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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por el Pbro. Lic. Rubén Ponce de León Murillo, Secretario Ejecutivo de la Comisión Episcopal para la Pastoral Profética en México, en la Concelebración Eucarística, presidida por Mons. Benjamín Castillo Plascencia, en la Peregrinación de la Diócesis de Tabasco, a la Basílica de Guadalupe.

24 de julio de 2007

¿Quién es mi Madre y quiénes son mis hermanos? Mt 12,48.

Con 127 años de vida en Cristo, la Diócesis de Tabasco viene hoy en peregrinación a ésta Insigne y Nacional Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe: VIDA, DULZURA Y ESPERANZA NUESTRA. Don Benjamín Castillo Plascencia, Obispo y Pastor de nuestras almas, preside y anima en la fe la Comunidad Eclesial de Tabasco, así como ésta solemne concelebración. Viene, desde las flacas y fecundas tierras y las gruesas y abundantes aguas de Tabasco, acompañado de los presbíteros, sus más cercanos colaboradores en la fatiga y en el empeño por construir el Reino de Dios, evangelizando aquella querida porción del rebaño de Cristo.

Vienen además, mujeres consagradas, hombres y mujeres del pueblo de Dios que peregrinan en Tabasco y desde Tabasco a éste Santuario de Vida y Amor. Con nosotros viene también Tabasco todo entero, lo traemos en el corazón y en nuestra preocupación; lo traemos a la celebración y a la oración; lo traemos con todos sus gozos y esperanzas pero también con todos sus temores y angustias.

Venimos como Juan Diego Cuauhtlatoatzin, nuestro hermano mayor en la fe, en el discipulado y en la prontitud y fidelidad del misionero. Venimos como simples macehuales, como él, a este lugar trascendente para todo mexicano y para todo creyente, pues aquí, como dijera nuestro muy querido y recordado Siervo de Dios Juan Pablo 11: Éste Tepeyac es el "Corazón mariano de América", el "lugar tangible de encuentro", el "auténtico cenáculo de comunión eclesial", la "experiencia fraterna de encuentro con el Señor Resucitado, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América", "casa maternal, paternal y fraternal de todos los Mexicanos"1.

El Evangelio de San Mateo (12, 46-50) que hemos escuchado hoy, nos recuerda cómo debemos acudir a María quien nos acerca a Jesús como Madre Nuestra, sí, pero también como Discípula Misionera de Jesús, el Maestro. Tal vez nos parezca extraña una afirmación de San Agustín sobre María en el sermón 25, hablando de la Madre del Señor, dice a su comunidad: "En María es más importante su condición de Discípula de Cristo que la de Madre de Cristo; es más dichosa por ser Discípula de Cristo que por ser Madre de Cristo".

En efecto, durante siglos con toda naturalidad, la insistencia de la teología y de la devoción popular han estado en la maternidad divina de María, con el peligro constante de elevarla cada vez más y volverla inasequible a los ojos y a la praxis del pueblo creyente. La visión del discipulado de María la acerca y la humaniza plenamente y nos ayuda a comprender mejor que, como creyente y como discípula de su propio Hijo, es para nosotros un ejemplo sencillo y cercano a seguir. El discípulo vive en una etapa importante de aprendizaje y una gran experiencia en la escuela de Jesús su Maestro. La vida del discípulo se convierte en camino y peregrinación.

1. Juan Pablo II. Homilía en la Basílica de Guadalupe el 23 de Enero de 1999 durante la Misa para la conclusión de la Asamblea especial para América del Sínodo de los obispos. En la escuela de Jesús todos somos discípulos y nadie puede graduarse como maestro de los hermanos. Por eso, toda la vida del creyente es una peregrinación de fe, una búsqueda incesante, un encuentro permanente, un gozo intenso por lo que se va viviendo y descubriendo. En María sucede lo mismo. El Concilio Vaticano II, desde hace cuarenta años, nos habló de María como peregrina de la fe. Ella siempre avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz, junto a la cual se mantuvo firmemente de pie.

Redescubrir a María como discípula misionera del Evangelio parece ser una aventura interesante y digna de ser vivida. Ojalá todo el que venga aquí, a los pie de Nuestra Señora, llegue a descubrirla discípula misionera de Jesús, y llegue a descubrirse a sí mismo como discípulo misionero de Jesús también y como tal regrese a su tierra.

El evangelista Mateo nos hace ver a María y a los parientes más cercanos de Jesús, como convocados por Éste a formar parte de su escuela, de su discipulado, como de una NUEVA FAMILIA. Según San Mateo, la familia de Jesús viene a visitarlo. El hecho de que la madre, los hermanos y hermanas permanezcan "afuera" y lo manden llamar, no se debe a la afluencia de gente, sino que es parte de un escenario ideado por Mateo para un mensaje teológico.

En efecto, la indicación escénica distingue el "afuera" (de pie esperando a Jesús) y el "adentro" (sentados alrededor del maestro escuchándolo), y expresa un significado simbólico: Jesús es el centro de una búsqueda interior, el centro de una nueva familia. El acceso a Él exige pasar del "afuera" al "adentro". La Madre y los parientes de Jesús están de pie y desde afuera lo buscan y lo mandan llamar. Los discípulos, en cambio, están sentados "adentro" a los pies de Jesús, escuchando su palabra. La pregunta de Jesús ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Es el centro de la narración.

Ante la sorpresa de sus familiares, el Maestro mismo responde a su propia pegunta, y con ella clarifica a donde debe llegar quien lo busca: No quedarse "afuera", sino elegir pasar "adentro" a la nueva y verdadera familia de Jesús. Su palabra va acompañada de una mirada indicativa y del gesto de su mano señalando a los que están sentados a su alrededor: "Éstos son mi hermano, mi hermana y mi madre". Se crea así una tensión entre los que están "afuera", y los que están "adentro". Junto a Él, sus discípulos son ahora su verdadera familia y, tanto María su Madre, como los hermanos de Jesús, están invitados a ingresar en este nuevo círculo, a sentarse a los pies del Maestro y comenzar una nueva experiencia que los haga parte de la nueva familia del Señor Jesús. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre, es decir habrá entrado "dentro" de su nueva familia.

Desde el momento, hace 475 años, en que María de Guadalupe vino a México y aquí se quiso quedar en el corazón de los mexicanos, nos está diciendo que Ella se hizo discípula misionera de Jesús para enseñarnos a nosotros a hacer lo mismo. María no es rechazada por Jesús al no salir afuera a su llamado, de ningún modo, Ella tuvo el privilegio de pertenecer a las dos familias, a la de la sangre como su Madre y a la de la fe como discípula misionera. Ella quiere enseñarnos la manera de ser discípulos misioneros de su Hijo Jesucristo.

María de Guadalupe sabe muy bien que nadie puede exigir prerrogativas, ni siquiera Ella por ser la Madre del Mesías. Todos estamos llamados, como Ella a ser verdaderos oyentes de la Palabra del Maestro y a ser obedientes y dóciles en cumplirla. Todos nosotros somos llamados a ser auténticos discípulos de Jesús y misioneros suyos para "Curar los corazones heridos, para gritar, en medio de las plazas, que el Amor esta vivo, para sacar del sueño a los que duermen y a liberar al cautivo”2. Para amar a todos como hermanos.

Precisamente para esto hemos venimos hoy desde Tabasco a este Santuario hermoso y siempre vivo. Aquí encontramos a la familia de Jesús reunida entorno a la Madre y Discípula Misionera fiel. Ésta es la razón de nuestro peregrinaje y de nuestra devoción: Estábamos afuera y Jesús nos ha invitado a entrar, como entró primero su Madre María, a sentarnos atentos y dispuestos a escuchar su Palabra, como "la mejor parte que no nos será quitada" (Cfr. Lc 10, 38). Si, Virgencita Morena, eres sin duda Nuestra Buena Madre, Madre de Jesús. Pero eres también la primera discípula, la más humilde oyente de Dios, el modelo de mensajera, mujer misionera de Jesús.

Te pedimos de todo corazón: Enséñanos a ser hijos, ya que tú sabes ser Madre. Ayúdanos a ser oyentes de la Palabra, tu que por ella fuiste sierva del Señor. Enséñanos a ser discípulos misioneros de Jesús, tu que supiste aplicarte en su escuela. En fin, enséñanos a ser humildes como tú y obedecer al Señor antes que a nadie.

Venimos a ésta tu casa como hijos y nos queremos volver a nuestro querido Tabasco como discípulos misioneros de tu Hijo Jesús. Te confiamos María Santísima a Tabasco, sus profundas aspiraciones y sus grandes y numerosas aflicciones.

Ponemos en tus manos a todas las mujeres tabasqueñas, consagradas, madres, hijas, hermanas, solteras y casadas, viudas y divorciadas, libres y encarceladas, sanas y enfermas, jóvenes y ancianas, te necesitan, Señora, anímalas, fortalécelas, dignifícalas. Ponemos en tu corazón a nuestro obispo, pastor, hermano mayor y padre y a los presbíteros que participan del único sacerdocio de tu Hijo, haznos sentir tu ternura y tu cercanía en nuestras soledades y en nuestras debilidades, recuérdanos los orígenes de nuestra vocación y nuestra primera decisión para consagrarnos a la casa de Jesús tu Hijo.

Ponemos en tu vientre bendito a nuestros niños, jóvenes, ancianos y enfermos, todos necesitan de tus cuidados, de tu pedagogía maternal y de tu aliento. Ponemos a tus pies el mapa geográfico de Tabasco con sus bellezas y sus vergüenzas, con sus logros y sus fracasos, con su historia, sus proyectos sociales, pastorales, familiares y personales. Nos ponemos ante ti, Querida Madre Nuestra de Guadalupe, llévanos a tu Hijo y Maestro. Somos una Diócesis que busca y necesita la madurez, la comunión, la mutua ayuda solidaria, el perdón y la paz. Nos urge poner a Tabasco en estado permanente de Misión, y nos apremia promover y formar discípulos misioneros, como fruto del Encuentro con Jesús, tu Hijo.

Virgen Santísima de Guadalupe: madura nuestra fe y salva nuestra Patria. Amén.

2 Himno de la Liturgia de las horas.

 
 
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