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Homilía
pronunciada por Mons. Fray Raúl
Vera López, O.P, Obispo de Saltillo, en ocasión de la
peregrinación de la Diócesis de
Saltillo, Coahuila a la Basílica
de Guadalupe.
22 de julio
de 2006
Queridos
hermanos, queridas hermanas:
Hemos venido en peregrinación desde el estado de Coahuila, de
la región que ocupa la Diócesis de Saltillo, a visitar a nuestra
Madre Santísima, a su templo, donde quiso quedarse con el título
de María de Guadalupe, para mostrar «su amor, auxilio, defensa
y compasión, a todos los moradores de estas tierras».
MARÍA NOS DA A JESÚS HIJO DE DIOS, SABIDURÍA DE DIOS
De la Palabra de Dios que se nos ha proclamado hace un momento,
nosotros podemos conocer de qué manera ella continúa mostrándonos
su amor, auxilio, defensa y compasión. Aplicando a ella las
palabras del libro del Eclesiástico que hemos escuchado, la
Iglesia llama a María “la Madre del amor, del temor, del conocimiento
y de la santa esperanza”, porque es por ella que ha llegado
a nosotros la Sabiduría de Dios, que se hizo carne en sus entrañas
purísimas y vino a vivir en medio de nosotros y hacernos poseedores
de todos los dones que se describen en el texto del Libro del
Eclesiástico que hemos escuchado.
Nuestro Señor Jesucristo, el hijo de la Virgen María, es el
Hijo de Dios; es la Sabiduría de Dios que siendo Dios verdadero,
se hizo hombre verdadero en el seno de María, por obra del Espíritu
Santo, y nació de ella para vivir en medio de nosotros. Jesús
habló de Sí mismo y de Su obra a favor de nosotros y de múltiples
maneras, poniéndonos muchos ejemplos para ayudarnos a entender
el modo en que Él transforma la vida de cada persona y la de
la sociedad nueva, que todos los seres humanos, en conjunto,
estamos llamados a construir, para que acontezca el Reino de
Dios.
Por Jesús, el Hijo que María nos trae a México y a América,
nos vienen todos los dones que en este pasaje del libro del
Eclesiástico se describen: con Él nuestra vida transcurre de
manera semejante a la frescura que ofrece la vid, cuando su
follaje permanece fragante y no cesa de producir abundantes
flores y frutos. Jesús nos ofrece un camino seguro, libre de
errores, pues con Él y en Él la vida del ser humano se fortalece
con todas las virtudes y su mente y su corazón quedan iluminados
por el conocimiento y la verdad; se abre ante nosotros un futuro
esperanzador, pues apoyados en la Sabiduría, construimos una
sociedad cuyos fundamentos son, el amor, la verdad, la justicia
y el derecho. Para quienes aceptan a Jesús, se abre el camino
a una vida nueva, llena de un dinamismo interior, que se experimenta
en la sociedad misma, en la que se crea también una nueva cultura,
por la que todos nos hacemos capaces de construir el Reino de
Dios en la historia, que nos abre a una vida eterna.
María vino a estas tierras y sigue presente en ellas, para ayudarnos
a que la Sabiduría de Dios en Persona, que es su Hijo Jesucristo,
siga engendrando en el corazón de los mexicanos, a hombres nuevos
y mujeres nuevas, que con los valores que contiene el Evangelio,
podamos construir una sociedad verdaderamente humana.
Entendemos que si los bautizados tenemos los contenidos del
Evangelio como criterios fundamentales de nuestras acciones,
poniéndolos en práctica en nuestra vida diaria, podemos ayudar
a que todas las estructuras sociales de México y en especial,
para que las de nuestro estado de Coahuila, contribuyan al desarrollo
pleno y digno de todas las personas y a la articulación de una
sociedad en la que se cumplan los mandamientos de Dios y los
valores del Reino que se refieren a la vida en el amor,
al cumplimiento de la justicia.
Esto se traduce en una actitud siempre de acuerdo a la verdad,
al respeto de la dignidad de cada ser humano, a la opción preferencial
por los pobres en el trabajo para construir una sociedad más
justa y solidaria, que quite las cargas pesadas que hasta el
día de hoy siguen soportando los obreros y las obreras, los
campesinos, los migrantes, los desempleados, las mujeres maltratadas,
solas, madres solteras y viudas, los niños de la calle, los
enfermos sin ninguna atención, los presos, etc.
HIJOS DE DIOS EN JESUCRISTO
El Apóstol San Pablo, en la Carta a los Gálatas que también
nos ha sido proclamada hoy, nos enseña que «Al llegar la plenitud
de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido
bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley,
a fin de hacernos hijos suyos». Éste es el don fundamental que
está a la base de todos los demás regalos que nos vienen por
medio de Cristo, hemos llegado a ser en Él, hijos e hijas de
Dios, herederos y herederas de todos los dones que Él posee.
Para ayudarnos a entender esto, San Pablo dice en la misma carta,
que por el bautismo hemos sido incorporados a Cristo. Se trata
de una anexión tan intensa y tan real, que ya no existe entre
nosotros diferencia alguna, ni por raza o nacionalidad, ni por
condición social, ni por pertenencia de género. Veamos como
lo dice San Pablo: «Pues todos son hijos de Dios por la fe en
Cristo Jesús. Todos los bautizados en Cristo se han revestido
de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni
hombre ni mujer, ya que todos ustedes son uno en Cristo Jesús»
(Gal 3, 26-27).
De la misma manera, en el texto de la Carta a los Gálatas que
ha sido proclamado, se habla de la plena libertad de la cual
gozamos los bautizados en Cristo, gracias a la conciencia que
adquirimos de ser hijos e hijas de Dios, por la luz que nos
concede el Espíritu Santo: «Puesto que ya son ustedes hijos,
Dios envió a sus corazones el Espíritu de su Hijo, que clama
“¡Abba!”, es decir, ¡Padre! Así que ya no son siervos, sino
hijos; y siendo hijos, son también herederos por voluntad de
Dios» (Gal 4,6s).
La Virgen María, al traer a estas tierras el regalo de su Hijo,
nos ayuda a vivir en la nueva condición de hijos e hijas de
Dios, nueva condición, «Porque en Cristo reside toda la Plenitud
de la Divinidad corporalmente», y en Él alcanzamos la plenitud,
pues «sepultados con Él en el bautismo», con Él también hemos
«resucitado por la fe en la acción de Dios, que lo resucitó
de entre los muertos». A nosotros, que estábamos muertos en
nuestros delitos, nos ha hecho vivir una nueva vida juntamente
con él y nos perdonó todos nuestros delitos (Cf. Col 2,9-10.12-13).
MARÍA PERFECTA DISCÍPULA Y COLABORADORA DE JESÚS
El Evangelio de Lucas que se nos anunció, nos presenta a María
como ejemplo de una auténtica israelita, porque confiaba en
el cumplimiento de las promesas de Dios, lo que la hace bienaventurada:
«¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le
fueron dichas de parte del Señor!», la proclama Isabel. Pero
también la Virgen María es la perfecta discípula de Jesús, la
que va a colaborar de manera inigualable en la obra de su Hijo,
por lo que todas las generaciones de la historia humana la proclamarán
también bienaventurada. En boca de ella, el evangelista Lucas
pone estas palabras: «Mi espíritu se alegra en Dios mi salvador,
porque ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava,
por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada»
(Lc 1, 47b-48).
Además, en el momento en que María está ante Isabel, en su corazón
están presentes las palabras del Ángel Gabriel que la había
visitado días antes para anunciarle que sería la madre del Hijo,
que en ese momento ya está en sus entrañas. El Ángel le dijo
en aquel momento que Ese Hijo, «será grande y será llamado Hijo
del Altísimo, será santo y será llamado Hijo de Dios» (Cf. Lc
1,32.35), y todo esto le es confirmado a la Virgen una vez más,
cuando recibe el saludo de Isabel cuando la recibe: «Bendita
tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno»; y «¿de
dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor?» (Cf. Lc
1, 42s).
Sabemos por el mismo Evangelio que Jesús ha sido concebido en
el seno de María por el Poder del Altísimo, a través del Espíritu
Santo que descendió sobre ella. Los motivos que el Ángel le
dio a María del por qué le eran concedidos todos estos privilegios,
fueron que había hallado “gracia delante de Dios” y por lo mismo,
éste había sido el saludo inicial con el que el Ángel Gabriel
se dirigió a ella es mismo día: “Salve llena de gracia”.
María, que es para todos nosotros un ejemplo de persona contemplativa,
expresa su agradecimiento y alabanza al Señor, porque descubre
que el Poderoso ha hecho obras grandes en su favor (Cf. Lc 1,49).
Estos textos evangélicos nos dan razón de la profunda identidad
que María fue adquiriendo como colaboradora en la obra de la
salvación de su Hijo. Las palabras con las que el Ángel Gabriel
le describió la obra que ese niño venía a realizar en el mundo,
sin duda trajeron a la mente y al corazón de María, todo lo
que de Él dijeron Moisés, los antiguos profetas y los sabios
de Israel: que como Rey Eterno, reinaría en la tierra con justicia,
logrando que los grandes gobernaran con rectitud (Cf. Is 32,1);
que sustentaría su reinado en el derecho y la justicia (Is 9,7).
Que sería defensor de los pobres (Cf. Is 3,14-15); que haría
justicia al pobre y afligido ante quien lo oprimiera (Cf. Sal
71, 4.12-14). Que establecería la justicia entre las naciones
(Cf. Is 42,1) y de esa justicia brotaría una paz duradera (Cf.
Is 32, 17-18).
Sobre este conocimiento de la revelación de Dios dentro de la
historia de su pueblo, se construye la profundidad con la que
María fue penetrando en la misión de Jesús, a través de lo que
fue conociendo de Él personalmente, desde los primeros momentos
de la vida de su hijo en el mundo, experiencia que ella meditaba
y guardaba cuidadosamente en su corazón (Cf. Lc. 2,19.51). Lo
escucho de boca de los pastores, de Simeón, de Ana, de los Magos
de Oriente y de su mismo Hijo cuando ella y José, después de
buscarlo durante tres días en Jerusalén, lo encontraron en el
templo, entre los doctores (Cf. Lc 2,17-19.33-38.48-50; Mt 2,11). |
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A lo
largo de la vida oculta de Jesús en la casa de Nazaret -nos dice
el Papa Juan Pablo II de feliz memoria- la vida de María está «oculta
con Cristo en Dios» (cf. Col 3, 3), por medio de la fe. María constantemente
y diariamente está en contacto con el misterio inefable de Dios
que se ha hecho hombre, misterio que supera todo lo que ha sido
revelado en la Antigua Alianza (Carta Encíclica Redemptoris
Mater n. 17).
María, durante muchos años, permaneció en intimidad con el misterio
de su Hijo, y avanzaba en su itinerario de fe, a medida que Jesús
«progresaba en sabiduría... en gracia ante Dios y ante los hombres»
(Lc 2, 52). La primera entre estas criaturas humanas admitidas al
descubrimiento de Cristo era María (Ibid). Esta bendición alcanza
su pleno significado, cuando María está junto a la Cruz de su Hijo
(cf. Jn 19, 25). El Concilio afirma que esto sucedió «no sin designio
divino»: «se condolió vehementemente con su Unigénito y se asoció
con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la
inmolación de la víctima engendrada por Ella misma»; de este modo
María «mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la Cruz». A
los pies de la Cruz, María participa por medio de la fe en el desconcertante
misterio de este despojamiento. Jesús en el Gólgota, a través de
la Cruz, ha confirmado definitivamente ser el «signo de contradicción»,
predicho por Simeón. Al mismo tiempo, se han cumplido las palabras
dirigidas por él a María: «¡y a ti misma una espada te atravesará
el alma!» (Ibid. N. 18).
Este despojo de Jesús, que encuentra su máxima expresión en la Cruz,
donde la humillación de Dios por salvar al hombre llega a su cúlmen.
Tiene elocuentes antecedentes en la manera en que el Hijo de Dios
vivó entre nosotros. La pobreza de su cuna en el pesebre de Belén
es el signo profético de la total separación de cualquier signo
de poder, en el que transcurrirá toda la vida de Jesús en la tierra,
pues no perteneció a algún grupo que ostentará algún señorío económico
o político, incluso religioso. Todo esto queda fuera del Plan de
Dios para la vida de su Hijo. Satanás, que en el desierto de Judea
se proclamará ante Jesús como el autor y el posesor de la riqueza
y el poder de los reinos de la tierra, será rechazado tajantemente
por Jesús, en su intento de querer asociarlo como un promotor del
sistema de mentira que él promueve, al margen de la verdad y del
amor, de la justicia y la verdadera libertad (cf. Mt 4,1-11).
María, que con José su esposo, el carpintero de Belén, pertenece
al grupo de los pobres, de los pequeños, de los humillados, de los
que esperan sólo de Dios la liberación de un sistema que los oprime
y despoja, después de haber aceptado colaborar con Él, en el plan
para salvar al hombre por medio de su Hijo, encarnado en sus entrañas,
se declara en su canto del Magnificat (Cf. Lc 1,46-55), partidaria
del reinado de Dios en favor de los humildes, de los hambrientos
y de los pobres de la tierra. Y sabe que ese Reinado no es efímero,
sino eterno.
SÚPLICAS A MARÍA POR MÉXICO Y COAHUILA, ANTE LOS MALES QUE
NOS AQUEJAN
María, tú que fuiste solidaria con tu Hijo en su misión redentora,
porque eres solidaria con nosotros los hijos y las hijas de Dios,
tus hermanos en la raza humana, pero también tus hijos e hijas en
el orden de la gracia, por designio de tu Hijo Jesucristo en la
Cruz (Cf. Juan 19,26s), a quienes quieres vernos libres de todo
apego al dinero, al poder y al placer, pasiones que nos llevan a
crear sistemas inhumanos que destruyen la vida y terminan con toda
convivencia fraterna en pueblos y las naciones, mira a nuestro Estado
de Coahuila y a nuestro país en estos momento de su historia, llenos
de sufrimiento y de tantas calamidades que lo provocan.
Nosotros venimos a presentarte nuestra penas, pues harto conocemos
el poder de tu intercesión ante el Dios por quien se vive, de quien
tú eres madre. En Coahuila estamos sufriendo la plaga del desempleo
y de la carestía, lo que trae hambre, miseria y enfermedades a los
miembros de nuestras familias. Los recursos del Estado no dan para
salud, educación de calidad y una vivienda digna. Nuestros mineros
siguen sin seguridad, las minas siguen explotando. La mina Pasta
de Conchos con sus 65 muertos, además de dolor e indignación, nos
pone la cara roja de vergüenza, pues esos hermanos sacrificados,
han sacado a relucir muchos desórdenes que hay en el gobierno y
en los empresarios que disfrutan del trabajo de los obreros.
PASTA DE CONCHOS
Son ya cinco meses de ese siniestro, y los 64 cuerpos siguen allá
abajo, entre los escombros de una mina que se desmoronó toda ella.
Está comprobado en las actas de inspección la irresponsabilidad
de los dueños, que la tenían en condiciones deplorables, pero no
lo quieren reconocer y el gobierno los solapa, pues tiene las pruebas
para quitarles la concesión y hasta para fincarles sanciones penales
y no lo han realizado. De los inspectores, qué vergüenza, tan sólo
7 días antes de que estallara la mina, habían dicho que estaba muy
bien. Tú sabes lo mal que nos cuidan nuestras autoridades, que no
tienen inspectores suficientes para cuidar la vida de nuestros mineros
y pocos salen funcionarios honestos y responsables.
EL NARCOTRÁFICO
Ahora resulta que ya se nos han montado los del crimen organizado,
el narcomenudeo les abrió las puertas y le ayudó a crecer haciendo
más fuertes a los grupos que trafican con droga; ni las autoridades,
ni la policía, ni la sociedad los podemos detener y ahora ya están
haciendo “levantotes”, desapareciendo policías y civiles. Últimamente
ha desparecido un periodista en Monclova y ni de los policías de
Saltillo, ni del reportero, hemos sabido algo.
UNA VEJACIÓN Y UNA INJURIA
Hasta miembros del Ejército se han puesto a hacer fechorías. De
esto apenas hace escasos 11 días: uniformados, con armas y todo,
en vehículos oficiales, alrededor de 20 elementos de las fuerzas
armadas que debieron haber estado cuidando las boletas de las votaciones
últimas, en las instalaciones del IFE de Monclova, se fueron a meter
a la zona de tolerancia del municipio de Castaños, Coahuila. Ultrajaron
y violaron a las mujeres que ahí trabajan, bebieron sin pagar todo
lo que encontraron, golpearon con sus armas y a patadas a los policías
municipales que los quisieron detener e hicieron lo mismo con los
clientes que ahí se encontraban.
UN SISTEMA ECONÓMICO QUE NOS ESTÁ DESTRUYENDO Y DIVIDIENDO
COMO NACIÓN
A nuestro entender, Virgen Santísima, estas cosas están pasando
porque las autoridades parece que ya ni se ocupan de la mayoría
de los mexicanos, que cada vez están más pobres. Que el gobierno
está más preocupado por mantener los índices macroeconómicos, que
son los que les interesan a los grandes del mundo y a los que prestan
el dinero y lo vienen a invertir a nuestro país, dizque para que
crezcamos… pero mentiras. Estos del dinero sólo les hacen el favor
a unos cuantos, no a la gran masa de mexicanos que son los obreros,
campesinos, profesionistas, maestros, indígenas y decenas de millones
cada vez más pobres y los superpobres que ya son muchos en este
país. Miles de ellos tienen que emigrar a los Estados Unidos a que
los maltraten y hasta que los maten o se mueran ahogados, sea de
frío, o de calor en los desiertos.
Por eso Jesús, y tú con Él, no se asociaron a los ambiciosos, sedientos
de poder y de riquezas. Ojalá que nosotros los mexicanos, que nos
decimos discípulos de tu Hijo Jesucristo y nos llamamos por eso
cristianos, parte de su comunidad “La Iglesia”, tengamos en cuenta
lo que el Papa Juan Pablo II decía, y que los obispos mexicanos
hemos dicho de ese sistema que se llama neoliberalismo, en el que
nos han metido nuestros políticos desde hace muchos años, y se empeñan
por mantenernos en él.
El Papa Juan Pablo II, consideraba al neoliberalismo uno de los
pecados sociales de nuestro tiempo que claman al cielo y hablaba
así de él: Cada vez más, en muchos países americanos impera un
sistema conocido como «neoliberalismo»; sistema que haciendo referencia
a una concepción economicista del hombre, considera las ganancias
y las leyes del mercado como parámetros absolutos en detrimento
de la dignidad y del respeto de las personas y los pueblos. Dicho
sistema se ha convertido, a veces, en una justificación ideológica
de algunas actitudes y modos de obrar en el campo social y político,
que causan la marginación de los más débiles. De hecho, los pobres
son cada vez más numerosos, víctimas de determinadas políticas y
de estructuras frecuentemente injustas (Ecclesia in America
n.56).
Los obispos de México, en nuestra carta colectiva del año 2000,
así nos expresamos de nuestro modelo económico nacional: “el modo
como se configuran las políticas de desarrollo a nivel nacional
en ocasiones favorecen el bienestar para unos cuantos descuidando
el bienestar y el “bien-ser” de todos. Esto nos obliga a siempre
tener una prudente y diferenciada visión sobre las economías
de mercado ya que pueden disfrazar sus fracasos a través
de un recuento unilateral de sus éxitos”.
Un modelo que sostenga de manera explícita o implícita al mercado
como dinamismo central del desarrollo de un país es:
·irreal, debido a que el mercado no
corrige por sí mismo las grandes e inequitativas concentraciones
de riqueza que él mismo fomenta;
·inestable, porque cultiva la volatilidad
de los capitales haciendo sumamente vulnerables a millones de personas;
·inmoral, ya que genera de modo sistemático
exclusión y pobreza, atentando así contra los derechos de la persona
y contra el bien común.
Este punto de un modelo económico para nuestro país, parece ser
el punto focal de las diferencias que ha habido, antes y después
de las elecciones. Las confrontaciones entre candidatos se han dado
de manera especial ante la situación tan deteriorada del país y
las propuestas para enfrentarla. Abiertamente se propone, por una
parte, una continuidad rigurosa en las estrategias económicas, que
quieren mantener todo lo que no contradiga las leyes de la macroeconomía
y las reglas del mercado. Por otra parte, se busca un cambio en
los procesos económicos, que abra espacio a los mexicanos y las
mexicanas, que una economía de corte neoliberal de la que habla
el Papa Juan Pablo II en su documento Ecclesia in America, citado
antes, y la Carta de los Obispos Mexicanos, también ya citada, ha
excluido de toda posibilidad de progreso y los ha condenado a una
vida inhumana. El número de personas afectadas por tal sistema,
ya es mucho. Esto último parece explicar los resultados de una votación
tan cerrada y el grado de conflicto postelectoral que estamos viviendo.
Hermanas y hermanos, pidamos en estos momentos la intercesión poderosa
de la Madre del Dios por quien se vive, para que sea la opción por
la justicia y el amor, lo que una en estos momentos los esfuerzos
de los mexicanos. De manera especial pidámosle porque nosotros,
los que nos confesamos discípulos de Jesús y devotos suyos, miembros
de la Iglesia de su Hijo, no comprometamos la defensa profética
de la justicia, por intereses mezquinos. Justicia que están esperando,
los millones de empobrecidos de México y los miles que se están
padeciendo en Coahuila. Pobres que ha producido un modelo económico
que ha puesto a su servicio nuestras estructuras políticas, que
han perdido una de sus principales tareas, que es el trabajo a favor
de la justicia social.
Pidamos por las estructuras políticas que se han dedicado a controlar
los indicadores macroeconómicos, que han permitido a un mínimo grupo
de mexicanos, acumular ganancias cuantiosas, a base de los bajos
sueldos, de los centenares de miles de desempleados, de la expulsión
de los obreros y las obreras, de los campesinos y las campesinas,
de los indígenas y de los empleados, que deben salir a buscar la
vida a los Estados Unidos. La acumulación de la riqueza en pocas
manos a la que contribuye este sistema, dentro y fuera del país,
ha dejado tras sí a indios empobrecidos, a mexicanos mal nutridos,
sometidos a servicios de salud y de educación que cuentan cada vez
con menos recursos, a mineros muertos porque para ellos no hay dinero
para invertir en su seguridad y ciudadanos que pasan su vida para
pagar viviendas de interés social, que tienen dimensiones ridículas
e inhumanas.
María de Guadalupe, ante todos estos sufrimientos y peligros, queremos
agradecer tu presencia amorosa entre nosotros, que nos recuerda
nuestra condición de hijos de Dios, de hermanos entre nosotros e
hijos tuyos; hace 475 años nuestros antepasados, señores originarios
de estas tierra, gracias a tu llegada superaron las amarguras y
el pesimismo que les dejó la conquista. Surgieron para ofrecer la
riqueza de su raza al mestizaje que dio origen a una nueva nación,
que somos hoy. En tus manos estamos para que sanes nuestras heridas,
que venciendo el daño que nos hemos hecho, ofrezcamos unos a otros
las riquezas que de Dios, por medio de tu hijo, cada uno hemos recibido.
Que todo lo que tú con amor has puesto en nosotros, los mexicanos
y los coahuilenses, no se malogre, sino que, purificados por el
sufrimiento que hoy nos agobia, lo pongamos al servicio de una nueva
nación, donde brillen el amor y la justicia para todos ygamos siendo
una familia de hermanos. QUE ASÍ SEA.
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