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Homilía
pronunciada por
Mons. Ramón Martínez Flores, Obispo de Tehuacán en ocasión de la peregrinación de la Diócesis de Tehuacán a la Basílica de Guadalupe.

5 de febero de 2006

 

La Iglesia que peregrina en Tehuacán está aquí en este Santuario ante nuestra tierna Madre, María de Guadalupe, para escuchar la palabra de su Hijo Jesús y hacerlo presente en el santo sacrificio eucarístico.

El relato evangélico de hoy nos presenta a Jesús anunciando y haciendo vigente el Reino de Dios en la historia, con su predicación, con sus acciones y su presencia personal: realiza curaciones, expulsa demonios, ora al Padre celestial y anuncia el Evangelio del Reino.

Jesús, al curar, no sólo lo hace corporalmente sino que cura íntegramente a la persona. Jesús sana, su paso es signo de la vida, y la vida es signo del Reino que se hace presente. La suegra de Pedro está enferma y recibe la curación para que recupere su papel en la comunidad; se puso a servir.

Jesús cura totalmente al hombre, en lo físico, en su interioridad y lo reincorpora a la sociedad, da cumplimiento a lo que proclamamos en el Salmo:

El Señor sana los corazones quebrantados y venda las heridas.
Tiende la mano a los humildes. [1]

Jesús es la respuesta al sufrimiento humano, como escuchamos en la primera lectura; Job observa que la vida del hombre sobre la tierra es dura y está llena de fatigas. No sólo el día es penoso sino que la noche es una pesadilla, pues, mientras para unos es ocasión de reposo, a él le trae preocupaciones y tormentos.

El problema del sufrimiento humano encuentra su solución no en una filosofía de la aceptación, sino en la certeza' absoluta de que todo sufrimiento existe con miras a construir juntamente con Cristo que muere pero que también resucita.

Dios que sana los corazones quebrantados y venda las heridas, se sigue manifestando aquí, desde que Maria de Guadalupe se hizo presente al bienaventurado Juan Diego, diciéndole: Juantzin, Juan Diegotzin (Juanito, Juan Dieguito)... oye hijito el más pequeño... sabe y ten por seguro, que yo soy la perfecta y perpetua Virgen María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive... Quiero mucho y deseo que en este lugar me levanten un templo: en el daré todo mi amor, mi compasión, mi ayuda, mi defensa de los hombres. Yo soy Madre misericordiosa de ti y de todos ustedes, los que viven unidos en esta tierra... los que claman a mí, los que me buscan, los que en mí tienen confianza. Ahí he de oír su llanto, su tristeza, para remediar, para aliviar todos sus múltiples dolores, necesidades e infortunios[2].

De esta manera Dios muestra su amor maternal por medio de María de Guadalupe y nosotros que como Job cargados de trabajos, problemas y penas venimos a ti, Madre nuestra, para que nos ayudes, queremos sentirnos reclinados en tu regazo.

Pero, también venimos para poner a tus plantas nuestros proyectos de vida cristiana en la familia, en las labores cotidianas y en nuestro trabajo pastoral en las Parroquias, en el Decanato y en la Diócesis, en una pastoral pensada, planeada, donde contribuyamos a llevar el Evangelio a todos los habitantes que conforman nuestra Diócesis y más allá de ella, a ejemplo de San Pablo, como escuchamos en la segunda lectura proclamada hoy, como la suegra de Simón Pedro que no sólo se conformó con ser curada, sino se puso a servir a los demás; como San Juan Diego que puso todo su empeño en hacer todo lo que le mandabas para que el Sr. Obispo de México edificara el templo donde manifestarías todo tu amor y tu ternura de Madre.

La vivencia de nuestra fe no sólo nos hace manifestarla en lo privado y al interior de la comunidad eclesial, sino que nos compromete a participar en toda actividad humana: Sólo por ignorancia o por prejuicio puede sostenerse que la fe en Jesucristo deba quedar excluida de una auténtica incidencia en la vida social e institucional de nuestra nación[3],

En la Oración Colecta pedimos a Dios Padre de misericordia que, por intercesión de la Virgen María de Guadalupe, profundicemos en la fe que profesamos y busquemos el progreso de nuestra patria por caminos de justicia y de paz. Esto nos ilumina a ser sujetos activos en construir una sociedad donde se tenga la oportunidad de cimentar un proyecto solidario, plural e incluyente, al servicio de las personas, de las familias, de sus valores y de su historia[4].

Este año será de elecciones, de Presidente de la República, de Senadores y Diputados Federales.

La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantizan a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien de sustituir los oportunamente de manera pacífica[5].

Es un deber de todos contribuir al bienestar de la sociedad, por tal motivo, es también un deber el votar de manera razonada la mejor opción para el bienestar de nuestra nación, abstenerse de votar es no querer contribuir con el bien de todos.

Los pastores de la Iglesia desde la misión que nos es propia aclaramos que nuestra labor es prioritariamente pastoral y nunca partidista: proponemos los principios de reflexión, de criterios de juicio y las directrices generales que deben ayudar a los fieles laicos a realizar su vocación y misi6nen el mundo[6]Los fieles laicos a través de su acción han de buscar implementar con una perspectiva de fe, con competencia profesional las soluciones que correspondan. En la Doctrina Social de la Iglesia encontrarán luz suficiente para iluminar las complejas cuestiones políticas, económicas culturales y sociales que reclaman un manejo acorde a la dignidad de las personas y al bien común[7].

Santa María de Guadalupe Madre nuestra, hemos meditado la palabra de tu Hijo, te hemos expuesto nuestras preocupaciones personales, famí1íares, de nuestras Parroquias, Decanatos, Diócesis y, de nuestra Patria, ven con nosotros a caminar ayúdanos a tener familias como tu familia en Nazaret ayúdanos a que nuestra Diócesis sea cada día más signo (sacramento) de salvación en el mundo, te encomendamos al Sr. Obispo Rodrigo Aguilar Martínez para que a ejemplo de tu Hijo el Buen Pastor, nos conduzca con amor, comprensión y seguridad en esta etapa de nuestra historia diocesana ayúdanos a construir una nación donde reine el amor, la justicia y la paz.
San Felipe de Jesús y San Juan Diego intercedan por nosotros. Amén


Notas

[1] Sal 146
[2] Nican Mopohua
[3] Carta Pastoral del Episcopado Mexicano Nº 228 del año 2000
[4] Ídem Nº 269
[5] Centesimus annus 46
[6] Carta Pastoral N°s. 233 y 285
[7] ídem 23-1 y 232
 
 
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