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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Felipe Aguirre Franco,
en la peregrinación de la Arquidiócesis de Acapulco, en la Basílica de Guadalupe.

25 de abril de 2007

Por todo el mundo, a toda la creación

Excelentísimo Señor Arzobispo Don Rafael, señor obispo auxiliar Don Juan, amados hermanos sacerdotes de la Arquidiócesis de Acapulco, Costa Chica y Costa Grande, hermanos diáconos, religiosas, seminaristas, fieles laicos muy queridos en Jesucristo Nuestro Señor.

Cuando llegamos aquí a las plantas de Santa María de Guadalupe, experimentamos el complejo de la timidez de aquellos que se aman y no saben como decírselo. Pero cuando contemplamos a la Santísima Virgen María allí, en la imagen de su amor testimoniado ya durante 475 años de estar en el ayate de Juan Diego, y vemos que nos mira a todos, escuchemos sus palabras que nos reúnen en su regazo y nos sentimos hermanados, echamos fuera complejos, echamos fuera timideces y experimentamos el calor de ese nido materno que es el que nos une a todos y nos hermana para sentirnos así como cobijados, como el niño pequeño en sus entrañas, cuando oímos sus palabras amorosas que son como las palabras de una madre cuando está arrullando al hijo pequeñito entre sus brazos. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?  ¿No soy yo vida y salud? ¿No estás en mi regazo y corres por mi cuenta? ¿Qué otra cosa necesitas?

Hermanas y hermanos, hemos llegado peregrinos no solamente a contemplar a la Virgen Santísima y que Ella nos contemple, que en sus pupilas maternales nos sintamos retratados. Sino que sabemos que nosotros, los que venimos ahora peregrinos guerrerenses tenemos un lugarcito especial en su corazón. Que la Virgen Santísima como Madre de Dios y Madre nuestra, Madre espiritual de todos los hombres de la tierra, entregada por Cristo en el Calvario ahora en este monte del Tepeyac. Ella nos asegura que con ese mismo amor ama a todos los hombres, pero que a nosotros por ser más pequeños, por ser más delicados, por ser más necesitados, por venir también nosotros trayéndole nuestro ayate revuelto con las rosas, con el aroma de las rosas, las espinas de nuestras penas, de nuestros sinsabores, de nuestras preocupaciones. Y allí sentimos y estamos convencidos que como la gallina cobija a sus poyuelos así también ella nos reúne a todos nosotros, y nos quiere juntos a los que somos discípulos de Jesús nos quiere reunidos en comunidad. Y así como Ella reunió a los discípulos de Jesús después de la resurrección y fortaleció la comunidad de los que estaban reunidos esperando la venida prometida por Jesucristo, con los dones del Espíritu Santo en Pentecostés. Así también ahora nosotros en esta Pascua de Resurrección nos sentimos gozosos con María de Guadalupe, reunidos en este año de la comunidad de nuestra arquidiócesis, porque sabemos que estamos hermanados, no solamente por el amor de un mismo Padre Dios que nos ama y nos quiere, sino también experimentamos el abrazo tierno y amoroso de la Virgen María de Guadalupe que quiere a todos nosotros, a los que somos discípulos de Jesús que seamos una comunidad; más aún la horma el molde, la inspiración, el toquel, el modelo y el ejemplo donde se forja la comunidad tiene que ser así como estaba María juntamente con los discípulos, allí en Pentecostés, dice; “Estaban reunidos”, es decir en unidad de comunidad, reunidos los discípulos con María, la Madre de Jesús, esperando que se cumpliera la promesa de Jesús, la avenida de los dones de lo alto, al descender el Espíritu Santo sobre todos los apóstoles. Pues, así nos ha reunido, hermanos y hermanas.

El Tepeyac es un lugar de consuelo, si como la Gruta en Lourdes, Francia, es un lugar de salud. Fátima, allá en Cova de Iría, es un lugar de conversión. El Tepeyac reúne todo esto la salud, un llamado a la conversión. Pero es también un lugar de consuelo donde Ella quiere enjugar una a una, todas las lágrimas que gotean de nuestros ojos, todas las penas que están sangrando nuestro corazón y quiere suavizar con la fragancia de su aroma de Madre, las heridas que nos ha causado las espinas, de todas las preocupaciones y sinsabores que traemos hoy en este día a su presencia. Juntamente con las alegrías gozosas de la Pascua, traemos también las preocupaciones de nuestros compromisos allá en nuestros pueblos, de nuestra querida arquidiócesis, tanto en Costa Chica, como en Costa Grande, y en la ciudad y municipio de Acapulco.

El apóstol san Pedro nos ha advertido muy bien a todos los que nos hemos reunidos en comunidad en torno a Santa María de Guadalupe; retratándonos con pinceladas muy fuertes tal como el mismo lo había experimentado, él sabia lo que eran las tentaciones del demonio que lo habían hecho caer a él tres veces estrepitosamente, y solamente porque fue muy grande la misericordia del Señor volvió otra vez al buen camino y fue constituido y restituido y constituido como jefe de los apóstoles, el primer papa de la Iglesia. Él supo bien de lo que eran las tentaciones, y las  acechanzas del demonio las tenia que superar, las tenía que afrontar, por eso nos dice en su carta que acabamos de escuchar, dice: “Hermanos, el enemigo, el diablo anda en torno a ustedes como león rugiente babeando rabia, hambriento, buscando a quién devorar, buscando a ver a que hora se abre aunque sea una rendija para darnos el zarpazo y descuartizar nuestra vida, descuartizar y destruir nuestra comunidad, nuestra vida de comunidad, nuestras comunidades”.

Nosotros hoy venimos también muy preocupados sentimos que nuestro enemigo el diablo como león rugiente anda buscando como destruir nuestra sociedad, y hoy venimos a confiarle a la Santísima Virgen María que allá en nuestro Estado de Guerrero y en nuestra Arquidiócesis de Acapulco queremos pronunciarnos vigorosamente resistiéndole a ese demonio en la fe. Resístanle fuertes en la fe. Queremos pedir que Ella nos alcance la fortaleza, Ella que es la mujer del Magnificat que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, que sea nuestra torre de marfil, que sea nuestra escudo y fortaleza para poder ir también a resistir estos embates del enemigo firmemente con nuestra fe.

Sabemos que está amenazada la familia en sus bases más sólidas. La familia constituida según la voluntad del Creador por el hombre y la mujer, pero ahora sabemos que está amenazada por las Sociedades de Convivencia, aquí en la República Mexi cana. Cuando ya en algunos estados comienzan a aprobarse algunas leyes que van en contra del país y que nos parece que no solamente son persecutorias, sino que son desintegradoras de una sociedad que en su base tiene necesariamente a la familia. El papá y la mamá, el hombre y la mujer bendecidos por Dios con Sacramento del Matrimonio de tal manera que lo que Dios une jamás lo separe el hombre. Y sean ellos también en donde puedan generarse los hijos, la educación de los hijos y sea allí el taller de grandes apóstoles y de aquellos grandes líderes que transformen nuestra sociedad acapulqueña, costa chóquense y costa granéense. Por eso hoy venimos a pedir que proteja nuestras familias. Que no se destruyan ni se desintegren, que iluminen también a nuestros legisladores para que sepan defender sus propios principios, sus convicciones, que son las convicciones del pueblo de México que representan para que sepan defender también de estas leyes, de estas dispocisiones en las cámaras de decisiones de los legisladores, tanto cámara alta, como cámara baja de nuestros legisladores en todas partes y en nuestros estados.

Pero también estamos nosotros sintiendo otra vez nuevamente el látigo de la amenaza de aquellos que quieren profanar el santuario de la vida que es la familia. Pero ese sagrario de la familia que es el vientre materno en donde se forja el hombre, en donde se forja también el Hijo de Dios, en donde se forja aquel que está llamado a ser cristiano, a ser el apóstol aquel que pueda transformar nuestra sociedad y queremos declararnos vigorosamente en favor de la dignidad de la mujer, a favor de la dignidad de aquella que está llamada a ser madre para que sea la primera que siendo molde y ejemplo para sus hijos, defienda la vida de sus hijos, sobre todo aquellos más indefensos pero que tienen el derecho de nacer.

Que la Santísima Virgen de Guadalupe nos ayude también para que sea respetada la vida desde ese primer instante de la concepción cuando se anida el ser viviente, el ser humano que ya es un ser humano desde la concepción, la anidación, la gestación durante una semana, durante cinco semanas, durante doce semanas, durante los nueve meses de gestación. Ahí hay un ser humano, ahí hay una imagen de Dios, ahí hay alguien que tiene derechos y debe ser respetado.

Por eso queremos pedir a la Santísima Virgen María de Guadalupe que nos hagamos eco de aquella palabra que nos arengó aquí mismo en México el Papa Juan Pablo II, cuando nos advirtió: “Que ningún mexicano se atreva profanar la vida de un ser humano en el vientre materno” que nosotros seamos consientes de la realidad de peligro que estamos viviendo en nuestra patria y que no vayamos a ser cómplices de disposiciones que van directamente contra el Creador, contra la vida que Dios ha creado, contra la dignidad de la familia y también contra la dignidad de la mujer, contra la dignidad de la persona humana, ya que solamente Dios es el dueño de la vida. Que todos sepamos respetar estos planes de Dios que la Virgen Santísima nos de fortaleza para llevar acabo esta lucha que san Pedro nos dice: “Hermanos estén alerta, no se duerman” no crean que todo está hecho y al cabo si Dios quiere no se hará y si el quiere lo hará, ese provincianismo, no lo quiere Santa María de Guadalupe. Anda como león rugiente buscando a ver a que hora nos da el zarpazo y desintegra y destruye la obra de Dios en la sociedad de nuestro México y en nuestro estado de Guerrero en nuestra Arquidiócesis de Acapulco Costa Chica y Costa Grande.

Hoy en este día, hermanas y hermanos, yo traigo la inquietud que estoy concelebrando con mis hermanos obispos y sacerdotes y con todos mis hermanos fieles de mi arquidiócesis hace unos días estuvieron aquí mis compañeros del mismo grupo que fueron ordenados sacerdotes hace ya casi cinco décadas.

Hace más de 49 años y estamos celebrando un año jubilar sacerdotal no pude yo estar con ellos hace apenas ocho días, pero ahora estoy también aquí concelebrando con mis hermanos sacerdotes y celebrando con  mis fieles de mi arquidiócesis, estoy concelebrando esta misa por el Año Jubilar de los 50 años sacerdotales y quiero recordar ante la presencia de la Santísima Virgen María; para que ustedes me ayuden a que sea sacerdote y te prometí que lo siga haciendo como hasta ahora que en la Antigua Basílica dejé; un pequeño papelito doblado y enrollado, para poderlo colocar en una de las rendijas de las bases de las columnas de la Antigua Basílica que en el fondo ya han sido demolidas.

Y recuerdo que le dije a la Santísima Virgen María de Guadalupe: estas tres peticiones que quiero reafirmar ante Ella, porque fue al día siguiente que celebré mi primera misa. Cuando fui a concelebrar allí, esta misma imagen del ayate de Juan Diego de Santa María de Guadalupe y le pedí diciendo en el primero que nunca me imponga ser sacerdote que jamás haga rutina de mi sacerdocio que conserve el entusiasmo y la frescura del primer día, lo segundo que le pedí fue vivir de la misa y vivir mi misa es decir una misa que tenga una ofrentorio, ser una ofrenda permanente con Cristo, una misa que tenga consagración de tal manera que ya no me pertenezca a mi, sino que me pertenezca total y completamente como un sacrificio que se ofrece con Cristo en el altar a la gloria de Dios y a bien de mis hermanos.

Lo tercero que le pedí, desde entonces estaba yo cristianamente obsesionando por la imagen del Buen Pastor, enamorado de la imagen del Buen Pastor y me llamaba la atención un Jesucristo crucificado de mi tierra el Señor de la Misericordia de los brazos sumamente horizontales de tal manera que cuando yo era pequeño decía; como puede sostenerse así con los brazos horizontales si el peso del cuerpo lo atrae; sin embrago, esto me inspiró a pedirle esta tercera cosa a la Virgen de Guadalupe, quiero ser un sacerdote de brazos abiertos, perpendiculares y con una apertura de 180º para estar dispuesto a tener el abrazo y la grandeza de miras, la apertura del Buen Pastor estas son tres cosas que le he pedido para experimentar la frescura, la alegría, el gozo, el entusiasmo, de seguir siendo sacerdote al estar ya por cumplir este año jubilar.

Y quiero pedir las gracias también a la Santísima Virgen María para toda la Arquidiócesis al estar llevando acabo con este mismo motivo unas jornadas vocaciones porque también me pregunté personalmente que puedo dar yo al Señor por todos los bienes que me ha hecho y por todos lo bienes que a través de mi sacerdocio Él ha hecho, porque es el Señor el que lo ha hecho esto ha sido un milagro patente, que puedo dar entonces al Señor y pensé entonces en las jornadas vocaciones visitando todas y cada una de las parroquias siguiendo el orden de los decanatos por decanatos allá en nuestras regiones pastorales de la Arquidiócesis de Acapulco y lo estamos llevando acabo, para pedirle a la Santísima Virgen María que se acrecienten las vocaciones sacerdotales y religiosas, todas las vocaciones, pero específicamente éstas de la vida consagrada porque de lo contrario se quedan vacíos nuestros conventos, se quedan solitarios como verdaderos elefantes blancos nuestros seminarios y que vamos hacer si no tenemos sacerdotes, si la voluntad de Cristo es que tengamos sacerdotes, pues queremos promover la pastoral vocacional de tal manera de que haya una constante e intensa oración por las vocaciones, por la santidad de los sacerdotes, por los que van a entrar a los seminarios, por la perseverancia de nuestros seminaristas, pero además que podamos promover y tener la valentía de hacer presente el llamado de Cristo así dijo Juan Pablo que tengan la valentía de hacer presente el llamado de Cristo a sus hermanos que todos podamos promover esta vocación en familia, en parroquia y sea la misma comunidad la que se preocupe por tener sus seminaristas y prepararlos, no solamente para cada año la matrícula, sino constante y permanente para sea tiempo de su ingreso al seminario y luego después comprometerse con la vida del seminario, el bello seminario que don Rafael Bello Ruiz dejó construido y bien forjado en todas sus dimensiones humana, espiritual, pastoral y académica, pues queremos seguir llevando esta obra del Señor de esa manera hermanos y hermanas el Tepeyac no solamente es un lugar de consuelo, donde se reúne la comunidad, sino también donde se envía a los miembros de una comunidad para que vayan anunciar el Evangelio para que vayan a hacer más discípulos para que desde esta vida de comunidad vayamos también a salvar esta lucha:

Valor, confianza, con María vamos a la victoria,
tú serás Madre en nuestro valuarte,
bajo la sombra de tu estandarte.
Amén  

 
 
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