Hermanas
y Hermanos todos:
Venimos llenos de fe, de gratitud y de gozo a encontrarnos
con nuestra Madre Buena, la siempre Virgen María de Guadalupe,
en su Casita del Tepeyac, para recibir su amor, compasión,
auxilio y defensa.
Desde luego que encontrarnos con la Virgen María de Guadalupe,
significa encontrarnos con su Hijo, Cristo Jesús, el centro
de nuestra celebración eucarística.
La
Palabra de Dios de este Domingo V del Tiempo Ordinario, nos presenta
a tres personas que nos ayudan a profundizar en este encuentro
con Jesús, y son: Isaías, Pablo y Simón Pedro.
Los tres contemplan diversas manifestaciones de la gloria de
Dios, lo que les hace reconocer su propia indignidad y miseria;
pero Dios los renueva y los envía a una misión importante.
Isaías vive en el siglo VIII antes de Cristo; estando en el templo de Jerusalén
ve “al Señor, sentado sobre un trono muy alto y magnífico”,
rodeado de serafines.
Ante esta visión, Isaías exclama: “¡Ay de mí!, estoy perdido,
porque soy un hombre de labios impuros… porque he visto con
mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos.” Pero Dios lo restaura,
diciéndole: “Tu iniquidad ha sido quitada y tus pecados están
perdonados.” A la pregunta que el Señor se hace de a quién
enviar, Isaías responde con prontitud: “Aquí estoy, Señor,
envíame.”
San Pablo, por su parte, se dirige a la comunidad de Corinto para subrayar
el acontecimiento fundamental de la muerte y resurrección
de Jesús. Pablo reconoce con humildad y franqueza cómo antes
él mismo fue perseguidor de la Iglesia de Dios, por lo que
se considera como un aborto, indigno de llamarse apóstol.
En un hermoso y maduro equilibrio humano y espiritual, reconoce
su pecado, pero también la obra de Dios en él y a través de
él; aunque se considera indigno de ser llamado apóstol, continúa:
“Sin embargo, por la gracia de Dios, soy lo que soy, y su
gracia no ha sido estéril en mí; al contrario, he trabajado
más que todos ellos, aunque no he sido yo, sino la gracia
de Dios, que está conmigo.”
En el Evangelio aparece Simón Pedro, originario de Cafarnaúm
y pescador en el lago de Genesaret, quien ha tenido una noche
infructuosa, nada han pescado. Junto con sus compañeros, está
lavando las redes cuando se acerca Jesús, sube a su barca
y se pone a enseñar a la multitud.
Al terminar, dice a Simón Pedro: “Lleva la barca mar adentro
y echen sus redes para pescar”. Simón está cansado, tras una
noche sin haber podido pescar nada; además, ya han lavado
las redes; piensa que es un desatino intentar nuevamente;
van a hacer el ridículo, mejor es irse a descansar; sin embargo,
deja a un lado sus pensamientos y sentimientos, su experiencia
de pescador, y hace caso a Jesús: “confiado en tu palabra,
echaré las redes”. “Así lo hizo y cogieron tal cantidad de
pescados, que las redes se rompían”. “Al ver esto, Simón Pedro
se arrojó a los pies de Jesús y le dijo: ¡Apártate de mí,
Señor, porque soy un pecador!”.
Pero Jesús le replica: “No temas, desde ahora serás pescador
de hombres”. Simón Pedro y sus compañeros “llevaron las barcas
a tierra y, dejándolo todo” [barca, redes, pesca abundante],
siguieron a Jesús.
A Isaías, san Pablo y Simón Pedro se suma Juan Diego con
una experiencia semejante, en la contemplación de la gloria
de Dios y en el reconocimiento de la propia indignidad.
Juan Diego contempla la gloria de Dios en la aparición de
la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien
se vive. Juan Diego “se maravilló mucho de su sobrehumana
grandeza: su vestidura era radiante como el sol; el risco
en que posaba su planta, flechado por los resplandores, semejaba
una ajorca de piedras preciosas; y relumbraba la tierra como
el arco iris”.
Haciendo caso a la Virgen, Juan Diego va a la casa del obispo
de México para decirle el encargo de la Señora del cielo,
de que en el lugar de la aparición se construya un templo.
Como el obispo no le hace caso, Juan Diego regresa con la
Señora del cielo y le comenta lo sucedido: “Comprendí perfectamente,
en la manera como me respondió, que piensa que es quizás invención
mía que tú quieres que aquí te hagan un templo y que acaso
no es de orden tuya; por lo cual te ruego encarecidamente,
Señora y Niña mía, que a alguno de los principales, conocido,
respetado y estimado, le encargues que lleve tu mensaje, para
que le crean; porque yo soy un hombrecillo, soy un cordel,
soy una escalerilla de tablas, soy cola, soy hoja, soy gente
menuda, y tú, Niña mía, la más pequeña de mis hijas, Señora,
que me envías a un lugar por donde no ando y donde no paro.
Perdóname que te cause gran pesadumbre y caiga en tu enojo,
Señora y Dueña mía.”
La Virgen María de Guadalupe sólo le responde que, teniendo
muchos servidores y mensajeros, “es de todo punto preciso
que tú mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se
cumpla mi voluntad”. A lo cual se dispone enteramente Juan
Diego, como sabemos por el relato.
¿Qué nos dicen estos hechos? ¿Qué significan para nosotros?
Muchos momentos, como la celebración de los sacramentos, la
oración ante el sagrario, esta Eucaristía en la Basílica del
Tepeyac, son ocasión favorable para contemplar la gloria de
Dios, su santidad que nos invade y se manifiesta de diversas
maneras.
No venimos nada más de paseo; sino como peregrinos al encuentro
de nuestra Madre la Virgen María de Guadalupe y, con ella,
al encuentro de Cristo Jesús.
Contemplemos las señales de la manifestación de Dios ¿Cuál
es nuestra reacción? ¿la de Isaías, la de san Pablo, la de
Simón Pedro, la de Juan Diego?
Es saludable ver con humildad y valentía nuestra indignidad,
nuestro pecado; no merecemos las bendiciones de Dios; pero
Él nos rescata, nos perdona, nos dice que no tengamos miedo,
confía en nosotros, nos envía a una misión importante, para
cumplirla no aisladamente, sino en comunión eclesial.
Recordemos cómo el Papa Juan Pablo II, de venerada memoria,
nos repetía las palabras de Jesús al inicio de este milenio:
“remen mar adentro”. Lancémonos y luego, aunque los juicios
humanos sugieran algo muy diverso a lo que el Señor nos indica,
confiemos en su palabra, echemos las redes. Seamos discípulos
y misioneros íntegros, perseverantes y entusiastas de Cristo
Jesús. Que esto se note en aspectos concretos de nuestra vida
diaria:
- Respetemos, acojamos y valoremos la vida humana del no
nacido y también del ya nacido, no importa su edad, sexo,
sus cualidades o limitaciones.
- Mejoremos la comunicación y la unidad en nuestra familia.
- En familia ayudemos a otras familias.
- Haya más fuentes de trabajo, más trabajo honesto; seamos
creativos y solidarios, para promover progreso en los lugares
más marginados.
- Haya espíritu de colaboración entre los empleados en los
diversos trabajos, y que éstos sean justamente remunerados.
- Haya menos afán por imponer la propia postura, por incrementar
las propias ganancias; más disposición a escuchar, más anhelo
por ganar todos.
- Haya menos corrupción, delincuencia e inseguridad;
- La educación promueva mejores ciudadanos y mejores creyentes,
de modo que nuestra fe se manifieste en todos los aspectos
de nuestra vida.
- Reconociendo abiertamente nuestros pecados, busquemos
la conversión, con la certeza de que Dios nos ama, nos perdona,
nos envía.
- Avancemos en la elaboración y ejecución del plan pastoral
parroquial, en unidad decanal y hacia el plan diocesano.
María de Guadalupe, Madre Buena, cuando nos sintamos cansados
y, tal vez, desesperados, repítenos las palabras que dijiste
a Juan Diego: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño,
que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón
ni te inquiete cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre?
¿No estás bajo mi sombra? ¿No estás, por ventura, en mi regazo?”
También, Madre Buena, cuando hayamos recibido los beneficios
de tu amor, compasión, auxilio y defensa, en las muchas rosas
que depositas en el regazo de nuestra vida, que sepamos alegrarnos
y compartir este gozo a los demás.
Madre Buena: ayúdanos a escuchar a Tu Hijo, a hacer lo que
Él nos diga.
Cristo Jesús: Aunque a veces nos hayamos esforzado sin resultados
satisfactorios y no veamos razonable lo que nos pides, queremos
confiar en Ti. Cuando contemplemos, asombrados, las maravillas
de tu poder en nuestra vida y en los que nos rodean, nos apasionemos
contigo, el tesoro por el que vale la pena dejar todo lo demás,
para seguirte y anunciarte con valentía y entusiasmo, que
vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.