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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Miguel Patiño Velázquez, Obispo de la Diócesis de Apatzingan, en ocasión de la peregrinación de su diócesis, a la Basílica de Guadalupe.

5 de noviembre de 2008

Nos unimos en oración en esta Eucaristía con todos estos hermanos nuestros, que el día de ayer murieron en este accidente tan atroz. Acompañamos a la Arquidiócesis de México en esta pena. Acompañamos al señor Presidente de la República, a sus ayudantes. A las familias, también, de todos estos hermanos que han muerto. Como, también, le encomendamos a la Santísima Virgen todas nuestras parroquias. Como le encomendamos, también, a la Santísima Virgen nuestras familias y el trabajo pastoral que estamos tratando de realizar.

Con nuestro indito santo, Juan Diego, te decimos: ¿Madre cómo has amanecido? Tus hijos de Tierra Caliente y tus hijos del suroeste michoacano venimos gozosos a saludarte, a estar contigo en tu casa del Tepeyac a la cual nos invitaste a venir a través  de Juan Diego, a quien le hablaste en náhuatl: “Juanito, el más pequeño de mis hijos ¿a dónde vas?” él respondió: “Señora y Niña mía tengo que llegar a tu casa de México Tlatilolco a seguir las cosas divinas que nos dan nuestros sacerdotes, delegados de nuestros Señor”. Ella luego le habló y le descubrió  su santa voluntad y le dijo: “sabe y ten entendido tú el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del Verdadero Dios por quien se vive, del Creador cabe quien está todo, Señor del Cielo y de la Tierra. Y mecerás mucho que yo recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Mira que has oído mi mandato hijo mío el más pequeño, anda y pon todo tu esfuerzo”.

 ¡Qué bueno que apliquemos estas palabras!

El renombrado maestro oaxaqueño Miguel Cabrera es llamado el pintor de la Guadalupana, merecido y honroso título, cuando resultó elegido para pintar una copia de la Virgen para enviársela al Papa Benedicto XIV. Se concentró este hombre durante nueve días ayunando para purificarse comulgando diariamente, durante este retiro de nueve días, porque iba a emprender este trabajo delante de la imagen de nuestra Señora. Al Papa se le iban a pedir tres gracias: la fiesta, el oficio y la misa propia para la Virgen del Tepeyac.

Nosotros peregrinos ¿qué tenemos que hacer en nuestra peregrinación? Venimos a estar contigo Madre. Venimos a que nos hables de tu Hijo. A que nos instruyas en las cosas de Dios. A que alumbres nuestras tinieblas de odio y rencor, de afán de los dineros, con tu Hijo que es la luz. La humanidad hoy ha perdido el sentido del amor. Venimos a presentarte nuestras necesidades, problemas, pesares. Que escuchemos tu fuerte voz que nos da mucha esperanza, que nos ayuda: “¿no estoy yo aquí, que soy tu Madre?”

Los mexicanos sabemos por experiencia que hay una dimensión mariana del encuentro con Cristo, que se manifiesta en la singular relación del apóstol: Juan con Jesús y María en el Gólgota, del que indudable es eco el encuentro de Juan Diego con Jesús y María en el Tepeyac y también con cada uno de nosotros. Algo de esto plasmó el padre Soria en el grabado de cantera rosa en el Templo de Acahuato representando a Cristo con cendal indígena y a la Santísima Virgen de Guadalupe de Dolorosa y san Juan de águila azteca: “Ahí tienes a tu Hijo, mujer; ahí tienes a tu Madre, Juan”.

Gracias por las vías de comunicación, por el proyecto de presas que se tienen contempladas en nuestra región de Tierra Caliente, que dio inicio con la presa de Francisco J. Mujica. Gracias por los cítricos que nos ayudan a vivir, por nuestra madera de la sierra, por nuestras parcelas de los campesinos, por su trabajo, por el ganado de nuestros ranchos. Gracias por nuestras familias, por nuestros paisanos que han emigrado en los Estados Unidos y sostienen a sus familias.

Madre Guadalupana cuida y bendice a tus hijos. Que la peregrinación a los santuarios de nuestra Señora de Guadalupe y del Cubilete no sea un hecho pasajero, sino que aliente a todos a vivir en gracia, despierte la fe, aumente la esperanza, avive la caridad de cada uno para dar testimonio de vida cristiana.

Este santuario de la bienaventurada Virgen de Guadalupe, en que estamos reunidos, fue consagrado el 12 de octubre de 1976 por el Cardenal Miguel Darío Miranda, nombrado por el Papa Paulo VI legado pontificio. La construcción se terminó antes de que se cumplieran dos años de haberse iniciado. El mismo Papa Paulo VI donó para la construcción diez mil dólares. El templo es símbolo del templo espiritual y visible que llamamos Iglesia y que con Cristo por piedra angular se construye cada día, se perfecciona, llega a plenitud en nosotros, en nuestra dignidad creciente de hijos de Dios, que hacía Él peregrinamos.

María de Guadalupe, Madre nuestra protege nuestra Nación, conserva unidas a nuestras familias. Ayúdanos a tener paz.  Ayúdanos a vivir en paz.

 
 
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