Oración
Introductoria.
Reina y Señora nuestra, “Madre del verdadero Dios por quien
se vive”, Tú que has querido este templo para hacer de el
la casa, el hogar para mostrar y darnos todo tu amor, compasión,
auxilio y defensa, como piadosa Madre nuestra, escucha nuestras
súplicas. Viene a tus plantas nuestra familia de la Diócesis
de Toluca, representada en estos peregrinos que, en nuestro
caminar y aquí en tu presencia, queremos mostrarte nuestro
amor de hijos.
Venimos a ofrecerte los esfuerzos realizados, y a aprender
de ti cómo se puede amar y seguir a Jesucristo con generosidad
plena, con entrega total. Recibe, pues, como expresión de nuestra
búsqueda de la voluntad de Dios, de nuestra confianza y nuestro
compromiso esperanzado, formulado de manera particular, en el
“Plan Diocesano de Pastoral”.
Tú nos has alcanzado de tu Hijo Jesucristo, los dones de su
Espíritu para nuestro peregrinar en la vida y en la acción pastoral
de nuestra Comunidad Diocesana que ahora le ofrecemos por tus
manos. Te sabemos y sentimos dentro de nuestro corazón, porque
nos entregas a tu Hijo, el Evangelio del Padre, haciéndote así
nuestra primera y constante evangelizadora, enseñándonos con
tu vida a ser discípulos y misioneros de Cristo, para que nuestras
comunidades tengan vida en Él.
Confiamos en tu cuidado maternal, estamos en tu regazo seguros
de que cuidarás de nosotros en nuestro itinerario pastoral,
como Madre, Reina y Señora. Te ofrecemos esforzarnos por responder
fielmente a la misión que tenemos encomendada y al cuidado amoroso
con que Tú nos vas a acompañar.
Nuestra “Misión” un mandato del Señor Resucitado.
Cuando los Doce, en el encuentro último con Cristo resucitado,
recibieron de Él la misión y fueron enviados a predicar, quedaron
constituidos como su comunidad originaria, raíz de su Iglesia,
que “no vive para sí misma, sino para evangelizar”
De aquí nace la misión que la Iglesia no ha dejado de realizar
a lo largo de sus veinte siglos de historia; una misión con
un proceso de actualización en cada época, siempre manteniéndose
fiel a su origen en el mandato, a su contenido y a su horizonte
o proyección.
Nosotros ahora, como Iglesia Diocesana en marcha, nos hemos
abierto en la fe, mediante nuestro Plan Diocesano de Pastoral,
para comprometernos en el proceso de actualización que nos pide
este momento de la historia que nos ha tocado vivir.
Por eso hemos iniciado el Plan, escuchando el gran mandato:
“Pónganse en camino para
hacer discípulos entre todos los pueblos, bautícenlos, consagrándolos
al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, y enséñenlos a poner
por obra cuanto Yo le he mandado. Y sepan que Yo estoy con ustedes
siempre, hasta el fin del mundo” (MT 28,18-20).
En fidelidad a nuestro origen, que se desprende de este
mandato y envío de parte de Cristo, reanudamos el camino y nos
abrimos a un proceso misionero evangelizador para hacer discípulos,
formarlos, enseñarles a vivir la vida en Cristo, quizá volverlos
a la Iglesia ofreciendo a todos la salvación que nace
en el corazón del Dios Uno y Trino, del “amor, que no sólo crea
el bien, sino que hace participar en la misma vida de Dios:
Padre, Hijo y Espíritu Santo” (Dim 7).
Cristo es el centro y contenido de la misión. Es en su nombre
que realizamos la misión. Jesucristo es el primer evangelizador,
“Jesús mismo, Evangelio del Padre, ha sido el primero y más
grande evangelizador.
Lo ha sido hasta el final, hasta la perfección, hasta el sacrificio
de su existencia terrena” (EN, 7). Él es el centro de la revelación,
lo es también de la misión de la Iglesia, “con su presencia
y manifestación, con sus palabras y obras, signos y milagros,
sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, y con el envío
del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación”
(DV 4).
La Iglesia, en efecto, ha tenido siempre conciencia de
esa centralidad de Cristo (centralidad trinitaria) y de que
el corazón mismo del anuncio es la noticia de su muerte y resurrección
por amor a nosotros, por nuestra salvación personal.
Esta conciencia de la centralidad de Jesucristo es tan fundamental
en la experiencia de la misión, que San Ignacio de Antioquia
advierte: “Háganse los sordos cuando alguno les proponga un
discurso sin Jesucristo… sin el cual no poseemos la vida verdadera”
(A losTralianos, IX).
Horizonte de la misión, la salvación del hombre.
Así nos lo afirma San Pablo en
su Carta a Timoteo: “Dios quiere que todos los hombres se salven
y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2,4).
La misión es siempre un anuncio salvífico; es mediación
en un diálogo; es decir, mediación entre lo que sucede en el
corazón de Dios en favor del corazón de los hombres y que nos
pide una doble fidelidad: a la persona de Jesús y al ser humano
a quien Él viene a servir y salvar. “Si confiesas con la boca
que Jesús es el Señor, y crees en tu corazón que Dios lo ha
resucitado de entre los muertos, serás salvado” (Rm 10, 9).
Conocer a Jesús es el mejor camino para conocer al hombre.
La misión es para “ayudar al hombre a ser más hombre” (RMi,
46). Cuando profesamos la fe en Jesús y decimos que Él es el
Hijo de Dios, estamos diciendo lo que somos nosotros mismos:
“Él que sigue a Cristo, Hombre perfecto, se perfecciona
cada vez más en su propia dignidad de hombre” (GS, 41). “Señor
que yo me conozca a mí. Que yo te conozca a Ti”.
La primera mirada del anuncio de la fe se dirige al ser humano
para ayudarle a descubrir la verdadera identidad de sí mismo
y a alcanzar una humanización verdadera. En efecto, es imposible
hablar de Jesús sin que eso implique decir lo que Jesús afirma
de nosotros y hace por nosotros. Ese es el punto esencial en
el que el cristianismo se diferencia de otras religiones: el
“cristianismo comienza con la encarnación del Verbo.
Aquí no es sólo el hombre quien busca a Dios, sino que es Dios
quien viene en persona a hablar de sí mismo al hombre y a mostrarle
el camino por el cual es posible alcanzarle”: (TMA, 6).
Somos una Iglesia misionera
La misión tiene su espacio en la Iglesia, que es misionera
en todo lo que es, hace o dice; es misionera siempre y en todas
sus expresiones. La Iglesia de nuestro tiempo reconoce
que “existe para evangelizar” y que “la evangelización es, en
efecto, su gracia y su vocación (don y tarea), su identidad
más profunda” (EN 14), que, por tanto, es toda ella misionera
(AG 2). Quien dice “Iglesia” dice misión.
El Vaticano II lo recuerda con fuerza: “La Iglesia por
su naturaleza es misionera” (AG 2). "La Iglesia se
esfuerza por llevar el anuncio del Evangelio a todos los hombres”
(AG 1). Y es misionera porque “su misión viene de la misión
del Hijo, y de la misión del Espíritu, según el plan de Dios
Padre” (AG 2). Tiene, pues la Iglesia conciencia de Quién
la envía. “Como el Padre me envió, así los envío yo”.
María de Guadalupe, nuestra Madre, vino a mostrarse la
Madre del Verdadero Dios por quien se vive, la Madre
de Cristo el Señor. Al aceptar, al dar el “sí” al nuncio del
Ángel, se constituye en la primera misionera que nos entrega
la persona y el Espíritu de su Hijo. Él inicia su acción
misionera al iluminar a Isabel y santificar al Bautista, como
lo hemos escuchado hoy en el Evangelio.
Esa primera evangelización con que María hace presente a su
Hijo, nos habla de la conciencia de su misión que la hace valiente,
audaz, libre, y hasta temeraria para ir a visitar a Isabel a
la montaña. Así como Cristo llenó su corazón y la impulsó a
llevarlo a la cercanía con su precursor, así hemos de asumir
que entrar en un proceso permanente evangelizador, es escuchar
y aceptar el mandato de Cristo no como algo contingente y externo,
sino que alcanza al corazón mismo de la Iglesia y que
requiere de nuestro corazón (cfr. RMi 62).
Como María, hemos de responder yendo a la realidad que Dios
nos manifiesta. No se salva al mundo desde fuera. Es necesario
que, como el Verbo de Dios se ha hecho hombre, nos hagamos una
misma cosa, en cierta medida, con las formas de vida de aquellos
a quienes estamos llamados a llevar hoy el mensaje de Cristo.
Si queremos que se nos escuche y se nos comprenda, es preciso
compartir, sin distancias ni privilegios o lenguaje incomprensible,
las costumbres comunes, con tal de que sean humanas y honestas,
especialmente y sobre todo las de los más pequeños. Antes de
hablar, es necesario escuchar la voz, más aún, el corazón del
hombre, comprenderlo en cuanto sea posible, respetarlo y, donde
lo requiera, secundarlo (cfr. ES, 80).
NUESTRA VISION:
¿QUÉ QUEREMOS CONSEGUIR CON RESPONDER FIELEMENTE A LA
MISIÓN?
Queremos
fortalecernos como Iglesia Evangelizada y Evangelizadora:
La misión, hermanas y hermanos, es responsabilidad de toda la
Iglesia, de todos nosotros, Cada uno de nosotros es responsable
de esa única misión desde la función que desarrolla en la totalidad
del Cuerpo de Cristo. Todos tenemos vocación misionera por ser
miembros del Cuerpo de Cristo desde nuestro bautismo. A todos
nos corresponde vivir y fortalecernos como Iglesia evangelizada
y evangelizadora. “Él
que ha sido evangelizado evangeliza a su vez. He ahí la prueba
de la verdad; la piedra de toque de la evangelización: es imposible
que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado
al Reino sin convertirse en alguien que a su vez da testimonio
y anuncia". (EN.24).
Esto exige de nosotros, sacerdotes y fieles cristianos
laicos, que seamos hombres y mujeres convertidos, que
busquemos la santidad, concientes de que el verdadero misionero
es el santo que vive en unión con Cristo. El Papa Juan Pablo
II nos ha dicho que “la perspectiva en la que debe situarse
el camino pastoral es la de la santidad” (NMI. 30). Queremos
una Iglesia evangelizada y evangelizadora, una Iglesia Santa.
Queremos ser Iglesia de comunión para la misión.
Entendemos que el primer paso para la misión ha de ser que fragüe
en nosotros y en nuestras comunidades una espiritualidad de
comunión. Se trata de una comunión que tiene un doble horizonte:
el amor a Dios y el amor al prójimo.
El Papa Juan Pablo II describe así la espiritualidad de comunión:
“significa una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio
de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de
ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están
a nuestro lado.
Espiritualidad de la comunión significa además [...] sentir
al hermano de fe como uno que me pertenece, para saber compartir
sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender
a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad.
Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver, ante
todo, lo que hay de positivo en el otro para acogerlo y valorarlo
como regalo de Dios. NMI, 43.
Queremos comunidades cristianas vivas, integradas en amor
y servicio.
Comunidades en las que cada uno asuma su misión en corresponsabilidad,
integradas como un solo organismo y que sean conscientes de
su compromiso misionero. Convencidos del valor de lo que anunciamos,
que no es a otro que a Jesucristo crucificado y resucitado,
hemos de presentamos como signo del amor de Cristo en un servicio
humilde a todos los sectores de la comunidad diocesana, conscientes
de nuestra propia debilidad, pero también de que nuestra fuerza
está en el Señor.
Necesitamos así ser misioneros con fuerza kerigmática,
que no consiste en otra cosa que en intentar despertar el interés
por la persona de Jesús, suscitar la conversión plena
y sincera y provocar la decisión de caminar en su seguimiento.
Queremos una Iglesia encarnada en nuestra realidad diocesana.
La encarnación ha de ser el primer gesto evangelizador. Por
la Encarnación Jesús se hace Palabra y lugar de encuentro
salvador “porque para esto ha sido enviado” (Lc 4,43). En Jesús
Dios está junto al hombre: “La Palabra se hizo carne y
habitó entre nosotros” (Jn 1,1).
Por eso “la Iglesia camina con toda la humanidad y experimenta
la suerte terrena del mundo. Su razón de ser es actuar como
alma y fermento de la sociedad, que debe renovarse en Cristo
y transformarse en familia de Dios” (GS, 40b). Es un desafío
para todos en nuestra Iglesia de Toluca.
Queremos una dinámica de acción a la luz de la Palabra
y la Eucaristía.
Necesitamos salir al encuentro del hermano, en todas nuestras
estructuras diocesanas, como lo hizo Jesús con los discípulos
de Emaús: “Se acerca y se pone en camino con ellos” Al final,
ya hospedado en su casa, sentado a su mesa “tomó el pan, lo
bendijo, lo partió y se lo dio a ellos” Entonces lo reconocieron…
y en aquel mismo instante volvieron corriendo a Jerusalén a
dar buena nueva de la resurrección (Lc 24,13-32).
Es la dinámica de nuestra acción evangelizadora Para conseguirla,
es necesario que, fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre
del Señor, tomemos conciencia y vivamos cada día como Iglesia,
Sacramento de salvación para toda la humanidad, y la testimoniemos
y expresamos en cada estructura o sector del Pueblo de Dios,
ya que “su acción no se limita a los que aceptan su mensaje,
sino que es fuerza dinámica en el camino de la humanidad hacia
el Reino” definitivo (RM 20).
Queremos también evangelizar.
“Hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento
pleno del Hijo de Dios, al estado del hombre perfecto, a la
madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13) “por el cual esperamos,
según nos lo tiene prometido, cielos nuevos y nueva tierra en
donde habite la justicia.
Conclusión:
De la misma manera que María fue portadora de la persona
de Cristo y lo manifestó en la visita a Isabel, en el pesebre
del Belén y en la cruz, nosotros hemos de saber ofrecer
la Iglesia como un don del Señor, en el que Él continúa
su presencia salvadora entre nosotros por su Palabra y por los
Sacramentos, que alimentan, robustecen, expresan la fe y nos
unen como una comunidad viva donde se fragua la misión.
Siguiendo a María nuestra Madre, conseguiremos una vida íntima
con Cristo, la vida de oración, escucha de la Palabra
y de las enseñanzas de los apóstoles, la caridad fraterna vivida,
el pan compartido; y todo esto sólo tiene pleno sentido cuando
se convierte en testimonio, provoca la admiración y la comprensión,
y se hace predicación y anuncio de la Buena Nueva” (EN 15).
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