Homilía
pronunciada por Mons. Rafael Sandoval Sandoval,
M.N.M., Obispo de la Diócesis de Tarahumara,
en ocasión de la peregrinación de su diócesis a la Basílica de Guadalupe.
5 de Agosto de 2008
“Madre: ayúdanos a decir sí
en el Calvario”
“Mujer,
he ahí a tu hijo… he ahí a tu Madre” (Jn 19, 26)
“Estaban junto a lo cruz de Jesús su Madre y la hermana de su Madre, María la de Cleofás y María Magdalena. Jesús, pues, viendo a la Madre, y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a la Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dice al discípulo: He ahí a tu Madre. Y desde aquella hora el discípulo la acogió como algo propio". (Juan 19, 25- 27).
Saludo a los sacerdotes de la querida Diócesis de Tarahumara. Gracias por estar aquí a los pies de nuestra Madre Santísima. ¡Cómo admiro su entrega en lugares de misión! ¡Cómo admiro el "sí" que, con María y en Ella, le han dado a Dios!
Saludo
a las religiosas. Apreciamos su disponibilidad para responder con prontitud a los retos nada fáciles que hay en la diócesis. Su presencia de mujeres consagradas ha sido y sigue siendo un medio privilegiado de evangelización. Su testimonio de vida evangélica nos enriquece. Gracias por su "sí" a la Vida. Saludo a los fieles que han venido desde aquellas tierras serranas de Chihuahua. A ustedes mestizos y a ustedes indígenas. Saludo a todos los aquí presentes.
Al venir aquí para poner los gozos y dolores de nuestro Pueblo en el corazón de María, quiero afirmar con la certeza de la fe: ¡No estamos huérfanos! ¡Tenemos una Madre que nos conoce! En esta basílica resuena su voz: "¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás en el hueco de mi monto, en el cruce de mis brazos? ¿Qué más puedes querer?".
Ahora nos queremos unir a la Madre de Jesucristo y Madre nuestra para volver a ratificar nuestro "sí". Un "sí" que no sea "sí, pero... ", sino total y sin condiciones. Es el "sí" de la fe, de la esperanza y del amor. En Tarahumara se ama, admira, venera y celebra a la Santísima Virgen de Guadalupe. Ella, a pesar de la indiferencia y falta de amor filial de algunos, sigue presente en el corazón, en la cultura y en la historia del Pueblo.
SITUACIÓN DEL VIERNES SANTO
¡Qué tarde aquella del Viernes Santo! El drama era desolador. Las mujeres lloran, pues su querido Maestro había sido aniquilado. Los discípulos escondidos como conejos, espantados y fugitivos porque todo había acabado: ¡Todo se acabó, y de qué manera! Están como cables sueltos a los que se les ha quitado la fuente de la energía. Era una confusión trágica: sentimiento de culpa, sensación de fracaso moral, duelo y luto, atmósfera de miedo, puertas cerradas, personalidades trastornadas.
Solo
una Mujer - María - pasó el examen terrible. Ahí, al pie de la cruz, realizó el acto de fe más grande de la historia: "No entiendo nada, pero creo. Estoy de acuerdo". Ahí, ante tantos intereses políticos y ante tantas confabulaciones, María cerró los ojos a todo eso, reclinó la cabeza y puso su cheque en blanco. Ahí quedó más grande y más Reina que todo. Sin aspavientos y con una personalidad enorme, dio su "hágase" hasta las últimas consecuencias. Nunca tan grande, y nunca tan pobre. Los discípulos huyeron, pero Ella se quedó ahí "de pie". Es la Señora de la resurrección y de la vida. No necesita pésame porque es la Señora de la fortaleza.
Por eso
se
presenta ahora aquí, y nos dice: "hijos míos, vengan conmigo; entréguense en silencio al silencio de Dios, y así derrotarán la noche". Esa es la peregrinación de la fe. Ese fue el "hágase" en el Calvario. Esa es la fe nuestra en esta peregrinación. ¡Qué Madre tenemos!
En nuestro mundo, la fe de muchos cristianos está siendo violentamente atacada. Los embates del materialismo, secularismo y erotismo; las fallas de muchos católicos; el ambiente de relativismo moral, político y hasta teológico; hacen más difícil creer.
En muchos, la fe se reduce a leyes, ritos, ideas, saber mucho... Esta fe no aguanta ante las borrascas que se presentan. Se puede rezar, celebrar la Eucaristía y sin embargo ser pagano. Se puede estar en la cruz del dolor sin comprender su valor. Se puede hacer obras buenas y no tener fe. Se puede saber mucha teología, hablar lenguas, y hasta entregarse por el otro pero hacerla sin amor. La fe es amor y el amor es fe. Sólo el amor es digno de fe.
ILUMINACIÓN
El texto evangélico que escuchamos hoy nos llega desde una distancia de siglos, pero resulta
actual.
Como esa luz que partió de una estrella hace dos mil años y nos llega esta tarde. No menos luminoso, encantador y presente suenan estas palabras de Jesucristo en la Cruz.
"Mujer, he ahí a tu hijo". No sólo indica una piedad de Jesús hacia su Madre, sino que va más allá, pues expresa la maternidad espiritual de María. Se dirige a ella con el título de "Mujer" porque tiene como fondo las profecías sobre la "Hija de Sión" con profunda significación mesiánica. Ahí,
en
la Cruz, el Señor Jesús hace una tremenda revelación: poco antes de morir, revela que su Madre es también, desde ese instante, la Madre de todos sus seguidores, y que nosotros somos hijos de ella. Nuestra primera tarea consistirá en ser "hijos de María". Ser hijos de esta Madre indica una relación especial con ella. Así lo ha querido Jesucristo desde el acontecimiento de la Cruz. San Juan, el Discípulo amado, nos representa a todos nosotros que somos los predilectos y amados con amor incondicional.
Como lo
hizo Juan, quien no sólo la tomó y recibió, sino que la acogió con actitud de fe y amor, así también nosotros la acogemos para hacernos totalmente de Ella. La acogemos en nuestra casa como algo propio, es decir, como lo mejor de nuestra vida, como alguien que pertenece a nuestra identidad. María es nuestra y nosotros somos de María. Como discípulos de Cristo hemos de ver el padecer con y por Él como una gracia inmensa. Quien diga lo contrario engaña. Pero hay que darle sentido a la cruz. María nos enseña a estar "de pie" en las cruces y a decir "hágase" con fe y amor. Hay que ratificar ese "sí" que le hemos dado al Señor; abrazar su estilo de vida, y hacerla con actitud de pobre.
Como el amor es más fuerte que la muerte, hemos de vencer el odio y la muerte con las armas del
amor.
Tenemos que ir hasta el extremo de dar la vida por los mismos que nos la quitan. Cristo y María en la cruz se vuelven llenos de confianza y amor al Padre. Aprendamos de ellos que no hicieron un proyecto personal, sino el Proyecto del Padre. "No se haga mi voluntad sino la Tuya" (Mc 14, 33), "he aquí la esclava del Señor" (Lc 1, 38).
Aprendamos
el
silencio de María: noble, digno, elocuente. Ella sabe que Dios es manso y humilde, bondad y misericordia, perdón y amor. Ella sabe que la resurrección está cerca. Eso no impide el dolor, pero la alegría aparece en el mismo dolor. Es la alegría interna de la fe. Contemplemos la mirada de la Virgen. Tiene la misma dulzura de Jesús. A todos nos acoge en su regazo. Miremos la Cruz, pues ahí resplandece la centralidad de Cristo (Ef 2, 10-19). La Cruz es el máximo de la glorificación de Cristo. Es la obra por excelencia del Padre. La muerte en Cruz es el modo decisivo e irrevocable de que Dios nos ama y de que no pude volverse atrás. Dios ha decidido aceptamos, ahora nosotros hemos de aceptar que Dios nos acepte.
Renovemos nuestro "Amén", no como simple aceptación resignada, sino con un vivo deseo lleno
de firmeza, de estabilidad y vínculo; no como aceptación obligada ante lo difícil, sino como un gozoso deseo
de colaborar con lo que Dios quiere. Entreguémonos a tiempo completo y sin buscar privilegios,
sino como servicio. Amados sacerdotes: nosotros que hemos oído las palabras: "Hagan esto en memoria mía", hemos sido confiados por Cristo a su Madre desde lo alto de la Cruz. Por eso tenemos derecho de ver en Ella
a nuestra
Madre. María no es extraña ni un elemento decorativo de nuestro ser sacerdotal, sino alguien integrante. No reconocerla como Madre sería una deficiencia desastrosa. La llevamos donde quiera, bella, visible, espléndida, aunque en la oscuridad luminosa de la fe. Ella es el alma de nuestra alma, nuestra
posesión propia, nuestro bien principal. Ella nos ama y quiere transformamos en Jesús.
Amados fieles de Tarahumara: cuando lleguen las pruebas de la fe, las calumnias, los celos, el hambre, la soledad, las dudas ... , fiémonos como María y lancémonos en sus brazos. Aunque solo veamos una hostia;
aunque no veamos más que sobras y tormentas, demos nuestro "sí". "Entiendo muy poco, pero creo". Como el campesino que arranca su cosecha a una tierra que amenaza en convertirse en desierto, así nosotros sembremos en medio de fatigas e impedimentos. Todas las cosas que producen verdadero
fruto
empiezan por lo pequeño y escondido. Aunque parezca que la verdad, justicia y amor son escasos
en este mundo,
sembremos con fe y esperanza, pues de ellas vive este mundo y sin ellas no subsiste.
ORACIÓN FINAL
Virgencita, Niña nuestra: a Ti te costó dar la respuesta ante los sufrimientos nuevos que te
esperaban.
Aceptamos la cruz de tu Hijo con tal de que el Padre sea glorificado y la Iglesia sea redimida. Aliéntanos en los desalientos y acompáñanos en las soledades. Enséñanos a saber y sentir que no estamos solos,
que nada hemos de temer. Conduce a tu diócesis y llévala a feliz término. Hoy
hacemos nuestro proyecto. Proyecto nuevo, no con la novedad de la moda, sino de la vida. Que se nos vaya revelando en el caminar. Que nos fiemos y arriesguemos sin seguridades humanas. Que se base en la seducción por Dios y por la vida. Que sea un fiamos sin saber. Que sea libre y sin ataduras
o restricciones. Que termine en función de los demás.
A tus pies,
o
María, ponemos nuestra vida hecha de luces y de sombras; de dolor y de gozo. Síguenos formando hasta que alcancemos la madurez en Cristo. Ante los retos nuevos que se avecinan; ante las tormentas que puedan venir; danos el valor de salir cada mañana a la aventura de creer.