángel… La fe de María, proclamada por Isabel
en la Visitación, indica cómo la Virgen de Nazaret ha
respondido a este don” (R.M. 12,3).
Por
eso digo, queridos hermanos que, como cristianos de este Continente,
hemos de corresponder, como nuestra Madre y modelo, al don de la fe
que hemos recibido hace ya 472 años. Hay todavía muchos
ámbitos de nuestra sociedad que es necesario iluminar con el
Evangelio. Es importante que asumamos con responsabilidad y alegría
la misión que Dios nos ha dado en la historia.
Padre
Bueno, Tú que quisiste que la Madre de tu Hijo imprimiera su
figura en el ayate de San Juan Diego y tomara nuestros rasgos, haz que
copiemos en nosotros sus virtudes y su amor hacia los pobres y desamparados;
Señor Tú que, con la presencia de Santa María de
Guadalupe, haces brillar los riscos como perlas y las espinas como el
oro, haz que el amor tierno y delicado de esta Dulce Señora nos
transforme en otros Cristos.
¡Amada
Madrecita nuestra Niña de Guadalupe!
¡Señora
del Tepeyac, humilde servidora de tu Hijo!
Te
felicitamos como Isabel y te alabamos por ser la elegida del Espíritu
para engendrar en tu vientre al Verbo eterno del Padre.
Te
agradecemos por tu disponibilidad y tu obediencia con lo cual has cooperado
en el proyecto misericordioso del Padre para salvarnos mediante su Hijo.
Enséñanos
Muchachita y Niña nuestra a vivir, como tú, día
con día, el Evangelio y anunciarlo fielmente, especialmente a
los más pobres y necesitados de nuestras sociedades.
Alcánzanos
la gracia de ser fieles testigos de tu Hijo a través del trabajo
constante por transformar esta sociedad que parece cerrarse al amor
de Dios.
Queremos
ser tus enviados, tus nuevos Juan Diego, embajadores tuyos muy dignos
de confianza, que llevemos a todos los hombres y a todas las naciones
tu mensaje de amor, de unidad, de paz y esperanza.
Ayúdanos,
con tu intercesión maternal, a ser cada día mejores hermanos,
abiertos al perdón, a la solidaridad y al servicio de unos a
otros.
Amén.