Queridos hermanos sacerdotes, diáconos,
hermanas religiosas, hermanos todos. Una vez más como cada año
venimos a postrarnos a los pies de Nuestra Madre, la Morenita
del Tepeyac. Y con toda seguridad, también como cada año, venimos
cargando en nuestras espaldas, en nuestros corazones alegrías,
tristezas, dolores, sufrimientos personales y de nuestros familiares.
Una vez más también venimos cargados de peticiones para Nuestra
Madre y hacemos bien, con quien más que con Ella podemos acudir
a vaciar nuestro corazón para que Ella lo llene con su amor maternal.
Pero en este año hermanos hay algo más, como les decía en la pequeña
reflexión con la que los acompañé en el camino.
Hoy venimos aquí ante Nuestra Madre
trayendo los frutos de 15 años de vida diocesana, los frutos para
agradecerle a Ella que desde el primer momento estuvo a nuestro
lado, a Ella a quien desde el primer momento de vida diocesana
consagramos todo lo que somos, todo lo que tenemos, siendo también
la titular de nuestra Catedral.
15 años hermanos en los que sin duda
ninguna el Señor nos ha regalado tantas cosas buenas y en los
que María Nuestra Madre, la Morenita del Tepeyac, contempla complacida
con amor los esfuerzos de todos y cada uno de nuestros sacerdotes,
diáconos, ministros, celebradores de la Palabra, ministros de
la Eucaristía, padres de familia, maestros, religiosos, religiosas,
niños, jóvenes, adultos, ancianos, indígenas, presos.
Por eso venimos a decirle: ¡Gracias
Madre Mía! Gracias por caminar con nosotros, gracias por irnos
ayudando paso a paso a pesar de nuestras miserias a construir
esta iglesia diocesana, Iglesia de Cristo tu Hijo.
Pero Ella también, hermanos, ha estado presente en nuestros momentos
difíciles, ha estado también presente en nuestras debilidades,
ha estado también presente en nuestras miserias. Cuántas veces como Madre amorosa nos
habrá tendido la manos para levantarnos, para animarnos, para
decirnos ánimo deja tus egoísmos, deja tus soberbias, deja tus
miserias, conviértete, cambia, crece, camina.
Hoy, hermanos, venimos a que nos tome
de las manos, a que nos estreche en su regazo para que junto con
nosotros le digamos a su Hijo, le digamos al Padre: Derrama
tu misericordia infinita sobre cada uno de nosotros, perdona nuestras
fallas, perdona nuestros egoísmos, perdona todas nuestras miserias.
Hoy, hermanos, aquí en la Casa de Nuestra
Madre, en nuestra casa, ponemos también junto a su corazón de
Madre el futuro de nuestra iglesia diocesana. Queremos que alentados,
animados por Ella, nuestra iglesia sea más iglesia misionera,
más iglesia evangelizadora, una iglesia capaz por todos y cada
uno de sus miembros en llevar hasta el último rincón con la palabra
y con la vida el mensaje de amor, el mensaje de salvación, el
mensaje liberador de Cristo Jesús nuestro hermano.
Hoy queremos decirle a la Morenita
del Tepeyac que queremos que bajo su protección, queremos que
nuestra iglesia sea una iglesia orante, más orante, que celebre
con fe, con alegría, con entusiasmo el gran misterio de amor del
Padre manifestado en el tiempo, en la entrega total de Cristo
por nosotros.
Hoy venimos a decirle a Nuestra Madre
que queremos que nuestra iglesia diocesana crezca en amor, que
sea una iglesia comprometida con los que más sufren, con quienes
más lloran, con quienes más en nuestra diócesis son humillados,
pisoteados, oprimidos, queremos una iglesia diocesana más al servicio
de los pobres y de los más pobres entre los pobres. María la gran discípula es, hermanos,
y tiene que ser siempre nuestra maestra, nuestra catequista.
A sus pies ponemos de nuevo nuestra joven iglesia diocesana, a
sus pies ponemos nuestro seminario donde poco a poco van formándose
los ministros de su Hijo, a su pies ponemos todas nuestras familias,
tan bombardeadas hoy, a quienes tratan de tambalear en sus principios
básicos fundamentales.
Nuestras familias tampoco iglesias
domesticas, queremos familias nuevas, renovadas, convertidas,
que sean verdaderas escuelas de fe, de amor, que sean verdaderos
santuarios donde se aprenda día con día a amar a Dios con todo
el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Por eso las
ponemos a los pies de la Madre.
Por último hermanos los invito a que
contemplemos la ternura de los ojos, de la mirada, de esta preciosa
mujer. Esa mirada que contempla con amor al indio san Juan Diego
y en Él a todos y cada uno de nosotros. Esa mirada tierna de Santa
María de Guadalupe es reflejo de la mirada tierna de su Hijo que
abraza con amor a la pecadora y le dice: se te perdona mucho porque
has amado mucho.
Esta mirada de Santa María de Guadalupe
se refleja en aquel que contempla con amor a la adultera y le
dice: nadie te ha condenado, tampoco yo, levántate y no peques
más. Es reflejo de la mirada de aquel que contempla con dolor
a la madre que llora la muerte de su hijo y le dice: mujer no
llores. Es la mirada, la misma mirada con la
que Jesús contempla aquel centurión y le dice: no llores, tu hija
ha muerto, duerme, ten fe. Es la mirada, hermanos, de aquel que
penetra el corazón del traidor y le dice con amor: ¿amigo con
un beso entregar al Hijo del Hombre?
Es la mirada que pone a temblar a Pedro
cuando cobardemente niega a su Maestro, pero es la mirada también
que quema el corazón de Pedro, cuando le dice:¿Pedro me amas?
si Señor tu lo sabes todo, tu sabes que te amo. Y por último, es la mirada del Hijo
moribundo en la Cruz que contempla al discípulo amado y en él
a cada uno de nosotros y contempla a su Madre: Hijo ahí tienes
a tu Madre, Madre ahí tienes a tu Hijo.
No nos vayamos hermanos sin el resplandor de la mirada de esta
nuestra madre, la gran misionera, la gran evangelizadora, la que
en cada pedazo de su imagen nos entrega también un pedazo de su
Hijo.
Santa María de Guadalupe, Reina de
México, salva nuestra patria, conserva nuestra fe, bendice y protege
cada uno de nuestros hogares.
Que así sea. |
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