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Versión estenográfica de la
Homilía
pronunciada por Mons. Ricardo Guízar Díaz, Arzobispo de la Arquidiócesis de Tlalnepantla, en ocasión de la peregrinación de la arquidiócesis a la Basílica de Guadalupe.

2 de febrero de 2008

Muy queridos hermanos en nuestro Señor Jesucristo.

Nuestra peregrinación anual, en este primer sábado del mes de febrero, hoy coincide con la fiesta que celebra toda la Iglesia en todo el mundo, en la fiesta de la Presentación de Jesús en el templo. Hoy todos los cristianos hacemos en nuestro corazón un sitio muy especial para María Santísima y san José; y sobretodo para el mismo Jesús. En ese momento cuando lo presentaron al templo, y escucharon aquellas misteriosas palabras del santo anciano Simeón, cuando dio gracias a Dios porque sus ojos habían contemplado al Salvador, al Mesías, al Redentor que tanto había esperado en su corazón.

Y también a la Virgen le profetizó que una espada de dolor atravesaría su alma y que ese niño sería signo de contradicción; es decir, que algunos no lo podrían reconocer, ni aceptar, pero que otros sí lo reconocerían, lo aceptarían como su Señor, su Salvador y se alegrarían, también, por ese momento de la presentación. Y entre ellos nos contamos nosotros, los que hemos querido acoger a Jesús en nuestro corazón, los que hemos querido hacernos verdaderos discípulos suyos y, también, misioneros como nos han dicho los obispos en la V Conferencia del General Episcopado en Aparecida, Brasil.

Hoy, también, pues, acompañamos a María de una manera muy especial porque en esa presentación que hizo Ella con José en el templo, Ella de manera especial, en cierto modo misterioso, como quienes habríamos de ser, también hijos suyos, nos presentó, también, ante el Señor, ante Dios, junto con Jesús su Hijo, porque nosotros como bien sabemos, queridos hermanos, prolongamos a su Hijo y pertenecemos a su cuerpo místico, por la Iglesia de la que formamos parte desde nuestro bautismo. Por eso digo que en cierto modo, también, a nosotros María Santísima con san José nos presentó con Jesús al Padre, sabiendo que también, a Ella le iba a costar mucho, así como le costó Jesús con sus sufrimientos en la cruz, con esa espada, que abría de atravesar su alma, cuando estuviera al pie de la cruz, viendo morir a su Hijo y lo recibiera, después en sus brazos.

Ciertamente nosotros muchas veces, también, le costamos sufrimientos a María cuando nos alejamos de Jesús o cuando nuestra vida no es tan agradable a Dios por el pecado, por los vicios, por otras faltas de generosidad, de piedad, de amor a Dios y al prójimo.

Sin embargo, Ella, María, que nos presenta a Jesús, su Hijo, también, intercede por nosotros y también quiere sanar esas heridas del corazón y ayudarnos a ser mejores, a identificarnos más con su Hijo, por la santidad y a saber ofrecernos, también, como ofrenda agradable con Jesús, para pertenecer solamente a Dios.

María Santísima nos ayuda a progresar en el camino de la santidad y Ella, que como nos dijo el Concilio, se unió íntimamente a Jesús en su sacrificio redentor, como medianera y colaborada estrechísima y singular de Jesús. También a nosotros, quiere acercarnos para que estemos unidos a Ella, la llevemos siempre presente en nuestro corazón, queramos caminar siempre bajo su mirada guiados por su amor. María Santísima nos enseña, a hacernos ofrenda con Jesús, sobretodo cuando tenemos la dicha de participar en la Eucarística y Ella está allí, como estuvo en el templo, presentándonos y estando unida a Jesús, como estuvo en el Calvario, junto a la cruz, para ofrecernos, para ofrecernos a Dios con Jesús, para hacernos ofrenda agradable, incienso que llegue como verdadera adoración hasta el trono de Dios. El incienso de nuestras oraciones, de nuestro sacrificio, de nuestra vida.

Que María Santísima, también, pueda sentir la alegría por nosotros cuando nos decidimos a ser mejores; cuando luchamos para evitar el pecado; cuando nos vamos acercando más a Jesús y cuando, alegres, participamos en la Eucaristía y nos preocupamos que otros también lleguen a tener un encuentro dichoso con Jesús que transforme en su vida para que ellos puedan hacerse ofrenda, gloria y luz con Jesús; a quien el santo anciano Simeón proclamó como luz de las naciones y gloria de su pueblo.

Que a todos nosotros nos siga acogiendo como hijos, la Santísima Virgen que vino a nuestra tierra y se quiso mostrar en su imagen, aquí en este lugar del Tepeyac.

Así sea.

 
 
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