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Homilía
pronunciada por Mons. Francisco Javier Chavolla Ramos,
en la LXIX Peregrinación de la Diócesis de Toluca, a la Basílica de Guadalupe.

15 de febrero de 2007

Oración Introductoria.

Reina y Señora nuestra, “Madre del verdadero Dios por quien se vive”, Tú que has querido este templo para hacer de el la casa, el hogar para mostrar y darnos todo tu amor, compasión, auxilio y defensa, como piadosa Madre nuestra, escucha nuestras súplicas. Viene a tus plantas nuestra familia de la Diócesis de Toluca, representada en estos peregrinos que, en nuestro caminar y aquí en tu presencia, queremos mostrarte nuestro amor de hijos.

Venimos a ofrecerte los esfuerzos realizados, y a aprender de ti cómo se puede amar y seguir a Jesucristo con generosidad plena, con entrega total. Recibe, pues, como expresión de nuestra búsqueda de la voluntad de Dios, de nuestra confianza y nuestro compromiso esperanzado, formulado de manera particular, en el “Plan Diocesano de Pastoral”.

Tú nos has alcanzado de tu Hijo Jesucristo, los dones de su Espíritu para nuestro peregrinar en la vida y en la acción pastoral de nuestra Comunidad Diocesana que ahora le ofrecemos por tus manos. Te sabemos y sentimos dentro de nuestro corazón, porque nos entregas a tu Hijo, el Evangelio del Padre, haciéndote así nuestra primera y constante evangelizadora, enseñándonos con tu vida a ser discípulos y misioneros de Cristo, para que nuestras comunidades tengan vida en Él.

Confiamos en tu cuidado maternal, estamos en tu regazo seguros de que cuidarás de nosotros en nuestro itinerario pastoral, como Madre, Reina y Señora. Te ofrecemos esforzarnos por responder fielmente a la misión que tenemos encomendada y al cuidado amoroso con que Tú nos vas a acompañar.
 
Nuestra “Misión” un mandato del Señor Resucitado.

Cuando los Doce, en el encuentro último con Cristo resucitado, recibieron de Él la misión y fueron enviados a predicar, quedaron constituidos como su comunidad originaria, raíz de su Iglesia, que “no vive para sí misma, sino para evangelizar”  

De aquí nace la misión que la Iglesia no ha dejado de realizar a lo largo de sus veinte siglos de historia; una misión con un proceso de actualización en cada época, siempre manteniéndose fiel a su origen en el mandato, a su contenido y a su horizonte o proyección.

Nosotros ahora, como Iglesia Diocesana en marcha, nos hemos abierto en la fe, mediante nuestro Plan Diocesano de Pastoral, para comprometernos en el proceso de actualización que nos pide este momento de la historia que nos ha tocado vivir.

Por eso hemos iniciado el Plan, escuchando el gran mandato: “Pónganse en camino para hacer discípulos entre todos los pueblos, bautícenlos, consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, y enséñenlos a poner por obra cuanto Yo le he mandado. Y sepan que Yo estoy con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (MT 28,18-20).

En fidelidad a nuestro origen, que se desprende de este mandato y envío de parte de Cristo, reanudamos el camino y nos abrimos a un proceso misionero evangelizador para hacer discípulos, formarlos, enseñarles a vivir la vida en Cristo, quizá volverlos a la  Iglesia ofreciendo a todos la salvación que nace en el corazón del Dios Uno y Trino, del “amor, que no sólo crea el bien, sino que hace participar en la misma vida de Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo” (Dim 7).

Cristo es el centro y contenido de la misión. Es en su nombre que realizamos la misión. Jesucristo es el primer evangelizador, “Jesús mismo, Evangelio del Padre, ha sido el primero y más grande evangelizador.

Lo ha sido hasta el final, hasta la perfección, hasta el sacrificio de su existencia terrena” (EN, 7). Él es el centro de la revelación, lo es también de la misión de la  Iglesia, “con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, y con el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación” (DV 4).

La  Iglesia, en efecto, ha tenido siempre conciencia de esa centralidad de Cristo (centralidad trinitaria) y de que el corazón mismo del anuncio es la noticia de su muerte y resurrección por amor a nosotros, por nuestra salvación personal.

Esta conciencia de la centralidad de Jesucristo es tan fundamental en la experiencia de la misión, que San Ignacio de Antioquia advierte: “Háganse los sordos cuando alguno les proponga un discurso sin Jesucristo… sin el cual no poseemos la vida verdadera” (A losTralianos, IX).


Horizonte de la misión, la salvación del hombre.

Así nos lo afirma San Pablo en su Carta a Timoteo: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2,4).

La misión es siempre un anuncio salvífico; es mediación en un diálogo; es decir, mediación entre lo que sucede en el corazón de Dios en favor del corazón de los hombres y que nos pide una doble fidelidad: a la persona de Jesús y al ser humano a quien Él viene a servir y salvar. “Si confiesas con la boca que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, serás salvado” (Rm 10, 9).

Conocer a Jesús es el mejor camino para conocer al hombre. La misión es para “ayudar al hombre a ser más hombre” (RMi, 46). Cuando profesamos la fe en Jesús y decimos que Él es el Hijo de Dios, estamos diciendo lo que somos nosotros mismos: “Él que sigue a Cristo, Hombre perfecto, se perfecciona cada vez más en su propia dignidad de hombre” (GS, 41). “Señor que yo me conozca a mí. Que yo te conozca a Ti”.

La primera mirada del anuncio de la fe se dirige al ser humano para ayudarle a descubrir la verdadera identidad de sí mismo y a alcanzar una humanización verdadera. En efecto, es imposible hablar de Jesús sin que eso implique decir lo que Jesús afirma de nosotros y hace por nosotros. Ese es el punto esencial en el que el cristianismo se diferencia de otras religiones: el “cristianismo comienza con la encarnación del Verbo.

Aquí no es sólo el hombre quien busca a Dios, sino que es Dios quien viene en persona a hablar de sí mismo al hombre y a mostrarle el camino por el cual es posible alcanzarle”: (TMA, 6).
 
Somos una Iglesia misionera

La misión tiene su espacio en la  Iglesia, que es misionera en todo lo que es, hace o dice; es misionera siempre y en todas sus expresiones. La  Iglesia de nuestro tiempo reconoce que “existe para evangelizar” y que “la evangelización es, en efecto, su gracia y su vocación (don y tarea), su identidad más profunda” (EN 14), que, por tanto, es toda ella misionera (AG 2). Quien dice “Iglesia” dice misión.

El Vaticano II lo recuerda con fuerza: “La  Iglesia por su naturaleza es misionera” (AG 2). "La  Iglesia se esfuerza por llevar el anuncio del Evangelio a todos los hombres” (AG 1). Y es misionera porque “su misión viene de la misión del Hijo, y de la misión del Espíritu, según el plan de Dios Padre” (AG 2). Tiene, pues la  Iglesia conciencia de Quién la envía. “Como el Padre me envió, así los envío yo”.

María de Guadalupe, nuestra Madre, vino a mostrarse la  Madre del Verdadero Dios por quien se vive, la  Madre de Cristo el Señor. Al aceptar, al dar el “sí” al nuncio del Ángel, se constituye en la primera misionera que nos entrega la persona y el Espíritu de  su Hijo. Él inicia su acción misionera al iluminar a Isabel y santificar al Bautista, como lo hemos escuchado hoy en el Evangelio.

Esa primera evangelización con que María hace presente a su Hijo, nos habla de la conciencia de su misión que la hace valiente, audaz, libre, y hasta temeraria para ir a visitar a Isabel a la montaña. Así como Cristo llenó su corazón y la impulsó a llevarlo a la cercanía con su precursor, así hemos de asumir que entrar en un proceso permanente evangelizador, es escuchar y aceptar el mandato de Cristo no como algo contingente y externo, sino que alcanza al corazón mismo de la  Iglesia y que requiere de nuestro corazón (cfr. RMi 62).

Como María, hemos de responder yendo a la realidad que Dios nos manifiesta. No se salva al mundo desde fuera. Es necesario que, como el Verbo de Dios se ha hecho hombre, nos hagamos una misma cosa, en cierta medida, con las formas de vida de aquellos a quienes estamos llamados a llevar hoy el mensaje de Cristo.

Si queremos que se nos escuche y se nos comprenda, es preciso compartir, sin distancias ni privilegios o  lenguaje incomprensible, las costumbres comunes, con tal de que sean humanas y honestas, especialmente y sobre todo las de los más pequeños. Antes de hablar, es necesario escuchar la voz, más aún, el corazón del hombre, comprenderlo en cuanto sea posible, respetarlo y, donde lo requiera, secundarlo (cfr. ES, 80).

NUESTRA VISION:

¿QUÉ QUEREMOS CONSEGUIR CON RESPONDER FIELEMENTE A LA  MISIÓN?

Queremos fortalecernos como Iglesia Evangelizada y Evangelizadora:

La misión, hermanas y hermanos, es responsabilidad de toda la  Iglesia, de todos nosotros, Cada uno de nosotros es responsable de esa única misión desde la función que desarrolla en la totalidad del Cuerpo de Cristo. Todos tenemos vocación misionera por ser miembros del Cuerpo de Cristo desde nuestro bautismo. A todos nos corresponde vivir y fortalecernos como Iglesia evangelizada y evangelizadora. “Él que ha sido evangelizado evangeliza a su vez. He ahí la prueba de la verdad; la piedra de toque de la evangelización: es imposible que un hombre haya acogido la  Palabra y se haya entregado al Reino sin convertirse en alguien que a su vez da testimonio y anuncia". (EN.24).

Esto exige de nosotros, sacerdotes y fieles cristianos laicos, que seamos  hombres y mujeres convertidos, que busquemos la santidad, concientes de que el verdadero misionero es el santo que vive en unión con Cristo. El Papa Juan Pablo II nos ha dicho que “la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es la de la santidad” (NMI. 30). Queremos una Iglesia evangelizada y evangelizadora, una Iglesia Santa.
 
Queremos ser Iglesia de comunión para la misión.

Entendemos que el primer paso para la misión ha de ser que fragüe en nosotros y en nuestras comunidades una espiritualidad de comunión. Se trata de una comunión que tiene un doble horizonte: el amor a Dios y el amor al prójimo.

El Papa Juan Pablo II describe así la espiritualidad de comunión: “significa una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la  Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado.

Espiritualidad de la comunión significa además [...] sentir al hermano de fe como uno que me pertenece, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver, ante todo, lo que hay de positivo en el otro para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios. NMI, 43.

Queremos comunidades cristianas vivas, integradas en amor y servicio.

Comunidades en las que cada uno asuma su misión en corresponsabilidad, integradas como un solo organismo y que sean conscientes de su compromiso misionero. Convencidos del valor de lo que anunciamos, que no es a otro que a Jesucristo crucificado y resucitado, hemos de presentamos como signo del amor de Cristo en un servicio humilde a todos los sectores de la comunidad diocesana, conscientes de nuestra propia debilidad, pero también de que nuestra fuerza está en el Señor.

Necesitamos así ser misioneros con fuerza kerigmática, que no consiste en otra cosa que en intentar despertar el interés por la persona de Jesús, suscitar la  conversión plena y sincera y provocar la decisión de caminar en su seguimiento.

Queremos una Iglesia encarnada en nuestra realidad diocesana.

La encarnación ha de ser el primer gesto evangelizador. Por la  Encarnación Jesús se hace Palabra y lugar de encuentro salvador “porque para esto ha sido enviado” (Lc 4,43). En Jesús Dios está junto al hombre: “La  Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,1).

Por eso “la  Iglesia camina con toda la humanidad y experimenta la suerte terrena del mundo. Su razón de ser es actuar como alma y fermento de la sociedad, que debe renovarse en Cristo y transformarse en familia de Dios” (GS, 40b). Es un desafío para todos en nuestra Iglesia de Toluca.
 
Queremos una dinámica de acción a la luz de la  Palabra y la  Eucaristía.

Necesitamos salir al encuentro del hermano, en todas nuestras estructuras diocesanas, como lo hizo Jesús con los discípulos de Emaús: “Se acerca y se pone en camino con ellos” Al final, ya hospedado en su casa, sentado a su mesa “tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio a ellos” Entonces lo reconocieron… y en aquel mismo instante volvieron corriendo a Jerusalén a dar buena nueva de la resurrección (Lc 24,13-32).

Es la dinámica de nuestra acción evangelizadora Para conseguirla, es necesario que, fortalecidos con el Cuerpo y la  Sangre del Señor, tomemos conciencia y vivamos cada día como Iglesia, Sacramento de salvación para toda la humanidad, y la testimoniemos y expresamos en cada estructura o sector del Pueblo de Dios, ya que “su acción no se limita a los que aceptan su mensaje, sino que es fuerza dinámica en el camino de la humanidad hacia el Reino” definitivo (RM 20).

Queremos también evangelizar.

“Hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado del hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13) “por el cual esperamos, según nos lo tiene prometido, cielos nuevos y nueva tierra en donde habite la justicia.
 
Conclusión:

De la misma manera que María fue portadora de la persona de Cristo y lo manifestó en la visita a Isabel, en el pesebre del Belén  y en la cruz, nosotros hemos de saber ofrecer la  Iglesia como un don del Señor, en el que Él continúa su presencia salvadora entre nosotros por su Palabra y por los Sacramentos, que alimentan, robustecen, expresan la fe y nos unen como una comunidad viva donde se fragua la misión. 

Siguiendo a María nuestra Madre, conseguiremos una vida íntima con Cristo, la vida de oración, escucha de la  Palabra y de las enseñanzas de los apóstoles, la caridad fraterna vivida, el pan compartido; y todo esto sólo tiene pleno sentido cuando se convierte en testimonio, provoca la admiración y la comprensión, y se hace predicación y anuncio de la Buena Nueva” (EN 15).

 
 
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