Muy estimados hermanos Sacerdotes, queridos hermanos y hermanas:
«Bendita tu entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre»
Una mujer es capaz de exclamar y reconocer que no es posible
separar al Hijo de la madre ni a la Madre del Hijo. También
en las nuevas generaciones de discípulos seguidores de Cristo,
van juntos el amor a Él y la veneración a su Santísima Madre.
Lo estamos viviendo y comprobando en el amor manifestado en
esta magna peregrinación de nuestra amada diócesis de Nezahualcóyotl
a Santa María de Guadalupe, donde muchos bautizados de nuestra
Iglesia Particular expresan con su presencia que se saben y
se sienten miembros de la gran familia de Dios.
Esta misma Madre, María, es la que ha traído al mundo a Cristo,
el cual se hizo hombre para que nosotros -Hijos e Hijas del
género humano recibiésemos la adopción de, hijos de Dios. Por
eso, «Al llegar la plenitud de los tiempos, envío
Dios a su Hijo, nacido de una mujer... para que recibiéramos
la adopción filial» (Ga 4,4.5). Ante este admirable e irrepetible
acontecimiento, en verdad podemos hacer nuestras la palabras
de María «Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena
de jubilo en Dios, mi salvador» (Lc 1,48)
«Entrando en la casa de Zacarías saludo a Isabel...»
Quiero saludar y agradecer la amable presencia de mis hermanos
sacerdotes, de los religiosos y religiosas, y los animo desde
aquí, desde la casa de nuestra Madre Santísima de Guadalupe,
a santificarse con su incondicional entrega a Dios mediante
su servicio a las familias que nos han sido confiadas para guiadas
a Dios en el amor, esencia del Proyecto de Renovación Pastoral
que hemos emprendido y decidido juntos, y que sin lugar a dudas,
nos llevará a crear en la vivencia de cada día, la Comunión
en el amor.
Saludo igualmente de manera muy afectuosa a todos ustedes,
Padres y Madres de Familia, animándolos con esperanza en las
difíciles situaciones que atraviesa hoy la familia mexicana.
Saludo a mis queridos jóvenes y adolescentes esperanza de nuestra
Iglesia y de la Sociedad mexicana, y los animo a que se construyan
en el amor, no obstante las dificultades que se tienen hoy para
experimentarlo según el evangelio de Cristo.
Mando un abrazo paternal de Cristo a todos los niños, y pido
a Dios los proteja en su inocencia. A los abuelos y abuelas
les digo: “sigan animándonos con su sabiduría de vida”.
Dichosa tú, que has creído...
Al nacer de una mujer y en una familia, el Hijo de Dios ha
santificado la familia humana. Por eso nosotros veneramos como
santa a la Familia de Nazaret, en cuyo seno «Jesús crecía
en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres»
(Lc 2, 52). Nosotros creemos que la Sagrada Familia es el
modelo a seguir para las familias cristianas, pues profesamos
que el núcleo familiar es aquel espacio en el que se despliega
la abundante gracia de Dios, que nos hace renacer en el Bautismo.
De aquí, que nosotros hayamos proclamado como Diócesis de Nezahualcóyotl,
el año 2007 con el lema: Familia, Iglesia Doméstica: Discípula
y Misionera de Jesucristo. Que profundo es el significado que
asume la familia cristiana en los planes de Dios.
Me siento sumamente preocupado por la realidad del mundo de
hoy en el que, la familia está siendo atacada de mil formas
y borrada de su interior su verdadera identidad. Las reformas
al código penal en su artículo 144 que despenaliza la interrupción
del embarazo durante las 12 primeras semanas de gestación, ha
sido interpretada por muchos como una derrota a la Iglesia católica,
en los que los dimes y diretes han estado a la orden del día,
y no se han dado cuenta que la cuestión primordial no es quien
gana y quien pierde, sino lo que verdaderamente está en juego
que es la vida. Por ello, el tema debe ser estudiado en la profundidad
y desde los diversos campos del quehacer reflexivo y científico
del hombre, sin prescindir jamás del valor más preciado que
poseemos los seres humanos, que es el amor por la vida. Pues
sabemos de sobra, que a medida que se va debilitando el verdadero
amor, se oscurece la misma identidad del ser humano. De ahí
que el hombre no pueda vivir sin amor. «El permanece para
sí mismo un ser incomprensible, su vida- está privada de sentido
si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor,
si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él
vivamente» (Redemptor Hominis 10).
La grandeza y la responsabilidad de la familia está en ser
la primera comunidad de vida y amor (GS 48); pues es,
el primer ambiente donde el hombre aprende a amar y a sentirse
amado, no sólo por las otras personas, sino también y ante todo
por Dios. Por ello, los padres cristianos poseen la Misión
de formar y mantener: una Iglesia Doméstica, es decir: un hogar
en el que germine y madure la profunda identidad cristina de
sus hijos: el Ser Hijos de Dios. Pero sólo su amor de
padres podrá hablar de Dios a sus hijos y será mucho más creíble,
si antes es vivido como amor de esposos, en el crecimiento y
desarrollo como pareja, en la comunión y en la apertura a la
fecundidad de la comunicación y entrega matrimonial.
Aunque rico en bienes y promesas, el matrimonio cristiano es
una realidad exigente. Requiere, sobre todo, fidelidad en el
amor, generosidad y abnegación. Al mismo tiempo, debe haber
siempre una apertura al don de la vida. En este sentido,
queridos esposos y esposas, tienen que reflexionar profundamente
que si en la unión conyugal se elimina la posibilidad de concebir
el hijo, los esposos se cierran a Díos y se oponen a su voluntad.
Además, el esposo y la esposa se cierran el uno al otro, ya
que rechazan la mutua entrega en la paternidad y la maternidad
reduciendo la unión conyugal en ocasión de satisfacer el egoísmo
de cada uno.
Los hijos, en efecto, mantienen vivo el sentido de su unión
matrimonial; rejuvenecen a la vez el matrimonio y el amor mutuo
de los padres. El hijo, en la familia, es una bendición de Dios.
Así lo ha entendido la sana tradición milenaria de nuestro pueblo
cristiano, que se ha abierto generosamente al don de la vida.
A este respecto, deseo recordar también a los padres, el deber
moral que tienen de cuidar y velar por sus hijos, sobre todo
cuando son pequeños y débiles.
La sociedad es cada vez más sensible sobre los derechos de
los niños. Incluso paradójicamente se ha elaborado desde hace
unos años la Carta de los derechos del niño. Sin
embargo, el niño está expuesto a múltiples males: el egoísmo
de una parte de la sociedad que atenta contra su vida antes
de nacer, con la práctica del aborto; la insuficiente alimentación,
que afecta su futuro desarrollo; la falta de afecto, los malos
tratos con diversas formas de violencia, el abuso de menores
y el crimen de introducidos al mundo de la droga. A quienes
se comportan así va dirigida la sentencia de Cristo: «El
que recibe a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe.
Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que cree en
mí, más le vale que le cuelguen al cuello una piedra de molino,
y lo hundan en lo profundo del mar» (Mt 18,5-6).
Alzar la voz para recordar a los padres y madres de familia,
así como a los responsables de la sociedad, a nosotros eclesiásticos
y a todo aquel que colabore en la formación y cuidado de los
niños, que el deber moral es la aplicación del criterio de Cristo,
el Maestro: «Dejad que los niños vengan a mí, y no se los
impidan porque de los que son como éstos es el Reino de los
cielos» (Mt 16,14-15).
Padres de Familia no olviden nunca que sus hijos dependen primordialmente
de ustedes. El ver la luz y el descubrimiento de la riqueza
de la vida y la felicidad que se construye depende de su ejemplo
y enseñanza.
Dios ha querido que el don de la vida surja en esa comunidad
de amor que es el matrimonio, y quiere que los hijos conozcan
la naturaleza de ese don en el clima del amor familiar. Por
ello, los padres cristianos tienen el derecho y el deber de
formar a sus hijos en una educación sexual integral, que respete
y promueva el significado "esponsal del cuerpo, y en una
educación para el amor" (Familiaris Consortio, 37),
como don de sí mismo, como premisa indispensable para una educación
sexual clara y delicada que los padres están llamados a realizar.
La familia ha recibido de Dios la misión de ser "la célula
primaria y vital de la sociedad" (Apostolicam actuositatem
11).