InicioPeticionesAparicionesOracionesHomilíasEstudiosSan Juan DiegoSantuario
     
Inicio >Homilías>Peregrinaciones
   
 
Homilía
pronunciada por
Mons. Francisco Javier Chavolla Ramos, Obispo de Toluca, en ocasión de la peregrinación de la Diócesis de Toluca a la Basílica de Guadalupe.

16 de febrero de 2006


Oración Introductoria.

Gracias, Señora y Madre nuestra, por caminar con nosotros como Iglesia particular de Toluca. Gracias porque nos acoges de nuevo en esta tu “casita” donde has querido “mostrarte Madre de todos nosotros”, donde nos muestras tu amor, escuchas nuestras quejas y atiendes nuestras súplicas.

Venimos a ti con el deseo de mostrar, con este caminar de miles de peregrinos, el anhelo de nuestra comunidad diocesana, de contar siempre con tu ayuda y auxilio para nuestras necesidades y para la realización de nuestra misión como bautizada, como hijos de Dios e hijos tuyos, como misioneros de tu hijo Jesucristo.

Gracias por habernos acompañado; te rogamos, Madre, que sigas alcanzando para fieles y pastores, aquellas gracias que tú sabes que más necesitamos.

Discípulos y Misioneros.

En la celebración de hace una año, hermanas y hermanos muy amados, pedimos insistentemente a nuestra Reina y Madre de Guadalupe su intercesión ante su Hijo Jesucristo, rogando los dones de su Espíritu para nuestro peregrinar en la vida y en la acción pastoral de nuestra Iglesia Diocesana. Este último año hemos continuando la labor que nos marcaran los Pastores que han conducido la Diócesis de Toluca.

En cada comunidad parroquial, en cada Decanato o Zona, hemos podido reflexionar, intercambiar y buscar la manera de realizar nuestra misión como discípulos y evangelizadores de Cristo.
Reunidos, hoy, aquí, recordamos el amor providente de Dios quien quiso valerse de la aparición de María de Guadalupe, de su maternidad, su amor personal y su mirada compasiva, para abrir las puertas del corazón de nuestros pueblos, a su hijo Jesucristo, la Buena Noticia del amor del Padre para todos.

En ella, nuestros antepasados descubrieron el amor de Dios y su bondadosa misericordia y benevolencia. El Papa Juan Pablo II nos ha recordado que “en la figura de María —desde el principio de la cristianización del Nuevo Mundo y a la luz del Evangelio de Jesucristo— se encarnaron auténticos valores culturales indígenas” (SD. Inauguración n.24).

Ella fue la primera evangelizadora que facilitó la conversión de nuestros pueblos, los cuales se abrieron a la fe y comenzaron a comprender lo que significa la vida de gracia y justicia cristianas, al amparo de la Madre. Ella continúa llamándonos y facilitándonos el encuentro con Cristo, para ser discípulos y seguidores suyos.

Primer paso del Encuentro con Cristo: La Conversión.


La conversión es el primer paso requerido para el encuentro con Cristo; es una actitud evangélica permanente que vuelve el corazón hacia Él para buscar identificarse con Él, ser como Él.

Nosotros, de nueva cuenta, hemos experimentado de diversas maneras el llamado a esa conversión como una manera leal de buscar y encontrar al Señor Jesús y dejarnos conducir por Él, seducidos como discípulos y comprometidos como misioneros.

Cada uno desde el lugar y función que Dios nos ha confiado como ámbito de vida, nos hemos propuesto comprometernos en la misión salvadora que Él confió a su Hijo.

En el acontecimiento que acabamos de recordar en el Evangelio, se nos presenta a María portadora de Jesucristo, Evangelio del Padre.

Al oír sus palabras Isabel sintió que “la criatura saltó en su seno” y “quedó llena del Espíritu Santo”, reconoció la presencia del Señor en el vientre de María y lo proclamó gozosa: “Bendito el fruto de tu vientre”.


Así se expresa una forma de conversión evangélica, a la fe, a la acción del Espíritu, al reconocimiento de la salvación que nos trae Jesucristo desde el vientre de María.María de Guadalupe vino a nuestra patria portando a Jesucristo. En su imagen se nos presenta como una mujer embarazada. Nos trae a Jesucristo.

Ella continúa realizando ese papel materno y salvador entre nosotros, en nuestra Diócesis. Nos muestra su amor y nos asiste constantemente en nuestro peregrinar, en cada una de nuestras comunidades, mostrándonos su amor y asistiéndonos constantemente.

En las distintas experiencias parroquiales, decántales, de zona o diocesanas, nos ha ofrecido invariablemente a Jesucristo vivo para facilitarnos esa conversión evangélica necesaria para el encuentro con Él. Así nos facilita igualmente el camino como discípulos suyos, la identidad con Él, el seguimiento y el compromiso en su propia misión.

Discípulos.


“El encuentro con Jesucristo es la raíz, la fuente y la cumbre de la vida de la Iglesia. La Iglesia vive por ese encuentro y es la razón más profunda de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestra caridad.

Con razón dice San Pablo: “todo lo considero pérdida al lado de la experiencia superior de haber conocido a Cristo Jesús, mi Señor” (F.l.p 3, 8).

El encuentro en la base ineludible del discipulado. Ser discípulos nos abre el camino evangélico y eclesial del encuentro vital.
Como discípulos aprendemos a vivir como Él para dejarlo ver en la calidad de nuestra vida, de nuestras actitudes y acciones, a fin de hacerlo presente a los demás y facilitarles el encuentro con el Jesús vivo, particularmente a quienes están lejos de Él o no lo conocen.

La primera experiencia del discípulo consiste en el llamado personal que le hace Jesús y en la voluntad de seguirle que nace en él y que le mueve a dar su respuesta creyente y amorosa, que lo lleva a configurarse con el Señor.
La respuesta del discípulo “es una respuesta de amor a una llamada de amor”, y todos estamos “llamados… a la perfección de la caridad” (LG 40) A la elección amorosa de Jesús, el discípulo responde, por gracia de Dios, con su fidelidad hasta la cruz; es testigo de la Resurrección, y se compromete al grado de estar dispuesto a dar la vida por los demás.

El discípulo encuentra en el amor de Cristo toda la fortaleza necesaria para seguirlo, conformar su vida con Él y ponerse a su servicio para la Misión.María, la primera y más perfecta discípula de Cristo, vivió el encuentro con Él de una manera particularísima.

El anuncio del Ángel le manifestó la elección amorosa y el “sí” que ella dio, permitió que el Espíritu Santo la cubriera con su sombra, y se realizó el encuentro con el Dios vivo, con el Verbo eterno que se encarnó en su entrañas. Desde la encarnación grabó en su corazón el Evangelio (cf Lc 2,19).
Como Madre nuestra nos enseña a encontrar a Jesucristo, a convertirnos a Él y a ser sus discípulos, de tal manera asimilados a Jesucristo, que también nosotros lleguemos a ser en Él, Evangelio vivo del Padre.

Desde el momento de la encarnación, toda la vida de María queda centrada en Él, vive una relación íntima con Él, la más estrecha que criatura alguna pueda vivir con su Creador, con su Salvador.
“En María encontramos todas las características del discipulado según el corazón de Dios: La escucha amorosa y atenta (cf. Lc 1,26-38; 8, 19-21; 11,27-28).

Por eso su presencia en las montañas de Judá, en casa de Isabel y Zacarías, es una presencia evangelizadora, cuando lleva a su Hijo Jesucristo a santificar a aquella familia. De ahí en adelante María se mantendrá fiel, en unión plena con Jesús, lo mismo en el pesebre de Belén, que en destierro de Egipto, en la vida de Nazaret, en el peregrinar evangelizador, hasta el sacrificio de la cruz.


Misioneros.


La identificación del discípulo con Cristo le ha de llevar a tener “los mismos sentimientos que corresponden a quienes están unidos a Cristo Jesús” (Flp 2,5). Esta experiencia interior le va llevando a profundizar en el conocimiento de su Señor, y a fortalecer la relación de amor, de tal manera que se enamora también de la misión de Jesús.

Experimentando la estrecha amistad de Cristo y con la ayuda de su gracia, el discípulo va madurando su identidad y su misión, viviendo “la plenitud de la vida cristiana y la perfección del amor” (DCE).

Esta perfección se muestra en el amor a Dios y el amor al prójimo, condición indispensable del discípulo y misionero de Cristo.

“El amor al prójimo enraizado en el amor de Dios —ha dicho el Papa Benedicto XVI— es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la comunidad eclesial y esto en todas sus dimensiones: desde la comunidad local (la parroquia) a la Iglesia particular, hasta abarcar a la Iglesia universal en su totalidad” (DCE 20).


Al crecer como discípulos y misioneros siempre hay oportunidad y necesidad de vivir la fraternidad que viene de la fe en nuestra identidad como hijos de Dios, que brota de nuestro bautismo.

Una comunidad unida, sacramento de comunión con Dios y entre los hermanos, es normalmente la condición necesaria para la formación del discípulo.

La maduración en el seguimiento de Jesús requiere de comunidades eclesiales que se esfuerzan cotidianamente, a partir de la renovación de la Nueva y Eterna Alianza en cada Eucaristía, por ser casa y escuela de comunión y solidaridad (NMI).

En este ambiente el discípulo madura su vocación cristiana y descubre la riqueza y la gracia que encierra ser miembro de Iglesia, que “no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la Palabra”. (DCE 22).


En razón de ser discípulo, el seguidor de Cristo es misionero. Así fue la determinación de Cristo respecto a sus discípulos:

“Como el Padre me ha enviado yo también los envío a ustedes” (Jn 20, 21) “El que a ustedes recibe, a mí me recibe y, al recibirme a mí, recibe al que me envió” (Jn 13,20).
La conversión y cercanía que vive el discípulo de Jesucristo al encontrarse con Él en la comunión de la Iglesia, lo dispone para ser testigo e ir al encuentro de quienes tienen sed de Dios o no conoce su rostro.

Nosotros, como los primeros discípulos estamos llamados a vivir el amor de Cristo, amor misericordioso, entregado y fiel, amor preferencial por los más pobres y necesitados (cf. DP 1141-1144).

Misioneros, enviados, apóstoles de Cristo, mostraremos el camino de la conversión con el testimonio de nuestra propia vida y anunciaremos a todos, como Cristo, los valores del Reino. El amor será el signo de nuestra identidad y la garantía de credibilidad de nuestra misión.

Renovarnos como Iglesia,
Como Familia, Como Nación.

Renovar nuestras comunidades eclesiales y familias es nuestra tarea de discípulos y misioneros, seguidores de Cristo. Renovar la familia, es renovar a la Patria y al mundo. Un aspecto de renovación que no podemos olvidar es la de nuestro México.

Al pie de este altar de la Virgen Morena, nuestra Madre, imploramos su auxilio y protección en estos momentos tan importantes para la vida nacional. Nuestra amor a México ha de tener en primer lugar como compromiso una oración constante a Dios y luego un interés responsable por el bienestar de nuestras instituciones y de todo el pueblo.


Por eso, también pidamos ese amor comprometido que nos lleve a tomar las decisiones que cada uno debe tomar como ciudadano y como discípulo, para emitir su voto, que expresará su voluntad sobre la orientación que ha de seguir México en su camino.

Oremos porque el Señor nos dé la responsabilidad para emitir nuestro voto, y por que nos conceda como gobernantes a quienes mejor puedan construir entre nosotros la unidad, a quienes mejor puedan ofrecer con honestidad su servicio a la patria y nos lleven por caminos de justicia y de paz; a quien ayude a que nuestro pueblo siga siendo el “México siempre fiel”, a quien con su testimonio de vida garantice la vivencia de los valores que nos lleven a la auténtica solidaridad, al compromiso de fraternidad.


Asumamos todos y cada uno, en el lugar que la Providencia nos tiene en nuestra Iglesia particular de Toluca, la misión que se nos ha confiado como creyentes. Sigamos al modelo, Cristo, formándonos en su escuela de comunión, como discípulos y misioneros de nuestras familias, de nuestras comunidades, de nuestra Diócesis y nuestra Patria.


Conclusión.


Madre y Señora nuestra, María de Guadalupe, Madre del verdadero Dios por quien se vive. Enséñanos a aceptar a Cristo en nuestro ser y en nuestra vida, como lo aceptaste Tú.


Ayúdanos a llevarlo como discípulos y misioneros a nuestras distintas comunidades, para volver a tus plantas, otra vez y decirte que te ofrecemos una Iglesia diocesana más identificada con Cristo, una Iglesia que cumple su misión de ser Madre, y que nosotros somos mejores familias y mejores discípulos de tu Hijo.

Tú que eres y serás la imagen y expresión de la misma ternura con que el Padre envió a su Hijo, a tu Hijo, para nuestra salvación; Tú que nos acoges como discípulos de Jesús, ora con nosotros al Padre para que no decaiga nuestra fe y nuestra esperanza.

Ora por nosotros para que consigamos ser un Iglesia mejor, un México mejor. Amén.

 

 
 
Agregar a FavoritosMapa del SitioContáctenosImprimir PaginaPágina anterior