Siguiendo la sana costumbre de los yucatecos,
acudimos presurosos, como María Santísima, al cerro del Tepeyac,
para compartir la Santa Misa en esta casita de oración, inspirada
en las palabras de la Virgen Santísima, que se presentó para
nosotros como la Madre del verdadero Dios por quien vivimos.
En efecto, con los miles de peregrinos
que se han organizado y esforzado con tanta devoción para estar
presentes en esta peregrinación anual, llegamos con el corazón
lleno del gozo de la fe, anhelando este encuentro con Jesús,
el fruto bendito del vientre de la Madre del Redentor.
Sabemos de un gran número de personas
que durante el año van preparando este encuentro eclesial y
separan como intocables, casi sagradas, estas fechas para cumplir
piadosamente con este homenaje que la Iglesia Arquidiocesana
de Yucatán rinde desde hace 72 años ininterrumpidos a la Reina
del Cielo en este lugar privilegiado.
Nos unimos, en este año 2006, al jubileo
de la patria mexicana y de la Iglesia entera, que conmemora
los 475 años de las apariciones de la Virgen Santísima de Guadalupe.
Como san Juan Diego, recibimos de nuevo la invitación a orar
y aprender a servir como María a nuestros hermanos; y, como
san Juan Diego. Procuraremos estar atentos a las encomiendas
de hacerlo todo con la aprobación de la Iglesia, de ser dóciles
instrumentos al servicio de Dios y de no desalentarnos jamás
ante las dificultades y obstáculos que puedan surgir.
Con el valioso mensaje de la Virgen
morena, lleno al mismo tiempo de ternura y de vigor, aceptamos
ser defensores y proclamadotes de los valores humanos y cristianos,
en cuanto a la dignidad de cada persona humana y de cada hogar
como lo ha hecho recientemente el Papa Benedicto XVI, en el
V Encuentro Mundial de las Familias en Valencia, España, señalando
siempre y en todas partes el homenaje a la vida humana desde
su inicio hasta su conclusión natural y a la maravillosa capacidad
de amar y ser amados.
Toda peregrinación nos hace más conscientes
de que “caminamos en la fe” y que somos signo de la Iglesia
universal que permanece en marcha construyendo el Reino de Dios.
Toda acción de la Iglesia que camina, nos recuerda vivamente
que no estamos solos porque Jesús nos acompaña siempre y María
Santísima nos anima.
Esta cita que nos hemos dado en la
Basílica de Guadalupe, como toda peregrinación, nos indica vehementemente
que en toda ocasión debemos apoyarnos mutuamente y hacer nuestro
recorrido cotidiano al ritmo que Dios nos marca.
Toda marcha realizada en el nombre de Jesucristo y en plena
comunión con la Iglesia, como la que ahora realizamos, hace
resonar en nuestro corazón que no podemos detenernos jamás hasta
llegar, cuando Dios nos llame, a la casa eterna del Padre.
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